Llevaba
toda la noche en la misma esquina, había declinado tantas veces las
invitaciones que le llegaban que había perdido la cuenta. Una sonrisa afable en
el rostro, unas traviesas pecas salpicándole la nariz y los pómulos y unos
vivarachos ojos verdes de los que había conjurado mil y una posibilidades
distintas. ¿Brillarían si se reía? ¿Se oscurecerían por el deseo? Eran muchas
las incógnitas y muy poco el tiempo que tenía para descubrir las respuestas que
se escondían detrás.
Elías
había venido a la ciudad para cumplir la promesa hecha a su mejor amigo tres
años atrás, un último deseo del que ninguno había sido consciente. Pero, ¿cómo
saber cuándo está a punto de apagársete la vida? ¿Cómo saber que esa copa de
vino va a ser la última? Nada te prepara para la inminente desgracia, una que
se cobró la vida de Jacob y los dejó, tanto a esa pequeña elfo como a él,
huérfanos del cariño y la compañía de un buen hombre.
Venecia. Un nombre con muchos significados,
que evocaba romanticismo, sensualidad e interminables canales, tres sílabas que
dotaban de identidad a la mujer que rechazaba uno tras otro los avances de los
que intentaban aproximarse a ella y se mantenía en un discreto segundo plano a
pesar de ser la anfitriona de la fiesta.
Deslizó
la mirada por la fastuosa sala decorada con motivos navideños, el glamour se codeaba
con la fantasía invernal y esta combatía a su vez con las guirnaldas y los
toques rojos y verdes que proclamaban a gritos la estacionalidad de las fechas.
Era como si la navidad hubiese impactado de lleno contra un iceberg o se
hubiesen trasladado de golpe al Polo Norte, a cómo alguna mente fantasiosa se
imaginaría la morada de Santa.
Recorrió
cada moldura, sabiendo cuál era el aspecto que se escondía bajo todos aquellos
adornos, recordando las veces que había estado en esta misma casa en años
anteriores y sintiendo al mismo tiempo que esos recuerdos le urgían a cumplir una
vez más su palabra.
Volvió
a la esquina que había estado observando toda la velada y no pudo evitar
sobresaltarse al encontrarla vacía. Inició una rápida búsqueda a través de la
sala, trataba de localizar ese vestidito rojo y blanco que la había convertido
en un bastón de caramelo, el rizado y alborotado pelo castaño que enmarcaba un
rostro que había conocido lleno de lágrimas y del dolor de la pérdida. Abandonó
la pasividad con la que se envolvió desde que se presentó en la fiesta, posó la
copa de ponche en una de las bandejas que encontró estratégicamente colocadas y
deambuló entre los invitados, no más de una veintena, que estaban allí por los
aperitivos gratis y por la fiesta, más que por la memoria de alguien querido.
—¿Dónde
estás? —murmuró para sí, agudizando la vista, descartando colores parecidos,
figuras que no representaban a ese duendecillo, disculpándose rápidamente al
chocar con alguien hasta dejar atrás aquel mar de personas y encontrarse
atravesando el umbral que llevaba del salón principal al pasillo.
El
murmullo de la gente, la suave música de la que ni siquiera había sido
consciente hasta ahora, se fue apagando con cada paso que daba en dirección a
la luz que había al final del pasillo. La puerta abierta del porche trasero dejó
entrar una ráfaga de helado viento, en las noticias del mediodía había visto
que anunciaban la llegada de la nieve y no le sorprendería lo más mínimo que
esta hubiese llegado ya. Ignoró el frío y avanzó hacia la entrada, ella estaba
allí fuera, las pequeñas manos aferradas al pasamanos mientras levantaba el
rostro hacia la oscura noche y dejaba que los primeros copos de nieve le
acariciasen el rostro.
—Fue
una noche como esta, ¿lo recuerdas?
Su
voz fue apenas un susurro, una melódica cadencia matizada con ese acento sureño
que había aprendido a apreciar.
—Todo
ocurrió en una noche como esta —comentó al tiempo que ladeaba el rostro para
mirarle a través de unas espesas y oscuras pestañas—. Parece que fue ayer
cuando estábamos los tres aquí, hablando del futuro…
Se
reunió con ella, apoyó las manos sobre la barandilla y dejó que su vista vagase
sobre la oscuridad que envolvía el jardín que ocultaba la noche.
—El
tiempo parece detenerse en determinados momentos, congela los recuerdos para
que podamos volver a ellos una y otra vez cada vez que los necesitamos
—admitió.
—Una
manera de recordarnos lo que hemos perdido…
—Y
lo que podemos encontrar, Venecia, ¿por qué crees sino que estoy hoy aquí?
Sonrió,
por primera vez en toda la noche vio esa sonrisa que anhelaba, una que llevaba
tiempo extrañando y por la que había suspirado más de lo que estaba dispuesto a
admitir.
—Porque
eres un hombre de palabra, Elías.
Sacudió
la cabeza y se giró, envolviendo los brazos alrededor de la delicada cintura.
Su calidez y aroma le evocaban el hogar, el lugar al que siempre deseaba
regresar después de un largo viaje.
—Hace
tres años Jason y yo nos hicimos una promesa, nos prometimos que uno u otro
estaríamos contigo en cada navidad —le acarició la mejilla con los nudillos y
disfrutó del rostro femenino inclinándose contra ellos—. Que nunca te
dejaríamos sola bajo la nieve y que sería yo y solo yo, quién te arrastraría
para besarte bajo el muérdago.
Y
había sido bajo el muérdago dónde la había encontrado aquella primera navidad.
Las lágrimas resbalando por sus mejillas, la nariz enrojecida por el llanto y
esos rosados y primorosos labios formando una súplica que se había hundido en
su alma como un ancla. No había podido evitarlo, durante algún tiempo quiso
convencerse de que el beso que compartieron entonces había llegado con la
necesidad de consuelo, de aferrarse el uno al otro, pero el tiempo pronto se
encargó de poner las cosas en su sitio y de demostrarle que ese momento siempre
había estado en ellos.
—Has
cumplido tu promesa año tras año, Elias —aseguró al tiempo que resbalaba las
manos sobre sus brazos y le cogía las manos para tirar de él unos pasos hacia
dentro—. Así que, deja que este año sea yo quién te arrastre a ti.
Una
coqueta mirada hacia arriba fue todo lo que necesitó para seguirla y encontrar con
genuina diversión el ramillete de muérdago sobre sus cabezas.
—Por
un año más a tu lado… —musitó ella rodeándole la cintura con los brazos.
—Y
un año más de promesas cumplidas… —replicó inclinándose hacia delante para
capturar esos dulces labios.
Y
mientras ambos disfrutaban de un romántico momento bajo el porche de la entrada
trasera de la casa, una estrella fugaz cruzaba el firmamento como mudo testigo
de la promesa hecha años atrás.

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