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| Relato erótico |
—Vale,
vale, vale… a ver si lo he entendido. —Sus ojos de un intenso color índigo
recorrieron al monumento que ahora permanecía en pie ante ella; un hombre que
no debía estar allí. En realidad ni siquiera debía existir pues había salido
directamente de su imaginación—. ¿Dices que tú eres mi regalo de Navidad?
Las
luces de colores que iluminaban el enorme abeto del Rockefeller Center creaban
sombras sobre ellos, unos metros más abajo los patinadores ocasionales hacían
frente al frío y a la nieve para disfrutar de las últimas horas del
veinticuatro de diciembre. Ella misma había salido a hacer las compras de
última hora para la cena de Nochebuena, una cena que un año más debería hacer
en la soledad de su apartamento.
Keltia
deslizó la mirada sobre el hombre que permanecía en pie frente a ella, el único
que la había abordado cuando cruzaba la plaza. Para ser exactos, ni siquiera lo
vio acercarse, simplemente apareció allí y todo pensamiento coherente escapó
como por arte de magia de su mente. Pero claro, ¿quién no se quedaría sin
palabras si te salía un tío de más de metro ochenta, con un cuerpo que sería la
envidia de cualquier deportista y unos profundos ojos de un azul tan claro que
parecían de hielo? Un hielo tan ardiente que la estremecía y no podía asegurar
si lo hacía de temor o de placer.
Su
aspecto era un contraste en sí mismo, el pelo corto se rizaba sobre las orejas
y frente en delicadas ondas, un color indefinido entre dorado y rubio claro que
realzaba el bronceado de su piel sobre el traje absolutamente blanco e impoluto
que llevaba. ¿Cómo era posible que le sentara tan bien ese color sin que
pareciese un camarero?
Aquel
era un traje caro, quizás un Armani, pero su color no dejaba de sorprenderla, en
cualquier otro hombre aquel aspecto lo convertiría en un ángel moderno, pero él
tenía algo de demonio.
Sacudiendo
la cabeza para alejar todas aquellas absurdas ideas volvió a concentrarse en
las palabras del hombre que a juzgar por el movimiento de los labios le estaba
hablando.
—…no
es como si pudiese equivocarme, la verdad.
—¿Qué?
—le preguntó. Se había perdido toda la parte anterior.
El
desconocido se limitó a fruncir el ceño, entonces sacudió la cabeza y suspiró.
—Y
luego se creen una raza superior —lo oyó farfullar—. ¿Has escuchado una sola
palabra de lo que acabo de decir, misanti?
—Pues
no. —Para qué andarse con rodeos. Aquella era la verdad, se había quedado demasiado
embobada mirándole a él—. Digamos que me perdí en el preciso momento en que
soltaste por esa boquita tuya que eras mi regalo de Navidad.
El
hombre puso los ojos en blanco, la irritación parecía estar abriéndose paso en
sus perfectas facciones y con todo mantenía la compostura.
Habría
que ver lo que le duraba.
—No
sé si “regalo de Navidad” podría adaptarse a mi presencia aquí y a que tenga
que ver contigo —le dijo con un profundo suspiro—. Pero yo no hago las reglas y
tampoco las cuestiono, eso me llevaría demasiado tiempo.
Arqueó
una delgada ceja castaña en modo incrédulo, ¿sería posible que se hubiese
escapado de un manicomio?
—Me
estoy perdiendo antes de haber empezado siquiera —le aseguró ella al tiempo que
se encogía de hombros—. Por no mencionar que hace un poquito de frío y me estoy
congelando el culo aquí, Mr. Universo.
Máltes
contempló a su custodio preguntándose una vez más cómo diablos se había metido
en una situación como aquella. No era trabajo de los ángeles caídos el hacerse
cargo de los estúpidos humanos que estaban tan deprimidos como para lanzarse debajo
de las ruedas de un coche; por fortuna ella no era una de aquellas, su único
problema era que su alma dejaría de existir aquella noche y a él le endosaron
el encargo de no permitirlo.
Quizá
el detenerla en plena calle y decirle que era su regalo de Navidad no había sido
buena idea, pero, ¿qué sabía él de humanos? Solo interactuaba con ellos cuando
tenía que acompañarlos al otro lado, después de todo era el ángel de la muerte.
—Si
quieres saber la verdad, estoy aquí porque te vas a quedar frita esta noche —le
soltó con un ligero encogimiento de hombros.
Los
ojos femeninos se entrecerraron con divertida ironía.
—¿Disculpa?
Máltes
puso los ojos en blanco.
—Frita,
finita, difunta, muerta como una piedra —enumeró haciendo énfasis en cada una
de las palabras con gestos de la mano—. Soy tu ángel de la muerte, cariño. Estoy
aquí para evitar que eso pase, puesto que todavía no ha llegado tu hora; lo
cual no deja de ser gracioso debido al precipitado descenso al que estás
conduciendo tu vida.
Ella
abrió la boca y volvió a cerrarla para acabar resoplando.
—Confirmado.
Te has escapado de un sanatorio mental —aseguró en voz alta. Aferró el bolso y
cambiando de mano la bolsa de la compra pasó frente a él—. Ahora si me
disculpas, tengo cosas que hacer. La primera y más importante, dejar
inmediatamente tu presencia. Adiós, chaladito.
Resopló,
la paciencia no fue jamás una de sus virtudes, toda una ironía teniendo en
cuenta su trabajo.
Sin
pensárselo dos veces giró sobre sus caros zapatos blancos y acortó la distancia
entre ellos. Tenía hasta el alba para arreglar las cosas y no estaba dispuesto
a desperdiciar ni un minuto por muy terca y absurda que fuera aquella
mujercita.
—¿Tan
poco te importa tu propia vida? —sugirió caminando a su lado.
Ella
se limitó a ignorarle.
Máltes
aprovechó el momento para contemplarla. Era bastante menuda, en realidad su
cabeza apenas le llegaba a los hombros. Tenía un espeso pelo castaño recogido
en una pequeña cola, si lo llevase suelto es posible que no bajase más allá de
los hombros. El rostro salpicado de pecas enfatizaba unos profundos ojos azul
índigo; no era hermosa en el propio sentido de la palabra pero sí exótica. Suponía
que debajo del grueso abrigo y flojos pantalones su cuerpo sería curvilíneo,
quizá un poco rellenita, nada que ver con la enfermiza esbeltez que había
encontrado en más de una ocasión entre la mayoría de las mujeres humanas.
Al
menos su misión sería agradable. Sí, disfrutaría profundamente restaurando su
alma.
Keltia
observó por el rabillo del ojo como los labios masculinos se torcían en una
perezosa sonrisa, él había optado por seguirla o quizá debiese decir
acompañarla pues en ningún momento permitió ser dejado atrás.
Resoplando
se detuvo en seco haciendo que él diera un par de pasos más antes de detenerse
y girarse hacia ella con una de aquellas doradas cejas arqueadas.
—Mira,
si no dejas de seguirme ahora mismo, llamaré a la policía —le avisó con
profunda calma—. Me importa un pimiento quien creas ser; cómo si dices que eres
el mismísimo Papa. No te quiero a mí alrededor, así que harías bien en cambiar
de dirección. Marcharte, o no sé, lo que se te ocurra.
Él
se limitó a observarla con las manos metidas en los bolsillos. Habría sido el
vivo retrato de la inocencia de no ser por la mirada gélida en sus ojos, una
mirada llena de expectativas y tórridas promesas que no dejaban lugar a
equivocaciones.
¿Sería
acaso un violador? Diablos, aquello era justo lo que necesitaba para terminar
con el desastroso año que llevaba.
Primero
había sido despedida, el recorte de personal en su empresa la había dejado de
patitas en la calle y sin un centavo, entonces surgió la maldita enfermedad que
la mantenía visitando hospital tras hospital, y cuando por fin parecía que las
cosas mejorarían, el viejo Polo se había muerto. No, aquel no había sido un
buen año para ella, pero su vida tampoco fue nunca un camino de rosas.
Con
una infancia y adolescencia transcurrida entre orfanatos y casas de acogida,
sin más familia que una madre alcohólica y un medio hermano que no la podía ni
ver, la soledad había sido su única compañera durante años. En un momento dado
creyó que todo aquello terminaría al conocerle a él, pero todo lo que consiguió
fue aumentar su calvario. Sacudiendo la cabeza para alejar de sí aquellos amargos
recuerdos se centró en el presente, en la noche más importante del año, una
para pasarla en familia y la cual, un año más tendría que vivirla en completa
soledad.
—Eso
es lo que está acabando con tu alma, consumiéndola —oyó de nuevo su voz, su
mirada se encontró entonces con la suya—. La soledad es para los muertos, no
para los vivos, Keltia.
Ella
lo miró durante unos instantes, entonces entrecerró los ojos con suspicacia. Aquella
era la segunda vez que pronunciaba su nombre y estaba malditamente segura de
que no se lo había dado.
—¿Cómo
sabes mi nombre?
Los
labios masculinos se curvaron lentamente y se permitió deslizar la mirada por
el cuerpo femenino.
—Sé
muchas cosas sobre ti, todo lo que necesito saber para cumplir con mi papel —le
dijo con un ligero encogimiento de hombros cuando volvió a mirarla a la cara.
No
debía preguntar, aquel hombre estaba loco, lo que tenía que hacer era dar media
vuelta y salir corriendo, pero su lengua tenía vida propia.
—Sé
que me arrepentiré de preguntar esto pero, ¿y eso sería?
Una
confiada sonrisa aquellos labios.
—Mantener
tu alma viva hasta la mañana de Navidad —respondió sacando las manos de los
bolsillos de su traje.
—¿Solo
hasta la mañana de Navidad?
Él
se burló, había petulancia en su tono.
—No
necesito más de una noche en tu cama para restaurar tu alma.
Las
palabras se esfumaron de su cerebro. Estaba segura de que habían huido en el
momento en el que le oyeron a él y el tono de voz.
Ante
su silenciosa respuesta, él se encogió de hombros.
—Como
dije, soy tu regalo de Navidad —repitió.
Aquel
era sin duda un buen momento para echar a correr y marcar un nuevo récord
mundial pero sus pies no parecían dispuestos a colaborar. No podía apartar la
mirada, el tenue azul de los iris la mantenía como hipnotizada. ¿Dónde estaban
sus pensamientos, cualquier cosa coherente que la hiciera huir de aquella
locura?
—Vale,
ahora es cuando sale la cámara oculta y grita “¡Te pillé!” —Se convenció. Sus
ojos ya lo abandonaban a él para pasearse por los alrededores y empezar a alzar
la voz—. ¡Vale! ¡Me habéis pillado! Ya podéis salir con las cámaras, ¿para qué
cadena de televisión es esto?
Los
inocentes transeúntes que caminaban por la calle se apartaron de ellos cómo si su
repentina explosión fuera contagiosa. Miradas sorprendidas, otras de
indiferencia, no cabía duda de que lo que decían sobre la ciudad era verdad,
nada era demasiado extraño para Nueva York.
Sacudiendo
la cabeza se acercó a ella y se inclinó para quedar a la misma altura.
—¿No
hay cámaras? —susurró con irritación.
Máltes
negó con la cabeza.
—No,
Keltia —respondió al tiempo que alzaba una de las manos y dejaba resbalar los
nudillos sobre la mejilla femenina—, no hay cámaras.
Ella
se lamió los labios y retrocedió un par de pasos, manteniendo la distancia
entre ellos.
—Esto
es de locos, ¿en serio esperas que me crea toda esa locura de almas y ángeles?
Suspirando,
él se enderezó y la contempló durante un breve instante. Algo en aquella mirada
le decía que estaba a punto de hacer algo para lo que no había vuelta atrás.
—Me
temo que no te queda otra opción —le dijo él—. No tienes tiempo para
descubrirlo por ti misma. Incluso ahora, mientras hablamos, tu alma se está
muriendo.
Algo
le decía que no mentía. En lo profundo de su ser podía sentir como se iba
apagando, la vida era una zorra que no le dejaba un solo momento de paz.
—¿Y
qué problema hay si me muero? ¿No es lo que hacemos todos en algún momento? —le
soltó. Se sentía como una estúpida al darle conversación, pero tampoco podía
evitarlo.
Empezaba
a dudar quien de los dos estaba más loco, si él por las barbaridades que decía
o ella por escucharlas.
Por
primera vez desde su encuentro, vio como el brillo de sus ojos se apagaba
adquiriendo una profundidad más oscura, fría.
—No
es tu momento —le dijo de forma tajante. La fuerza y el tono en su voz hicieron
que se sobresaltase e incluso sintió un escalofrío de temor recorriéndole la
columna—. No tengo tiempo que perder en nimiedades. Tu alma no está preparada
para morir, no es el momento y por ello he tenido que dejar mis tareas a un
lado y bajar a este mísero plano mortal para impedirlo. Y créeme, misanti, lo impediré.
Ella
dio un nuevo paso atrás, el hombre que estaba ante ella era definitivamente
mucho más de lo que parecía, locuras aparte, era peligroso.
—Si
das un sólo paso más hacia mí, gritaré —lo amenazó con un dedo al tiempo que
retrocedía.
Él
puso los ojos en blanco, siseó alguna cosa en un idioma que no pudo entender y
extendió la mano hacia ella. En un abrir y cerrar de ojos había detenido su
huida y se encontraba en la férrea presa de los brazos del hombre.
—¿Qué
parte de “no tengo tiempo que perder” no has entendido, humana? —le preguntó con
un frustrado resoplido. Entonces bajó la boca sobre ella y se detuvo a un
escaso suspiro—. Soy Máltes, Keltia, Guardián de las Almas, más conocido en tu
mundo como el Ángel de la Muerte y tú, mi pequeña muchacha humana, vas a
conocer de primera mano lo que significa estar a mí merced.
Ella
posó las manos en su amplio pecho, intentando alejarlo.
—Tienes
que estar de broma.
Él
chasqueó la lengua.
—Nunca
bromeo en horas de trabajo.
Antes
de que pudiera responder a ello, él se apoderó de su boca en un húmedo beso que
hizo que el mundo se sacudiera bajo los pies. Su mente fue inundada entonces
con el conocimiento de Máltes, de su presencia, dejándole perfectamente claro
quién era él y qué tenía preparado para ella.
Cuando
sus labios se separaron dejó escapar un ahogado jadeo, nada podía prepararla
para algo como aquello, para una realidad tan apabullante que sólo podía ser
una fantasía.
—No
puedo… no es posible que tú… oh, señor…
Él
ladeó ligeramente el rostro.
—¿Aceptarás
ahora tu regalo de Navidad?
Máltes
se paseó por el reducido espacio de la habitación que servía de vivienda a
Keltia. La mujer vivía en un reducido apartamento en una de las zonas más
económicas de la ciudad; en su actual situación era lo único que podía
permitirse. El salón estaba unido a la cocina, era una habitación abierta dividida
por un largo mueble de cajones que había visto mejores días. Con la puerta
principal situada a la derecha, a la izquierda se encontraba el dormitorio y un
reducido baño; una vivienda para una sola persona, un techo sobre su cabeza en
realidad.
Un
par de gastados marcos contenían dos viejas fotografías, las únicas que encontrabas
en todo el lugar.
—¿Tu
familia?
Ella
cerró la puerta de la nevera y se volvió hacia él. El lunático, no sabía de qué
otra manera llamarle, tenía una de las únicas fotos que conservaba de cuando
era niña en las manos.
—Es
mi padre —respondió en voz baja—. No lo recuerdo. Se largó de casa antes de que
tuviese edad suficiente para acordarme de él. Esa foto estaba en uno de los
cajones del dormitorio de mi madre, junto con sus inseparables botellas.
No
preguntó, no le hacía falta, sabía perfectamente qué clase de vida había
llevado ella.
—¿Y
la otra foto? ¿Eres tú?
Ella
no se molestó en mirar, estaba seguro que conocía aquellas fotos al dedillo.
—Me
la hicieron cuanto tenía catorce años, ese fue mi segundo hogar de acogida
después de que le fuera retirada la custodia a mi madre —contestó sin más.
No
encontró ni vergüenza ni dolor en su voz, en realidad no había nada, ningún
sentimiento que envolviese aquellos recuerdos. No era de extrañar que su alma
agonizase si aquello era todo lo que Keltia tenía en su interior.
—¿Te
gusta la Navidad, misanti?
La
mujer alzó sus ojos color índigo hacia él y finalmente recorrió la amplia
habitación en la que escaseaban los adornos navideños.
—¿La
pregunta tiene trampa? —se burló—. Si lo dices por la ausencia de adornos, mi
única defensa es que mi economía no es muy boyante, la sola idea de poner un abeto…
bueno o voy a talarlo al bosque, lo que supondría una multa considerable y paso
las fiestas en una celda u opto por una decoración minimalista. Ganó la última
opción.
Sin
darle tiempo a pensar en que su próximo movimiento, echó un vistazo rápido a su
alrededor y en un abrir y cerrar de ojos la habitación quedó decorada en blanco
y dorado con un precioso abeto nevado en una esquina lleno de cintas y bolas
doradas y plateadas.
La
bolsa de naranjas que todavía sostenía cayó al suelo y su boca habría seguido
el mismo camino si no estuviese sujeta por la mandíbula. La vio contemplar el
cuarto con expresión, había cambiado el salón e incluso la reducida cocina
estaba engalanada y una Flor de Pascua decoraba el mueble que servía de
división.
—¿Cómo…?
—Las palabras tenían dificultades para abandonar su garganta—. Oh… mierda. ¿Es
broma, no?
Puso
los ojos en blanco.
—Repites
mucho eso, misanti —le aseguró con
desenfado al tiempo que se desabrochaba la chaqueta del traje y se la quitaba,
doblándola pulcramente sobre el gastado sillón—. Así está mejor.
Ella
parpadeó, entonces sacudió la cabeza y frunció el ceño.
—Tú
tienes algún problema con el color blanco, ¿verdad? —comentó ella. Entonces
sacudió la cabeza y lo miró con recelo—. Qué es eso que me has llamado; misanti. Lo has dicho ya en varias
ocasiones y realmente espero que no sea un insulto.
Sonrió
en respuesta al tiempo que cruzaba hacia la cocina y se apoyaba en el mueble a
observarla. Sin el abrigo y la bufanda, el cuerpo menudo de Keltia quedaba
perfectamente definido por el breve suéter y los pantalones holgados. Sus
nalgas desdibujadas por la tela del pantalón escondían lo que podía ser un
prieto culo, los pechos que empujaban contra el jersey eran perfectos para sus
manos. Al tiempo que descendía la mirada sobre ella no pudo evitar preguntarse
a qué sabría su piel o el néctar entre sus piernas.
—Me
gusta el color blanco —aceptó al tiempo que alzaba la mirada y se encontraba
con las sonrojadas mejillas femeninas—. Y misanti
significa custodio… entre otras cosas.
Ella
no dijo nada, tampoco podía a juzgar por su expresión. Todo aquello la sobrepasaba
de tal manera que con seguridad su mente estaría intentando encontrar ahora
mismo una explicación plausible a lo sucedido. Aquello era mucho más fácil que
tenerle a él, el Ángel de la Muerte en el salón de su casa.
No
se molestó en ocultar además que estaba deseando arrancarle la ropa e introducirse
entre sus piernas. Algo tenía que tener de bueno aquel inesperado trabajillo.
—¿Has
cenado ya? —la inesperada pregunta lo hizo parpadear. Entonces se echó a reír.
La mujer era tierna, a su manera.
No
deseaba comida, en realidad ni siquiera la necesitaba, en cuando a ella… Si se
la servían desnuda y tumbada en un lecho de plumón, no le diría que no a darle
un bocado.
—No
estoy aquí por la cena, si no por tu alma —aseguró con voz baja, sensual—. La
cena puede esperar, Keltia, tú no.
Ella
se giró dispuesta a presentar batalla, pero su cuerpo ya cerca del suyo, borró
cualquier idea que hubiese podido conjurar.
—Pero…
es Nochebuena —musitó ella en voz baja—, la cena… es una tradición.
Él
asintió lentamente, podía escuchar el grito de su alma mientras lo decía, las
pasadas navidades en soledad y sintió lástima de ella.
—Una
tradición para vivir en compañía, no en soledad, pequeña —le acarició
suavemente la mejilla—. Y voy a asegurarme de que a partir de este momento, no
debas vivirla nunca más sola.
Bajó
la boca sobre la de ella, besándola suavemente, seduciéndola con su presencia y
paladeando su sabor y aroma. Cuando aceptó hacerse cargo de ella lo había visto
como un trabajo más, una manera de mantener el orden en su lista de prioridades
pero ella estaba resultando ser algo más. No se trataba sólo de recuperar el
alma de aquella mujer, por primera vez en toda su larga y solitaria existencia
deseaba hacer seguir adelante por sí mismo, la lujuria y el deseo habían
despertado en su interior y necesitaba satisfacerlo, quería satisfacerlo con
aquella mujer.
Abandonó
sus labios contemplando su humedad, los ojos color índigo brillaban
expectantes, azorados y en cierto modo un poco temerosos pero no podía
culparla, él mismo estaba en una espiral de la que era incapaz de liberarse y
aquello podía ser aterrador.
—¿Tu
dormitorio?
Keltia
se lamió los labios que todavía hormigueaban por el contacto masculino, el
decadente sabor de Máltes permanecía en su boca como un claro indicativo de qué
la esperaba si decidía arriesgarse.
—Es
la puerta del final —murmuró echando un vistazo por encima de su hombro—, la
que tiene una estrella de Navidad colgada.
Se
giró lo justo para echarle un vistazo, entonces se volvió hacia ella y
sonriendo de forma enigmática enlazó el brazo alrededor de la cintura de la
mujercita y la atrajo de nuevo hacia él.
—¿Por
qué yo?
Ella
parecía dispuesta a sorprenderle una y otra vez con preguntas para las que no
tenía fácil respuesta.
—¿Por
qué es mi alma tan importante?
Sus
ojos del color del hielo se derritieron un poco.
—Todas
las almas son importantes, Keltia —aseguró con suavidad—, la tuya simplemente
ha conocido demasiada soledad, estoy aquí para arreglar eso.
La
respuesta no pareció satisfacerla e insistió.
—¿Por
qué? —insistió.
La
miró durante unos instantes entonces se permitió decirle algo que no había
confesado a nadie.
—Mi
propia alma ha conocido esa soledad durante demasiado tiempo y no deseo que
nadie más deba hacerlo —aceptó sin reservas—. Permíteme cambiarlo, Keltia, deja
que te muestre que incluso en la más profunda oscuridad también existe la luz.
Le
sostuvo la mirada durante un momento, entonces vio como sus labios se separaban
y suspiraba. Un ligero asentimiento de la cabeza fue el preludio al casto beso
que ella depositó en su boca. Un gesto que sin saberlo, le ofrecía el alma en
las manos.
Deslizó
ambos brazos a los costados, sujetándola contra él, devolviéndole el beso que
ella le obsequiaba y correspondiendo a su frágil confianza. Lentamente,
luchando con la repentina desesperación de tenerla pegada a él, piel con piel
sin nada que se interpusiese entre ellos llevó las manos a la parte baja del
jersey y tiró de él para sacárselo por la cabeza. No podía recordar cuando
había sido la última vez que se había permitido tal intimidad pero cualquier
recuerdo palidecía ante la visión que tenía frente a él.
Los
pechos llenaban el sencillo sujetador de algodón de color blanco, los pezones
se apretaban contra la tela deseosos de una caricia y su piel era tan pálida,
casi rosada en contraste con las manos que descendían sobre ella.
—Perfecta
—musitó conduciendo los dedos sobre el pecho, acariciándola con los nudillos
hasta detenerse encima de su corazón—, por dentro y por fuera.
La
sintió estremecerse bajo su contacto, sintió el calor en sus mejillas y escuchó
como se consideraba tan poquita cosa al lado de él se estremeció bajo su
contacto, sentía el calor en las mejillas señal inequívoca de que se había
sonrojado, ¿pero como no hacerlo? Ella era tan poquita cosa comparada con él.
—No
es cierto, Keltia —lo sorprendió su voz, sus ojos ascendiendo por su cuerpo
hasta encontrarse con los suyos—, tú no eres poca cosa.
Ella
abrió la boca pero sólo pudo dejar escapar un jadeo de sorpresa.
—¿Cómo
sabes…?
Le
acarició la mejilla, los labios, las delgadas cejas que se arqueaban sobre
aquella intensa mirada.
—Mírame
—le susurró alzándole la barbilla—. No vas a oír de mis labios nada que no sea
la verdad, mi alma y mi cuerpo hablarán sólo con la verdad y esa es que te
encuentro hermosa aquí —le acarició entre los pechos—, y en todo lo demás.
Ella
no pudo evitar sonreír en respuesta.
—Después
de todo, parece que sí eres mi regalo de Navidad, ¿uh?
Un
sólo movimiento de su mano y la cintura del pantalón se aflojó cayendo
alrededor de sus pies, su mirada bajó entonces a las largas piernas y a la
breve braguita que ocultaba la uve de sus muslos.
—Eso
fue lo que te dije, ¿no? —aseguró recorriéndola con la mirada—, aunque empiezo
a preguntarme quien es realmente el regalo de quien.
Sin
dejarla responder, la alzó en brazos y la llevó al dormitorio dónde se encargó
de demostrarle exactamente qué clase de regalo de Navidad había llegado a su
vida y a su alma.
Las
manos masculinas recorrían su cuerpo con enfebrecida necesidad, arrancando
cualquier pedazo de tela que encontraban a su alcance, dejándola completamente
desnuda y expuesta a sus caricias, encendiendo su lujuria más allá de lo que
jamás la había llevado nadie.
Gimió
cuando la boca de Máltes se cerró sobre un pezón lamiendo y chupando,
amamantándose con desesperación, alternando los lametones alrededor del seno,
entre el valle de sus pechos para llegar al otro pezón y prodigarle los mismos
cuidados. Los gemidos y gruñidos de ambos pronto pusieron banda sonora al
ambiente, llenando el dormitorio con el eco de su pasión.
Se
arqueó instintivamente y le entregó por completo los pechos, ofreciéndose a él
como un sacrificio pagano mientras dejaba que la succionara tan dentro de la
boca que casi podía pensar que deseaba devorarla.
Gimió
retorciéndose contra puerta del dormitorio, su febril necesidad era tal que
habían obviado de momento la cama. No dejó de gemir mientras se alimentaba de
sus pechos, martirizando los pezones, las manos vagando por su cuerpo,
acariciándola, atormentándola hasta encontrar la humedad entre sus muslos.
Debería
protestar, pero su mente estaba demasiado extasiada para pensar con coherencia.
Deseaba aquello, necesitaba perder la cabeza aunque solo fuese durante unas
horas de modo que pudiese olvidar la amarga realidad que la rodeaba.
Él
continuó con las caricias, depositando ahora un tierno sendero de besos por su
estómago, moldeándole las caderas con las manos, cubriéndole las nalgas y
masajeándolas al tiempo que se arrodillaba en el suelo para tener al alcance la
secreta humedad entre sus piernas.
Un
gritito de placer escapó de entre sus labios con la primera pasada de su
lengua, podía sentirlo lamer la trémula carne y recogiendo los jugos con la
lengua antes de para introducirla en su interior con asombrosa pericia. La
chupó con fuerza, atormentándola mientras una mano se unía al juego y descubría
el sensible clítoris.
Los
jadeos escapaban sin remedio de sus labios, la boca entre sus piernas era
exigente y demandante, no tardó en conducirla al borde solo para mantenerla
allí, rozando el orgasmo pero sin permitirle obtener la necesitaba liberación.
—Oh,
dios… por favor… —se encontró suplicando—, lo necesito… termina de una maldita
vez.
Él
se rio por lo bajo, pero se tomó su tiempo, soplando sobre su carne caliente.
—¿Qué
es lo que necesitas, misanti?
—ronroneó—. Dímelo, Keltia.
Se
mordió el labio inferior, la necesidad hacía estragos en su cuerpo y en su
mente.
—Necesito
correrme, maldito capullo —siseó moviendo las caderas involuntariamente—. Por
favor…
Para
su completo fastidio, no siguió acariciándola, por el contrario, se incorporó y
tras mirarla unos segundos, pareció decidir que había una mejor manera de
torturarla que aquella. La atrajo hacia él, alzándola contra su cuerpo y
apoyándole la espalda contra la pared.
—Rodéame
con las piernas —la instruyó—. Hazlo y te daré lo que necesitas.
Ella
se mordió el labio inferior con indecisión, pero la promesa del duro sexo
tanteando contra su húmedo sexo era mucho más de lo que podía soportar. Lo
deseaba, le quería completamente enterrado en ella, necesitaba sentirle
llenándola. Le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas
siguiendo sus instrucciones, el miembro eligió ese momento para penetrar en su
goteante sexo llenándola por completo de una manera deliciosa y enloquecedora.
Las manos masculinas se aferraron a sus caderas, sujetándola y permitiéndole
ganar profundidad mientras la hacía descender por toda su longitud hasta quedar
completamente alojado en su interior.
—Suave,
misanti, suave —gruñó él al tiempo
que luchaba por mantener aquella enloquecedora y lenta caricia.
Apretando
su espalda contra la puerta, manteniéndola sujeta, empezó a salir y entrar de
ella con profundos gruñidos, el sonido de la húmeda carne chocando contra carne
inundaba el aire al compás de sus gemidos y gruñidos. Sus movimientos se
hicieron más rápidos, más profundos, follándola con todas las ganas y la
lujuria que portaba su espléndido cuerpo. Podía oír los jadeos en su oído, más
desesperados, más acelerados, pura lujuria que lo invitaba a empujar más duro,
más profundo, clavándola con sus embates.
La
sensación era enloquecedora, se sentía arder, cada vez más cerca de acariciar
aquello que solo él parecía capaz de darle.
—Máltes
—pronunció su nombre como una plegaria—. Por favor…
Su
boca reclamó la suya, la lengua penetró la barrera de sus labios y la instó a
corresponder al beso. Él sabía a pecado, a algo prohibido que no podía evitar
desear cada vez más.
—Déjate
ir —susurró él tras romper el beso—, córrete para mí, Keltia.
Su
voz fue como un efectivo detonador, las palabras no terminaban de abandonar su
boca cuando todo su cuerpo se tensó para recibir el primero de los explosivos
orgasmos que intuía le daría aquella noche.
Gritó
su liberación deshaciéndose en sus brazos, los espasmos le recorrían el cuerpo
mientras lo sentía profundamente enterrado en un interior, una sensación que la
abandonó tan pronto como se retiró él.
Las
piernas le temblaban cuando la instó a bajar, pero apenas tuvo tiempo de tomar
una nueva bocanada de aire cuando él reclamó su boca en un nuevo beso y la
girara hasta que sus manos terminaron apoyadas contra la puerta.
—Las
manos contra la puerta, misanti —le susurró al oído—. Todavía no he terminado
contigo.
Aquellas
codiciosas manos volvieron a cernerse sobre su cuerpo, le aferraron la cadera y
tiró de ella hacia atrás de modo que su trasero quedase en alto.
—Respira,
Keltia —había risa en su voz—. Esto es para tu placer, pequeña.
Tragó
con dificultar, la excitación no había abandonado su cuerpo y podía sentir como
esta crecía de nuevo, acicateada por sus palabras y actos.
—No
te reprimas —notó su aliento en el oído—, y disfruta.
Contuvo
el aliento cuando notó de nuevo la dura erección penetrándola ahora desde
atrás, la nueva posición hacía la penetración más profunda y las sensaciones
más intensas.
Se
sentía repleta, cada nuevo movimiento aumentaba la fricción y el placer, su
cuerpo reaccionaba a él como si fuese un instrumento bien afinado, respondiendo
sin vacilación a cada uno de sus toques. La intensidad era tal que amenazaba
con hacerla pedazos.
Un
nuevo orgasmo empezó a construirse en su interior, creciendo con cada nueva
embestida, haciéndola gemir por alcanzar nuevamente la tan ansiada liberación.
—Déjalo
ir —escuchó su voz una vez más. Pero en esta ocasión, sus palabras parecían
venir de muy lejos—. Esto es para ti, no lo reprimas, sal a su encuentro.
La
necesidad aumentó en su cuerpo hasta hacerla estallar una vez más. El orgasmo
sobrevino con rapidez e intensidad, una ola de placer abrumador que no hizo más
que crecer con cada nueva embestida. Cuando pensó que ya no podría soportarlo
más, lo sintió tensarse en su interior encontrando su propia liberación.
Un
momento después resbalaba de su interior con la respiración acelerada, los ojos
brillantes y una traviesa sonrisa curvando sus labios.
—Ahora,
¿qué te parece si probamos la cama?
Debía
haber perdido el juicio por completo, solo eso podía explicar que le devolviese
la sonrisa y se relamiese al pensar en el placer que todavía podía darle
aquella noche.
Máltes
no estaba preparado para el descubrimiento que hizo durante aquella noche. La
amó sin reservas, se deleitó en su cuerpo y en la respuesta de este
despojándola poco a poco de la oscuridad que habitaba en su alma, cumpliendo
con su cometido y encontrando que ella también tenía la capacidad de sanar la
suya propia.
Como
Guardián de las Almas dedicaba su eternidad a compensar la balanza entre el
mundo de los vivos y el de los muertos, había vagado entre uno y otro sin
encontrar solaz en ninguno. En aquella humana sin embargo encontró el
equilibrio perfecto, ella era una criatura de luz, a pesar de la soledad que
había oscurecido su alma, su vida era brillante, quizá motivado por sus propias
ganas de vivir.
La
noche pasó de manera fugaz trayendo consigo el amanecer de la mañana de Navidad
y la despedida.
—Feliz
Navidad, mi pequeña Keltia —le susurró al oído. Se grabó a fuego el recuerdo de
su sabor, la calidez de su abrazo, algo con lo que tendría que vivir todo el
año hasta poder regresar a ella—, vive una larga y hermosa vida.
Ella
se removió entre las sábanas, despertando del sueño reparador. Abrió los ojos y
lo miró somnolienta.
—¿Máltes?
Le
acarició el rostro con un dedo a modo de despedida.
—Vuelve
a dormirte —le susurró—. Cuando despiertes de nuevo, todo irá mejor.
Ella
se incorporó hasta quedar sentada, la sábana resbaló de su cuerpo enredándose
en su regazo, dejando sus pechos desnudos a la vista.
—¿Volveré
a verte?
¿Lo
haría? ¿Se permitiría sucumbir a la necesidad que ella había despertado en él?
—Piensa
en mí en cada luz navideña que veas, en cada abeto, en cada copo de nieve y yo
estaré allí para ti, Keltia —le prometió con dulzura—. Y si deseas que regrese,
lo haré. Llámame cuando estés lista y estaré a tu lado toda la eternidad.
Ella
parpadeó todavía somnolienta y le dedicó una tenue pero sincera sonrisa.
—Hasta
la próxima Navidad, Máltes.
Un año después…
Keltia
sonrió al terminar de colocar el último adorno en el verde abeto que adquirió
en el vivero. El vendedor se lo había dejado a muy buen precio e incluso le
regaló una caja de bombillas de colores; su alegría, según le dijo, era
contagiosa. Volviéndose contempló el salón adornado con guirnaldas y motivos
navideños, un pequeño ramillete de muérdago colgaba ahora del umbral de la
cocina y una planta nueva de Pascua hacía compañía a la más grande que conservaba
del año anterior. Alisándose el vestido blanco que compró a primeros de mes
echó un último vistazo a su entorno. La mesa estaba puesta para la cena de
Nochebuena y por primera vez en mucho tiempo disfrutó preparándola.
—Es
el momento —se dijo a sí misma.
Había
pasado todo un año desde que Máltes entró en su vida, un año en el que había
vuelto a vivir y a disfrutar de la vida y todo ello se lo debía a su Guardián
de la Navidad—. Ya estoy lista, Máltes. No quiero esperar más, te deseo a mi
lado durante toda la eternidad.
Hubo
un momento de absoluto silencio solo interrumpido por el sonido del segundero
del reloj.
—¿Estás
segura de ello, pequeña Keltia?
Un
ligero escalofrío de placer le recorrió la espalda cuando oyó su voz en el
oído, su cálida presencia la envolvió al mismo tiempo que lo hacían sus brazos.
Ella siguió con los ojos cerrados, temerosa de que si los abría se rompiese la
magia.
—Completamente
segura, no deseo pasar otro año sin ti —aseguró armándose de valor para girarse
y encontrarse con aquella mirada color hielo que conseguía derretirla—. Feliz
Navidad, mi Guardián.
—Feliz
Navidad, mi pequeña misanti —le
susurró ante sus sonrientes labios—. Feliz Navidad.

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