Si
alguien le hubiese dicho que salir a recoger el correo por la mañana era igual
a un deporte de riesgo, se habría quedado en casita. Pero no, aquella cotidiana
tarea llevaba impresa en sus genes desde el día en el que vio a su nuevo vecino
pasar corriendo a su lado un año atrás. Desde ese día había convertido en una
especie de ritual el salir cada mañana a recoger las cartas, antes de volver a
entrar, prepararse un chocolate caliente y esperarlo detrás de la cortina del
salón para verle pasar.
Bien,
esa mañana el chocolate tendría que esperar porque el suelo le parecía en ese
momento el mejor lugar para pasar unos cuantos minutos.
—Se
acabó, me rindo —dejó escapar un agotado y dolorido resoplido—. Que le den al
mundo.
Clavó
la mirada en el cielo gris y frunció el ceño cuando empezaron a caerle encima
algunos copos de nieve. Cómo si no hubiese sido suficiente que nevase durante toda
la puta noche, ahora volvía a ponerse de nuevo a ello.
Houston
no hizo el menor esfuerzo por moverse, le daba exactamente igual que se le
mojase el culo, se le empapase el albornoz, el pijama y las malditas pantuflas
de conejo. La patética exhibición de patinaje artístico que acababa de
protagonizar sobre la helada entrada y que la había dejado espatarrada en el
suelo y bajo medio metro de nieve, había sido más que suficiente.
Estornudó
cuando un nuevo copo de nieve le cayó sobre la nariz, entrecerró los ojos y
prorrumpió en una pataleta digna de un niño de tres años en el medio del
pasillo de un supermercado. Pataleó y gritó, lanzando nieve por todos lados
antes de quedarse de nuevo inmóvil luchando con las lágrimas de frustración que
amenazaban con coronar ese maravilloso inicio matutino.
—¡Odio
la nieve, odio el frío, odio la jodida Navidad! ¡Quiero mudarme a las Bahamas!
Mentira,
las Bahamas no eran un destino que le apeteciese demasiado, no era de las
mujeres a las que les gustaba tostarse como un cangrejo sobre las paradisíacas
arenas caribeñas. No, le gustaba el frío, no tanto como para seguir tendida en
el suelo congelándose hasta la hipotermia, pero prefería ponerse capas de ropa
encima que andar con el ventilador pegado al culo.
Arrugó
la nariz, se tapó el rostro con las manos y prorrumpió en una nueva pataleta
llena de coloridos insultos.
—¿Houston?
La
inesperada voz ronca y masculina que pronunció su nombre la detuvo en el acto.
Se incorporó de golpe, hasta quedar sentada y ladeó la cabeza para encontrarse
con la última persona que quería que la viese en tal indigna posición. La cara,
que hasta hacía escasos segundos la había notado más allá de la congelación,
empezó a arderle, su natural verborrea se convirtió en un miserable balbuceo y
el intento por ponerse en pie y conservar algo de dignidad terminó en un nuevo
desastre.
Si
ya era bochornoso el hecho de presentarse de esa guisa delante de su nuevo
vecino, el empezar a aletear como un pavo, mientras patinabas en el lugar y
terminar cayendo de nuevo de bruces sobre la nieve acumulada, no mejoró en
absoluto la situación.
—Tierra…
trágame… y escúpeme en Marte —balbuceó entre la nieve.
Antes
de que su deseo pudiese siquiera ser tenido en cuenta, notó unas fuertes y
grandes manos en su cintura, tirando de ella hacia atrás, levantándola del
suelo como si no fuese otra cosa que un miserable gato y no una mujer adulta
con generosas curvas.
—Dios
mío, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño?
Ladeó
la cabeza para encontrarse con una traviesa mirada marrón en la que a duras
penas podía esconderse la genuina diversión de su propietario.
—El
hielo… la nieve… suelo… adiós.
Sí,
podían darle ya un premio a la mujer más estúpida de la tierra, pensó con
vergonzoso horror. Sacudió la cabeza, haciendo volar la nieve que todavía le
perlaba el pelo y se aferró a los fuertes brazos cuando sintió que sus pies
volvían a iniciar una peligrosa separación que prometía ser imparable.
—Ay
madre que me mato.
Esas
fuertes manos se ciñeron aún más a su cintura tirando de ella hacia atrás,
hasta chocar con el duro, sexy y enorme cuerpo que poseía Nick Richards, el
guapo bombero que se había mudado a la casa de al lado hacía ya un año y por
quién suspiraba en secreto.
—Parece
que tienes algunos problemas, Houston.
Se
ruborizó, había escuchado ese juego de palabras con su nombre tantas veces que,
por norma general, le entraba urticaria, pero ya fuese porque estaba demasiado
cerca de ese monumento de testosterona o porque temía pegársela si se soltaba,
optó por una respuesta menos dura.
—¿Me
lo dices o me lo cuentas? —replicó con voz temblorosa. Por dios, ¿ahora iban a
empezar a castañearle también los dientes?
—¿Estás
bien? ¿Te has roto algo? —Su pregunta llegó acompañada de su mirada bajando
sobre su cuerpo—. ¿No se te ha ocurrido mirar cómo estaba la entrada antes de
salir a por el correo?
La
apreciación a su ritual matutino la llevó a mirarle con genuina sorpresa.
—¿Cómo
sabes que salí a por el correo?
Sonrió,
sus labios se estiraron en una perezosa y traviesa sonrisa.
—Porque
es algo que haces todos los días, a la misma hora, desde hace un año al menos
—contestó sincero—. Te veo cuando vuelvo de correr…
Sí,
él salía a correr todos los días, se levantaba muy temprano y volvía a tiempo
de meterse en casa, coger su bolsa y subirse en el jeep para ir al trabajo. Lo
había visto varias veces, algunas incluso habían intercambiado un «buenos días», pero no esperaba que prestase
tanta atención a sus hábitos. De hecho, estaba convencida de que para un hombre
como él, las mujeres como ella no existían.
—Sí, yo también
te veo correr… —respondió, entonces sacudió la cabeza ante la estupidez que
acababa de decir—. Quiero decir, que te he visto alguna vez, al recoger el
correo.
Los ojos marrones
se clavaron en ella, lo vio entrecerrarlos y finalmente ladear la cabeza.
—Todavía no me
has contestado.
¿Es que le había
preguntado algo? Parpadeó seguido, era incapaz de pensar con coherencia con
esos ojos fijos sobre ella. Por dios, se sentía de nuevo como una miserable
adolescente, con mariposas en el estómago y no como alguien que había pasado ya
la treintena.
—¿A qué?
Su sonrisa se
hizo más abierta, mostrando unos perfectos dientes blancos.
—¿Te has golpeado
la cabeza al caer?
—Um, no.
—¿Segura?
Se llevó la mano
al pelo y lo sacudió, haciendo caer el resto de la nieve que lo perlaba.
—Créeme, si
tuviese un chichón, lo sentiría… o a lo mejor no, porque no siento ni los
dedos… —admitió con un mohín y bajó la mirada sobre sí misma para hacer una
nueva mueca—. Joder… si se me marcan hasta los pezones.
Una
sonora carcajada replicó a su comentario haciéndola consciente al momento de
que aquella apreciación había sido pronunciada en voz alta. Dios, ¿por qué
demonios no se abría la maldita tierra bajo sus pies y se la tragaba para
evitarle mayor bochorno?
—De
acuerdo, señorita problemas, ¿por qué
no entras en casa, te quitas toda esa ropa húmeda, te das una ducha caliente y
así nos aseguramos de que no tendré que llevarte al hospital?
—No
estoy muy segura de que no tengas que llevarme al hospital, después de esto,
creo que estaría mejor en un centro de internamiento psiquiátrico —farfulló
llevándose una mano al rostro, para cubrírselo—. ¿Por qué coño no se ha abre la
tierra bajo mis pies cuando se lo pido?
—Agradezcamos
que no lo haga, me llevaría mucho trabajo tener que rescatarte de ahí —replicó
risueño. Entonces aflojó el agarre que tenía sobre ella y le pasó un brazo
alrededor de la cintura, para conducirla a su propia casa a través de la
entrada—. Cristo, esto está helado. Podrías haberte roto algo. ¿Tienes sal en
casa?
Lo
miró de soslayo y musitó la primera estupidez que se le vino a la cabeza.
—No
te hacía el típico vecino que viene a pedir sal. —Desde luego, su cerebro se
había congelado en la caída, solo había que ver lo que surgía de su boca.
—No
soy un vecino típico y la sal no es para mí, es para tu entrada.
Ella
siguió el gesto que hizo en dirección al resbaladizo suelo e hizo una mueca.
—Sal,
es verdad. Tenía que haber echado la maldita sal —admitió con un nuevo
resoplido y señaló la cubeta de plástico que había a un lado de la puerta—. Ahí
la tienes.
—Eres
un verdadero enigma, ¿no es así, Houston Paige? —le dijo soltándola al llegar
al diminuto porche cubierto—. Uno de esos rompecabezas que uno nunca sabe por
dónde tiene que empezar a desentrañarlo.
—Nadie
me ha considerado nunca un rompecabezas, la verdad, así que… no sabría decirte
—admitió dando un paso atrás, necesitando el espacio para poder mirarle a la
cara, a pesar de que perder el calor de su cuerpo la llevaba a querer cobijarse
de nuevo contra ese cuerpo.
—Bueno,
no importa, siempre me han gustado los desafíos —admitió sin dejar de mirarla—,
y soy bastante bueno resolviendo acertijos.
—¿Ah,
sí?
Asintió
con la cabeza y acortó el paso que ella había interpuesto entre ellos.
—Puedo
decirte ahora mismo qué sucede cuando un hombre y una mujer se encuentran
debajo del muérdago —declaró al tiempo que levantaba la mano y acariciaba el
ramillete que ella misma había puesto allí días atrás—, aunque me gustaría
mucho más demostrártelo.
—¿De
verdad? —Despierta cerebro, por favor, ahora te necesito en funcionamiento.
—Sí,
Houston, de hecho, ardo en deseos de hacerlo desde que te vi balancearte sobre
la maldita escalera para colocar ese ramillete —admitió sin dejar de mirarla—. Te
juro que hiciste que me saltase un par de latidos al ver cómo te movías sobre
esa cosa…
Espera,
¿él la había visto poniendo el muérdago en la entrada? No, era imposible. Lo
había hecho después de que él volviese de correr, lo había visto meterse en
casa y…
—¿Me
viste? —No pudo evitar querer confirmar sus palabras.
—Por
dios, nena, no he dejado de mirarte desde el día en que te vi dándole
martillazos a ese buzón tuyo —admitió con una sonrisa.
No
pudo evitar que la cara se le calentase como un radiador al recordar el
episodio, pues había sucedido el mismo día en que llegó el camión de la mudanza
y él bajó del coche, con el uniforme de trabajo y, al verla, se ofreció a
ayudarla.
Esa
sonrisa había sido el inicio de todo, recordó, la manera en que la había mirado
y sonreído al quitarle el martillo, le había provocado cosquillas en el
estómago; un flechazo instantáneo.
—Llegué
a pensar que me lanzarías a mí el martillo encima solo por ofrecerte ayuda
—insistió él con una mueca—. No podía creerme que una cosita tan pequeña,
tuviese tanto genio.
—La
culpa fue del buzón.
Se
rió una vez más y se acercó un poco más a ella.
—Me
gustó lo que vi y seguiste gustándome cada vez más, pero ya me he cansado de
limitarme a mirarte desde la distancia…
La
rodeó con el brazo y le acarició el rostro antes de levantarle la barbilla y
apoderarse de sus labios en un beso que no tenía nada que envidiar al de las
películas. Houston se derritió bajo esa cálida boca, respondió a su abrazo
pegándose más a él y gimió cuando su lengua traspasó la barrera de sus dientes
para incursionar en su interior.
Nick
la estaba besando. Su vecino, el tío al que siempre miraba desde la distancia,
de quién se había enamorado como una tonta, la estaba besando bajo el muérdago.
—Dios…
no te haces una idea de lo mucho que deseaba hacer esto —murmuró él tras romper
el beso.
Se
lamió los labios y lo miró como si no pudiese creer lo que acababa de pasar.
—Esto
está ocurriendo de verdad, ¿no?
Su
sonrisa se volvió tierna, le cogió el rostro entre las manos y se inclinó sobre
ella.
—¿No
he sido lo suficiente convincente?
Ladeó
la cabeza y suspiró.
—Bueno,
si quieres repetirlo… no me opondré.
—Primero,
ducha caliente y ropa seca —la empujó hacia la entrada de la casa—. Y después,
te besaré las veces que haga falta hasta que te convenzas de que todo lo que
ocurre es verdad.
—¿Lo
prometes?
—Lo
prometo, dulzura, lo prometo.
Y
para que no le quedase la menor duda de lo dispuesto que estaba a cumplir sus
promesas, volvió a besarla antes de conducirla al interior de su casa y
obligarla a tomar esa ducha y a envolverse en ropa seca que no tardaría mucho
en perder.

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