Páginas

sábado, 14 de diciembre de 2019

El Pacto

Relato con contenido altamente erótico



—Se te está acabando el tiempo… y ya no hablemos de mi paciencia —aseguró recorriendo perezosamente su cuerpo con una hambrienta mirada—. Has obtenido más que la mayoría, deberías sentirte orgullosa.
La chica se echó atrás la pesada mata de pelo negro y miró con sus enormes y transparentes ojos azules, libres de malicia al ser que tenía frente a ella. ¿Sentirse orgullosa? Si su orgullo debía ir a la par que su caída, entonces sí. Aquellos abdominales marcados, los hinchados pectorales y la piel bronceada que quedaban a la vista a través de la camisa abierta sin duda merecían semejante caída. Un cuerpo así no cabía duda que debía ser ilegal, lástima que perteneciera a ese demonio de alma oscura.
—El tiempo corre, muchachita.
Muchachita. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que había oído ese apodo resbalando de su lengua? ¿Cuánto desde que sus manos habían profanado su cuerpo, arrebatándole la cordura, la respiración, atándola a él con el único propósito de obtener un año más de vida? ¿Había realmente merecido la pena vender su alma, su cuerpo por obtener unos minutos más?
En aquellos amargos momentos, había creído que nada podría ser peor que encontrar la muerte en pocos meses.
Hoy, estaba convencida de ello.
—¿Debo decidir yo por ti, Lyandra?
Su voz era pecado en estado puro, su cuerpo el purgatorio en el que pasaba gustosa su condena, aquel ángel de alas rotas había llegado en el momento en que había creído perder su vida, solo para entregarle la llave de la inmortalidad.
Pero incluso la vida tenía un precio, y el suyo debía ser cobrado cada año.
—Podrías callarte un momentito de modo que pueda pensar. Gracias —farfulló ella arrancando su mirada de él, respirando profundamente para intentar llevar algo de cordura a su atrofiado cerebro.
Decidir. Elegir. La libertad estaba en sus manos, al igual que su muerte.
Como lo había estado la noche en la que lo conoció, la noche en la que inocentemente había entregado su voluntad, su cuerpo, a cambio de la promesa de un año más de vida.
Lyandra acababa de dejar el hospital donde le habían diagnosticado un tumor cerebral, el hijo de puta estaba tan mal situado que no había posibilidad de operación. Los médicos y especialistas habían sido brutalmente sinceros, los mareos, las pérdidas de conocimiento ocasionales no eran más que el comienzo, pronto empezaría a deteriorarse su memoria, las palabras empezarían a confundirse en su boca y si tenía suerte, la vista sería lo último en verse afectado… Y todo ello en menos de tres meses.
Aquella misma noche había cumplido los treinta y uno, no podía decirse que no hubiese tenido una vida agradable, si a acaso, lo había sido monótona, el amor se había resistido a llamar a su puerta y a partir de aquel instante, sabía que no llamaría jamás.
Su mente había sido una coctelera, pensamientos que habían entrado y salido con la misma rapidez que las lágrimas caían por sus mejillas, la sombra de la muerte y un futuro truncado se habían impuesto por encima de la razón, ante ella ya no había vida, no había planes a largo plazo…
Lyandra había deambulado durante buena parte de la tarde por las calles vacías y solitarias de aquella ciudad, sus pasos se perdieron en las sombras de la noche conduciéndola a su inmediato destino.
—Cuidado —unos brazos fuertes la sujetaron cuando uno de sus tacones la hizo tambalear demasiado cerca del borde del precipicio. Un mal paso y su muerte había llegado mucho antes de la mano de un tonto descuido, su cuerpo habría terminado roto y desmadejado entre los hierros de los cimientos de un nuevo edificio—. Creo que acabo de salvarte la vida.
Su triste mirada se alzó hacia el rostro masculino, unas facciones fuertes y firmes enmarcadas por unos rizos morenos, mientras sus ojos eran cubiertos por oscuros cristales.
Ella rió sin verdadero disfrute.
—Todo lo que has salvado son unos pocos minutos de la muerte que ya me ha sido anunciada —murmuró apartándose de los brazos de aquel desconocido—. Temo que esta no es tu noche de suerte… quizás debieses probar en la calle de allá, quizás encuentres a alguien que realmente necesite ser salvada.
Una irónica sonrisa había cubierto sus labios al responder.
—¿Tú no deseas ser salvada?
Lyandra rió.
—¿Salvada ahora sólo para morir dentro de tres meses? —se jactó sin humor—. Llámame egoísta, pero mientras que tú podrás planear lo que harás en las próximas navidades, yo sé que ni siquiera llegaré a ver el verano.
Él sonrió.
—¿Y si pudieras? ¿Qué estarías dispuesta a entregar por un año completo de vida?
Cualquier cosa.
Qué inocente y estúpida había sido entonces, qué crédula e ingenua como para pensar que una oferta así pudiera venir de alguien con algo más que un puñado de lujuriosos deseos en el bolsillo.
Le había ofrecido cualquier cosa y él había tomado aquello que deseaba, haciéndola adicta a su sabor, a su aroma, a la lujuria que había despertado en su cuerpo, marcándola como suya, como su sacrificio en un pacto que la ataba a su voluntad en cada aniversario de su primer encuentro y que a cambio le permitía un año más de vida.
Él había borrado el tumor de su cabeza, pero a cambio se había instalado muy hondo entre sus piernas y más arriba, en un lugar que jamás se atrevería a reconocer en voz alta, no ante él, jamás ante él.
Una profunda y sensual carcajada la arrancó de sus recuerdos, trayéndola bruscamente al presente, al solitario e inhóspito lugar que había elegido para encontrarse con ella, el mismo en el que se conocieron y el que, irónicamente había estado al lado de un maldito cementerio.
Lyandra se estremeció, aunque no sabía si se debía al enrarecido aire y sepulcral silencio del terreno del cementerio al lado del que estaba parada o por el contrario, se debía a la sexual presencia de ese demonio sin alma. Con un suspiro, llegó a la conclusión de que se debía un poco a ambas cosas.
—Lyandra, pequeña, solo hay un camino al que puedan llevarte tus pensamientos.
Su voz era como un ronroneo que se extendía por su columna como un helado y placentero látigo.
—Y está justo aquí.
Los ojos femeninos lo siguieron mientras atravesaba el pórtico de piedra que daba entrada al cementerio, moviéndose entre las lápidas con paso cadencioso y pecaminosamente sensual, sus manos acariciando el mármol y la piedra de lo que en otro tiempo sin duda habrían sido hermosos acabados.
—Hacía tiempo que no paseaba por aquí, ¿No lo encuentras íntimamente relajante?
Ella reprimió un escalofrío al dejar vagar su mirada por el abandonado lugar, de una manera poco corriente y gótica, era un lugar hermoso, con aire antiguo.
—Lo que lo encuentro, es demasiado morboso para mi gusto —murmuró paseando su mirada por el silencioso lugar, siguiendo los pasos de su carcelero—. Podríamos por favor terminar con esto, me gustaría retomar mi tranquila vida durante un año más, Greydian.
Sus brillantes ojos dorados se volvieron sobre ella, sus llenos y lujuriosos labios masculinos estirándose en una perezosa sonrisa, siempre consciente de las sensaciones que provocaba en ella, de lo que ella provocaba en él.
—¿He de suponer que has alcanzado la decisión que nuestro pacto requiere? —preguntó arqueando una delgada ceja negra.
La mirada felina se clavó en la suya con esa cadencia irónica que siempre utilizaba en él.
—¿Otro año de mi vida por un polvo? Sí, por qué no, otras cosas peores he tenido entre las piernas.
Greydian la observó desde la distancia, su propia vestal, su sacrificio y su propia condena eterna, claro que eso no tenía por qué decírselo a ella. Los humanos se tomaban demasiado en serio los lazos afectivos, y él no quería ser atado con ellos, ni siquiera por ella. Su polla dio un nuevo tirón en los confines de sus pantalones, ansiosa por enterrarse entre aquellos rollizos muslos. Deseaba cabalgarla como el mismísimo diablo hasta que no existiera para ella más que él y a juzgar por sus vacilantes pasos, un año más, iba a obtener su deseo.
—Las palabras, Lyandra… —le recordó. Solo las palabras atarían su voluntad sellando nuevamente el pacto—… quiero las palabras.
La pequeña hembra lo fulminó con una cabreada mirada, pero él ya podía oler su deseo humedeciéndola y calentando su sangre.
—Te odio —masculló poniendo en la frase todo el desprecio que podía encontrar. ¿Desprecio por él? ¿Por sí misma? Greydian nunca había estado completamente seguro de ello—. Aquí estoy, Lyandra Remington, vengo libremente y me entrego libremente aquí y ahora, hasta que el primer rayo de sol despunte en el horizonte y vuelva a sellar nuestro pacto… y me permita vivir… un año más.
Greydian sintió como los lazos de su voto la sometían a él, atándola hasta la salida del sol, dándole libre acceso sobre ella y su voluntad. Aquella mujer era su única vestal, podría haber tenido más si así lo quisiera, pero ella había robado toda la voluntad de desear follarse a otra, vivía solo para esta noche, para reclamar el mismo pacto que había hecho algunos años atrás. Aquella primera noche se le había grabado en la memoria como nada había hecho antes, tan diminuta, tan poca cosa, consumida por la enfermedad que la mataba poco a poco, aquella noche había sellado su destino, quedando unida a él y a sus caprichos.
Una repentina brisa tironeó de su gabardina, alzándola, haciéndola ondear como si se tratase de un par de alas extendidas.
—Acepto tu sacrificio, Lyandra —murmuró él, su voz profunda y poderosa—. En cuanto despunte la luz de la mañana, tendrás un año más de vida… para hacer con ella lo que te plazca.
Ella alzó la barbilla y respondió mirándole a los ojos.
—Me tiraré al primero que encuentre nada más dejar este asqueroso lugar.
Greydian se echó a reír un instante antes de que sus ojos reluciesen a un llamativo rojo y gabardina ondeara una vez más, al tiempo que tendía una fuerte mano hacia ella. Una ráfaga de viento diabólico la traspasó llevándose su ropa, dejándola únicamente con un diminuto sujetador y tanga. Lyandra no pudo evitar estremecerse de anticipación.
—Siempre he encontrado divertida la estúpida manera en que las mujeres humanas intentáis ocultar vuestros atributos con esas diminutas piezas, aunque admito que aumentan tu atractivo —aseguró caminando perezosamente hacia ella.
No hubo respuesta, tampoco es que la esperara, sus ojos podían ser incluso más expresivos que sus palabras.
—¿Ya estás caliente, Lyandra? ¿Te gotea el coño esperando por mi polla?
No respondió, pero Greydier vio como apretaba los labios y los puños a ambos lados de las caderas. Él se lamió los labios al tiempo que recorría su cuerpo con una hambrienta mirada.
—¿Dónde me quieres? —contestó por fin, su voz calmada, controlada. Greydier sonrió, sabía que no sería así por mucho tiempo.
El oscuro demonio volvió la mirada a su alrededor, observando con detenimiento hasta detenerse en lo que era una estatua bastante entera de un ángel cuyas alas estaban rotas. Una oscura sonrisa estiró sus labios.
—Siempre me ha gustado la ironía —murmuró volviendo la mirada a ella al tiempo que le tendía la mano—. ¿Vamos?
Ella apretó nuevamente los puños, su mirada cayó en la mano que le tendía y tras un leve titubeo que Greynier estaba seguro no quería que él percibiese, la posó sobre la suya y se dejó llevar.
Lyandra no sentía frío, como había supuesto él ya estaba caliente y húmeda, dispuesta a hacer todo lo que ese condenado demonio le pidiera. Siempre lo estaba cuando forjaban el vínculo año tras año. Ella bajó su mirada hacia la mano más grande de él engullendo la suya, ascendiendo por su brazo hasta encontrar sus esculpidos rasgos mirando fijamente su objetivo, la estatua de un ángel de piedra con las alas rotas, que presidía un espacio vacío en las inmediaciones del cementerio. Un leve escalofrío la recorrió.
—Sube a mostrarle tus respetos a tu nuevo compañero de juegos, cariño —ronroneó él.
Lyandra lo miró durante un sorprendido instante, después se volvió hacia la estatua. Bueno, al menos esta vez no es ninguna cosa asquerosa y pegajosa, pensó al recordar sus “compañeros” de juegos de las veces anteriores. Sin duda, era un adelanto.
—Tendrás que despertarle, bebé —le aseguró cruzándose de brazos a escasos pasos por detrás de ella.
Ella lo miró con renovado odio, y finalmente se volvió hacia la estatua. Su mirada recorrió el suelo, evitando las piedras ocultas por la hierba, poniendo especial cuidado donde ponía cada pisada que daba ascendiendo hacia la estatua.
—¿No había otro sitio más sucio y con más bichos? —espetó ella.
Como en respuesta a su queja, una repentina ráfaga de fuego arrasó con toda la maleza, dejando solamente cenizas bajo sus pies.
—¿Mejor?
Ella fulminó al demonio con la mirada y miró la estatua de piedra. Estaba subido sobre un pedestal, una mano pegada al vientre y la otra estirada hacia delante, como si la invitase a unirse a ella, su rostro era sereno, agradable.
Con un nuevo suspiro, posó su mano en la del ángel de piedra y se encaramó, sujetándose al arco de sus alas para mantener el equilibrio. Un último vistazo al satisfecho demonio por encima de su hombro y alzó los labios a la boca de la estatua, pegándose a ella y soplando para insuflar una momentánea vida en la figura de piedra.
—Buena chica —oyó susurrar a Greydier un instante antes de que la mano de piedra se cerrara sobre la de ella y notase como los labios de la estatua se abrían y una cálida y húmeda lengua se abría paso en su boca, arrancándole un gemido de placer.
Lyandra notó como la otra mano de la estatua le rodeaba la cadera apretándola contra un cuerpo que no era ni frío ni pedregoso, sí duro como el mármol del que debía haber sido hecho, pero caliente y ligeramente excitante. No pasó mucho tiempo antes de que su otra mano se deslizara por su espalda, acariciándole las nalgas hasta introducirse entre sus piernas, buscando ansiosamente su entrada.
Lyandra gimió pegándose más al esculpido cuerpo masculino al sentir los dedos del ángel de piedra acariciando sus húmedos pliegues.
—Eres tan caliente como el infierno, gatita —oyó ronronear al demonio, quien parado a pocos pasos de ellos, disfrutaba ejerciendo de voyeur. Su voz bajó entonces una octava y sus palabras sonaron cargadas de poder cuando ordenó—: Arráncale las bragas y el sujetador y libera su marmóreo sexo.
La última palabra apenas había abandonado su boca y Lyandra ahogó un gritito al sentir como aquella mano entre sus piernas agarraba su tanga y la rasgaba de un tirón, seguido de su sujetador.
Ella gimió cuando la ávida lengua abandonó su boca y el esculpido cuerpo dejó el suyo, para apartarse la túnica que cubría parcialmente su cuerpo, revelando una enorme polla del color del mármol que parecía suave y carnosa al tacto. No pudo evitar lamerse los labios, su mirada fija en aquella enorme polla mientras sus manos se movían ya en un gesto involuntario hacia ella, deseando acariciarla, probar su textura.
Lyandra dio un respingo cuando oyó a la estatua soltar lo que creyó era un gemido, la polla en su mano dio un respingo y pareció crecer. Era lisa, dura como el mármol y caliente, pero su tacto, tal y como había pensado era carnoso.
—Impresionante, ¿no?
La voz de Greydier se derramó en su oído, su duro y cincelado cuerpo pegado a su espalda, la dura protuberancia de su polla encerrada en los pantalones de cuero, restregándose contra su desnudo trasero.
—¿Puedes imaginarte lo bien que se sentiría dentro de tu apretadito coño?
Ella no respondió estaba demasiado cautivada con la textura de la polla que tenía entre manos, sus dedos la acariciaban lentamente, el pulgar jugando con la cabeza donde una gota de blanco líquido pre seminal emergía.
—La quiero.
La profunda y pedregosa voz llegó hasta ella junto con el estremecimiento del cuerpo que tenía frente a ella. Lyandra alzó la mirada hacia arriba para encontrarse con unos profundos ojos negros en una cara de piedra, un rostro pecaminosamente perfecto que la hacía estremecer y humedecerse todavía más. Estaba caliente, su coño goteaba indisciplinado, que dios la perdonara pero deseaba ese enorme falo enterrado profundamente entre sus piernas, llenándola, estirándola mientras bombeaba en su interior hasta hacerla correrse.
Una suave risa en su oído, seguida de una curiosa mano jugueteando con uno de sus pezones la hizo recostarse contra su demonio.
—Sí, lo tendrás —oyó su susurro—. Pero antes, le darás lo que te pida… harás lo que te pida… no importa lo que sea, estarás atada a su voluntad… él ordenará y tú obedecerás…
Ella se estremeció, no era la primera vez que exigía aquello.
—¿Sumisión?
—Absoluta —le susurró al oído haciéndola estremecerse.
Retirándose lentamente, dejándola rabiosamente necesitada de su contacto, clavó los ojos con un inhumano brillo en los de la estatua y sonrió perezosamente.
—Ordénale y será tuya.
Los labios de piedra de la estatua se estiraron en una perezosa sonrisa, entonces bajó la mano a la polla, rodeándola por encima de la mano de ella, acariciándose con ella.
—Mírame —la voz profunda y pedregosa de aquel ángel de alas rotas la hizo estremecer, entonces sintió el inmediato tirón del hechizo de Greydier que la obligaba a cumplir los mandatos de aquel maestro como si fuese una marioneta. Al maldito bastardo parecía encontrar divertido el hecho de que otro hombre se la tirara frente a él… antes de unirse al juego.
Su voluntad estaba sometida por completo al ángel de piedra, su cuerpo se movía solo presto a obedecer y se encontró apretándose contra él, sus ojos mirando aquella profunda oscuridad.
—Dame tu lengua —una nueva orden.
Los cálidos y suaves labios bajaron sobre los suyos, ella abrió la boca e introdujo la lengua en la húmeda cavidad, enredándose, chupando y lamiendo, absorbiendo aquella inmensa lengua de la que parecía incapaz de saciarse. Le faltaba el aire, se estaba consumiendo y ya notaba sus jugos resbalando por la cara interior de sus muslos.
—Más —se encontró suplicando.
Aquel rostro de piedra esbozó una sonrisa y se alejó de ella.
—Suficiente —murmuró nuevamente, haciendo que ella obedeciera, dejándola ansiosa y anhelante, humillantemente dolorida entre las piernas.
Sus manos dejaron el cuerpo masculino para acariciarse los pechos y descender hacia su húmedo sexo pero una fuerte mano retuvo las suya.
—No te acariciarás.
Ella gimió de agonía cuando su cuerpo obedeció y protestó.
Una sonrisa masculina se extendió por el pecaminoso rostro del ángel.
—Cógete los pechos con las manos y ofrécemelos.
Sus manos ascendieron a los doloridos y llenos montículos y los alzó hacia su boca, la cual bajó ávida sobre uno de los pezones. Succionó con fuerza, chupándola, tironeando del pezón entre sus dientes para luego lamerlo y prodigarle pequeños mordiscos alrededor del seno mientras ella los sostenía y se retorcía bajo su asalto gimiendo en voz alta, desesperada, consumiéndose por el placer. El ángel de piedra abandonó un pecho para tomar posesión del otro y repetir sus atenciones, dejando sus pezones hinchados, endurecidos y palpitantes, tan palpitantes como lo estaba su coño.
—Por favor —se encontró gimiendo cuando notó las fuertes y enormes manos de callosa piedra haciendo rodar sus pechos, deslizándose por su vientre y enredándose con el vello de su pubis pero sin tomar contacto con su henchido y lloroso sexo—. Lo necesito.
Una carcajada despiadada a su espalda la hizo recordar que tenía público, sus ojos se encontraron un instante con los de su demonio oscuro, quien sonreía satisfecho. Su mirada descendió un poco más hasta sus pantalones de cuero negro, los cuales a duras penas contenían la enorme polla que sabía que había en su interior. Ese hombre… no, no debía olvidar que no era un hombre… ese demonio… estaba tan bien dotado como un semental.
—Continua —la voz de Graydier iba dirigida al ángel de piedra.
La estatua dio un paso adelante, la rodeó por la cintura y bajó con ella al suelo con un limpio salto, atrás quedaba el pedestal donde había estado encaramado en su forma de piedra.
Los pies de Lyandra se hundieron en el césped cuando el ángel de piedra la dejó en el suelo, apenas había dado un par de pasos hacia atrás cuando le aferró nuevamente las muñecas y tiró de ella hasta su pecho, entonces le acarició suavemente el rostro y le dio la siguiente orden.
—Tómame en tu boca y haz que me corra.
Lyandra se dejó caer al suelo de rodillas, su rostro quedando a la altura perfecta para el trabajo oral, aquella polla marfileña se había hinchado de manera espectacular, las venas acariciaban la superficie, y la cabeza era un poco más oscura pero apetitosa.
Abrió la boca dispuesta a tragársela cuando sintió un movimiento a su espalda y unas manos fuertes y conocidas en su trasero.
—No te detengas —le dijo Gray mientras sus manos acariciaban los dos globos de su culo, deslizando un dedo entre ellos, encontrando el apretado anillo de su ano y acariciándolo con pereza—. Métetela en la boca.
Ella gimió y bajó la boca para chupar aquella polla que bailaba ante sus ojos, su sabor salobre y arenoso era delicioso, llevándola a desear tragársela entera. Empezó a trazar la punta con la lengua, probando el líquido pre seminal que manaba de la punta. Chupó y lamió a placer, tragándosela cada vez un poco más mientras Graydier seguía trabajando en su culo, provocándole escalofríos de placer y evitando en todo momento tocar su dolorido coño.
—Levanta el culo, Lya —le susurró Greyder al oído, mientras ella seguía chupando—. Voy a metértela en ese pequeño agujerito tuyo.
Ella gimió una protesta, deseaba gritar que no era allí donde quería su polla, pero tenía la boca ocupada y estaba tan jodidamente caliente que le daba igual con total de que la follase. Sintió el picor del estiramiento mientras Greyder se abría paso en su estrecho canal, trató de respirar profundamente a través de la polla que tenía en la boca para relajarse, pero apenas podía conseguir aire suficiente que llevar a sus pulmones mientras su demonio la empalaba hasta quedar cómodamente instalado en su interior, estirándola hasta límites imposibles.
Lyandra gimió, estaba enloquecida, enfebrecida, sus manos se cerraron en los glúteos masculinos y empezó a succionar con gula aquella polla de piedra mientras Gray disfrutaba de su culo volviendo a salir casi hasta la punta de una manera muy lenta, para volver a introducirse igualmente. La polla en su boca empezó a hincharse hasta que pensó que se ahogaría, entonces estalló y el semen salió directamente disparado hacia su garganta, obligándola a tragar una y otra vez.
Grayder tiró de ella hacia atrás, arrancándola de esa polla y se levantó con ella empalada, la alzó por encima de sus caderas y le abrió las piernas, sujetándola por debajo de las rodillas, dejándola totalmente abierta a la estatua.
—Cómela —la orden fue firme, un gruñido mientras seguía cómodamente enterrado en su apretado culo.
La estatua bajó como un relámpago sobre su coño, su larga lengua hundiéndose entre los húmedos pliegues, penetrándola y lamiendo su goteante coño. Lyandra empezó a gemir y a lloriquear, estaba tan dolorida que aquel contacto intimo era una maldita tortura, su lengua entrando y saliendo al compás de las embestidas de Grey la estaba volviendo loca, llevándola al límite para luego soplar su carne, dejando que se enfriara para volver a tomarla otra vez. Lyandra terminó gritando y suplicando, agitándose contra el agarre de Grey, quien la acercaba aún más a la boca de la estatua.
—Es suficiente —lo detuvo entonces, echando una única mirada al sexo nuevamente erecto entre las piernas de la estatua, para finalmente sonreír y susurrar al oído de ella—. La deseas, ¿no es así, gatita? La quieres en ese coñito caliente y goteante, deseas que te llene, te folle duro y fuerte… dilo, Lya… dilo y lo hará.
Lyandra deseaba gritar, maldecir, arrancarle cada uno de los malditos pelos de la cabeza a ese maldito demonio, pero aquello tendría que esperar, ahora, lo que deseaba era ser follada.
—Lo quiero —siseó entre dientes—. Quiero que me folle…
Sonriendo, Graydier la dejó deslizar sus piernas al suelo, manteniéndose todavía firmemente enterrado entre sus nalgas, su mirada se cruzó con la de la estatua y asintió:
—Fóllatela.
Gruñendo, el ángel caído deslizó una mano por el muslo femenino, alzándoselo para finalmente conducir su duro pene a la goteante entrada femenina, penetrándola lentamente, hasta quedar totalmente alojado en su interior. Aferrando sus caderas empezó a moverse, alternando los movimientos de su pelvis con los del demonio, follándola a dúo mientras ella jadeaba y gemía entre los dos hombres que la enloquecían con aquella doble penetración.
Mientras uno empujaba el otro se retiraba, entonces cambiaban y empujaban los dos a la vez, Graydier alcanzó su boca, hundiéndole la lengua, solo para retirarla y ser sustituida por la del ángel de piedra.
Lyandra ya no podía soportarlo más, iba a correrse, necesitaba correrse desesperadamente.
—Gray… no… no puedo más…
Aferrando sus caderas, se introdujo con fuerza en su culo, al tiempo que le susurraba al oído:
—Córrete, pequeña… y arrástranos contigo.
No necesitó de más estímulo, todo su cuerpo empezó a temblar y sacudirse cuando el orgasmo más potente de su vida la recorrió desde los pies a la cabeza, catapultando el de ellos.
Desmadejada, cual muñeca rota se dejó caer entre ellos, permitiendo que Greydian la acunase en sus brazos mientras la estatua se apartaba de ellos para volver a su lugar y convertirse nuevamente en piedra.
—Eso… ha… sido… sucio… y malo… —se las ingenió para decir ella, acurrucándose en los brazos de  su demonio.
—No puedo evitar ser lo que soy —se rió Greydier—, pero tú disfrutas de ello tanto como yo, gatita.
—Por supuesto que sí, de otra manera, te hubiese pedido que me dejaras morir.
Greydier no respondió, en cambio se limitó a abrazarla, la noche no había hecho más que empezar y estaba más que dispuesto a hacerle ver a su compañera los beneficios de hacer un pacto con un demonio.


No hay comentarios:

Publicar un comentario