Llegaba
tarde a la maldita cena de Nochebuena.
No
había forma de evitarlo, los limpiaparabrisas del coche apenas daban abasto con
lo que había empezado a ser una ocasional lluvia de copos de nieve y terminó
convirtiéndose en una rotunda ventisca que a duras penas le permitía atisbar la
carretera.
—Sabía
que tenía que haber salido antes —rumió al tiempo que entrecerraba los ojos,
como si de esa manera pudiese ver mejor por dónde transitaba.
En
realidad, debería haber iniciado ayer el viaje, pero como siempre que la Ley de
Murphy entra en acción, todos sus planes se habían ido yendo al traste uno tras
otro.
—Mica
va a matarme.
Y
no le cabía la menor duda que lo haría sino terminaba ella misma con su propia
vida conduciendo bajo aquellas condiciones climatológicas tan adversas.
Micaela
era toda la familia que le quedaba hoy en día, la única que había estado a su
lado en cada duro momento por el que había pasado a lo largo de una vida llena
de baches.
Se
conocían desde niñas, habían ido al mismo instituto y solo se separaron durante
un breve periodo en la universidad, ya que su amiga había optado por cursar
medicina pediátrica, mientras ella misma abogaba por la asistencia social. Pero
incluso así, su separación había sido temporal, después del primer año viviendo
en el campus, ambas habían decidido alquilar un piso y pasaron los siguientes
cinco años soportándose la una a la otra hasta que apareció Klein, un adorable
y simpático médico que enamoró a su mejor amiga y no paró hasta arrastrarla
hacia el altar.
Él
era un buen tipo, alguien afable y con interminable buen humor que trataba a su
esposa como a una reina y a ella, como a una latosa cuñada.
Desde
que celebraron sus primeras navidades como marido y mujer con ella, se había
convertido en una tradición el repetir el ritual cada año y por ello, ahí
estaba, metida en un coche en dirección a la casa rural de la pareja, la cual
tendría que haber alcanzado hacía ya varias horas.
Los
insoportables villancicos, que era lo único que conseguía captar la señal de la
radio en aquella zona, se habían muerto un par de kilómetros atrás, la estática
inundaba ahora la emisora y sabía que no volvería a escuchar nada más hasta
pasar la siguiente colina y alcanzar la gasolinera, desde la cual accedería al
desvío que la llevaría al dichoso rancho.
Lo
último que se habría imaginado en la vida era que una mujer tan cosmopolita
como Micaela terminaría viviendo en un lugar tan remoto como aquel, pero en
cuanto posabas la mirada en las vistas que se apreciaban desde el porche de la
casa, entendías el motivo de que incluso una chica de ciudad como ella se
hubiese enamorado profundamente de la zona.
—Venga,
hombre —masculló aguzando la vista, aferrando con fuerza el volante mientras intentaba
ver el camino que se extendía más allá del haz de luz que emitían las luces del
coche, las cuales a duras penas podían atravesar la nieve—. ¿Dónde demonios
está la maldita gasolinera? Es imposible que me la haya… ¡Oh, puñetas!
Eve
pisó el freno con fuerza cuando las luces del coche se cruzaron con lo que
creyó era una silueta de algún tipo. La dirección empezó a girar sola mientras luchaba
por sostener el volante, las ruedas derraparon sobre el resbaladizo suelo
lanzándola de un lado a otra de la carretera y le fue imposible controlar el
vehículo. Su cuerpo salió disparado hacia delante, siendo retenido con
brusquedad por el cinturón de seguridad, el sonido de la parte delantera del
coche chocando contra algo resonó en sus oídos mientras la cabeza le explotaba
de dolor dejándola desorientada y dolorida durante un breve instante.
—Mierda,
joder… —masculló llevándose la mano a la cabeza. Tocó algo húmedo a la altura
de la sien, se llevó los dedos a la zona e hizo una mueca al ver la mancha
rojiza que ahora le teñía las yemas de los dedos—. De puta madre, es justo… lo
que me faltaba.
El
ronroneo del motor se filtró entonces en su mente en un mudo recordatorio de lo
que había ocurrido, se esforzó por tantear en busca de la llave para apagarlo y
sacarla al momento del contacto. Se movió despacio mientras buscaba el cinturón
de seguridad y se soltaba, intentó centrar la vista en algún punto, pero el
mundo insistía en seguir girando a su alrededor.
—No
me jodas… —masculló, cerró los ojos y recostó la cabeza durante unos
instantes—. Vamos, Eve, tienes que salir del coche…
Maldiciendo
en voz baja, se estiró hacia la puerta, sus dedos acariciaron la manilla de la
puerta, pero la perdieron cuando una potente luz atravesó el cristal de la
ventanilla, cegándola, y la puerta se abrió por sí sola.
—¿Te
encuentras bien?
La
inesperada pregunta pronunciada en un extraño y fuerte tono masculino atravesó
el cegador haz de luz.
—Estaré
mucho mejor cuando aparte esa luz de mi cara —replicó levantando la mano para
escudarse de ello.
La
línea luminosa se desvió, apartándose de su camino y eso le permitió ver a su
interlocutor. Su mirada se encontró al momento con unos vibrantes ojos azules
que resaltaban en un rostro pétreo, enmarcado por unos rebeldes mechones de
pelo negro que escapaban del gorro de lana que le cubría hasta las orejas.
—¿Estás
herida? —se interesó, inclinándose sobre ella, llevando una enguantada mano
hacia su rostro, como si quisiera comprobar que podía verle.
—Estaría
mejor si no me doliese tanto la cabeza —murmuró apartándose de inesperada
caricia masculina para clavar la mirada en un punto por detrás de ellos. La
ventisca parecía haber perdido intensidad para convertirse en una tranquila
lluvia de nieve—. Algo… o alguien se ha cruzado por delante del coche. No lo
vi, apenas tuve tiempo de poner el pie sobre el freno… y el resto es historia.
Intentó
ver a través de la oscuridad, pero lo único que encontraba allí eran sombras
provocadas por las potentes luces de otro vehículo aparcado a un lado del
camino a unos cuantos metros de dónde se encontraba.
—¿He
atropellado algo o a alguien?
El
hombre se movió, dejándole sitio para poder bajar del coche al tiempo que
negaba con la cabeza.
—No
he visto a nadie —respondió con esa particular voz, tenía un acento extraño,
casi cantarín—. Solo a ti haciendo patinaje artístico con el coche antes de
salirte de la carretera e ir directa hacia el árbol.
Volvió
a mirar de nuevo las luces del vehículo aparcado e hizo una mueca mientras
abandonaba el suyo y miraba con una mueca el capó del suyo empotrado
completamente en tronco del árbol.
—Estupendo,
a los del seguro les va a encantar saber que acabo de tener una bronca
monumental con un árbol —musitó apoyándose contra la puerta en un intento por
permanecer de pie. El suelo se movía solo bajo sus pies, la cabeza le latía de
tal manera que parecía tener un percusionista dándolo todo en su interior y no
le cupo la menos duda de que, de no ser por los excepcionales reflejos de aquel
desconocido, habría terminado espatarrada en el suelo.
—Mierda
—masculló aferrándose a los fuertes brazos, luchando por mantenerse en pie a
pesar de que le fallaban las fuerzas.
—Despacio,
no hay prisa.
—Eso
es lo que tú dices, pero el mareo que tengo encima y el incesante golpeteo en
mi cabeza, no quieren que me tome las cosas con calma.
Él
se limitó a rodearla con un brazo, permitiéndole que se apoyase contra él.
—Ven,
Eve, será mejor que te sientes unos momentos —sugirió llevándosela con él—. No
me he tomado la molestia de salvarte, como para que ahora te rompas el cuello
delante de mí a causa de un tonto resbalón.
—Bueno,
salvarme lo que se dice salvarme… —echó un vistazo por encima del hombro a su
coche e hizo una mueca—. Bueno, vale… sí, creo que podía decirse que has
llegado como caído del cielo…
Suspiró
y se dejó conducir hasta el vehículo estacionado a un lado de la carretera, el
cual ahora escuchaba ronronear, pues seguía con el motor en marcha, cuando su
espesa mente reparó en algo.
—Espera,
me has llamado Eve —se detuvo en seco y alzó la cabeza para encontrarse con
esos bonitos ojos azules—. ¿Cómo demonios sabes mi nombre?
El
recelo fue inmediato, dio un paso atrás para apartarse de él al tiempo que su
mente conjuraba rápidamente una de esas escenas de las pelis de serie B que
tanto le gustaban a su mejor amiga.
Su
respuesta llegó con una caída de ojos directa a su pecho y un gesto de la
enguantada mano hacia su jersey.
—Hola,
mi nombre es… Eve —leyó en voz alta.
Bajó
la mirada sobre sí misma e hizo una mueca al darse cuenta de que todavía
llevaba puesta la maldita pegatina que había rescatado esa mañana de otro
jersey. Se había olvidado por completo quitársela.
—Vale,
muy bien, soy gilipollas —masculló para sí misma, arrancó el papelito con un
tirón y lo miró, no sin evitar sentir como se le encendían las mejillas—.
Bueno, este es uno de esos incómodos momentos en los que yo me muero de
vergüenza y tú haces uso de una exquisita educación y no haces comentario
alguno al respecto de mi desliz.
Una
perezosa sonrisa empezó a extenderse por los labios masculinos, su expresión
cambió y se volvió no solo pícara, sino incluso arrebatadora. Ese hombre era un
auténtico bombón.
—¿Qué
desliz? —fingió genuina ignorancia—. No te preocupes, tu secreto está a salvo
conmigo.
De
acuerdo. Ese completo desconocido que había parado en medio de ningún sitio
para ayudarla tras el accidente, no solo tenía unos ojos atrapantes, era
atractivo y estaba de infarto, además, era un encanto.
¿De
dónde había salido? Los hombres cómo él sencillamente no existían.
—Vamos,
siéntate, parece que estás a punto de caerte de un momento a otro —la instó a
ello, rodeándola de nuevo por la cintura para llevarla hasta el jeep y hacerla
sentarse en el asiento de atrás—. ¿Tienes algo de ropa de abrigo en tu coche?
Asintió
mientras se acomodaba en el asiento y dejaba escapar un suspiro de alivio. Le
dolía la cabeza, la sentía embotada y sabía que posiblemente tuviese que
recibir algún punto en el corte sangrante que tenía en la sien.
—Mi
abrigo, también está mi bolso —señaló, estirándose hacia fuera para indicarle—.
En la parte de atrás.
—Está
bien, ya los recupero —la empujó muy suavemente, obligándola a recostarse de
nuevo contra el respaldo del asiento—. No te muevas.
Se
limitó a asentir con la cabeza, embebiéndose del delicioso aroma a bosque,
acebo y algo más masculino que no acababa de descifrar.
—Gracias.
Cerró
los ojos un momento y respiró profundamente, el latido era insoportable, pero
al menos la sensación de mareo parecía haber empezado a remitir. Se obligó a
abrirlos de nuevo al escuchar el sonido de sus pasos, fue entonces cuando
reparó en que la nevada se había vuelto ya tan escasa que había parado casi por
completo.
—No
puedo creer que haya decidido dejar de nevar justo ahora —murmuró extendiendo
la mano fuera del coche para comprobar que así era—. ¿No podía haberlo hecho
una hora antes? Me habría evitado todo esto…
—Esto
no es más que un interludio —escuchó de nuevo su voz, entonces se encontró con
el abrigo y el bolso en sus brazos—.Volverá a arreciar la tormenta,
probablemente nieve toda la noche.
—Oh,
espero que no, tengo que llegar a una maldita cena… —murmuró al tiempo que
hurgaba en el bolso en busca de su teléfono—. No… no me jodas, ¿en serio?
Se
quedó mirando asombrada la pantalla, la cual no solo estaba en negro, sino que
había estallado.
—Tiene
que ser una broma —gimió e intentó encenderlo sin éxito—. Oh, vamos, ¡no puede
pasarme todo a mí!
Su
teléfono había muerto, literalmente. No sabía cómo, pero el muy maldito había
pasado a mejor vida. Resopló, alzó la cabeza y se encontró con la mirada
masculina sobre ella.
—De
casualidad no tendrás un teléfono móvil, ¿verdad?
Él
se limitó a señalar el salpicadero del coche.
—No
tendrás cobertura hasta pasar la colina —le indicó—. Los árboles y esta
tempestad… No es inusual quedarse aislados.
No,
no lo era. Lo sabía a la perfección, pero quedarse sin cobertura precisamente
ahora…
—Hay
una gasolinera en la zona, Cullin´s Road,
se llama —explicó llevándose la mano a la cabeza—. No me la he pasado, ¿verdad?
—Has
dejado Cullin´s Road a unos cinco kilómetros
atrás, más o menos.
—¿Qué?
—jadeó y miró hacia atrás, a través de la luna trasera del coche—. Tiene que
ser una broma. ¡No la vi!
—Lo
sé, por eso he venido a ti.
Su
respuesta tardó un momento en filtrarse en su cerebro.
—¿Perdona?
¿Cómo que lo sabes?
Lo
vio apoyar ambas manos en el coche, su cuerpo cubriendo el hueco que dejaba la
puerta abierta del vehículo mientras se inclinaba hacia delante y resbalaba la
mano enguantada sobre su palpitante sien.
—No
es tu momento, todavía no es hora de que cruces —declaró con voz suave,
presionando la mano contra su rostro.
—Para,
me haces da…
Pero
no, el dolor que sentía, las punzadas en la sien y el tamborileo de la cabeza
empezó a remitir bajo el inesperado calor que parecía emanar de su guante.
—Olvídalo,
sigue… —musitó cerrando los ojos.
Lo
escuchó reír, un sonido muy bajo, casi silencioso, pero estaba ahí.
—No
tienes nada de qué preocuparte, no te haré daño, no podría —dijo y a sus oídos
sonó como una confesión—. Estoy aquí para cuidarte, como siempre…
Su
tono y palabras eran enigmáticos, tanto que no supo cómo responder a eso. Por
otro lado, no es que pudiese encontrar los pensamientos adecuados cómo para
hacerlo.
Dejó
escapar un suspiro de alivio y se obligó a abrir los ojos, encontrándose una
vez más con esa cristalina mirada.
—Dime
una cosa, no te has escapado de ningún sanatorio mental ni nada por el estilo
últimamente, ¿verdad?
—No
—respondió y, para su eterna sorpresa, no solo le creyó, sino que se sintió
tranquilizada por esa respuesta.
—¿Podrías
llevarme hasta la gasolinera? Desde allí puedo llamar a Micaela y…
Un
dedo sobre sus labios cortó de raíz el resto de la frase.
—Mañana,
después de que amanezca, te llevaré a dónde quieras ir, pero hasta entonces, te
quedarás conmigo —declaró resbalando ahora los dedos enguantados por su
rostro—. No debes estar sola esta noche, Eve, no puedo permitir que le des la
bienvenida… todavía no es el momento.
—¿Darle
la bienvenida a quién?
No
respondió, no con palabras, al menos, ya que se inclinó sobre ella y le acarició
los labios con los propios. Un beso suave y casto que, inexplicablemente la
dejó deseando más.
—No
necesitas saber su nombre —replicó apartándose lo justo para ponerle el
cinturón de seguridad.
—No,
espera…
Su
cerebro hacía aguas, estaba segura, porque no entendía de la misa la mitad. Ese
hombre había salido de la nada, literalmente, la había ayudado y ahora parecía…
¿qué? ¿Querer secuestrarla?
—Borra
el miedo de tu mirada, Evangeline —pronunció su nombre completo de tal forma
que le provocó un escalofrío—. No tienes nada que temer de mí.
Sí,
claro, porque después de todo era perfectamente normal el que un completo
desconocido la rescatase de un accidente de coche, la metiese en su jeep, le
soltase un puñado de burradas y la besase lo justo como para pensar en pedirle
un bis.
¿Qué
coño estaba pasando con ella? ¿Por qué demonios no estaba gritando como una
posesa?
Sacudió
la cabeza y luchó para liberarse del cinturón que se empeñaba en ponerle y esas
manos enguantadas.
—No,
no, no. Para. Stop. Alto —le sujetó las manos y sintió un inmediato escalofrío
al hacerlo. Sus miradas se encontraron una vez más y, durante un breve latido
de corazón, pensó que se ahogaría en su mirada—. Por favor.
—¿Prefieres
ir conmigo delante?
Sí.
No. ¡Joder!
Sacudió
la cabeza.
—Mira,
te agradezco la preocupación, pero es que tengo que llegar a casa de mi amiga…
Hoy es Nochebuena, le prometí que la pasaría con ella y…
Volvió
a interrumpirla resbalando los dedos sobre sus labios.
—Podrás
hablar con Micaela y Klein en cuanto te tenga a salvo dentro de la cabaña
—declaró sin dejar de mirarla, sorprendiéndola una vez más al conocer los
nombres de sus amigos—. Esta noche no puedes estar con ellos, tampoco puedes
andar por ahí tú sola, debes quedarte conmigo. Si te dejo ahora… nada de lo que
he hecho hasta el momento habrá servido de nada.
Sintió
que como un escalofrío de miedo le recorría la espalda. No sabía cómo demonios
sabía sus nombres, cómo sabía que ellos eran las personas a las que iba a ver y
ese hecho hacía que el desconocido que estaba ante ella fuese un verdadero
motivo de acojone.
—Confía
en mí, Eve, créeme cuando te digo que mi misión es mantenerte a salvo.
¿Qué
confiase en él? Sí, claro. Por supuesto, ¿y luego qué?
Lo
recorrió con la mirada una vez más, no había mucho de él que pudiese resultar
sospechoso. Vestía como un lugareño más, con unos vaqueros, botas de montaña,
chaqueta polar y guantes, estaba claro que no era un loco que se había escapado
de un psiquiátrico; no a menos que el psiquiátrico tuviese ropa invernal. Y
estaba ese jeep, un vehículo que seguramente no podía ser robado.
Lo
más inquietante de todo eran sus ojos, esas gemas azules tan vibrantes que
sentía que le veían hasta el alma.
Enigmas.
Todo aquello era un conjunto de enigmas que no tenían ni pies ni cabeza. Si
fuese una mujer sensata, ahora mismo estaría girando sobre sus propios pies y
haciendo un sprint que dejaría
atónico a Carl Lewis.
—¿Quién
eres?
Quizá
debía haber empezado por ese pequeño detalle, pensó con cierta ironía.
—Cael.
En estas montañas me conocen como Cael Eden.
Cael Eden. ¿Por qué le sonaba ese nombre?
—Soy
uno de los vecinos de tu amiga Micaela.
Parpadeó
un par de veces al escuchar aquella declaración.
Como
si de una bombilla se tratase, su mente se iluminó y la mención de su nombre
llegó acompañada de la explicación de Mica. Por supuesto, Cael o, cómo le
llamaba él, el sexy y excéntrico ermitaño que apenas se dejaba ver por el
pueblo y que no solo interactuaba con sus vecinos cuando no parecía quedarle
más remedio.
—Eres
ese ermitaño que vive al otro lado del lago, el de esa casa que apenas se ve
entre los árboles…
Esa
enigmática sonrisa volvió a curvarle una vez más los labios.
—El
mismo, aunque confieso que nunca antes me han llamado «hermitaño» a la cara.
—Sí,
bueno, a mí tampoco ha querido secuestrarme nunca alguien después de haber
sufrido un accidente de tráfico.
Él
ladeó la cabeza.
—¿Crees
que te estoy secuestrando?
—¿Cómo
llamarías sino el montarme en tu coche e impedir que me vaya por mi propio pie?
—¿Supervivencia?
—replicó con palpable ironía—. Es comprensible que receles y desconfíes de mí.
No me conoces, no tienes motivos para fiarte de… alguien a quién ves como a un
desconocido. Tendrás que confiar en mi palabra de que no te ocurrirá nada malo
mientras estés a mi lado. Estoy aquí para ayudarte, para asegurarme de que
estás bien…
Le
sostuvo la mirada. Cuando esos ojos volvieron a caer sobre ella y se cerraron
sobre los suyos, fue incapaz de apartarla.
—¿Y
por qué habría de confiar en tu palabra? —argumentó con tozudez.
Él
se inclinó de nuevo hacia ella y, rodándola con un brazo la sacó del vehículo,
pero no la soltó.
—Porque
te conozco desde que tomaste tu primera bocanada de aire —replicó contemplando
su rostro con detenimiento—. Y estaré ahí cuando exhales la última…
—¿Me
estás amenazando?
—No,
dulce luna, nunca escucharás que
profiera una amenaza contra ti.
Eve
se quedó inmóvil, prácticamente se le paró el corazón y dejó de respirar al
escuchar un apodo que solo había escuchado decir a una persona durante su
niñez. Ella era la única que la llamaba así, nadie más lo había hecho durante
el resto de su vida.
—¿Cómo
me has llamado?
Posó
una vez más la mano enguantada sobre su mejilla y se la acarició con el pulgar.
—Vamos
a casa, Eve —dijo simplemente—. Cuando lleguemos podrás hablar con tu amiga y
decirle que estás bien.
La
tormenta eligió ese preciso momento para volver a hacer acto de presencia y
mientras se dejaba llevar por él alrededor del jeep, al asiento del copiloto,
la nieve que les había dado una tregua volvió a caer sobre ellos.
—Siéntate.
Ella
vaciló con la mano en la puerta.
—¿Cómo
sé que no eres un loco homicida y que tienes en mente alguna cosa rara? —No
pudo refrenar su lengua.
—No
soy un loco homicida —le respondió con tranquilidad, mirándola a los ojos—. En
cuanto a lo que tengo en mente… Considéralo un seguro contra situaciones
inesperadas.
Ella
enarcó una ceja ante su extraña respuesta.
—Esa
respuesta no hace precisamente que quiera sentarme a tu lado —aseguró con una
mueca.
—Y
sin embargo, lo harás.
No
dijo una palabra más, se limitó a esperar y, todavía no sabía cómo, al final
acertó.
Nadie
podría tacharla jamás de no ser aventurera. Podrían decir que no tenía cerebro
y no lo discutiría, ciertamente el suyo todavía intentaba recuperarse del
choque contra el árbol, pero vistas sus opciones, era morir congelada dentro de
su coche, morir congelada caminando los más de cinco kilómetros que tenía hasta
la gasolinera o aceptar subir al vehículo con calefacción de un completo
desconocido que estaba más bueno que el pan y tenía unos ojos que la
estremecían hasta el alma.
Sí,
también podría decirse de ella que era suicida, pensó al tiempo que se ponía el
cinturón y dejaba que él cerrase la puerta. Esperaba que su decisión no la
enviase directamente a un agujero cavado en el jardín trasero de esa cabaña
oculta al otro lado del lago.
La
cabaña era acogedora, el fuego de la chimenea invitante, no había nada en la
espartana habitación que indicase que Cael fuese un loco homicida, pero
entonces, tampoco es que conociese a muchos como para poder tener una
referencia.
Echó
un vistazo alrededor, las paredes estaban decoradas con guirnaldas y motivos
navideños, un pequeño abeto ocupaba una de las esquinas más alejadas de la
chimenea y le daba ese toque hogareño.
No
pudo evitar dar un respingo cuando sintió las manos masculinas sobre sus
hombros.
—¿Qué…?
Él
se limitó a girarla y empezar a desabrocharle el abrigo.
—Aquí
hace calor —le dijo a modo de respuesta—. No vas a necesitarlo.
Se
lamió los labios y le permitió que le quitase el abrigo. Su cercanía la
excitaba, había algo en él que la atraía como una polilla a la luz y solo podía
pensar en lo absurdo y loco que era todo aquello.
—Relájate,
Eve, aquí estarás a salvo.
Esa
insistencia en su seguridad la llevó a sacudir la cabeza.
—Estaría
igual de segura con mis amigos —rezongó. No comprendía ese afán de protección
que veía en él.
Él
sacudió la cabeza.
—Esta
noche no estarías a salvo en ningún lado si no es cerca de mí —aseguró él al
tiempo que le acunaba la mejilla con la mano—. La muerte ronda la montaña y no
se irá hasta el amanecer.
Sus
palabras la estremecieron, se obligó a tragar saliva y hacer la pregunta que le
quemaba en los labios.
—¿Cómo
puedes estar tan seguro?
Le
cogió la barbilla con dos dedos y se la alzó de modo que estuviesen cara a
cara.
—Porque
yo soy su emisario.
Antes
de que pudiese pedir una explicación a esas palabras, él volvió a besarla por
segunda vez aquella noche y todo su cuerpo reaccionó de inmediato al suyo y a
sus caricias. Fue una respuesta instintiva, su cuerpo se amoldó al suyo y antes
de darse cuenta ya le había rodeado el cuello con los brazos y se entregaba sin
reservas a aquel inesperado frenesí.
—Esto
es una locura —se las ingenió para murmurar rompiendo su beso.
Él
le lamió los labios, la recorrió con la mirada y sacudió la cabeza.
—Cuando
vives tanto como yo, la locura se convierte en el destino —respondió antes de
reclamar una vez más su boca en pequeños besos—. Y ya no cuestionas nada…
Demonios,
si fuese otra persona, una cuerda, le apartaría, atravesaría la puerta y se
marcharía sin molestarse en mirar atrás. Pero era Eve y su cordura se había
quedado al parecer empotrada con su coche en aquel árbol.
—El
teléfono —recordó tardíamente—. Micaela, tengo que llamarla… Se preocupará.
Se
estremeció cuando él le mordisqueó el labio inferior, sus manos surfeaban ya
sobre su cuerpo, deshaciéndose de la ropa que empezaba a sobrar.
—La
llamarás —aseguró él mordisqueándole ahora la oreja—, después. Hablarás con
ella… en el momento adecuado.
Antes
de que pudiese preguntar qué momento sería ese, se encontró despojada del
jersey de lana, la blusa ahora estaba abierta dejando a la vista la pálida piel
que contrastaba con el sujetador de algodón con dibujitos y la boca masculina
obraba magia sobre ella.
El
tacto de sus manos le arrancó pequeños estremecimientos de placer, era como el
aleteo de una mariposa sobre su piel que dejaba tras de sí un rastro de lujuria
en su cuerpo, su contacto la encendía y la excitaba con milimétrica precisión.
Bajó
la mirada y se encontró con aquellos ojos azules, su boca trazó pequeños
senderos de besos por el montículo desnudo de sus pechos, acariciando la tela
del sujetador antes de que el cierre frontal cediese a la codicia de sus dedos.
La
acarició con suavidad, los pulgares resbalaron sobre los ya endurecidos pezones
y le arrancaron un pequeño gemido. Le vio sonreír, una sonrisa auténtica antes
de que esa húmeda y pecaminosa boca se cerrara sobre uno de los duros botones.
La succionó con avidez, acariciándola con la lengua, alimentándose de su seno y
extrayendo de su boca incontrolados gemidos de placer.
Su
otro seno corrió la misma suerte, la lengua rodeó la aureola bañándola con su
humedad, pequeños golpecitos que enardecían su deseo y contribuyeron a que su
sexo se humedeciera instantáneamente.
Las
manos acompañaron el descenso, le acariciaron la piel, moldeando sus costillas,
resbalando sobre su estómago y vientre para finalmente detenerse ante la
cintura de los vaqueros al tiempo que le hundía la lengua en el ombligo
haciéndola reír.
—Tengo…
cosquillas —tembló bajo sus manos.
Él
se limitó a darle un nuevo lametón. Los dedos atacaron entonces el cierre del
pantalón. Primero el botón, luego la cremallera y la tela se deslizó por sus
caderas sin esfuerzo.
Ahora,
todo lo que la separaba de su lujuria era el pequeño pedacito de tela a juego
con el sujetador, y este no resistió mucho ante la desnuda hambre en la mirada
de Cael.
La
habitación giró a un ritmo vertiginoso, sintió la dura pared contra su espalda
apenas un instante antes de que su lengua entrase en contacto con la tibia y
mojada carne de su sexo. La lamió, una sola pasada de la lengua que la dejó
jadeante y anhelando más. Había perdido el juicio por completo, no existía otra
fórmula que explicase el por qué le permitía a un desconocido darse un festín
entre sus piernas. Gimió cuando sintió como la penetraba con un dedo, la
sensación era tan intensa que fue casi un milagro el conservar el equilibrio.
Dios, ese hombre era un mago con la lengua y con los dedos, su cuerpo vibraba
al compás de una melodía que solo él parecía capaz de tocar. No se reservaba
nada, su asalto no era delicado, la devoraba como si estuviese hambriento de
ella, como si hubiese esperado tanto tiempo que cada segundo era precioso.
El
deseo la atravesó en indiscriminadas ráfagas, le temblaban las piernas, no
podía evitar jadear y gemir en voz alta y él parecía demasiado cómodo
devorándole el sexo como para detenerse.
—Oh,
dios —se encontró gimiendo en voz alta cuando la intensidad en su interior
aumentó. La tensión y el deseo aumentaban exponencialmente amenazando con
barrerlo todo.
Las
manos que hasta ese momento se habían mantenido contra la pared se hundieron en
el pelo masculino. Bajó la mirada hacia él, sus ojos se encontraron y vio cómo
se lamía los labios antes de abandonar el que parecía ser su pasatiempo
favorito para apoderarse una vez más de su boca.
Enredó
los dedos en su pelo, aferrándole la cabeza y obligándola a echarla hacia
atrás, entonces le devoró la boca. Hundió la lengua en la húmeda cavidad y la
enlazó con la suya, bebiendo de ella, entregándole su propio sabor mientras le
arrebataba una vez más el aliento.
Respondió
a su beso al tiempo que le rodeaba el cuello con los brazos, acercándole más a
ella. Sintió, más que oyó el gemido de placer escapando de sus labios mientras
le deslizaba las manos por la espalda hasta ahuecarle el trasero y empujarla
íntimamente contra una nada despreciable y dura erección.
Gimió
en respuesta, disfrutando del hombre, de su sabor y su arrojo. Entonces rompió
el beso, se lamió los labios y lo miró a través de las pestañas.
—Mi
turno —murmuró, al tiempo que se quitaba por completo los pantalones y las
braguitas y las dejaba a un lado.
Sí,
no cabía duda de que estaba lista para ser encerrada en un manicomio y con
camisa de fuerza. Le mordisqueó la barbilla y resbaló las manos por el frente
de su camisa para empezar a desabotonar cada uno de los botones; Cael se había
quitado el anorak nada más traspasar la puerta. Poco a poco la tela dejó al
descubierto un pecho bronceado, con músculos definidos y una perfecta tableta
de abdominales. Se lamió los labios y resbaló las manos sobre él, le acarició
las tetillas, dibujó el rastro de vello que salpicaba los pectorales con los
dedos y continuó bajando, acompañando el descenso de su ávida boca.
Lo
besó, le mordió y se dio el lujo de jugar con su ombligo como había hecho él
antes. Sonrió cuando lo sintió estremecerse y repitió la operación hasta hacerlo
gruñir.
Los
dedos atacaron con decisión el cierre de sus pantalones como había hecho él
antes con los suyos, enganchó las presillas del cinturón y tiró de la prenda
hacia abajo.
La
enorme y gruesa columna del pene se apretaba contra el elástico de los
calzoncillos negros que llevaba puestos, estos cedieron a sus manos liberando
al instante la carne encerrada. Sus labios se curvaron en una perezosa sonrisa
ante el movimiento involuntario del sexo masculino.
Se
le hacía la boca agua por probarle, deslizó los dedos sobre la cálida columna
sonriendo ante el suave tacto y arriesgó una mirada hacia arriba para
encontrarse con sus ojos, más oscuros y expectantes. La lengua le acarició el
labio inferior una última vez, entonces volvió toda su atención sobre el pedazo
de masculinidad que albergaba su mano.
Rodeó
la punta con la lengua un par de veces, lo lamió suavemente disfrutando de su
sabor y finalmente lo llevó al interior de su boca, chupándolo con glotonería
para volver a dejarle ir y arrastrar la lengua por toda la longitud como si
estuviese degustando una deliciosa piruleta.
Él
se endureció incluso más bajo sus atenciones, con las piernas separadas y los
pies plantados en el suelo, le enterró una mano en el pelo mientras la dejaba
trabajar. Sus bajos gruñidos la encendían y animaban a continuar con aquella
deliciosa cata.
Dejando
que todo el pene se retirara lentamente de su boca con un pequeño chupeteo, se
lamió los labios y volvió a succionarlo una vez más, llevándolo tan adentro
como podía, reteniéndolo profundamente en su húmeda boca y empujándolo más allá
del borde hasta que lo único que pudo hacer fue correrse y enviar chorro tras
chorro al interior de la garganta.
Una
vez satisfecha, lo dejó ir y se levantó, lamiéndose los labios. Sus ojos se
encontraron de nuevo y él le rodeó el cuello con los dedos atrayéndola hacia sí
para poder besarla una vez más.
—No
sé cómo podré dejarte después que amanezca —le oyó murmurar contra sus labios.
Había verdadero pesar en su voz.
Le
devolvió el beso, correspondió a la urgencia con la que él la poseía. Había tal
emoción y cruda sensualidad en sus ojos, que todo lo que pudo hacer fue gemir y
dejarle poseerla en un furioso beso. Enlazó la lengua con la suya, se probó en
sus labios antes de separarse abruptamente y deslizar la mirada con lascivia
sobre su cuerpo medio desnudo.
—Pero
por ahora, pienso aprovechar hasta el último de los minutos que me queda
contigo —aseguró con vehemencia.
Y
lo hizo, no dejó de amarla en toda la noche, disfrutó de su cuerpo, se hundió
entre sus piernas y la poseyó como un loco desesperado. Su pasión igualó a la
suya, perdiéndose ambos en la lujuria y a pesar de todo, nunca dudó que en su
toque, en cada caricia dejaba algo de él con ella para que lo recordase.
Tiempo
después, con los cuerpos enredados sobre una mullida alfombra a la luz del
fuego, Cael buscaba las fuerzas necesarias para alejarse de ella y dejarla
continuar con su vida. No había llegado el momento para Eve, todavía tenía un
largo camino que recorrer, vidas que llenar con la propia dejando su huella en
aquellos que la necesitarían. La necesitaban, no importaba lo mucho que amara a
esa pequeña y delicada mujer, debía renunciar a ella una vez más, seguir
cuidándola en las sombras hasta que el destino volviese a reunirlos y esta vez
para siempre.
—Estarás
bien, Eve —susurró. La miró dormir, quería gravarse su imagen de esa manera,
pegada a su cuerpo y ajena a quien era en realidad—. En unas horas más
regresarás con tu amiga, ella cuidará de ti hasta que tengas fuerzas para seguir
de nuevo adelante.
Le
acarició el rostro y luchó con el dolor de la inminente separación.
—No
es tu momento —insistió. Un recordatorio más para sí mismo que para ella—. Te
queda un largo camino por delante, corazones que tocar, almas que sanar… pero
te prometo que volveré, mi luz, y cuando volvamos a encontrarnos, ya nadie te
separará de mi lado.
Se
inclinó y le besó la frente, aquella sería la última vez que podría tocarla
hasta que la muerte volviese a reunirles.
—No me olvides, mi ángel de vida.
Le
dolía la cabeza horrores y todo le daba vueltas. El insistente zumbido que
escuchaba a lo lejos era realmente molesto. Se movió y frunció el ceño al
encontrarse con la cara apoyada sobre algo duro. Abrió los ojos y se encontró
con el salpicadero del coche, las intermitentes luces de un coche de policía
coloreaban de azul y rojo el ahora soleado día.
Parpadeó
desorientada, una conocida voz empezó a filtrarse en aquella neblina de
desconcierto, giró lentamente la cabeza y vio a Micaela con el rostro lleno de lágrimas
y un brillo de alegría en los ojos. Klein, su marido, posaba la mano sobre su
hombro y parecía realmente aliviado de verla.
—¿Por
qué tengo la sensación de que vas a echarme la bronca? —murmuró sin poder
evitarlo.
La
mujer rio en respuesta y se acercó a ella, comprobando su aspecto con ojo
crítico. Era una suerte que su amiga fuese médico.
—¿Cómo
te encuentras, cariño? ¿Te duele algo? —le preguntó mientras la examinaba
superficialmente.
Se
llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza e hizo una mueca al tocar un
chichón.
—Creo
que me ha nacido un huevo detrás de la cabeza —dijo con un mohín—. Y duele.
Lentamente
hizo un barrido a su alrededor intentando ubicarse.
—¿Qué
ha pasado?
Un
hombre vestido de policía se acercó también al coche y se asomó a echar un
vistazo.
—Parece
que su coche patinó debido al hielo de la calzada y fue a estrellarse contra un
árbol —le informó el policía. Entonces miró a su amiga—. ¿Pido una ambulancia?
La
mujer negó con la cabeza y se incorporó.
—No
creo que sea necesario —entonces se giró hacia ella—, de todos modos iremos al
hospital para que te hagan un reconocimiento completo.
Dejó
de escuchar a su amiga, su mente intentaba regresar a la noche anterior y al
fin lo consiguió. Ya no había rastro de la tormenta de nieve que había cubierto
la carretera la noche anterior, la misma que hizo que su coche patinara y fuese
a empotrarse directamente contra un árbol en una de las cunetas. Porque, eso
era lo que había ocurrido, ¿verdad?
Sus
recuerdos eran confusos, no podía ver con exactitud qué era lo que fallaba,
pero creía que faltaba algo. Sacudió la cabeza y gimió al instante ante el
movimiento.
—Dios,
me estalla la cabeza.
Klein
tomó aquella frase como su entrada.
—Agradece
que llevabas el cinturón de seguridad puesto, Eve, de lo contrario pues que el
dolor de cabeza fuese el menor de tus problemas —le dijo con ternura. Entonces
se volvió hacia su esposa—. Avisaré a Carl para que esté al tanto y se ocupe de
Eve en cuanto lleguemos al hospital.
Sí,
era una suerte que sus dos mejores amigos fueran ambos médicos; una suerte y un
fastidio.
Horas
después, con un par de calmantes encima y el cuerpo tan vapuleado que le dolían
hasta las uñas, se dejó caer en el sofá de tres plazas que tenía Micaela en el
salón. El abeto estaba colocado frente a una de las ventanas, engalanado para
la ocasión y con un bonito ángel coronando la cima. A los pies, varias cajas y
paquetes de regalos esperaban a ser desenvueltos la mañana de navidad; aunque
ya era mediodía.
—¿Estás
cómoda? Te traeré una manta y un poco de zumo —le decía su amiga. Micaela no
había dejado de hacer de mamá gallina desde el momento en que la habían sacado
del coche y llevado al hospital. Allí, tras examinarla, le habían dicho que
solo tenía un chichón y que podía irse a casa.
—Estoy
bien, estoy bien —insistió por enésima vez. Entonces resopló—. Lamento mucho
haberos preocupado. Os he estropeado la Nochebuena y la Navidad.
La
mujer se dejó caer a su lado en el sofá y la envolvió con el brazo.
—No
digas tonterías —se apoyó en ella y juntaron las cabezas como solían hacerlo—. Lo
importante es que estás bien y estás aquí. Si te hubiese pasado algo…
Las
lágrimas acudieron a sus ojos sin poder retenerlas, había estado especialmente
sensible desde que dejaron el hospital.
—Empiezo
a cuestionar seriamente la capacidad de diagnóstico de esos colegas tuyos, Mica
—le dijo secándose la cara—. Como mínimo debo de tener una conmoción cerebral,
es la única forma en la que se me ocurre explicar… esto…
Su
amiga se rio y la apretó suavemente.
—Ay,
Eve, no tienes ninguna conmoción cerebral, el médico aseguró que tienes la
cabeza más dura que una roca.
Ella
hizo un mohín. El médico que la atendió había bromeado con ella al respecto, un
tipo ocurrente y divertido que le tocaba trabajar la mañana de navidad.
—Tengo
la sensación de que he perdido algo importante —confesó, nuevas lágrimas
resbalaron por sus mejillas—, pero no logro recordar el qué.
Su
amiga le limpió el rostro.
—No
busques explicaciones a cosas que no tienen sentido, Eve —le aseguró—. Ha sido
un verdadero milagro que te encontrásemos por la mañana viva cuando no tenías
siquiera la calefacción del coche encendida. ¡Habrías podido morir de
hipotermia! Sin duda has tenido a un ángel velando por ti toda la noche.
Ella
arqueó una ceja en gesto de perfecta ironía.
—¿Un
ángel?
Ella
asintió con una sonrisa y empezó a hablarle en el mismo tono que solía utilizar
con sus pequeños pacientes; su amiga era pediatra.
—Cuando
caen las primeras nieves, los ángeles bajan a la tierra y tiñen estas colinas
de calidez y bondad —empezó a narrar—. Los más ancianos del lugar hablan de una
figura solitaria que recorre la carretera la víspera de navidad en busca de
almas necesitadas de ayuda y les protege para que puedan reunirse con sus seres
amados.
Su
mente conjuró la imagen de la silueta de un hombre, su rostro no estaba claro,
pero sus ojos, unos profundos y enigmáticos ojos azules la hicieron estremecer.
Tan rápido como la imagen apareció despareció dejándola con una sensación de
vacío tan intenso que creyó no poder respirar.
—¿Y
quién es ese… ángel, según tú?
Las
manos de las dos se enlazaron como solían hacerlo cuando compartían algún
secreto.
—Él
es el ángel de la navidad —le susurró en confidencia—. O eso es lo que le digo
a los niños. Los ancianos del pueblo creen por el contrario que se trata del
Ángel de la Muerte, aquel que viene a recoger las almas de aquellos que se han
perdido ya sea para conducirles a su descanso final o para retener sus almas
hasta que la luz de un nuevo día los traiga de nuevo a la vida.
Llegados
a este punto, las lágrimas discurrían en tropel por sus mejillas.
—¿Y
qué más dicen de él?
Su
amiga se preocupó por el tono de su voz.
—Eve,
cariño —la abrazó—. Ya está, ya ha pasado todo, ahora vas a estar bien.
Sacudió
la cabeza sin poder evitarlo. Quería, necesitaba una respuesta, no sabía por
qué pero la necesitaba.
—¿Qué
más sabes de él? —se giró a ella con desesperación. Los ojos vidriosos por la
humedad—. Dímelo, Mica… por favor.
Si
su petición le resultó extraña no dijo nada.
—Solo
es una leyenda, Eve —se encogió de hombros—. Un cuento para niños y para
aquellos que se pierden en la montaña y necesitan esperanza.
Ella
iba a protestar, pero la voz de Klein acercándose a ellas por detrás del sofá
la interrumpió.
—Dicen
también de él que baja a la tierra por que busca a su otra mitad, a su ángel de
vida —comentó él apoyándose en el respaldo—. Que por eso vaga por los caminos,
esperando encontrarle algún día.
Ella
se giró para ver a su amigo, quien le apretó el hombro en señal de ánimo.
—Hay
mucho folclore por esta zona, cuando quieras escuchar historias, solo tienes
que decírmelo —le aseguró acariciándole el rostro con ternura—. Pero por ahora,
creo que te vendría bien irte a la cama y descansar.
Ella
se lamió los labios, hizo un puchero e indicó el árbol con un gesto de la mano.
—Pero…
es Navidad.
El
matrimonio se rio.
—Y
seguirá siéndolo aunque duermas un par de horas —le aseguró su amiga.
Ella
sacudió la cabeza.
—Ya
nos hemos perdido la cena de Nochebuena —declaró con firmeza—. Al menos
intentemos salvar algo de la Navidad.
Riendo
su amiga se levantó y se agachó bajo el árbol cogiendo uno de los paquetes.
—Sí,
sin duda tienes todavía la cabeza en su sitio —se burló Klein tomando asiento a
su lado—. Ese chichón no ha podido contigo.
Ella
le echó la lengua y envolviéndose en la manta se levantó y se unió a su amiga
bajo el árbol. Ellos habían estado en vela toda la noche, realmente preocupados
y necesitaba quitarles aquel peso. El desempaquetar los regalos era una
tradición que seguían disfrutando como niños pequeños. Cada nuevo paquete
abierto era motivo de risas o divertida consternación, uno tras otro fueron
dejando atrás las preocupaciones para disfrutar de aquella mañana de Navidad.
—¿Y
este último de quién es? —preguntó con una amplia sonrisa. Sus ojos vagaron de
uno a otro y vio en ambos la sorpresa y las preguntas.
—No
recuerdo ese papel —comentó Klein examinando el papel de regalo dorado con
cintas negras.
Su
mujer lo miró con la misma sorpresa.
—Pues
yo no he sido —aseguró, entonces miró el paquete y luego a ella—. Pero está
claro que es para ti.
Bajó
de nuevo la mirada a la etiqueta en la que se veía con letra clara su nombre.
—Ábrelo,
así saldremos de dudas.
Pensando
todavía que tenía que tratarse de alguna nueva treta de aquellos dos, quitó el
lazo, desenvolvió el papel y se encontró con una delicada caja negra. Al
retirar la tapa, descansando en una suave cama de plumas se encontraba un
ramillete de flores de cristal con los pétalos azules y el centro amarillo.
—¿Una
flor? —La curiosidad en la voz de Klein era palpable.
Su
amiga se inclinó sobre ella para ver mejor el delicado regalo.
—Juraría
que es un no me olvides —comentó examinando el objeto—. Está detallado al
milímetro.
Una
solitaria lágrima se vertió por su rostro hasta caer sobre el cristal cuando lo
extraía de su cama. La llevó hacia el rostro y la miró intensamente, casi como
si pudiese palpar su aroma.
—No
te olvidaré. —Se encontró musitando, una suave sonrisa curvó sus labios
mientras reconocía en el color azul de aquellos pétalos, los ojos de un ángel
que la había rescatado en la Navidad.
Por
fin todas las piezas encajaban en su sitio y el vacío que había llenado su
corazón ahora era sustituto por una promesa eterna que su otra mitad le había
hecho.
«No me olvides, mi ángel de vida».
Las
palabras resonaron en su mente como un lejano eco.
«No lo haré, Cael, jamás te olvidaré».

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