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viernes, 6 de diciembre de 2019

El Guardián de la Navidad


Relato erótico



—Vale, vale, vale… a ver si lo he entendido. —Sus ojos de un intenso color índigo recorrieron al monumento que ahora permanecía en pie ante ella; un hombre que no debía estar allí. En realidad ni siquiera debía existir pues había salido directamente de su imaginación—. ¿Dices que tú eres mi regalo de Navidad?
Las luces de colores que iluminaban el enorme abeto del Rockefeller Center creaban sombras sobre ellos, unos metros más abajo los patinadores ocasionales hacían frente al frío y a la nieve para disfrutar de las últimas horas del veinticuatro de diciembre. Ella misma había salido a hacer las compras de última hora para la cena de Nochebuena, una cena que un año más debería hacer en la soledad de su apartamento.
Keltia deslizó la mirada sobre el hombre que permanecía en pie frente a ella, el único que la había abordado cuando cruzaba la plaza. Para ser exactos, ni siquiera lo vio acercarse, simplemente apareció allí y todo pensamiento coherente escapó como por arte de magia de su mente. Pero claro, ¿quién no se quedaría sin palabras si te salía un tío de más de metro ochenta, con un cuerpo que sería la envidia de cualquier deportista y unos profundos ojos de un azul tan claro que parecían de hielo? Un hielo tan ardiente que la estremecía y no podía asegurar si lo hacía de temor o de placer.
Su aspecto era un contraste en sí mismo, el pelo corto se rizaba sobre las orejas y frente en delicadas ondas, un color indefinido entre dorado y rubio claro que realzaba el bronceado de su piel sobre el traje absolutamente blanco e impoluto que llevaba. ¿Cómo era posible que le sentara tan bien ese color sin que pareciese un camarero?
Aquel era un traje caro, quizás un Armani, pero su color no dejaba de sorprenderla, en cualquier otro hombre aquel aspecto lo convertiría en un ángel moderno, pero él tenía algo de demonio.
Sacudiendo la cabeza para alejar todas aquellas absurdas ideas volvió a concentrarse en las palabras del hombre que a juzgar por el movimiento de los labios le estaba hablando.
—…no es como si pudiese equivocarme, la verdad.
—¿Qué? —le preguntó. Se había perdido toda la parte anterior.
El desconocido se limitó a fruncir el ceño, entonces sacudió la cabeza y suspiró.
—Y luego se creen una raza superior —lo oyó farfullar—. ¿Has escuchado una sola palabra de lo que acabo de decir, misanti?
—Pues no. —Para qué andarse con rodeos. Aquella era la verdad, se había quedado demasiado embobada mirándole a él—. Digamos que me perdí en el preciso momento en que soltaste por esa boquita tuya que eras mi regalo de Navidad.
El hombre puso los ojos en blanco, la irritación parecía estar abriéndose paso en sus perfectas facciones y con todo mantenía la compostura.
Habría que ver lo que le duraba.
—No sé si “regalo de Navidad” podría adaptarse a mi presencia aquí y a que tenga que ver contigo —le dijo con un profundo suspiro—. Pero yo no hago las reglas y tampoco las cuestiono, eso me llevaría demasiado tiempo.
Arqueó una delgada ceja castaña en modo incrédulo, ¿sería posible que se hubiese escapado de un manicomio?
—Me estoy perdiendo antes de haber empezado siquiera —le aseguró ella al tiempo que se encogía de hombros—. Por no mencionar que hace un poquito de frío y me estoy congelando el culo aquí, Mr. Universo.
Máltes contempló a su custodio preguntándose una vez más cómo diablos se había metido en una situación como aquella. No era trabajo de los ángeles caídos el hacerse cargo de los estúpidos humanos que estaban tan deprimidos como para lanzarse debajo de las ruedas de un coche; por fortuna ella no era una de aquellas, su único problema era que su alma dejaría de existir aquella noche y a él le endosaron el encargo de no permitirlo.
Quizá el detenerla en plena calle y decirle que era su regalo de Navidad no había sido buena idea, pero, ¿qué sabía él de humanos? Solo interactuaba con ellos cuando tenía que acompañarlos al otro lado, después de todo era el ángel de la muerte.
—Si quieres saber la verdad, estoy aquí porque te vas a quedar frita esta noche —le soltó con un ligero encogimiento de hombros.
Los ojos femeninos se entrecerraron con divertida ironía.
—¿Disculpa?
Máltes puso los ojos en blanco.
—Frita, finita, difunta, muerta como una piedra —enumeró haciendo énfasis en cada una de las palabras con gestos de la mano—. Soy tu ángel de la muerte, cariño. Estoy aquí para evitar que eso pase, puesto que todavía no ha llegado tu hora; lo cual no deja de ser gracioso debido al precipitado descenso al que estás conduciendo tu vida.
Ella abrió la boca y volvió a cerrarla para acabar resoplando.
—Confirmado. Te has escapado de un sanatorio mental —aseguró en voz alta. Aferró el bolso y cambiando de mano la bolsa de la compra pasó frente a él—. Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer. La primera y más importante, dejar inmediatamente tu presencia. Adiós, chaladito.
Resopló, la paciencia no fue jamás una de sus virtudes, toda una ironía teniendo en cuenta su trabajo.
Sin pensárselo dos veces giró sobre sus caros zapatos blancos y acortó la distancia entre ellos. Tenía hasta el alba para arreglar las cosas y no estaba dispuesto a desperdiciar ni un minuto por muy terca y absurda que fuera aquella mujercita.
—¿Tan poco te importa tu propia vida? —sugirió caminando a su lado.
Ella se limitó a ignorarle.
Máltes aprovechó el momento para contemplarla. Era bastante menuda, en realidad su cabeza apenas le llegaba a los hombros. Tenía un espeso pelo castaño recogido en una pequeña cola, si lo llevase suelto es posible que no bajase más allá de los hombros. El rostro salpicado de pecas enfatizaba unos profundos ojos azul índigo; no era hermosa en el propio sentido de la palabra pero sí exótica. Suponía que debajo del grueso abrigo y flojos pantalones su cuerpo sería curvilíneo, quizá un poco rellenita, nada que ver con la enfermiza esbeltez que había encontrado en más de una ocasión entre la mayoría de las mujeres humanas.
Al menos su misión sería agradable. Sí, disfrutaría profundamente restaurando su alma.
Keltia observó por el rabillo del ojo como los labios masculinos se torcían en una perezosa sonrisa, él había optado por seguirla o quizá debiese decir acompañarla pues en ningún momento permitió ser dejado atrás.
Resoplando se detuvo en seco haciendo que él diera un par de pasos más antes de detenerse y girarse hacia ella con una de aquellas doradas cejas arqueadas.
—Mira, si no dejas de seguirme ahora mismo, llamaré a la policía —le avisó con profunda calma—. Me importa un pimiento quien creas ser; cómo si dices que eres el mismísimo Papa. No te quiero a mí alrededor, así que harías bien en cambiar de dirección. Marcharte, o no sé, lo que se te ocurra.
Él se limitó a observarla con las manos metidas en los bolsillos. Habría sido el vivo retrato de la inocencia de no ser por la mirada gélida en sus ojos, una mirada llena de expectativas y tórridas promesas que no dejaban lugar a equivocaciones.
¿Sería acaso un violador? Diablos, aquello era justo lo que necesitaba para terminar con el desastroso año que llevaba.
Primero había sido despedida, el recorte de personal en su empresa la había dejado de patitas en la calle y sin un centavo, entonces surgió la maldita enfermedad que la mantenía visitando hospital tras hospital, y cuando por fin parecía que las cosas mejorarían, el viejo Polo se había muerto. No, aquel no había sido un buen año para ella, pero su vida tampoco fue nunca un camino de rosas.
Con una infancia y adolescencia transcurrida entre orfanatos y casas de acogida, sin más familia que una madre alcohólica y un medio hermano que no la podía ni ver, la soledad había sido su única compañera durante años. En un momento dado creyó que todo aquello terminaría al conocerle a él, pero todo lo que consiguió fue aumentar su calvario. Sacudiendo la cabeza para alejar de sí aquellos amargos recuerdos se centró en el presente, en la noche más importante del año, una para pasarla en familia y la cual, un año más tendría que vivirla en completa soledad.
—Eso es lo que está acabando con tu alma, consumiéndola —oyó de nuevo su voz, su mirada se encontró entonces con la suya—. La soledad es para los muertos, no para los vivos, Keltia.
Ella lo miró durante unos instantes, entonces entrecerró los ojos con suspicacia. Aquella era la segunda vez que pronunciaba su nombre y estaba malditamente segura de que no se lo había dado.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Los labios masculinos se curvaron lentamente y se permitió deslizar la mirada por el cuerpo femenino.
—Sé muchas cosas sobre ti, todo lo que necesito saber para cumplir con mi papel —le dijo con un ligero encogimiento de hombros cuando volvió a mirarla a la cara.
No debía preguntar, aquel hombre estaba loco, lo que tenía que hacer era dar media vuelta y salir corriendo, pero su lengua tenía vida propia.
—Sé que me arrepentiré de preguntar esto pero, ¿y eso sería?
Una confiada sonrisa aquellos labios.
—Mantener tu alma viva hasta la mañana de Navidad —respondió sacando las manos de los bolsillos de su traje.
—¿Solo hasta la mañana de Navidad?
Él se burló, había petulancia en su tono.
—No necesito más de una noche en tu cama para restaurar tu alma.
Las palabras se esfumaron de su cerebro. Estaba segura de que habían huido en el momento en el que le oyeron a él y el tono de voz.
Ante su silenciosa respuesta, él se encogió de hombros.
—Como dije, soy tu regalo de Navidad —repitió.
Aquel era sin duda un buen momento para echar a correr y marcar un nuevo récord mundial pero sus pies no parecían dispuestos a colaborar. No podía apartar la mirada, el tenue azul de los iris la mantenía como hipnotizada. ¿Dónde estaban sus pensamientos, cualquier cosa coherente que la hiciera huir de aquella locura?
—Vale, ahora es cuando sale la cámara oculta y grita “¡Te pillé!” —Se convenció. Sus ojos ya lo abandonaban a él para pasearse por los alrededores y empezar a alzar la voz—. ¡Vale! ¡Me habéis pillado! Ya podéis salir con las cámaras, ¿para qué cadena de televisión es esto?
Los inocentes transeúntes que caminaban por la calle se apartaron de ellos cómo si su repentina explosión fuera contagiosa. Miradas sorprendidas, otras de indiferencia, no cabía duda de que lo que decían sobre la ciudad era verdad, nada era demasiado extraño para Nueva York.
Sacudiendo la cabeza se acercó a ella y se inclinó para quedar a la misma altura.
—¿No hay cámaras? —susurró con irritación.
Máltes negó con la cabeza.
—No, Keltia —respondió al tiempo que alzaba una de las manos y dejaba resbalar los nudillos sobre la mejilla femenina—, no hay cámaras.
Ella se lamió los labios y retrocedió un par de pasos, manteniendo la distancia entre ellos.
—Esto es de locos, ¿en serio esperas que me crea toda esa locura de almas y ángeles?
Suspirando, él se enderezó y la contempló durante un breve instante. Algo en aquella mirada le decía que estaba a punto de hacer algo para lo que no había vuelta atrás.
—Me temo que no te queda otra opción —le dijo él—. No tienes tiempo para descubrirlo por ti misma. Incluso ahora, mientras hablamos, tu alma se está muriendo.
Algo le decía que no mentía. En lo profundo de su ser podía sentir como se iba apagando, la vida era una zorra que no le dejaba un solo momento de paz.
—¿Y qué problema hay si me muero? ¿No es lo que hacemos todos en algún momento? —le soltó. Se sentía como una estúpida al darle conversación, pero tampoco podía evitarlo.
Empezaba a dudar quien de los dos estaba más loco, si él por las barbaridades que decía o ella por escucharlas.
Por primera vez desde su encuentro, vio como el brillo de sus ojos se apagaba adquiriendo una profundidad más oscura, fría.
—No es tu momento —le dijo de forma tajante. La fuerza y el tono en su voz hicieron que se sobresaltase e incluso sintió un escalofrío de temor recorriéndole la columna—. No tengo tiempo que perder en nimiedades. Tu alma no está preparada para morir, no es el momento y por ello he tenido que dejar mis tareas a un lado y bajar a este mísero plano mortal para impedirlo. Y créeme, misanti, lo impediré.
Ella dio un nuevo paso atrás, el hombre que estaba ante ella era definitivamente mucho más de lo que parecía, locuras aparte, era peligroso.
—Si das un sólo paso más hacia mí, gritaré —lo amenazó con un dedo al tiempo que retrocedía.
Él puso los ojos en blanco, siseó alguna cosa en un idioma que no pudo entender y extendió la mano hacia ella. En un abrir y cerrar de ojos había detenido su huida y se encontraba en la férrea presa de los brazos del hombre.
—¿Qué parte de “no tengo tiempo que perder” no has entendido, humana? —le preguntó con un frustrado resoplido. Entonces bajó la boca sobre ella y se detuvo a un escaso suspiro—. Soy Máltes, Keltia, Guardián de las Almas, más conocido en tu mundo como el Ángel de la Muerte y tú, mi pequeña muchacha humana, vas a conocer de primera mano lo que significa estar a mí merced.
Ella posó las manos en su amplio pecho, intentando alejarlo.
—Tienes que estar de broma.
Él chasqueó la lengua.
—Nunca bromeo en horas de trabajo.
Antes de que pudiera responder a ello, él se apoderó de su boca en un húmedo beso que hizo que el mundo se sacudiera bajo los pies. Su mente fue inundada entonces con el conocimiento de Máltes, de su presencia, dejándole perfectamente claro quién era él y qué tenía preparado para ella.
Cuando sus labios se separaron dejó escapar un ahogado jadeo, nada podía prepararla para algo como aquello, para una realidad tan apabullante que sólo podía ser una fantasía.
—No puedo… no es posible que tú… oh, señor…
Él ladeó ligeramente el rostro.
—¿Aceptarás ahora tu regalo de Navidad?


Máltes se paseó por el reducido espacio de la habitación que servía de vivienda a Keltia. La mujer vivía en un reducido apartamento en una de las zonas más económicas de la ciudad; en su actual situación era lo único que podía permitirse. El salón estaba unido a la cocina, era una habitación abierta dividida por un largo mueble de cajones que había visto mejores días. Con la puerta principal situada a la derecha, a la izquierda se encontraba el dormitorio y un reducido baño; una vivienda para una sola persona, un techo sobre su cabeza en realidad.
Un par de gastados marcos contenían dos viejas fotografías, las únicas que encontrabas en todo el lugar.
—¿Tu familia?
Ella cerró la puerta de la nevera y se volvió hacia él. El lunático, no sabía de qué otra manera llamarle, tenía una de las únicas fotos que conservaba de cuando era niña en las manos.
—Es mi padre —respondió en voz baja—. No lo recuerdo. Se largó de casa antes de que tuviese edad suficiente para acordarme de él. Esa foto estaba en uno de los cajones del dormitorio de mi madre, junto con sus inseparables botellas.
No preguntó, no le hacía falta, sabía perfectamente qué clase de vida había llevado ella.
—¿Y la otra foto? ¿Eres tú?
Ella no se molestó en mirar, estaba seguro que conocía aquellas fotos al dedillo.
—Me la hicieron cuanto tenía catorce años, ese fue mi segundo hogar de acogida después de que le fuera retirada la custodia a mi madre —contestó sin más.
No encontró ni vergüenza ni dolor en su voz, en realidad no había nada, ningún sentimiento que envolviese aquellos recuerdos. No era de extrañar que su alma agonizase si aquello era todo lo que Keltia tenía en su interior.
—¿Te gusta la Navidad, misanti?
La mujer alzó sus ojos color índigo hacia él y finalmente recorrió la amplia habitación en la que escaseaban los adornos navideños.
—¿La pregunta tiene trampa? —se burló—. Si lo dices por la ausencia de adornos, mi única defensa es que mi economía no es muy boyante, la sola idea de poner un abeto… bueno o voy a talarlo al bosque, lo que supondría una multa considerable y paso las fiestas en una celda u opto por una decoración minimalista. Ganó la última opción.
Sin darle tiempo a pensar en que su próximo movimiento, echó un vistazo rápido a su alrededor y en un abrir y cerrar de ojos la habitación quedó decorada en blanco y dorado con un precioso abeto nevado en una esquina lleno de cintas y bolas doradas y plateadas.
La bolsa de naranjas que todavía sostenía cayó al suelo y su boca habría seguido el mismo camino si no estuviese sujeta por la mandíbula. La vio contemplar el cuarto con expresión, había cambiado el salón e incluso la reducida cocina estaba engalanada y una Flor de Pascua decoraba el mueble que servía de división.
—¿Cómo…? —Las palabras tenían dificultades para abandonar su garganta—. Oh… mierda. ¿Es broma, no?
Puso los ojos en blanco.
—Repites mucho eso, misanti —le aseguró con desenfado al tiempo que se desabrochaba la chaqueta del traje y se la quitaba, doblándola pulcramente sobre el gastado sillón—. Así está mejor.
Ella parpadeó, entonces sacudió la cabeza y frunció el ceño.
—Tú tienes algún problema con el color blanco, ¿verdad? —comentó ella. Entonces sacudió la cabeza y lo miró con recelo—. Qué es eso que me has llamado; misanti. Lo has dicho ya en varias ocasiones y realmente espero que no sea un insulto.
Sonrió en respuesta al tiempo que cruzaba hacia la cocina y se apoyaba en el mueble a observarla. Sin el abrigo y la bufanda, el cuerpo menudo de Keltia quedaba perfectamente definido por el breve suéter y los pantalones holgados. Sus nalgas desdibujadas por la tela del pantalón escondían lo que podía ser un prieto culo, los pechos que empujaban contra el jersey eran perfectos para sus manos. Al tiempo que descendía la mirada sobre ella no pudo evitar preguntarse a qué sabría su piel o el néctar entre sus piernas.
—Me gusta el color blanco —aceptó al tiempo que alzaba la mirada y se encontraba con las sonrojadas mejillas femeninas—. Y misanti significa custodio… entre otras cosas.
Ella no dijo nada, tampoco podía a juzgar por su expresión. Todo aquello la sobrepasaba de tal manera que con seguridad su mente estaría intentando encontrar ahora mismo una explicación plausible a lo sucedido. Aquello era mucho más fácil que tenerle a él, el Ángel de la Muerte en el salón de su casa.
No se molestó en ocultar además que estaba deseando arrancarle la ropa e introducirse entre sus piernas. Algo tenía que tener de bueno aquel inesperado trabajillo.
—¿Has cenado ya? —la inesperada pregunta lo hizo parpadear. Entonces se echó a reír. La mujer era tierna, a su manera.
No deseaba comida, en realidad ni siquiera la necesitaba, en cuando a ella… Si se la servían desnuda y tumbada en un lecho de plumón, no le diría que no a darle un bocado.
—No estoy aquí por la cena, si no por tu alma —aseguró con voz baja, sensual—. La cena puede esperar, Keltia, tú no.
Ella se giró dispuesta a presentar batalla, pero su cuerpo ya cerca del suyo, borró cualquier idea que hubiese podido conjurar.
—Pero… es Nochebuena —musitó ella en voz baja—, la cena… es una tradición.
Él asintió lentamente, podía escuchar el grito de su alma mientras lo decía, las pasadas navidades en soledad y sintió lástima de ella.
—Una tradición para vivir en compañía, no en soledad, pequeña —le acarició suavemente la mejilla—. Y voy a asegurarme de que a partir de este momento, no debas vivirla nunca más sola.
Bajó la boca sobre la de ella, besándola suavemente, seduciéndola con su presencia y paladeando su sabor y aroma. Cuando aceptó hacerse cargo de ella lo había visto como un trabajo más, una manera de mantener el orden en su lista de prioridades pero ella estaba resultando ser algo más. No se trataba sólo de recuperar el alma de aquella mujer, por primera vez en toda su larga y solitaria existencia deseaba hacer seguir adelante por sí mismo, la lujuria y el deseo habían despertado en su interior y necesitaba satisfacerlo, quería satisfacerlo con aquella mujer.
Abandonó sus labios contemplando su humedad, los ojos color índigo brillaban expectantes, azorados y en cierto modo un poco temerosos pero no podía culparla, él mismo estaba en una espiral de la que era incapaz de liberarse y aquello podía ser aterrador.
—¿Tu dormitorio?
Keltia se lamió los labios que todavía hormigueaban por el contacto masculino, el decadente sabor de Máltes permanecía en su boca como un claro indicativo de qué la esperaba si decidía arriesgarse.
—Es la puerta del final —murmuró echando un vistazo por encima de su hombro—, la que tiene una estrella de Navidad colgada.
Se giró lo justo para echarle un vistazo, entonces se volvió hacia ella y sonriendo de forma enigmática enlazó el brazo alrededor de la cintura de la mujercita y la atrajo de nuevo hacia él.
—¿Por qué yo?
Ella parecía dispuesta a sorprenderle una y otra vez con preguntas para las que no tenía fácil respuesta.
—¿Por qué es mi alma tan importante?
Sus ojos del color del hielo se derritieron un poco.
—Todas las almas son importantes, Keltia —aseguró con suavidad—, la tuya simplemente ha conocido demasiada soledad, estoy aquí para arreglar eso.
La respuesta no pareció satisfacerla e insistió.
—¿Por qué? —insistió.
La miró durante unos instantes entonces se permitió decirle algo que no había confesado a nadie.
—Mi propia alma ha conocido esa soledad durante demasiado tiempo y no deseo que nadie más deba hacerlo —aceptó sin reservas—. Permíteme cambiarlo, Keltia, deja que te muestre que incluso en la más profunda oscuridad también existe la luz.
Le sostuvo la mirada durante un momento, entonces vio como sus labios se separaban y suspiraba. Un ligero asentimiento de la cabeza fue el preludio al casto beso que ella depositó en su boca. Un gesto que sin saberlo, le ofrecía el alma en las manos.
Deslizó ambos brazos a los costados, sujetándola contra él, devolviéndole el beso que ella le obsequiaba y correspondiendo a su frágil confianza. Lentamente, luchando con la repentina desesperación de tenerla pegada a él, piel con piel sin nada que se interpusiese entre ellos llevó las manos a la parte baja del jersey y tiró de él para sacárselo por la cabeza. No podía recordar cuando había sido la última vez que se había permitido tal intimidad pero cualquier recuerdo palidecía ante la visión que tenía frente a él.
Los pechos llenaban el sencillo sujetador de algodón de color blanco, los pezones se apretaban contra la tela deseosos de una caricia y su piel era tan pálida, casi rosada en contraste con las manos que descendían sobre ella.
—Perfecta —musitó conduciendo los dedos sobre el pecho, acariciándola con los nudillos hasta detenerse encima de su corazón—, por dentro y por fuera.
La sintió estremecerse bajo su contacto, sintió el calor en sus mejillas y escuchó como se consideraba tan poquita cosa al lado de él se estremeció bajo su contacto, sentía el calor en las mejillas señal inequívoca de que se había sonrojado, ¿pero como no hacerlo? Ella era tan poquita cosa comparada con él.
—No es cierto, Keltia —lo sorprendió su voz, sus ojos ascendiendo por su cuerpo hasta encontrarse con los suyos—, tú no eres poca cosa.
Ella abrió la boca pero sólo pudo dejar escapar un jadeo de sorpresa.
—¿Cómo sabes…?
Le acarició la mejilla, los labios, las delgadas cejas que se arqueaban sobre aquella intensa mirada.
—Mírame —le susurró alzándole la barbilla—. No vas a oír de mis labios nada que no sea la verdad, mi alma y mi cuerpo hablarán sólo con la verdad y esa es que te encuentro hermosa aquí —le acarició entre los pechos—, y en todo lo demás.
Ella no pudo evitar sonreír en respuesta.
—Después de todo, parece que sí eres mi regalo de Navidad, ¿uh?
Un sólo movimiento de su mano y la cintura del pantalón se aflojó cayendo alrededor de sus pies, su mirada bajó entonces a las largas piernas y a la breve braguita que ocultaba la uve de sus muslos.
—Eso fue lo que te dije, ¿no? —aseguró recorriéndola con la mirada—, aunque empiezo a preguntarme quien es realmente el regalo de quien.
Sin dejarla responder, la alzó en brazos y la llevó al dormitorio dónde se encargó de demostrarle exactamente qué clase de regalo de Navidad había llegado a su vida y a su alma.


Las manos masculinas recorrían su cuerpo con enfebrecida necesidad, arrancando cualquier pedazo de tela que encontraban a su alcance, dejándola completamente desnuda y expuesta a sus caricias, encendiendo su lujuria más allá de lo que jamás la había llevado nadie.
Gimió cuando la boca de Máltes se cerró sobre un pezón lamiendo y chupando, amamantándose con desesperación, alternando los lametones alrededor del seno, entre el valle de sus pechos para llegar al otro pezón y prodigarle los mismos cuidados. Los gemidos y gruñidos de ambos pronto pusieron banda sonora al ambiente, llenando el dormitorio con el eco de su pasión.
Se arqueó instintivamente y le entregó por completo los pechos, ofreciéndose a él como un sacrificio pagano mientras dejaba que la succionara tan dentro de la boca que casi podía pensar que deseaba devorarla.
Gimió retorciéndose contra puerta del dormitorio, su febril necesidad era tal que habían obviado de momento la cama. No dejó de gemir mientras se alimentaba de sus pechos, martirizando los pezones, las manos vagando por su cuerpo, acariciándola, atormentándola hasta encontrar la humedad entre sus muslos.
Debería protestar, pero su mente estaba demasiado extasiada para pensar con coherencia. Deseaba aquello, necesitaba perder la cabeza aunque solo fuese durante unas horas de modo que pudiese olvidar la amarga realidad que la rodeaba.
Él continuó con las caricias, depositando ahora un tierno sendero de besos por su estómago, moldeándole las caderas con las manos, cubriéndole las nalgas y masajeándolas al tiempo que se arrodillaba en el suelo para tener al alcance la secreta humedad entre sus piernas.
Un gritito de placer escapó de entre sus labios con la primera pasada de su lengua, podía sentirlo lamer la trémula carne y recogiendo los jugos con la lengua antes de para introducirla en su interior con asombrosa pericia. La chupó con fuerza, atormentándola mientras una mano se unía al juego y descubría el sensible clítoris.
Los jadeos escapaban sin remedio de sus labios, la boca entre sus piernas era exigente y demandante, no tardó en conducirla al borde solo para mantenerla allí, rozando el orgasmo pero sin permitirle obtener la necesitaba liberación.
—Oh, dios… por favor… —se encontró suplicando—, lo necesito… termina de una maldita vez.
Él se rio por lo bajo, pero se tomó su tiempo, soplando sobre su carne caliente.
—¿Qué es lo que necesitas, misanti? —ronroneó—. Dímelo, Keltia.
Se mordió el labio inferior, la necesidad hacía estragos en su cuerpo y en su mente.
—Necesito correrme, maldito capullo —siseó moviendo las caderas involuntariamente—. Por favor…
Para su completo fastidio, no siguió acariciándola, por el contrario, se incorporó y tras mirarla unos segundos, pareció decidir que había una mejor manera de torturarla que aquella. La atrajo hacia él, alzándola contra su cuerpo y apoyándole la espalda contra la pared.
—Rodéame con las piernas —la instruyó—. Hazlo y te daré lo que necesitas.
Ella se mordió el labio inferior con indecisión, pero la promesa del duro sexo tanteando contra su húmedo sexo era mucho más de lo que podía soportar. Lo deseaba, le quería completamente enterrado en ella, necesitaba sentirle llenándola. Le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas siguiendo sus instrucciones, el miembro eligió ese momento para penetrar en su goteante sexo llenándola por completo de una manera deliciosa y enloquecedora. Las manos masculinas se aferraron a sus caderas, sujetándola y permitiéndole ganar profundidad mientras la hacía descender por toda su longitud hasta quedar completamente alojado en su interior.
—Suave, misanti, suave —gruñó él al tiempo que luchaba por mantener aquella enloquecedora y lenta caricia.
Apretando su espalda contra la puerta, manteniéndola sujeta, empezó a salir y entrar de ella con profundos gruñidos, el sonido de la húmeda carne chocando contra carne inundaba el aire al compás de sus gemidos y gruñidos. Sus movimientos se hicieron más rápidos, más profundos, follándola con todas las ganas y la lujuria que portaba su espléndido cuerpo. Podía oír los jadeos en su oído, más desesperados, más acelerados, pura lujuria que lo invitaba a empujar más duro, más profundo, clavándola con sus embates.
La sensación era enloquecedora, se sentía arder, cada vez más cerca de acariciar aquello que solo él parecía capaz de darle.
—Máltes —pronunció su nombre como una plegaria—. Por favor…
Su boca reclamó la suya, la lengua penetró la barrera de sus labios y la instó a corresponder al beso. Él sabía a pecado, a algo prohibido que no podía evitar desear cada vez más.
—Déjate ir —susurró él tras romper el beso—, córrete para mí, Keltia.
Su voz fue como un efectivo detonador, las palabras no terminaban de abandonar su boca cuando todo su cuerpo se tensó para recibir el primero de los explosivos orgasmos que intuía le daría aquella noche.
Gritó su liberación deshaciéndose en sus brazos, los espasmos le recorrían el cuerpo mientras lo sentía profundamente enterrado en un interior, una sensación que la abandonó tan pronto como se retiró él.
Las piernas le temblaban cuando la instó a bajar, pero apenas tuvo tiempo de tomar una nueva bocanada de aire cuando él reclamó su boca en un nuevo beso y la girara hasta que sus manos terminaron apoyadas contra la puerta.
—Las manos contra la puerta, misanti —le susurró al oído—. Todavía no he terminado contigo.
Aquellas codiciosas manos volvieron a cernerse sobre su cuerpo, le aferraron la cadera y tiró de ella hacia atrás de modo que su trasero quedase en alto.
—Respira, Keltia —había risa en su voz—. Esto es para tu placer, pequeña.
Tragó con dificultar, la excitación no había abandonado su cuerpo y podía sentir como esta crecía de nuevo, acicateada por sus palabras y actos.
—No te reprimas —notó su aliento en el oído—, y disfruta.
Contuvo el aliento cuando notó de nuevo la dura erección penetrándola ahora desde atrás, la nueva posición hacía la penetración más profunda y las sensaciones más intensas.
Se sentía repleta, cada nuevo movimiento aumentaba la fricción y el placer, su cuerpo reaccionaba a él como si fuese un instrumento bien afinado, respondiendo sin vacilación a cada uno de sus toques. La intensidad era tal que amenazaba con hacerla pedazos.
Un nuevo orgasmo empezó a construirse en su interior, creciendo con cada nueva embestida, haciéndola gemir por alcanzar nuevamente la tan ansiada liberación.
—Déjalo ir —escuchó su voz una vez más. Pero en esta ocasión, sus palabras parecían venir de muy lejos—. Esto es para ti, no lo reprimas, sal a su encuentro.
La necesidad aumentó en su cuerpo hasta hacerla estallar una vez más. El orgasmo sobrevino con rapidez e intensidad, una ola de placer abrumador que no hizo más que crecer con cada nueva embestida. Cuando pensó que ya no podría soportarlo más, lo sintió tensarse en su interior encontrando su propia liberación.
Un momento después resbalaba de su interior con la respiración acelerada, los ojos brillantes y una traviesa sonrisa curvando sus labios.
—Ahora, ¿qué te parece si probamos la cama?
Debía haber perdido el juicio por completo, solo eso podía explicar que le devolviese la sonrisa y se relamiese al pensar en el placer que todavía podía darle aquella noche.


Máltes no estaba preparado para el descubrimiento que hizo durante aquella noche. La amó sin reservas, se deleitó en su cuerpo y en la respuesta de este despojándola poco a poco de la oscuridad que habitaba en su alma, cumpliendo con su cometido y encontrando que ella también tenía la capacidad de sanar la suya propia.
Como Guardián de las Almas dedicaba su eternidad a compensar la balanza entre el mundo de los vivos y el de los muertos, había vagado entre uno y otro sin encontrar solaz en ninguno. En aquella humana sin embargo encontró el equilibrio perfecto, ella era una criatura de luz, a pesar de la soledad que había oscurecido su alma, su vida era brillante, quizá motivado por sus propias ganas de vivir.
La noche pasó de manera fugaz trayendo consigo el amanecer de la mañana de Navidad y la despedida.
—Feliz Navidad, mi pequeña Keltia —le susurró al oído. Se grabó a fuego el recuerdo de su sabor, la calidez de su abrazo, algo con lo que tendría que vivir todo el año hasta poder regresar a ella—, vive una larga y hermosa vida.
Ella se removió entre las sábanas, despertando del sueño reparador. Abrió los ojos y lo miró somnolienta.
—¿Máltes?
Le acarició el rostro con un dedo a modo de despedida.
—Vuelve a dormirte —le susurró—. Cuando despiertes de nuevo, todo irá mejor.
Ella se incorporó hasta quedar sentada, la sábana resbaló de su cuerpo enredándose en su regazo, dejando sus pechos desnudos a la vista.
—¿Volveré a verte?
¿Lo haría? ¿Se permitiría sucumbir a la necesidad que ella había despertado en él?
—Piensa en mí en cada luz navideña que veas, en cada abeto, en cada copo de nieve y yo estaré allí para ti, Keltia —le prometió con dulzura—. Y si deseas que regrese, lo haré. Llámame cuando estés lista y estaré a tu lado toda la eternidad.
Ella parpadeó todavía somnolienta y le dedicó una tenue pero sincera sonrisa.
—Hasta la próxima Navidad, Máltes.



Un año después…

Keltia sonrió al terminar de colocar el último adorno en el verde abeto que adquirió en el vivero. El vendedor se lo había dejado a muy buen precio e incluso le regaló una caja de bombillas de colores; su alegría, según le dijo, era contagiosa. Volviéndose contempló el salón adornado con guirnaldas y motivos navideños, un pequeño ramillete de muérdago colgaba ahora del umbral de la cocina y una planta nueva de Pascua hacía compañía a la más grande que conservaba del año anterior. Alisándose el vestido blanco que compró a primeros de mes echó un último vistazo a su entorno. La mesa estaba puesta para la cena de Nochebuena y por primera vez en mucho tiempo disfrutó preparándola.
—Es el momento —se dijo a sí misma.
Había pasado todo un año desde que Máltes entró en su vida, un año en el que había vuelto a vivir y a disfrutar de la vida y todo ello se lo debía a su Guardián de la Navidad—. Ya estoy lista, Máltes. No quiero esperar más, te deseo a mi lado durante toda la eternidad.
Hubo un momento de absoluto silencio solo interrumpido por el sonido del segundero del reloj.
—¿Estás segura de ello, pequeña Keltia?
Un ligero escalofrío de placer le recorrió la espalda cuando oyó su voz en el oído, su cálida presencia la envolvió al mismo tiempo que lo hacían sus brazos. Ella siguió con los ojos cerrados, temerosa de que si los abría se rompiese la magia.
—Completamente segura, no deseo pasar otro año sin ti —aseguró armándose de valor para girarse y encontrarse con aquella mirada color hielo que conseguía derretirla—. Feliz Navidad, mi Guardián.
—Feliz Navidad, mi pequeña misanti —le susurró ante sus sonrientes labios—. Feliz Navidad.


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