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sábado, 14 de diciembre de 2019

El Pacto

Relato con contenido altamente erótico



—Se te está acabando el tiempo… y ya no hablemos de mi paciencia —aseguró recorriendo perezosamente su cuerpo con una hambrienta mirada—. Has obtenido más que la mayoría, deberías sentirte orgullosa.
La chica se echó atrás la pesada mata de pelo negro y miró con sus enormes y transparentes ojos azules, libres de malicia al ser que tenía frente a ella. ¿Sentirse orgullosa? Si su orgullo debía ir a la par que su caída, entonces sí. Aquellos abdominales marcados, los hinchados pectorales y la piel bronceada que quedaban a la vista a través de la camisa abierta sin duda merecían semejante caída. Un cuerpo así no cabía duda que debía ser ilegal, lástima que perteneciera a ese demonio de alma oscura.
—El tiempo corre, muchachita.
Muchachita. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que había oído ese apodo resbalando de su lengua? ¿Cuánto desde que sus manos habían profanado su cuerpo, arrebatándole la cordura, la respiración, atándola a él con el único propósito de obtener un año más de vida? ¿Había realmente merecido la pena vender su alma, su cuerpo por obtener unos minutos más?
En aquellos amargos momentos, había creído que nada podría ser peor que encontrar la muerte en pocos meses.
Hoy, estaba convencida de ello.
—¿Debo decidir yo por ti, Lyandra?
Su voz era pecado en estado puro, su cuerpo el purgatorio en el que pasaba gustosa su condena, aquel ángel de alas rotas había llegado en el momento en que había creído perder su vida, solo para entregarle la llave de la inmortalidad.
Pero incluso la vida tenía un precio, y el suyo debía ser cobrado cada año.
—Podrías callarte un momentito de modo que pueda pensar. Gracias —farfulló ella arrancando su mirada de él, respirando profundamente para intentar llevar algo de cordura a su atrofiado cerebro.
Decidir. Elegir. La libertad estaba en sus manos, al igual que su muerte.
Como lo había estado la noche en la que lo conoció, la noche en la que inocentemente había entregado su voluntad, su cuerpo, a cambio de la promesa de un año más de vida.
Lyandra acababa de dejar el hospital donde le habían diagnosticado un tumor cerebral, el hijo de puta estaba tan mal situado que no había posibilidad de operación. Los médicos y especialistas habían sido brutalmente sinceros, los mareos, las pérdidas de conocimiento ocasionales no eran más que el comienzo, pronto empezaría a deteriorarse su memoria, las palabras empezarían a confundirse en su boca y si tenía suerte, la vista sería lo último en verse afectado… Y todo ello en menos de tres meses.
Aquella misma noche había cumplido los treinta y uno, no podía decirse que no hubiese tenido una vida agradable, si a acaso, lo había sido monótona, el amor se había resistido a llamar a su puerta y a partir de aquel instante, sabía que no llamaría jamás.
Su mente había sido una coctelera, pensamientos que habían entrado y salido con la misma rapidez que las lágrimas caían por sus mejillas, la sombra de la muerte y un futuro truncado se habían impuesto por encima de la razón, ante ella ya no había vida, no había planes a largo plazo…
Lyandra había deambulado durante buena parte de la tarde por las calles vacías y solitarias de aquella ciudad, sus pasos se perdieron en las sombras de la noche conduciéndola a su inmediato destino.
—Cuidado —unos brazos fuertes la sujetaron cuando uno de sus tacones la hizo tambalear demasiado cerca del borde del precipicio. Un mal paso y su muerte había llegado mucho antes de la mano de un tonto descuido, su cuerpo habría terminado roto y desmadejado entre los hierros de los cimientos de un nuevo edificio—. Creo que acabo de salvarte la vida.
Su triste mirada se alzó hacia el rostro masculino, unas facciones fuertes y firmes enmarcadas por unos rizos morenos, mientras sus ojos eran cubiertos por oscuros cristales.
Ella rió sin verdadero disfrute.
—Todo lo que has salvado son unos pocos minutos de la muerte que ya me ha sido anunciada —murmuró apartándose de los brazos de aquel desconocido—. Temo que esta no es tu noche de suerte… quizás debieses probar en la calle de allá, quizás encuentres a alguien que realmente necesite ser salvada.
Una irónica sonrisa había cubierto sus labios al responder.
—¿Tú no deseas ser salvada?
Lyandra rió.
—¿Salvada ahora sólo para morir dentro de tres meses? —se jactó sin humor—. Llámame egoísta, pero mientras que tú podrás planear lo que harás en las próximas navidades, yo sé que ni siquiera llegaré a ver el verano.
Él sonrió.
—¿Y si pudieras? ¿Qué estarías dispuesta a entregar por un año completo de vida?
Cualquier cosa.
Qué inocente y estúpida había sido entonces, qué crédula e ingenua como para pensar que una oferta así pudiera venir de alguien con algo más que un puñado de lujuriosos deseos en el bolsillo.
Le había ofrecido cualquier cosa y él había tomado aquello que deseaba, haciéndola adicta a su sabor, a su aroma, a la lujuria que había despertado en su cuerpo, marcándola como suya, como su sacrificio en un pacto que la ataba a su voluntad en cada aniversario de su primer encuentro y que a cambio le permitía un año más de vida.
Él había borrado el tumor de su cabeza, pero a cambio se había instalado muy hondo entre sus piernas y más arriba, en un lugar que jamás se atrevería a reconocer en voz alta, no ante él, jamás ante él.
Una profunda y sensual carcajada la arrancó de sus recuerdos, trayéndola bruscamente al presente, al solitario e inhóspito lugar que había elegido para encontrarse con ella, el mismo en el que se conocieron y el que, irónicamente había estado al lado de un maldito cementerio.
Lyandra se estremeció, aunque no sabía si se debía al enrarecido aire y sepulcral silencio del terreno del cementerio al lado del que estaba parada o por el contrario, se debía a la sexual presencia de ese demonio sin alma. Con un suspiro, llegó a la conclusión de que se debía un poco a ambas cosas.
—Lyandra, pequeña, solo hay un camino al que puedan llevarte tus pensamientos.
Su voz era como un ronroneo que se extendía por su columna como un helado y placentero látigo.
—Y está justo aquí.
Los ojos femeninos lo siguieron mientras atravesaba el pórtico de piedra que daba entrada al cementerio, moviéndose entre las lápidas con paso cadencioso y pecaminosamente sensual, sus manos acariciando el mármol y la piedra de lo que en otro tiempo sin duda habrían sido hermosos acabados.
—Hacía tiempo que no paseaba por aquí, ¿No lo encuentras íntimamente relajante?
Ella reprimió un escalofrío al dejar vagar su mirada por el abandonado lugar, de una manera poco corriente y gótica, era un lugar hermoso, con aire antiguo.
—Lo que lo encuentro, es demasiado morboso para mi gusto —murmuró paseando su mirada por el silencioso lugar, siguiendo los pasos de su carcelero—. Podríamos por favor terminar con esto, me gustaría retomar mi tranquila vida durante un año más, Greydian.
Sus brillantes ojos dorados se volvieron sobre ella, sus llenos y lujuriosos labios masculinos estirándose en una perezosa sonrisa, siempre consciente de las sensaciones que provocaba en ella, de lo que ella provocaba en él.
—¿He de suponer que has alcanzado la decisión que nuestro pacto requiere? —preguntó arqueando una delgada ceja negra.
La mirada felina se clavó en la suya con esa cadencia irónica que siempre utilizaba en él.
—¿Otro año de mi vida por un polvo? Sí, por qué no, otras cosas peores he tenido entre las piernas.
Greydian la observó desde la distancia, su propia vestal, su sacrificio y su propia condena eterna, claro que eso no tenía por qué decírselo a ella. Los humanos se tomaban demasiado en serio los lazos afectivos, y él no quería ser atado con ellos, ni siquiera por ella. Su polla dio un nuevo tirón en los confines de sus pantalones, ansiosa por enterrarse entre aquellos rollizos muslos. Deseaba cabalgarla como el mismísimo diablo hasta que no existiera para ella más que él y a juzgar por sus vacilantes pasos, un año más, iba a obtener su deseo.
—Las palabras, Lyandra… —le recordó. Solo las palabras atarían su voluntad sellando nuevamente el pacto—… quiero las palabras.
La pequeña hembra lo fulminó con una cabreada mirada, pero él ya podía oler su deseo humedeciéndola y calentando su sangre.
—Te odio —masculló poniendo en la frase todo el desprecio que podía encontrar. ¿Desprecio por él? ¿Por sí misma? Greydian nunca había estado completamente seguro de ello—. Aquí estoy, Lyandra Remington, vengo libremente y me entrego libremente aquí y ahora, hasta que el primer rayo de sol despunte en el horizonte y vuelva a sellar nuestro pacto… y me permita vivir… un año más.
Greydian sintió como los lazos de su voto la sometían a él, atándola hasta la salida del sol, dándole libre acceso sobre ella y su voluntad. Aquella mujer era su única vestal, podría haber tenido más si así lo quisiera, pero ella había robado toda la voluntad de desear follarse a otra, vivía solo para esta noche, para reclamar el mismo pacto que había hecho algunos años atrás. Aquella primera noche se le había grabado en la memoria como nada había hecho antes, tan diminuta, tan poca cosa, consumida por la enfermedad que la mataba poco a poco, aquella noche había sellado su destino, quedando unida a él y a sus caprichos.
Una repentina brisa tironeó de su gabardina, alzándola, haciéndola ondear como si se tratase de un par de alas extendidas.
—Acepto tu sacrificio, Lyandra —murmuró él, su voz profunda y poderosa—. En cuanto despunte la luz de la mañana, tendrás un año más de vida… para hacer con ella lo que te plazca.
Ella alzó la barbilla y respondió mirándole a los ojos.
—Me tiraré al primero que encuentre nada más dejar este asqueroso lugar.
Greydian se echó a reír un instante antes de que sus ojos reluciesen a un llamativo rojo y gabardina ondeara una vez más, al tiempo que tendía una fuerte mano hacia ella. Una ráfaga de viento diabólico la traspasó llevándose su ropa, dejándola únicamente con un diminuto sujetador y tanga. Lyandra no pudo evitar estremecerse de anticipación.
—Siempre he encontrado divertida la estúpida manera en que las mujeres humanas intentáis ocultar vuestros atributos con esas diminutas piezas, aunque admito que aumentan tu atractivo —aseguró caminando perezosamente hacia ella.
No hubo respuesta, tampoco es que la esperara, sus ojos podían ser incluso más expresivos que sus palabras.
—¿Ya estás caliente, Lyandra? ¿Te gotea el coño esperando por mi polla?
No respondió, pero Greydier vio como apretaba los labios y los puños a ambos lados de las caderas. Él se lamió los labios al tiempo que recorría su cuerpo con una hambrienta mirada.
—¿Dónde me quieres? —contestó por fin, su voz calmada, controlada. Greydier sonrió, sabía que no sería así por mucho tiempo.
El oscuro demonio volvió la mirada a su alrededor, observando con detenimiento hasta detenerse en lo que era una estatua bastante entera de un ángel cuyas alas estaban rotas. Una oscura sonrisa estiró sus labios.
—Siempre me ha gustado la ironía —murmuró volviendo la mirada a ella al tiempo que le tendía la mano—. ¿Vamos?
Ella apretó nuevamente los puños, su mirada cayó en la mano que le tendía y tras un leve titubeo que Greynier estaba seguro no quería que él percibiese, la posó sobre la suya y se dejó llevar.
Lyandra no sentía frío, como había supuesto él ya estaba caliente y húmeda, dispuesta a hacer todo lo que ese condenado demonio le pidiera. Siempre lo estaba cuando forjaban el vínculo año tras año. Ella bajó su mirada hacia la mano más grande de él engullendo la suya, ascendiendo por su brazo hasta encontrar sus esculpidos rasgos mirando fijamente su objetivo, la estatua de un ángel de piedra con las alas rotas, que presidía un espacio vacío en las inmediaciones del cementerio. Un leve escalofrío la recorrió.
—Sube a mostrarle tus respetos a tu nuevo compañero de juegos, cariño —ronroneó él.
Lyandra lo miró durante un sorprendido instante, después se volvió hacia la estatua. Bueno, al menos esta vez no es ninguna cosa asquerosa y pegajosa, pensó al recordar sus “compañeros” de juegos de las veces anteriores. Sin duda, era un adelanto.
—Tendrás que despertarle, bebé —le aseguró cruzándose de brazos a escasos pasos por detrás de ella.
Ella lo miró con renovado odio, y finalmente se volvió hacia la estatua. Su mirada recorrió el suelo, evitando las piedras ocultas por la hierba, poniendo especial cuidado donde ponía cada pisada que daba ascendiendo hacia la estatua.
—¿No había otro sitio más sucio y con más bichos? —espetó ella.
Como en respuesta a su queja, una repentina ráfaga de fuego arrasó con toda la maleza, dejando solamente cenizas bajo sus pies.
—¿Mejor?
Ella fulminó al demonio con la mirada y miró la estatua de piedra. Estaba subido sobre un pedestal, una mano pegada al vientre y la otra estirada hacia delante, como si la invitase a unirse a ella, su rostro era sereno, agradable.
Con un nuevo suspiro, posó su mano en la del ángel de piedra y se encaramó, sujetándose al arco de sus alas para mantener el equilibrio. Un último vistazo al satisfecho demonio por encima de su hombro y alzó los labios a la boca de la estatua, pegándose a ella y soplando para insuflar una momentánea vida en la figura de piedra.
—Buena chica —oyó susurrar a Greydier un instante antes de que la mano de piedra se cerrara sobre la de ella y notase como los labios de la estatua se abrían y una cálida y húmeda lengua se abría paso en su boca, arrancándole un gemido de placer.
Lyandra notó como la otra mano de la estatua le rodeaba la cadera apretándola contra un cuerpo que no era ni frío ni pedregoso, sí duro como el mármol del que debía haber sido hecho, pero caliente y ligeramente excitante. No pasó mucho tiempo antes de que su otra mano se deslizara por su espalda, acariciándole las nalgas hasta introducirse entre sus piernas, buscando ansiosamente su entrada.
Lyandra gimió pegándose más al esculpido cuerpo masculino al sentir los dedos del ángel de piedra acariciando sus húmedos pliegues.
—Eres tan caliente como el infierno, gatita —oyó ronronear al demonio, quien parado a pocos pasos de ellos, disfrutaba ejerciendo de voyeur. Su voz bajó entonces una octava y sus palabras sonaron cargadas de poder cuando ordenó—: Arráncale las bragas y el sujetador y libera su marmóreo sexo.
La última palabra apenas había abandonado su boca y Lyandra ahogó un gritito al sentir como aquella mano entre sus piernas agarraba su tanga y la rasgaba de un tirón, seguido de su sujetador.
Ella gimió cuando la ávida lengua abandonó su boca y el esculpido cuerpo dejó el suyo, para apartarse la túnica que cubría parcialmente su cuerpo, revelando una enorme polla del color del mármol que parecía suave y carnosa al tacto. No pudo evitar lamerse los labios, su mirada fija en aquella enorme polla mientras sus manos se movían ya en un gesto involuntario hacia ella, deseando acariciarla, probar su textura.
Lyandra dio un respingo cuando oyó a la estatua soltar lo que creyó era un gemido, la polla en su mano dio un respingo y pareció crecer. Era lisa, dura como el mármol y caliente, pero su tacto, tal y como había pensado era carnoso.
—Impresionante, ¿no?
La voz de Greydier se derramó en su oído, su duro y cincelado cuerpo pegado a su espalda, la dura protuberancia de su polla encerrada en los pantalones de cuero, restregándose contra su desnudo trasero.
—¿Puedes imaginarte lo bien que se sentiría dentro de tu apretadito coño?
Ella no respondió estaba demasiado cautivada con la textura de la polla que tenía entre manos, sus dedos la acariciaban lentamente, el pulgar jugando con la cabeza donde una gota de blanco líquido pre seminal emergía.
—La quiero.
La profunda y pedregosa voz llegó hasta ella junto con el estremecimiento del cuerpo que tenía frente a ella. Lyandra alzó la mirada hacia arriba para encontrarse con unos profundos ojos negros en una cara de piedra, un rostro pecaminosamente perfecto que la hacía estremecer y humedecerse todavía más. Estaba caliente, su coño goteaba indisciplinado, que dios la perdonara pero deseaba ese enorme falo enterrado profundamente entre sus piernas, llenándola, estirándola mientras bombeaba en su interior hasta hacerla correrse.
Una suave risa en su oído, seguida de una curiosa mano jugueteando con uno de sus pezones la hizo recostarse contra su demonio.
—Sí, lo tendrás —oyó su susurro—. Pero antes, le darás lo que te pida… harás lo que te pida… no importa lo que sea, estarás atada a su voluntad… él ordenará y tú obedecerás…
Ella se estremeció, no era la primera vez que exigía aquello.
—¿Sumisión?
—Absoluta —le susurró al oído haciéndola estremecerse.
Retirándose lentamente, dejándola rabiosamente necesitada de su contacto, clavó los ojos con un inhumano brillo en los de la estatua y sonrió perezosamente.
—Ordénale y será tuya.
Los labios de piedra de la estatua se estiraron en una perezosa sonrisa, entonces bajó la mano a la polla, rodeándola por encima de la mano de ella, acariciándose con ella.
—Mírame —la voz profunda y pedregosa de aquel ángel de alas rotas la hizo estremecer, entonces sintió el inmediato tirón del hechizo de Greydier que la obligaba a cumplir los mandatos de aquel maestro como si fuese una marioneta. Al maldito bastardo parecía encontrar divertido el hecho de que otro hombre se la tirara frente a él… antes de unirse al juego.
Su voluntad estaba sometida por completo al ángel de piedra, su cuerpo se movía solo presto a obedecer y se encontró apretándose contra él, sus ojos mirando aquella profunda oscuridad.
—Dame tu lengua —una nueva orden.
Los cálidos y suaves labios bajaron sobre los suyos, ella abrió la boca e introdujo la lengua en la húmeda cavidad, enredándose, chupando y lamiendo, absorbiendo aquella inmensa lengua de la que parecía incapaz de saciarse. Le faltaba el aire, se estaba consumiendo y ya notaba sus jugos resbalando por la cara interior de sus muslos.
—Más —se encontró suplicando.
Aquel rostro de piedra esbozó una sonrisa y se alejó de ella.
—Suficiente —murmuró nuevamente, haciendo que ella obedeciera, dejándola ansiosa y anhelante, humillantemente dolorida entre las piernas.
Sus manos dejaron el cuerpo masculino para acariciarse los pechos y descender hacia su húmedo sexo pero una fuerte mano retuvo las suya.
—No te acariciarás.
Ella gimió de agonía cuando su cuerpo obedeció y protestó.
Una sonrisa masculina se extendió por el pecaminoso rostro del ángel.
—Cógete los pechos con las manos y ofrécemelos.
Sus manos ascendieron a los doloridos y llenos montículos y los alzó hacia su boca, la cual bajó ávida sobre uno de los pezones. Succionó con fuerza, chupándola, tironeando del pezón entre sus dientes para luego lamerlo y prodigarle pequeños mordiscos alrededor del seno mientras ella los sostenía y se retorcía bajo su asalto gimiendo en voz alta, desesperada, consumiéndose por el placer. El ángel de piedra abandonó un pecho para tomar posesión del otro y repetir sus atenciones, dejando sus pezones hinchados, endurecidos y palpitantes, tan palpitantes como lo estaba su coño.
—Por favor —se encontró gimiendo cuando notó las fuertes y enormes manos de callosa piedra haciendo rodar sus pechos, deslizándose por su vientre y enredándose con el vello de su pubis pero sin tomar contacto con su henchido y lloroso sexo—. Lo necesito.
Una carcajada despiadada a su espalda la hizo recordar que tenía público, sus ojos se encontraron un instante con los de su demonio oscuro, quien sonreía satisfecho. Su mirada descendió un poco más hasta sus pantalones de cuero negro, los cuales a duras penas contenían la enorme polla que sabía que había en su interior. Ese hombre… no, no debía olvidar que no era un hombre… ese demonio… estaba tan bien dotado como un semental.
—Continua —la voz de Graydier iba dirigida al ángel de piedra.
La estatua dio un paso adelante, la rodeó por la cintura y bajó con ella al suelo con un limpio salto, atrás quedaba el pedestal donde había estado encaramado en su forma de piedra.
Los pies de Lyandra se hundieron en el césped cuando el ángel de piedra la dejó en el suelo, apenas había dado un par de pasos hacia atrás cuando le aferró nuevamente las muñecas y tiró de ella hasta su pecho, entonces le acarició suavemente el rostro y le dio la siguiente orden.
—Tómame en tu boca y haz que me corra.
Lyandra se dejó caer al suelo de rodillas, su rostro quedando a la altura perfecta para el trabajo oral, aquella polla marfileña se había hinchado de manera espectacular, las venas acariciaban la superficie, y la cabeza era un poco más oscura pero apetitosa.
Abrió la boca dispuesta a tragársela cuando sintió un movimiento a su espalda y unas manos fuertes y conocidas en su trasero.
—No te detengas —le dijo Gray mientras sus manos acariciaban los dos globos de su culo, deslizando un dedo entre ellos, encontrando el apretado anillo de su ano y acariciándolo con pereza—. Métetela en la boca.
Ella gimió y bajó la boca para chupar aquella polla que bailaba ante sus ojos, su sabor salobre y arenoso era delicioso, llevándola a desear tragársela entera. Empezó a trazar la punta con la lengua, probando el líquido pre seminal que manaba de la punta. Chupó y lamió a placer, tragándosela cada vez un poco más mientras Graydier seguía trabajando en su culo, provocándole escalofríos de placer y evitando en todo momento tocar su dolorido coño.
—Levanta el culo, Lya —le susurró Greyder al oído, mientras ella seguía chupando—. Voy a metértela en ese pequeño agujerito tuyo.
Ella gimió una protesta, deseaba gritar que no era allí donde quería su polla, pero tenía la boca ocupada y estaba tan jodidamente caliente que le daba igual con total de que la follase. Sintió el picor del estiramiento mientras Greyder se abría paso en su estrecho canal, trató de respirar profundamente a través de la polla que tenía en la boca para relajarse, pero apenas podía conseguir aire suficiente que llevar a sus pulmones mientras su demonio la empalaba hasta quedar cómodamente instalado en su interior, estirándola hasta límites imposibles.
Lyandra gimió, estaba enloquecida, enfebrecida, sus manos se cerraron en los glúteos masculinos y empezó a succionar con gula aquella polla de piedra mientras Gray disfrutaba de su culo volviendo a salir casi hasta la punta de una manera muy lenta, para volver a introducirse igualmente. La polla en su boca empezó a hincharse hasta que pensó que se ahogaría, entonces estalló y el semen salió directamente disparado hacia su garganta, obligándola a tragar una y otra vez.
Grayder tiró de ella hacia atrás, arrancándola de esa polla y se levantó con ella empalada, la alzó por encima de sus caderas y le abrió las piernas, sujetándola por debajo de las rodillas, dejándola totalmente abierta a la estatua.
—Cómela —la orden fue firme, un gruñido mientras seguía cómodamente enterrado en su apretado culo.
La estatua bajó como un relámpago sobre su coño, su larga lengua hundiéndose entre los húmedos pliegues, penetrándola y lamiendo su goteante coño. Lyandra empezó a gemir y a lloriquear, estaba tan dolorida que aquel contacto intimo era una maldita tortura, su lengua entrando y saliendo al compás de las embestidas de Grey la estaba volviendo loca, llevándola al límite para luego soplar su carne, dejando que se enfriara para volver a tomarla otra vez. Lyandra terminó gritando y suplicando, agitándose contra el agarre de Grey, quien la acercaba aún más a la boca de la estatua.
—Es suficiente —lo detuvo entonces, echando una única mirada al sexo nuevamente erecto entre las piernas de la estatua, para finalmente sonreír y susurrar al oído de ella—. La deseas, ¿no es así, gatita? La quieres en ese coñito caliente y goteante, deseas que te llene, te folle duro y fuerte… dilo, Lya… dilo y lo hará.
Lyandra deseaba gritar, maldecir, arrancarle cada uno de los malditos pelos de la cabeza a ese maldito demonio, pero aquello tendría que esperar, ahora, lo que deseaba era ser follada.
—Lo quiero —siseó entre dientes—. Quiero que me folle…
Sonriendo, Graydier la dejó deslizar sus piernas al suelo, manteniéndose todavía firmemente enterrado entre sus nalgas, su mirada se cruzó con la de la estatua y asintió:
—Fóllatela.
Gruñendo, el ángel caído deslizó una mano por el muslo femenino, alzándoselo para finalmente conducir su duro pene a la goteante entrada femenina, penetrándola lentamente, hasta quedar totalmente alojado en su interior. Aferrando sus caderas empezó a moverse, alternando los movimientos de su pelvis con los del demonio, follándola a dúo mientras ella jadeaba y gemía entre los dos hombres que la enloquecían con aquella doble penetración.
Mientras uno empujaba el otro se retiraba, entonces cambiaban y empujaban los dos a la vez, Graydier alcanzó su boca, hundiéndole la lengua, solo para retirarla y ser sustituida por la del ángel de piedra.
Lyandra ya no podía soportarlo más, iba a correrse, necesitaba correrse desesperadamente.
—Gray… no… no puedo más…
Aferrando sus caderas, se introdujo con fuerza en su culo, al tiempo que le susurraba al oído:
—Córrete, pequeña… y arrástranos contigo.
No necesitó de más estímulo, todo su cuerpo empezó a temblar y sacudirse cuando el orgasmo más potente de su vida la recorrió desde los pies a la cabeza, catapultando el de ellos.
Desmadejada, cual muñeca rota se dejó caer entre ellos, permitiendo que Greydian la acunase en sus brazos mientras la estatua se apartaba de ellos para volver a su lugar y convertirse nuevamente en piedra.
—Eso… ha… sido… sucio… y malo… —se las ingenió para decir ella, acurrucándose en los brazos de  su demonio.
—No puedo evitar ser lo que soy —se rió Greydier—, pero tú disfrutas de ello tanto como yo, gatita.
—Por supuesto que sí, de otra manera, te hubiese pedido que me dejaras morir.
Greydier no respondió, en cambio se limitó a abrazarla, la noche no había hecho más que empezar y estaba más que dispuesto a hacerle ver a su compañera los beneficios de hacer un pacto con un demonio.


La trampa del cazador


Relato alto con contenido erótico



Hacía pocos minutos que el sol se había elevado por detrás de las montañas, la noche había sido fresca y seca, un aliciente más a la hora de dejar su fría cama e ir a comprobar las trampas que dos días atrás había dejado puestas. Empezaba a quedarse sin provisiones, la carne seca hacía días que había descendido en la despensa, los frutos secos y piñones no eran precisamente el mejor de los manjares, pero unidos al conejo asado se convertían en una verdadera delicia.
Una irónica sonrisa empezó a deslizarse por los labios masculinos ante el recuerdo de cómo había sido todo un año atrás, cuando movido por una apuesta había llegado a aquella cabaña perdida en el medio de ninguna parte dispuesto a demostrarle a sus amigos que era capaz de sobrevivir por sus propios medios. Su orgullo había sufrido un duro golpe cuando, después de dos días, se encontró vagando por el monte intentando encontrar cobertura para el teléfono desesperado por volver a la civilización, las risas y la jactancia de aquellos a los que había creído sus amigos le había enseñado una valiosa lección.
Apenas dos meses después de aquella prueba, Shawn había decidido tomarse un tiempo sabático, encontrarse a sí mismo y aquello que en algún momento de su vida había perdido; El placer por las cosas pequeñas y sencillas, el amor a la naturaleza y el saber que pasase lo que pasase podría valerse por sí mismo.
Había dejado de ser el Ayudante de Dirección de una enorme multinacional, a encontrarse en medio de las montañas, disfrutando del aire fresco, cazando y pescando para vivir.
Su pie derrapó en una zona embarrada obligándolo a volver al presente y a su futura comida, el bosque proveía de todo aquello que necesitaba, sólo había que saber cómo conseguirlo y Shawn había aprendido a hacerlo como el mejor de los exploradores. Comprobando que llevaba el cuchillo en la funda, y los utensilios en el saco de arpillera que colgaba de su cinturón, bajó por un lado de la cañada hasta el lugar donde había colocado la primera de las trampas.
—Veamos, ¿Qué es lo que tenemos aquí? —Sonrió para sí al ver que su cena se había enredado en la trampa que había preparado para tal efecto—. Fantástico, parece que hoy tendremos conejo para comer.
Una tras otra, Shawn fue comprobando las trampas, aprovechando algún que otro breve momento para recoger algunas setas y vayas comestibles con las que aderezaría el conejo. Concentrado en su tarea pasó por alto la brillante mirada verde que lo seguía entre las sombras, vigilando sus pasos como tantas otras veces había hecho.

***

Aruna se encogió con una mueca de simpatía hacia el pobre conejo que iría a engrosar la despensa del humano, el hombre había estado recorriendo sus bosques desde hacía más de dos lunas, poniendo trampas y rompiendo la acostumbrada tranquilidad, irrumpiendo en su mundo de una manera que nunca había pensado capaz.
A pesar de que no era el primer humano que pisaba sus montañas, sí era el único que se había quedado tanto tiempo, que utilizaba sus terrenos para cazar, el que acudía al gran río que nutría los suelos para bañarse y lavar sus extrañas ropas y sobre todo, él era único que había capturado completamente su atención.
Aruna se lamió los labios pensando en su cuerpo desnudo tal y como lo había visto la noche anterior en el río, un pecho ancho y fuerte, duros y marcados abdominales, estrechas caderas y una enorme y gruesa vara de carne entre sus piernas por la que se había encontrando salivando en más de una ocasión. Aruna no era una ninfa inocente, al igual que sus hermanas y hermanos disfrutaba muchísimo del sexo, pero jamás en sus doscientos años de vida había tenido la oportunidad de disfrutar del sexo con un humano, algo que estaba prohibido para los de su especie.
—Las ninfas no deben mezclarse con los humanos, pequeña Aruma —recordó las palabras de su niñera—, son crueles, despiadados, te harían pedazos nada más verte y si llegan a descubrir quién eres realmente, ah, entonces te encerrarán en una jaula, utilizarán tu cuerpo y te alejaran de los tuyos.
No deseaba ser alejada de los suyos, amaba su pueblo, pero su curiosidad por aquel humano no era si no superada por la lujuria que recorría sus venas de ninfa cada vez que lo miraba, preguntándose cómo se sentiría una polla como aquella hundida profundamente entre sus piernas, montándola con los impetuosos golpes de sus caderas, cabalgándola hasta hacerla llegar.
Mordiéndose el labio inferior, se acarició los pechos por encima del pedazo de tela que los envolvía, sus pezones pujaban duros contra la tela endureciéndose todavía más con su roce, ante el sólo pensamiento de que fueran aquellas manos fuertes las que los acariciarían, su boca húmeda y lujuriosa lo que los succionaría y se alimentaría de ellos. Aruna dejó escapar un jadeo, permitiendo que la mano abandonara sus senos y descendiera hasta la delgada tela que moldeaba sus caderas, introduciéndose bajo la diminuta falda, acariciando su humedecido coño.
Jadeó mordiéndose el labio para impedir que la escuchara mientras se acariciaba sin dejar de mirarlo, imaginando que era él quien la tocaba, quien hundía el dedo en su interior y la volvía loca.
Gimiendo de frustración ante su inalcanzable deseo, Aruna giró sobre sus talones y se alejó, corriendo entre los árboles, confundiéndose con el follaje hasta el siguiente punto donde sabía que vería de nuevo al cazador.

***

Shawn liberó el conejo y lo degolló con una pasada rápida del cuchillo, no deseaba hacer sufrir más al animal que se convertiría en su cena. Dejando a un lado su presa, se dispuso a colocar de nuevo la trampa cuando oyó un ruido procedente de unos matorrales a su derecha, pero al volverse todo lo que vio fue un pequeño borrón.
—¿Un ciervo? —Se levantó con cierto entusiasmo. No es que fuese preparado para cazar un animal de aquella envergadura, por otro lado, tampoco había visto ninguno por allí en el tiempo que llevaba ocupando la cabaña—. No, seguramente sería otro conejo, o algún bichejo parecido.
Sacudiendo la cabeza, volvió al trabajo, arregló la trampa y se dirigió a la siguiente, confiando en encontrar alguna nueva presa.

***

Se suponía que era una ninfa, el bosque era su hogar, nadie mejor que ella sabía cómo esquivar las trampas puestas por los malditos humanos, pues bien, estaba claro que esa no la había esquivado.
Frustrada y enfadada con su propia estupidez, luchó por desenredarse la red que había estado oculta en el suelo, sus delgados pies se habían enrollado de alguna manera y cuando más luchaba por liberarse, más atrapada parecía quedar.
—No… vamos… no puede estar pasándome esto —se quejó con un fuerte resoplido que hizo volar unos mechones de pelo castaño de su adorable rostro—. Si ese humano me encuentra aquí, voy a tener más que problemas, y el que me folle será el menor de ellos.
Aruna puso los ojos en blanco ante su fantasía, porque sí, aquella sin dura era su fantasía, ser follada hasta no poder mantenerse de pie por aquel ser primitivo que había venido a irrumpir en su bosque.
Resoplando, renovó sus esfuerzos sólo para detenerse al oír pasos, el sonido de aquellos pesados pies atravesando el suelo mullido era inconfundible, ninguna ninfa trataba el bosque de aquella manera.
Ahogando un jadeo, Aruna se quedó quieta, su mirada de un verde brillante clavada en la dirección en la que la brisa traía a sus oídos el sonido de los pasos, de un momento a otro el cazador aparecería tras los arbustos, pasando entre aquellos dos altos árboles, y cuando lo hiciera, que los dioses la ayudaran, tendría un montón de problemas.

***

El encontrarse una mujer semidesnuda enredada en una de sus trampas no era algo que Shawn esperase encontrar en medio del bosque, en realidad no era algo que esperase encontrarse y punto.
—¿Qué demonios…? —murmuró echando un vistazo a su alrededor, casi esperando ver un equipo de grabación o algo que justificara la presencia de aquella mujer—. ¿Cómo has…?
Ella se quedó completamente quieta, una cosa era ver un espécimen como aquel a distancia, otra muy distinta tenerlo a escasos pasos. Parecía casi tan sorprendido de verla allí como ella, sólo esperaba que no se enfadara por encontrarla en el lugar de algún animalillo que pudiera servirle de cena.
—¿Cómo diablos has terminado ahí? ¿Y así vestida?
Shawn frunció el ceño, su mirada recorrió los alrededores.
—Nadie me comentó que hubiese alguna reserva cerca, ¿Eres india?
¿India? ¿Por qué la llamaba de esa manera? Su nombre era Aruna. Lentamente, empezó a negar con la cabeza.
—No eres india.
Ella negó con la cabeza y se lamió los labios.
—Aruna —murmuró con voz musical, utilizando el lenguaje de los humanos.
Él frunció el ceño, entonces ella volvió a repetir lo mismo señalándose a sí misma.
—Aruna —insistió.
—Ah, Aruna… ese es tu nombre.
Ella asintió con una perezosa sonrisa, entonces señaló lo obvio.
—Atrapada.
Shawn asintió.
—Sí, ya veo que estás atrapada, ya.
Suspirando, se acercó y examinó la red envuelta en los pies de la muchacha.
—Voy a tener que utilizar el cuchillo para sacarte de ahí, así que, no te muevas.
Aruna ladeó el rostro, demasiado asombrada con la cercanía el hombre humano para poder hacer otra cosa que no fuera mirarlo de cerca, llevando tímidamente una mano al pelo suave del color del otoño de la cabeza masculina.
—Qué suave —susurró para sí.
Alzó la mirada para encontrarse con unos preciosos ojos verdes y unos labios muy sensuales, tanto que le entraron unas inexplicables ganas de besarlos. Su polla respingó de inmediato de acuerdo con su idea.
¡Joder! Llevaba demasiado tiempo sin una mujer.
—Estate quieta ahora, Aruna, no quiero cortarte, ¿de acuerdo?
Ella echó un vistazo al cuchillo en sus manos y se tensó, sus ojos se abrieron desmesuradamente, asustados.
—No… daño…
—Eh, tranquila, es sólo para cortar las cuerdas.
Ella parpadeó y lo miró.
—Cortar cuerdas.
—Sí.
—Cortar cuerdas —repitió con un suspiro, entendiendo por fin que el cuchillo no era para ella, si no para las cuerdas. Debía haber sabido que el idioma de los humanos no era tan fácil de comprender como esperaba.
Antes que la muchacha pudiese hacer cualquier otra cosa, pasó el cuchillo con cuidado y destreza a través de los nudos, liberándola. Devolviendo el arma a la funda, le tendió la mano para ayudarla a salir, sorprendiéndose cuando sonrió y prácticamente le echó los brazos al cuello, quedando colgada de él.
Dio un par de pasos atrás, llevándola consigo, notando el delgado y liviano cuerpo contra el suyo, la muchacha no pesaba nada, pero poseía un cuerpo voluptuoso que no dejaba de rozarse.
—Ya está —la dejó en el suelo.
Ella sonrió, pero se negó a apartar las manos, en cambio se frotó contra él, son una perezosa sonrisa.
—Ya puedes soltarme, bonita.
—Aruna —dijo con una sonrisa—. ¿Tú?
—¿Mi nombre?
Ella asintió.
—Shawn, Shawn Miller.
—Shawn Miller —repitió y sonrió—. ¿Shawn Miller? ¿Unión?
Decir que Shawn se quedó sin habla era quedarse cortos.
—¿Perdón?
Aruna se echó a reír, apretó sus pechos contra el torso masculino y sin pensárselo dos veces unió sus labios a los de él, lamiéndole y mordisqueándole como la mejor de las cortesanas.
—Tú ayudar a Aruna —ronroneó frotándose contra la cada vez más obvia erección masculina—. Aruna, agradecer a Shawn Miller.
Shawn se quedó boquiabierto, derritiéndose con el dulce aroma y el suave cuerpo femenino restregándose contra él.
—Ey, espera… espera —la alejó de sí un poco para poder mirarla—. ¿Qué coño estás diciendo? No te he liberado de la trampa para… eso.
Aruna ladeó la cabeza, mirándole. ¿Acaso no la deseaba? ¿Era eso? No, su polla estaba oculta en los pantalones, tiesa, dura.
—Shawn Miller no deseas a Aruna —preguntó, tratando de encontrar las palabras exactas para hacerse entender.
—¿Desear? —murmuró bajando la mirada al cuerpo femenino, reparando en la cremosidad de su piel, su tono bronceado y en la escasa ropa que llevaba encima—. Por supuesto, eres preciosa… y muy sexy… ¿Pero qué coño estoy diciendo? Ni siquiera sé quién eres.
Ella sonrió de forma hechicera, sus ojos verdes brillaban como dos esmeraldas, atrayéndolo.
—Sí, deseas a Aruna —sonrió—. Me deseas… entonces, me tendrás.
Ante la atónita mirada de Shawn, la mujer que respondía al nombre de Aruna se deshizo del top y la falda, quedando gloriosamente desnuda sólo para caminar hacia él y prenderse de nuevo de su cuello.
—Oye, esto no es… —trató de resistirse Shawn.
Aruna le puso un dedo sobre los labios, entonces sonrió.
—Tómame, Shawn Miller y sabrás lo que es tener sexo con una ninfa.

***

Shawn debería protestar, debería comportarse como un jodido hombre y negarse a aquello, pero era incapaz, fuese quien fuese aquella muchacha, había tejido una red sensual a su alrededor y en todo lo que podía pensar era en follársela.
Su boca era suave y dulce, embriagadora y su cuerpo se sentía tan bien bajo sus manos, realmente bien.
—¿Sueles hacer esto con todo el desconocido con el que te encuentras, Aruna?
Ella rió.
—No, tú eres el primero Shawn Miller.
Jadeó cuando sintió los labios femeninos lamiendo una de sus tetillas.
—Shawn, sólo Shawn.
Ella le dio un nuevo lametón, entonces susurró.
—Shawn.
Las manos de la muchacha eran suaves, apenas un aleteo de mariposa sobre su piel que dejaba tras de sí un rastro de absoluta lujuria en su cuerpo, era como si los dedos fueran dejando un afrodisíaco sobre su cuerpo que lo hacía endurecerse todavía más por ella.
Bajó la mirada y se encontró con unos ojos hechiceros, sonrientes mientras le acariciaba el estómago con la pequeña nariz, hundiendo la lengua en su ombligo haciéndolo dar un respingo. No tenía idea de que fuera tan sensible en esa zona.
Aruna continuó bajando, maravillándose de la textura, la dureza del cuerpo masculino y el sabor salobre de su piel, el objeto de sus deseos y curiosidad se encontraba oculto tras aquel molesto pedazo de tela que no quería ceder bajo sus tirones.
 —Espera, espera —lo oyó reírse, sintiendo como bajaba las manos sobre las suyas, maniobrando con el cinturón—, las cosas hay que hacerlas despacio.
Ella se lamió los labios y observó atentamente cada uno de los movimientos de sus manos, memorizándolo, aprendiendo como iba acometiendo cada parte.
—Es… difícil —murmuró mordiéndose el labio inferior.
Shawn se detuvo entonces, mirándola. Arrodillada a sus pies, tan menuda y frágil no parecía si no una niña… ¿Qué demonios estaba haciendo?
—Aruna, creo que esto es una equivocación —murmuró haciendo una mueca al rozar su gruesa erección, volviendo a coger ambos extremos del cinturón que sujetaba la funda de su cuchillo para abrochárselo.
—¡No! —gimió lanzando sus manos para atrapar las suyas, su pequeño rostro ovalado alzándose hacia él con una muda súplica—. No, Shawn. Aruna quiere… yo lo deseo… por favor, Shawn.
¿Aquella pequeña duendecilla del bosque le estaba suplicando que la follara? ¿A qué mundo alternativo había ido a caer? Nada de aquello tenía sentido, para empezar, ¿Qué demonios hacía una muchacha semidesnuda vagando por la montaña?
Negando la cabeza intentó quitarse las manos femeninas de encima.
—Aruna, ven, levántate —tiró de ella hacia arriba—. Esto no está bien… ni siquiera sé quién eres y…diablos, eres poco más que una adolescente… ¿Qué edad tienes? ¿Dieciocho?
Aruna hizo un puchero con sus bonitos y llenos labios.
—Shawn no entiende, Aruna no es… yo no soy de tu raza —murmuró luchando por encontrar las palabras exactas para comunicarse con él—. Aruna es una nereida de los bosques… una Faery, ¿entiendes?
Si un castor hubiese aparecido delante de Shawn y se hubiese marcado unas sevillanas, no habría estado tan sorprendido como ante la serie declaración de la muchacha.
—¿Ein? —respondió con cara de póquer.
Aruna se mordió nuevamente el labio inferior y miró a su alrededor con nerviosismo, dándose cuenta de que había metido la pata. Se suponía que los humanos no debían conocer su existencia y ahí estaba ella, diciéndole a un cazador humano que era un ser salido de sus leyendas y cuentos.
—Aruna… —murmuró, entonces negó con la cabeza y se señaló a sí misma—. Yo, no soy una niña… tu pueblo… ellos… um… nuestras edades son distintas…
—¿Quieres decir que tienes más edad de la que aparentas? —sugirió, obviamente sin creerse absolutamente nada.
Ella resopló al escuchar el tono condescendiente en la voz del humano, no iba a creerla, y si no la creía, tampoco iba a permitirle disfrutar de su cuerpo. Rogando a los antiguos dioses no equivocarse, agarró al cazador por la muñeca y tiró de él hacia uno de los laterales, donde unos arbustos estaban en flor y otros tenían ya vayas.
—Shawn, esto es lo que es Aruna —susurró antes de volverse hacia el arbusto y posando su mano sobre una de las flores la hizo madurar hasta convertirse en el fruto que poseían  también los otros matorrales.
En vez de asustarse y correr en sentido opuesto, como esperaba Aruna que hiciera, el hombre se agachó frente al arbusto, tocando las vallas que ella había hecho crecer.
—¿Cómo… como has hecho eso? —preguntó asombrado, su mirada yendo del arbusto a ella.
Aruna se agachó, acuclillándose a su lado, su mirada limpia buscando la suya.
—¿No lastimarás a Aruna? ¿No la encerrarás?
El temor que Shawn oyó en su voz lo sorprendió y lo asqueó. ¿Quién iba a querer encerrar a una muchacha tan dulce como ella? ¿Qué necesidad había? Entonces volvió a mirar las vallas y lo comprendió.
—No, Aruna… yo no voy a lastimarte, ni mucho menos encerrarte.
Aruna sonrió ampliamente y se echó a sus brazos, rodeándole el cuello al tiempo que unía sus labios a los suyos, desarmándolo en pocos segundos.
—Aruna… no… espera… —trató de apartarse de ella, pero había algo en ella que simplemente lo empujaba en la dirección contraria, a pegarse contra ella y degustar su cálida y húmeda boca, saboreándola—. Esto no… oh… demonios… Aruna… no debemos…
—Lo deseo —susurró ella apretando los pechos contra su torso—, quiero… todo… de ti.
Con un gemido de rendición, Shawn mandó a volar todo, rodeó el pequeño trasero desnudo con sus manos y la apretó contra su erección, devorándole la boca como un hombre hambriento y sediento de su cuerpo.
Aruna gimió contenta, disfrutando de la entrega del hombre, arrancándose de sus labios para volver de nuevo su atención a donde había estado previamente, maniobrando tal y como le había visto hacer a él para abrirle los pantalones. Una risita de júbilo escapó de entre sus labios entre abiertos cuando consiguió deshacerse del cinturón, el botón le costó un poco más, pero finalmente lo arrancó y tiró de ambos lados para forzar la cremallera.
La enorme y gruesa columna de su pene se apretaba contra el elástico de los calzoncillos negros que llevaba puestos, pero no duraron mucho antes de que con un rápido tirón liberase la carne encerrada, esbozando una amplia y maravillada sonrisa femenina ante el movimiento involuntario de la polla.
Lamiéndose los labios, deslizó sus dedos por aquella cálida columna, sonriendo ante el suave tacto, alzando la mirada hacia Shawn cuando oyó un gruñido saliendo de su garganta.
—Es hermosa —murmuró con esa hechicera sonrisa antes de acercar el rostro y acariciarse la mejilla con ella para luego, sin siquiera un aviso, llevársela a la boca y lamer la gruesa y húmeda cabeza.
—¡Dios! —gimió tambaleándose hasta chocar contra el tronco de un árbol, sirviéndose de este para mantener el equilibrio—. Aruna.
Sonriendo satisfecha, rodeó su punta con la lengua, chupándolo al interior de su boca, sólo para dejarlo salir al momento y descender la lengua por toda su longitud, como si estuviese degustando una deliciosa piruleta.
Shawn se encontró aferrándose con desesperación al tronco del árbol mientras aquella hechicera de los bosques le hacía la mamada de su vida. El verla agachada entre sus piernas, chupándole la polla con glotonería, gimiendo de gusto no hacía sino endurecerlo todavía más, empujándolo hacia la más que bienvenida liberación. Podía sentir como se apretaban las pelotas, preparándose para descargarse en la boca femenina.
—Aru… Aruna, nena… si no… si no te alejas… voy… voy a correrme en tu… boca —gimió, sudando por el esfuerzo de contenerse.
Dejando que toda la polla se retirara lentamente de su boca con un pequeño chupeteo, Aruna se lamió los labios y sonriendo, miró a Shawn.
—Aruna te tomará entero, Shawn —aseguró y volvió a chuparlo, ayudándose con la lengua, empujándolo más allá del borde hasta que lo único que pudo hacer fue correrse, enviando chorro tras chorro al interior de la garganta femenina, sintiendo como esta se apretaba a su alrededor a medida que tragaba, tomándolo todo de él tal y como había dicho.
—Mi dios —gimió, jadeando en busca de aire mientras ella seguía extrayendo hasta la última gota, para luego dejarlo ir y alzarse contra él, acariciándole perezosamente las tetillas mientras lo miraba.
—¿A Shawn le ha gustado?
No le quedó más que admitir que así había sido.
—Sí, cariño, ha sido fantástico.
Sonriendo ampliamente, Aruna se apretó contra él, su mano buscando nuevamente su polla, empezando a acariciarla nuevamente, preparándolo, excitándolo.
—¿Shawn tomará ahora a Aruna?
Había tal emoción y cruda sensualidad en sus ojos, que todo lo que pudo hacer fue gruñir y bajar su boca para poseer la suya en un furioso beso, enlazando la lengua con la suya, probándose en sus labios antes de separarse abruptamente, contemplar su cuerpo con lascivia y lamiéndose los labios, la miró.
—Oh, sí, cariño, sin duda, lo haré.

***

Las manos masculinas recorrían su cuerpo con enfebrecida necesidad, arrancando cualquier pedazo de tela que encontraban a su alcance, dejándola completamente desnuda y expuesta a sus caricias, encendiendo su lujuria más allá de lo que jamás la había llevado nadie.
Aruna gimió cuando la boca de Shawn se cerró sobre su pezón derecho, lamiendo y chupando, amamantándose con desesperación, alternando sus lamidas alrededor del pecho, entre el valle de sus senos para llegar al otro pezón y prodigarle los mismos cuidados, los gemidos y gruñidos de ambos se mezclaban con el aire, inundando el silencio del bosque en la mañana. Arqueándose, le entregó por completo los pechos, lamiéndose los labios mientras él la besaba, succionándola tan dentro de su boca que casi podía pensar que deseaba devorarla.
—Shawn —gimió retorciéndose contra el mismo árbol al que lo había empujado antes ella, jadeando, sintiendo su boca sobre sus pezones, sus manos vagando por su cuerpo, acariciándola, atormentándola hasta encontrar la humedad entre sus muslos.
—Eres deliciosa, creo que no podría dejar de lamerte —ronroneó arrancándose de sus pechos, dejando un sendero de besos por su estómago, moldeándole las caderas con las manos, ahuecando sus nalgas y masajeándolas, sólo para hacerlas resbalar por la parte trasera de sus muslos, alzándola a pulso, abriéndola para la definitiva incursión de su boca.
Aruna gritó de placer cuando notó la boca del humano amamantándose de su coño, lamiendo toda su raja, recogiendo los jugos con la lengua sólo para introducirla en su interior, moviéndola, chupando con fuerza, buscando hasta encontrar la perla oculta de su clítoris y atormentarla de una manera deliciosa.
Los jadeos escapaban sin remedio de sus labios, la boca entre sus piernas estaba causando estragos, llevándola al borde, enloqueciéndola, podía sentir que casi estaba ahí, rozando el orgasmo y entonces… él se detuvo.
—No… —gimió con desesperación—. Shawn… házselo a Aruna…
Shawn se entretuvo soplando sobre su carne caliente, haciendo que se estremeciera, oyéndola lloriquear.
—Shawn —lloriqueó ella.
Sonriendo, la alzó en sus brazos, obligándola a envolver las piernas alrededor de su cintura.
—Rodéame con las piernas —le susurró al oído—. Hazlo, o no te follaré.
Gimiendo, ella obedeció rápidamente.
—Shawn, Aruna quiere…
—Shh —la hizo callar con un beso, entonces empezó a penetrarla lentamente—. Vamos a ver qué tal se te da cabalgar, duendecillo.
Aruna gimió sujetándose de su cuello, aquella enorme polla se estaba clavando profundamente, llenándola por completo de una manera deliciosa y enloquecedora, las manos masculinas permanecían aferradas a sus caderas, sujetándola, empalándola hasta el fondo sólo para volver a alzarla y hacerla bajar una vez más por toda su longitud.
—Dios… estás malditamente apretada… es… fantástico —gimió entre los apretados dientes, luchando por mantener aquella enloquecedora y lenta caricia. Apretando su espalda contra el tronco del árbol, manteniéndola sujeta, empezó a salir y entrar de ella con profundos gruñidos, el sonido de la húmeda carne chocando contra carne inundaba el aire al compás de sus gemidos y gruñidos, sus movimientos se hacían más rápidos, más profundos, follándola con todas las ganas y la lujuria que llevaba contenido en su cuerpo por todo el tiempo que había pasado sin sexo. Podía oír los jadeos femeninos en su oído, más desesperados, más acelerados, pura lujuria que lo invitaba a empujar más duro, más profundo, clavándola con sus embates.
—Shawn… Aru… Aruna… no… no puedo… más…
Él se rió en voz baja, complacido y satisfecho consigo mismo al oír sus entrecortados jadeos, podía sentir el orgasmo construyéndose en su interior, preparándose para una explosiva liberación.
—Vamos, duendecillo… córrete, dame todo lo que tienes —su voz lamió su oído, provocándole el estremecimiento final.
Aruna gritó su liberación, cediendo en los brazos del cazador humano, los espasmos recorrían su cuerpo mientras lo sentía profundamente enterrado en un interior antes de que empezara a retirarse para salir de ella por completo. Un pequeño gemido de decepción se vertió de los labios femeninos justo antes de que sus piernas se liberaran de su cintura, posándose nuevamente en el suelo con un ligero tambaleo que Shawn detuvo al tomarla de la cintura y girarla de cara al tronco.
—Pon las manos contra el árbol, duendecillo, todavía no he terminado —le susurró empujándola suavemente, rodeándole la pelvis con un brazo sólo para atraerla hacia atrás, exponiéndola, alzando su trasero hasta tener nuevamente su polla presionándose contra la humedecida entrada de su coño—. Voy a follarte como a mí me gusta.
Gimiendo, dejó caer las manos contra la corteza del tronco, lanzando un lujurioso quejido cuando Shawn la empaló de una sola embestida hasta la empuñadura, retirándose inmediatamente para volver a embestirla mientras la mantenía sujeta por las caderas.
—Eso es —gimió, entrando y saliendo de ella—, esto es bueno… realmente bueno…
Aruna gimió, jadeando al sentirse llena, enloqueciendo de lujurioso placer con cada nueva embestida y retirada, aquello era lo que deseaba, ser follada con aquella intensidad que amenazaba con hacerla pedazos.
Un nuevo orgasmo empezó a construirse en su interior, creciendo con cada nueva embestida, haciéndola gemir por alcanzar nuevamente la tan ansiada liberación.
—Así, duendecillo, así… casi estás… sólo un poco más… caliente y apretada, la follada perfecta —la animaba Shawn apretando los dientes mientras luchaba contra su propio orgasmo hasta que era casi imposible seguir deteniéndolo.
—Shawn —gimió con aquella aterciopelada voz.
—Ya casi ahí, cariño —le susurró clavándola una vez más hasta el fondo.
Aruna se corrió por segunda vez, gritando, apretándose alrededor de la polla de Shawn, encadenando su orgasmo con el de él, haciendo que se disparaba en su interior, llenándola con su semilla.
—Ahora… esto es más de lo que Aruna podía esperar—murmuró dejándose ir contra el árbol, sólo para tenerle tras ella, apretándose también, resollando—. ¿Shawn?
—Dime, duendecillo.
—¿Podríamos volver a repetir esto mañana?
Shawn se echó a reír, salió de ella y la giró, atrayéndola de nuevo hasta su pecho.
—Yo preferiría continuar ahora mismo.
Sin darle tiempo a articular ninguna palabra, poseyó su boca dispuesto a darle a su duendecillo una verdadera lección.

***

Los solitarios días en las montañas ya no volvieron a ser lo mismo para Shawn, cada pocos días recorría las trampas que le proporcionaban el alimento, recogía algunas vallas y raíces que Aruna le había mostrado como comestibles y disfrutaba de la compañía de una pequeña duende del bosque que había conseguido que salir de caza fuera mucho más divertida y jodidamente satisfactoria.