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viernes, 6 de diciembre de 2019

Promesas Cumplidas





Llevaba toda la noche en la misma esquina, había declinado tantas veces las invitaciones que le llegaban que había perdido la cuenta. Una sonrisa afable en el rostro, unas traviesas pecas salpicándole la nariz y los pómulos y unos vivarachos ojos verdes de los que había conjurado mil y una posibilidades distintas. ¿Brillarían si se reía? ¿Se oscurecerían por el deseo? Eran muchas las incógnitas y muy poco el tiempo que tenía para descubrir las respuestas que se escondían detrás.
Elías había venido a la ciudad para cumplir la promesa hecha a su mejor amigo tres años atrás, un último deseo del que ninguno había sido consciente. Pero, ¿cómo saber cuándo está a punto de apagársete la vida? ¿Cómo saber que esa copa de vino va a ser la última? Nada te prepara para la inminente desgracia, una que se cobró la vida de Jacob y los dejó, tanto a esa pequeña elfo como a él, huérfanos del cariño y la compañía de un buen hombre.
Venecia. Un nombre con muchos significados, que evocaba romanticismo, sensualidad e interminables canales, tres sílabas que dotaban de identidad a la mujer que rechazaba uno tras otro los avances de los que intentaban aproximarse a ella y se mantenía en un discreto segundo plano a pesar de ser la anfitriona de la fiesta.
Deslizó la mirada por la fastuosa sala decorada con motivos navideños, el glamour se codeaba con la fantasía invernal y esta combatía a su vez con las guirnaldas y los toques rojos y verdes que proclamaban a gritos la estacionalidad de las fechas. Era como si la navidad hubiese impactado de lleno contra un iceberg o se hubiesen trasladado de golpe al Polo Norte, a cómo alguna mente fantasiosa se imaginaría la morada de Santa.
Recorrió cada moldura, sabiendo cuál era el aspecto que se escondía bajo todos aquellos adornos, recordando las veces que había estado en esta misma casa en años anteriores y sintiendo al mismo tiempo que esos recuerdos le urgían a cumplir una vez más su palabra.
Volvió a la esquina que había estado observando toda la velada y no pudo evitar sobresaltarse al encontrarla vacía. Inició una rápida búsqueda a través de la sala, trataba de localizar ese vestidito rojo y blanco que la había convertido en un bastón de caramelo, el rizado y alborotado pelo castaño que enmarcaba un rostro que había conocido lleno de lágrimas y del dolor de la pérdida. Abandonó la pasividad con la que se envolvió desde que se presentó en la fiesta, posó la copa de ponche en una de las bandejas que encontró estratégicamente colocadas y deambuló entre los invitados, no más de una veintena, que estaban allí por los aperitivos gratis y por la fiesta, más que por la memoria de alguien querido.
—¿Dónde estás? —murmuró para sí, agudizando la vista, descartando colores parecidos, figuras que no representaban a ese duendecillo, disculpándose rápidamente al chocar con alguien hasta dejar atrás aquel mar de personas y encontrarse atravesando el umbral que llevaba del salón principal al pasillo.
El murmullo de la gente, la suave música de la que ni siquiera había sido consciente hasta ahora, se fue apagando con cada paso que daba en dirección a la luz que había al final del pasillo. La puerta abierta del porche trasero dejó entrar una ráfaga de helado viento, en las noticias del mediodía había visto que anunciaban la llegada de la nieve y no le sorprendería lo más mínimo que esta hubiese llegado ya. Ignoró el frío y avanzó hacia la entrada, ella estaba allí fuera, las pequeñas manos aferradas al pasamanos mientras levantaba el rostro hacia la oscura noche y dejaba que los primeros copos de nieve le acariciasen el rostro.
—Fue una noche como esta, ¿lo recuerdas?
Su voz fue apenas un susurro, una melódica cadencia matizada con ese acento sureño que había aprendido a apreciar.
—Todo ocurrió en una noche como esta —comentó al tiempo que ladeaba el rostro para mirarle a través de unas espesas y oscuras pestañas—. Parece que fue ayer cuando estábamos los tres aquí, hablando del futuro…
Se reunió con ella, apoyó las manos sobre la barandilla y dejó que su vista vagase sobre la oscuridad que envolvía el jardín que ocultaba la noche.
—El tiempo parece detenerse en determinados momentos, congela los recuerdos para que podamos volver a ellos una y otra vez cada vez que los necesitamos —admitió.
—Una manera de recordarnos lo que hemos perdido…
—Y lo que podemos encontrar, Venecia, ¿por qué crees sino que estoy hoy aquí?
Sonrió, por primera vez en toda la noche vio esa sonrisa que anhelaba, una que llevaba tiempo extrañando y por la que había suspirado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Porque eres un hombre de palabra, Elías.
Sacudió la cabeza y se giró, envolviendo los brazos alrededor de la delicada cintura. Su calidez y aroma le evocaban el hogar, el lugar al que siempre deseaba regresar después de un largo viaje.
—Hace tres años Jason y yo nos hicimos una promesa, nos prometimos que uno u otro estaríamos contigo en cada navidad —le acarició la mejilla con los nudillos y disfrutó del rostro femenino inclinándose contra ellos—. Que nunca te dejaríamos sola bajo la nieve y que sería yo y solo yo, quién te arrastraría para besarte bajo el muérdago.
Y había sido bajo el muérdago dónde la había encontrado aquella primera navidad. Las lágrimas resbalando por sus mejillas, la nariz enrojecida por el llanto y esos rosados y primorosos labios formando una súplica que se había hundido en su alma como un ancla. No había podido evitarlo, durante algún tiempo quiso convencerse de que el beso que compartieron entonces había llegado con la necesidad de consuelo, de aferrarse el uno al otro, pero el tiempo pronto se encargó de poner las cosas en su sitio y de demostrarle que ese momento siempre había estado en ellos.
—Has cumplido tu promesa año tras año, Elias —aseguró al tiempo que resbalaba las manos sobre sus brazos y le cogía las manos para tirar de él unos pasos hacia dentro—. Así que, deja que este año sea yo quién te arrastre a ti.
Una coqueta mirada hacia arriba fue todo lo que necesitó para seguirla y encontrar con genuina diversión el ramillete de muérdago sobre sus cabezas.
—Por un año más a tu lado… —musitó ella rodeándole la cintura con los brazos.
—Y un año más de promesas cumplidas… —replicó inclinándose hacia delante para capturar esos dulces labios.
Y mientras ambos disfrutaban de un romántico momento bajo el porche de la entrada trasera de la casa, una estrella fugaz cruzaba el firmamento como mudo testigo de la promesa hecha años atrás.

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