Clarise
aseguró el bolso de hombro, el croissant se balanceaba precariamente en su
boca, sujeto únicamente por unos sexys y parejos dientes blancos mientras
luchaba por mantener el libro bajo el brazo al tiempo que se quitaba uno de los
zapatos de tacón bajo que se había puesto aquella mañana. No veía la hora de
llegar a casa y tirarlos en una esquina, o mejor aún en la basura, la promesa
de una larga ducha de agua caliente y su mullido pijama empezaba a parecerle la
mejor de las citas.
Haciendo malabares para mantener el equilibrio, consiguió
deshacerse de uno de los zapatos, sacudiéndolo hasta que la molesta piedrecilla
cayó.
—¡Ajá! Sabía que estarías ahí, pequeña y diabólica piedra
—murmuró tras mordisquear el pedacito de croissant que se había derretido ya en
su boca. Dejó caer el zapato en el suelo y lo enfundó nuevamente con una
mueca—. Habéis sido la compra más estúpida de todo el mes.
Resbalando la mano a través de la espesa melena liberó
algunos mechones que habían quedado presos bajo el asa del bolso y comprobó por
tercera vez su reloj. Pasaban un par de minutos de las nueve y diez, si se daba
prisa podría llegar a tiempo a la estación y abordar el metro.
—El final perfecto para un día desastroso, ¿huh? —se dijo a
sí misma y le dio otro mordisco al croissant antes de ponerse en marcha.
El día había sido un completo desastre, las tostadas del
desayuno se habían carbonizado, no quemado, si no carbonizado, totalmente.
Negras. Azabache. Y apestosamente ahumadas. Debió darse cuenta de que era una
señal, o al menos debió hacerlo después de que la encargada de su departamento le
gritase hasta quedarse afónica por algo de lo que ella ni siquiera había tenido
la culpa. El día había sido una reacción en cadena de pequeños desastres, si
ahora perdiese el metro, sólo sería el colofón final.
Subiendo rápidamente los escalones de la estación atravesó
rápidamente entre la gente, excusándose ante el involuntario empujón para por
fin detenerse ante la estructura blanquecina del tren que se detenía frente a
ella, abriendo las puertas.
A esas horas siempre estaba lleno, sería un milagro encontrar
un asiento libre, tendría que ir de pie, apretada entre la gente como una
sardina enlatada y lo odiaba, realmente odiaba esa sensación. Las puertas se
abrieron cortando sus pensamientos, con un resignado suspiro subió al vagón, un
rápido vistazo le confirmó lo que ya sabía, no había ningún asiento disponible
a la vista.
Apenas había dado dos pasos cuando alguien que subía tras
ella la empujó, proyectándola hacia delante, se giró con toda la intención de
llamarle la atención pero las palabras se esfumaron de su garganta en cuanto
sus miradas se encontraron. Sus ojos azules se dilataron, las mejillas
empezaron a arderle y con la misma celeridad que sus miradas se habían
encontrado, ella bajó la mirada al suelo. Él estaba allí otra vez, como cada
mañana, como cada noche, siempre en el mismo vagón de metro y a la misma hora.
Lo había visto por primera vez un mes atrás, sus miradas se encontraron durante
un momento y ella sintió una inexplicable conexión que le decía que ese
magnífico hombre era suyo… Si sólo ella no fuese tan insegura, quizás se
acercaría a él y le diría hola, pero un hombre como él jugaba fuera de su liga.
Él era demasiado sexy, demasiado peligroso… y ella estaba a punto de convertirse
en su presa.
Gabryel la vio subir al metro, el pequeño mohín de aquellos
llenos labios femeninos al ver que el vagón estaba completamente lleno era una
de las cosas más sexy que encontraba en aquella mujer, y no es que el resto del
paquete fuera menos bueno o intenso.
Clarise Take era, entre otras cosas, su vecina. Él se había
mudado el mes anterior al edificio en el que residía ella, su intención era
quedarse únicamente una semana mientras la tonta de su asistente solucionaba el
problema que había con su apartamento, pero entonces la vio pelearse con el
neandertal de la quinta planta, un hombre que la doblaba en tamaño y al que
había manejado con una serena y fría voz. De aspecto frágil, delicado y una
deliciosa timidez, aquel inesperado acceso de carácter lo sorprendió y lo dejó
completamente embobado con el lujurioso cuerpo femenino. Todavía podía recordar
como la camiseta que abrazaba sus pechos los habían alzado cuando ella se
irguió, la suave piel de su cuello había estado libre de la espesa melena, la
cual llevaba recogida, reclamando silenciosamente los besos y mordiscos que él
hubiese querido darle. Y sus piernas, oh, señor, aquella mujer poseía unas
piernas largas, torneadas y absolutamente femeninas. No era un palo de escoba,
algo que realmente le gustaba, deseaba que sus mujeres tuviesen algo de carne
sobre los huesos y aquel pequeño incognito de su vecina iba a convertirse en su
mujer.
Durante el último mes había hecho un hábito el seguir sus
pasos, cogía el mismo metro que ella sólo para poder verla de nuevo, deseaba
ver de nuevo a esa orgullosa y desenvuelta mujer, pero todo lo que él había
conseguido es que ella se sonrojase cada vez que él se cruzaba en su camino.
Ella bajaba la mirada y buscaba una rápida ruta de escape.
Y había escapado, durante las últimas tortuosas semanas se le
había escapado de las manos más veces de las que podía contar.
Gabryel observó cómo ella se ajustaba bien el bolso al
hombro, echaba la melena hacia atrás y extraía el libro que había sujetado bajo
el brazo para abrirlo y ojear rápidamente su interior. Desde su posición no
podía leer cual era el título, y sus manos cubriendo estratégicamente la
portada lo hizo esbozar una involuntaria sonrisa irónica.
Lamiéndose los labios la observó con deseo, su cuerpo ya se
calentaba y endurecía reaccionando a la lujuria que la mujer despertaba en él,
una lujuria que esperaba poder satisfacer aquella misma noche.
Clarise prácticamente arrolló a los pasajeros en su afán por
llegar a la puerta del vagón y saltar a la seguridad del andén. Tenía que darse
prisa y desaparecer antes de que él tuviese oportunidad de interceptarla y como
una estúpida y balbuceante adolescente se lo quedara mirando con ojos de
cordero degollado.
Gabryel Sheffyll era el hombre con el que cualquier mujer que
tuviese ojos en la cara se iría a la cama. De complexión amplia, con unos
anchos hombros y un rostro esculpido de pura masculinidad, el hombre se había
convertido hacía ya un mes en su vecino y el objeto secreto de sus deseos. Si
las fantasías sexuales de Clarise cobraran vida, lo harían con el rostro de ese
jugoso pedazo de carne. Y sus ojos, ¿por qué demonios tenían que existir unos
ojos tan enigmáticos? Ella los había visto una única vez lo suficientemente cerca
como para saber que no eran negros, su color rivalizaba con el de la madera
mojada, un tono marrón tan oscuro que a menudo se confundía con el negro.
Era incapaz de olvidar aquel momento, ella se disponía a
sacar la basura y al salir por la puerta de la calle se había tropezado con él.
Si no hubiese sido por sus rápidos reflejos, ella habría terminado en el suelo.
Se llevó la mano al brazo, si cerraba los ojos todavía podía
notar el cosquilleo que había dejado su agarre sobre la piel, aunque más que
cosquilleo había sido una descarga eléctrica que la había dejado temblorosa.
Había escuchado muchas veces toda clase de estupideces sobre la química, los
flechazos y esas conexiones que iban más allá del entendimiento humano,
fusionando las almas y no sabía cuántas chorradas más.
Bien, a partir de aquel instante tuvo que replantearse el
considerarlas chorradas.
Echando un rápido vistazo a su reloj y uno posterior a la
gente que iba abandonando ya el vagón, subió la tira del bolso de nuevo a su
hombro con intención de emprender una rápida y elegante huída cuando el libro
se le escapó el libro deslizándose sobre el suelo unos cuantos metros hasta
detenerse contra unos pies calzados con mocasines. Una bronceada mano masculina
de dedos largos, en uno de los cuales lucía un anillo con motivos tribales
negros lo recogió del suelo.
Con respiración contenida, su mirada fue ascendiendo por los
pantalones vaqueros del hombre, pasando por una chaqueta de piel negra que no
dejaba adivinar que había debajo hasta una bufanda oscura que rodeaba el cuello
masculino. Los ojos oscuros se posaban en la cubierta del libro con cierta
diversión, la cual era acentuada por el rictus de su sonrisa.
—¿Esclava de tus deseos? —La voz suave y puramente masculina
matizada por un ligero acento extranjero envió un escalofrío por su espalda—.
Un título… sugerente, sin duda.
El calor que sentía ascendiendo por su cuello e instalándose
en sus mejillas era suficiente indicativo para que Clarise supusiera que debía
estar poniéndose del color de la amapola, la mirada de ese hombre había pasado
del libro a ella y la observaba sin disimulo, como si espera una respuesta, una
que parecía ser incapaz de afrontar.
—Ten —le devolvió el libro, tendiéndoselo con una picaresca
sonrisa.
Estirando lentamente la mano, sus dedos hicieron un leve
contacto con la cubierta del libro y lo recuperó, apretándolo contra su pecho
al tiempo que se maldecía mentalmente por su poca previsión. ¿Por qué no había
guardado el maldito libro en el bolso?
—Gracias —murmuró en cuanto pudo recuperar la voz.
Gabryel metió las manos en los bolsillos de su cazadora e
indicó la calle con un gesto de la cabeza.
—Supongo que te dirigías a casa, espero no te importe tener
compañía —le dijo, sus palabras marcaban claramente la línea de una afirmación.
¿Importarle? Nah… ¿Qué iba importarle? En los quince minutos
que faltaban desde el punto en el que se encontraban hasta su casa, con la
suerte que estaba teniendo el día de hoy, podría caerse de bruces, romperse la
nariz, o peor, romperse el maldito tacón de uno de sus zapatos y empezar a
caminar como un pato.
¿Qué iba a importarle cuando ya había quedado en estrepitoso
ridículo delante de él?
—¿Siempre trabajas hasta tan tarde?
La pregunta la devolvió al presente, aquellos ojos marrón
oscuro la miraban con fijeza inquisitiva, haciendo que se le acelerara el
corazón. Diablos, si bien era tímida por naturaleza, no era cobarde, no se
había acobardado ni se acobardaría jamás ante ningún hombre.
—Es mi horario —respondió obligándose a actuar con naturalidad,
pero era tan difícil cuando estaba así de cerca. Su aroma a canela y menta le
encantaba, lamería cada centímetro de su cuerpo sólo para comprobar si también
sabía de la misma manera.
Céntrate, Clarise, céntrate.
—No quiero ser grosera, pero realmente tengo prisa y
seguramente tú tendrás mejores cosas que hacer —aseguró buscando rápidamente
una disculpa y poder huir como alma que llevaba el diablo. ¡Ay las fantasías!
Si tan sólo pudiesen ser realidad…
Gabryel la vio meter el libro que había recogido en el bolso
y colgárselo de nuevo al hombro para marcharse.
—Ninguna que no te incluya a ti y una botella de buen vino.
Él esbozó una divertida sonrisa cuando la vio detenerse y
girarse hacia él, bien, al menos había conseguido llamar su atención.
Los ojos oscuros de Gabryel la recorrieron lentamente, sus
labios estirándose en una satisfecha sonrisa masculina que, en opinión de Clarise,
lo hacía parecer inclusive más sexy. Un lento e inocente gesto, la punta de la
lengua acariciando el labio inferior dejando una huella húmeda y brillante de
la parecía ser incapaz de apartar la mirada.
—¿Me dejarías invitarte a cenar?
Obligándose a arrancar la mirada de la boca masculina alzó
los ojos hasta encontrarse con sus ojos, inteligentes y cálidos y completamente
honestos.
—¿Por qué?
La expresión de sorpresa en el rostro de Gabryel fue
suficiente advertencia de la estupidez que acababa de preguntar. No había
solución posible para ella, cada vez que estaba cerca de ese hombre, su cerebro
hacía cortocircuito y era incapaz de hablar de hilar un solo pensamiento
coherente.
—Olvídalo —murmuró, sus mejillas adquiriendo un intenso tono
rojizo. Sin esperar respuesta, dio media vuelta y echó a andar, con toda la
intención de alejarse de él y de ser posible, caer en un enorme y hondo agujero
del que ya no podría salir y morirse de vergüenza—. Estúpida, estúpida,
estúpida.
Pero tal y como había ocurrido a lo largo del día, la suerte
no estaba precisamente de su lado.
—¿Ya has cenado? —sugirió él uniéndose a ella.
Clarise se sobresaltó. Cualquiera pensaría que el hombre se
habría dado ya por aludido.
—No —respondió sin pensárselo siquiera.
—Entonces todavía puedes aceptar mi propuesta.
Ella se detuvo una vez más, una pareja los adelantó por su
derecha mientras lo miraba de reojo.
—¿Por qué me invitas?
Gabryel la miró un instante a los ojos, finalmente dejó que
sus ojos marrón oscuro se deslizaran sobre el cuerpo femenino.
—Me ha parecido una forma mucho más educada de pedirte que
vengas a mi apartamento —respondió deteniendo su mirada sobre su cuerpo—, te
tomes una copa de vino conmigo y me dejes follarte.
Clarise parpadeó varias veces, abrió la boca para responder
pero ni siquiera era capaz de dejar pasar el aire.
—No puedo respirar —dijo con voz estrangulada.
Gabryel arqueó una delgada ceja negra ante tal declaración,
sus labios se estiraron en una pícara sonrisa un segundo antes de posar sus
manos sobre los senos femeninos, palpándolos a través de la chaqueta,
amasándolos suavemente sólo para ser recompensado por un sorprendido jadeo y
los enormes ojos azules clavándose en sus manos, allí donde todavía
permanecían.
—Tus pulmones funcionan perfectamente, nena —le aseguró
inclinándose hacia delante para susurrarle al oído—. Es tu corazón el que
amenaza con saltar del pecho con su frenético latido.
Clarise posó las manos en el pecho masculino y lo empujó con
fuerza, rebotando ella con el impulso un par de pasos mientras él no se movía
ni un solo centímetro.
—Eres… eres… un… un… —trató de dar con la palabra adecuada
que lo describiría, pero la sensación y el hormigueo que sus dedos habían
dejado impresos en sus pechos obnubilaban su cerebro. Sus manos eran grandes,
fuertes de dedos largos y se habían sentido tan bien sobre sus pechos.
—¿Vecino complaciente? —le aseguró devolviendo las manos en
el bolsillo mientras la observaba.
Ella dejó escapar un pequeño jadeo que a oídos de Gabryel no
pudo sonar más erótico.
—Un salido —respondió ella con voz estrangulada.
Él chasqueó la lengua y fingió mirar a su alrededor como si
quisiera cerciorarse de que nadie lo escucharía antes de responder.
—Shh, se supone que voy de incógnito.
Ella parpadeó ante la inesperada y jocosa respuesta de él.
—Genial y además loco.
Gabryel se encogió de hombros.
—La locura es parte esencial de la vida —aceptó girándose en
dirección al camino que ambos sabían debían tomar para volver al edificio en el
que tenían su residencia—. ¿Te atreves a pasear a estas horas con un loco?
Prometo dejar el título de salido para más adelante.
Clarise apretó su bolso debajo del brazo, su mirada recorrió
rápidamente la calle, pero en el breve transcurso de tiempo que habían estado
hablando, la estación ya se había despejado. Quizás, si echase a correr…
—Eso sería algo realmente estúpido, croissant.
Ella se volvió al escuchar su voz, sus labios ahora se
estiraban en una divertida y sensual sonrisa que debería haber sido toda la
advertencia que necesitaba para salir huyendo, pero en lugar de ello, se quedó
allí de pie, mirándole.
Gabryel ladeó ligeramente la cabeza y respondió en voz baja,
suave, casi un ronroneo que hizo que todas sus terminaciones nerviosas saltaran
al unísono.
—Tu rostro es como un monitor de televisión, se reflejan cada
una de tus emociones e ideas —aseguró girándose hasta quedar de lado e
indicarle con un gesto de la barbilla la calle—. Vamos en la misma dirección,
prometo dejar las manos en los bolsillos durante todo el trayecto.
Clarise entrecerró los ojos, evaluándolo. Aquel hombre la
había calado en menos de un suspiro, ¿podría existir alguien más peligroso y
sexy?
—Si intentas alguna cosa…
Gabryel sacó las manos de los bolsillos y las alzó a modo de
rendición.
—Prometo no hacer nada que tú no desees que haga.
Clarise gimió interiormente, eso precisamente, era lo que más
le preocupaba.
Los próximos quince minutos hasta su casa, prometían ser los
más largos de su vida.
Gabryel había prometido mantener las manos en los bolsillos,
pero no había dicho nada sobre la idea de fantasear con ella y hacerla
partícipe de esas fantasías. Le encantaba ver como se sonrojaba, como sus ojos
chispeaban y lo fulminaban obligándolo a interrumpir la descripción de sus
intenciones. Debía confesar que hubo un par de momentos en el que temió que le
diese con el bolso, pero Clarise mantuvo la compostura en todo momento,
caminando con ese paso largo y sexy que lo había endurecido.
No, lo que lo había dejado tieso había sido el adivinar que
llevaba bajo aquella sobria falda, si las medias negras que llevaba terminarían
en el muslo con una bonita cenefa bordada o se serían hasta la cintura. Se la
imaginaba con un diminuto tanga cubriendo su pubis y hundiéndose traviesamente
entre los dos melocotones que formaban su trasero en forma de corazón, un
coqueto liguero rodeando sus caderas y tiñendo de color sus muslos. Sabía por
el tacto de sus pechos que llevaba sujetador y sin relleno, gracias al cielo
por los pequeños favores. Sus senos eran llenos, suculentos y los pezones que
habían rozado sus palmas… si tan sólo pudiera rodearlos con la lengua.
Un nuevo tirón en sus vaqueros lo obligó a respirar
profundamente, su polla estaba totalmente de acuerdo con él y sus apreciaciones
de aquella tímida pero suculenta hembra. Gabryel sabía que no le era
indiferente, la había sentido estremecerse bajo sus manos, el titubeo en su voz
y el color en sus mejillas había sido inmediato y rematadamente sexy, Clarise
era cálida, de una forma sencilla, sin pretensiones y aquello le gustaba, pero
al mismo tiempo, aquella chispa que había visto en sus ojos… Señor, deseaba
verla perder la compostura, dejar a un lado la timidez y dar rienda suelta a la
emoción desenfrenada que había visto en los ojos azules cada vez que le había
lanzado una mirada mortal para cortarle la inspiración.
La deseaba, fuese como fuese, la deseaba y no estaba
dispuesto a aceptar un no por respuesta, no cuando esa negativa tenía de
verdadero lo que él de santo.
Su pequeño croissant iba a caer, sería seducida y follada
hasta que todas sus defensas se viniesen abajo y sólo entonces, le entregaría
su propia rendición.
Ese hombre iba a matarla y ni siquiera necesitaría las manos,
sus palabras eran un arma mucho más afilada y letal que cualquier posible acto
y estaban haciendo estragos en su cuerpo. Clarise sentía la piel tirante, la
humedad se había instalado en forma de sudor entre sus pechos. Tensos,
empujaban contra la tela del sujetador, los pezones duros se frotaban con cada
movimiento obligándola a mantener la espalda recta para evitar aquella
deliciosa tortura. Y señor, qué maldito calor, el ardor se había instalado en
su cuerpo y había ido creciendo en intensidad al igual que su excitación,
siempre espoleada por la sensual y profunda voz masculina, que sin ambages
narraba cada una de las fantasías que pasaban por su mente y que la tenían a
ella como protagonista.
¡Maldita sea! ¡Deberían darle el Oscar a la mejor
interpretación por lograr mantenerse serena, desdeñosa y lanzarle miradas
asesinas cuando la realidad es que se moría por lanzarse sobre él y comerle la
boca para que se callase!
La piel le hormigueaba bajo la maldita tela, el sujetador
parecía haber encogido una talla comprimiendo sus hinchados pechos y el tanga,
aquella maldita prenda parecía dispuesta a darle la noche ajustándose más a su
empapado e hinchado sexo.
Ni siquiera la suave brisa nocturna que se colaba bajo su
entubada falda lograba calmar el ardor y la excitación, por el contrario,
ayudaba a estimularla.
Y él, maldito fuera, seguía con las jodidas manos en los
bolsillos, parloteando con una viciosa sonrisa adornando sus labios y modulando
su voz hasta conseguir un maldito efecto afrodisíaco sobre ella. Sólo la
desnuda pasión brillando en sus ojos y la creciente erección que empujaba en
sus pantalones daba evidencia alguna de su propio estado de excitación, pero a
pesar de ello, no parecía molestarle en lo más mínimo.
Maldito fuera… aquella pequeña caminata de quince minutos se
estaba convirtiendo en la más caliente e infernal de toda su vida.
Clarise dejó escapar un aliviado suspiro cuando divisó el
número de su portal, un par de metros más y podría huir a la seguridad de su
hogar y darle al señor Pilitas una oportunidad de ponerse a la altura del
hombre que la había excitado.
Bajando el bolso, se apresuró a hurgar en su interior
buscando su juego de llaves, cuando antes se alejase de él, antes podría
respirar tranquila.
—Mierda, ¿dónde diablos estáis? —masculló revolviendo el
contenido de su bolso.
Gabryel, quien se había mantenido en silencio los últimos
metros echó mano al bolsillo interno de su chaqueta y sacó su propio juego de
llaves para abrir el portal.
—Ya abro yo —respondió con una divertida sonrisa.
Clarise se limitó a echarle una fugaz mirada antes de volver
a hurgar en su bolso con un poco más de ímpetu y un creciente punto de
exasperación. Sus llaves no estaban.
—¿No vas a entrar?
Ella alzó una vez más la cabeza, encontrándose con él
ocupando el umbral, manteniendo la puerta abierta con el apoyo de su cadera
reduciendo el espacio de paso al mínimo. Si entraba ahora, acabaría frotándose
irremediablemente con él.
Apretando los dientes, cerró el bolso y entró como una
tromba, rozándose con él de manera rápida y prácticamente obligándolo a echarse
atrás contra la puerta.
—Wow, tranquila, nena, no es necesario que te me tires encima
—respondió él con una amplia sonrisa.
La mirada que le dedicó Clarise lo hizo sonreír aún más. A Gabryel
le gustaban los desafíos.
Ignorándolo, Clarise se acercó al apartado de buzones y posó
el bolso sobre la mesa auxiliar para empezar a vaciar el contenido en busca de
sus llaves.
—¿Has perdido algo? —sugirió Gabryel dejando que la puerta se
cerrara suavemente tras él para finalmente caminar lentamente hacia ella.
Clarise siseó algo que le pareció respondía a “mis malditas
llaves”.
—¿No tienes llaves? —su voz sonó genuinamente sorprendida.
Ella se volvió como el rayo, su mirada amenazante.
—Están en mi bolso… en algún jodido sitio —masculló ella
sacando todo de su interior.
Gabryel chasqueó la lengua al tiempo que se detenía a su
lado, cerniéndose sobre ella, lo justo para poder aspirar el aroma de su pelo,
pero sin llegar a tocarla todavía. En el estado alterado en el que estaba
ahora, lo más seguro es que saltar y se volviese sobre él como una gata.
—Tranquila, seguro están en algún bolsillo —le susurró al
oído.
Clarise dio un respingo ante su cercanía y se apartó un paso,
su mirada azul cayó nuevamente sobre él con la suficiente hostilidad y
nerviosismo como para que Gabryel se mantuviese quieto en el mismo sitio.
—Gracias por tan grata compañía, pero ya hemos llegado, así
que ya puedes marcharte —lo despidió al tiempo que volvía a meter las cosas en
el bolso, se lo metía bajo el brazo y se dirigía hacia el ascensor—. Buenas
noches.
Gabryel esbozó una divertida sonrisa y sacudió la cabeza.
Poniéndose en marcha, la siguió al ascensor y posó la mano sobre la suya
impidiéndole retirarla después de pulsar el botón de llamada.
—Me gustaría alargar la velada, Clarise —le susurró al oído,
su pecho conteniendo la espalda femenina, el redondo trasero se apretaba ahora
contra su erección provocándole un escalofrío de placer. Su aroma… señor… ella
olía tan bien—. Ven a mi apartamento, croissant, te prometo que no te
arrepentirás.
Ella se estremeció, Gabryel sintió su temblor así como la
respiración acelerada y la lucha por soltar su mano.
—Suéltame ahora mismo, o te juro que me pondré a gritar y
levantaré a todo el edificio —siseó ella intentando soltarse.
Gabryel deslizó la mano libre a la cintura femenina y la
envolvió, girándola hacia él. La espalda femenina quedó entonces aprisionada
contra la puerta del ascensor, la mano que había estado aprisionada con la suya
apoyada por encima de su cabeza, un fuerte muslo se instaló entre sus piernas,
haciendo que la falda se alzara más arriba de sus rodillas. Los suaves y
mullidos senos se apretaban contra su pecho, pero fueron sus ojos azules
abiertos con una pizca de temor, mezclada con pasión y rabia lo que lo
obligaron a pedir una única cosa. Si ella no quería darle más, no la obligaría,
pero por dios que no se iría sin antes probar su boca.
—Un beso —le pidió con voz ronca. Sus ojos devorando los
labios entreabiertos—. Y no te molestaré más, lo juro.
Ella lo miró a los ojos, buscando leer la verdad en ellos,
pero se hacía difícil pensar cuando su cuerpo estaba aprisionado contra el
suyo, sus senos aplastados deliciosamente contra el fuerte pecho masculino y su
erección se presionaba contra su estómago a través del pantalón.
—Considéralo mi pago por ser un buen vecino —continuó con una
nota irónica en la voz—. No te pediré más, no mendigo por lo que no quiere ser
dado libremente. Si deseas volver a su frío dormitorio, revolcarte en tu fría
cama, no te detendré, pero quiero un beso… me lo he ganado, ¿no crees?
Clarise apretó los dientes ante las crueles palabras que
salían de la boca masculina, ¿un beso? ¡Le mordería si conseguía soltarse!
—Te morderé —se encontró respondiendo en voz alta, sus
mejillas coloreándose en el mismo instante en que se dio cuenta.
Gabryel dejó escapar una sonora carcajada y bajó la boca
sobre la de ella.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr, croissant
—aseguró derramando el calor de su aliento en cada una de sus palabras—.
¿Puedo, mi querida vecina?
Clarise se lamió los labios y él no necesitó más invitación.
Gabryel gimió al sentir la suavidad de su boca, sus labios se
entreabrieron tímidamente para él permitiéndole incursionar en el interior.
Ella sabía a crema y croissant, dulce y suave, un néctar al que muy bien podría
hacerse adicto. En la posición de completa indefensión en la que la tenía, sin
permitirle movimiento alguno, poseía todo el control, su boca mandaba y exigía
una respuesta que ella le proporcionó con la más tibia de las caricias. El
cálido aliento se mezclaba con el suyo, sus lenguas se tocaban una y otra vez
en un silencioso intento de conocerse íntimamente retrocediendo ella cuando él
avanzaba. Sus labios se sentían suaves y húmedos bajo los suyos, su boca se
volvía tan hambrienta como la suya y un beso ya no fue suficiente.
—Te deseo —jadeó a la puerta de los labios femeninos. Sus
manos cedieron permitiéndole moverse ligeramente, recuperando una posición más
cómoda mientras amoldaba su cintura y volvía a tomar su boca en breves y
húmedos besos—. Un beso ya no es suficiente. Quiero, necesito probarte entera…
Ella gimió en su boca, su cuerpo era un puñado de nervios
corriendo a toda velocidad, su cerebro se había licuado con el primer contacto
de sus labios, su sabor era adictivo y por lo mismo peligroso.
—Sube conmigo —Gabryel abandonó sus labios y empezó a dejar
pequeños besos y mordiscos por su rostro, ascendiendo hasta su oreja y
deteniéndose en el lóbulo, chupeteando el pendiente en forma de bola que lo
adornaba—. Atrévete a probar el deseo, croissant, atrévete a dar rienda suelta
a la pasión que encierras con cadenas.
Ella gimió, ladeando la cabeza, estremeciéndose ante las
suaves descargas eléctricas que sus atenciones lanzaban por todo su cuerpo
hasta desembocar en la húmeda excitación que aumentaba inexorablemente entre
sus piernas.
—Gabryel —musitó su nombre por primera vez desde que se
habían encontrado en el metro.
—Sí, nena —le respondió apartándose de ella lo justo para
verle el rostro—. Sólo dime sí, Clarise y yo me encargaré del resto.
¿Se atrevería a decirle que sí? ¿Se atrevería a dar rienda
suelta a su pasión y entregarse al hombre por el que había estado suspirando el
último mes? Ella no era guapa, ni delgada, no era más que una secretaria en una
oficina de ventas, una persona anónima, una mujer común y corriente, ¿y él se
estaba interesando en ella? ¿Quería llevársela a la cama? ¿Follarla allí mismo?
Clarise cerró los ojos durante un instante y suspiró, si
Cenicienta había tenido su noche, ¿por qué no iba a tenerla ella?
—No he encontrado mis llaves —murmuró ella atrapando el labio
inferior entre los dientes en un gesto de inocencia seductora que lo hizo
gemir—, ¿socorrerías a una vecina en apuros?
Gabryel sonrió ampliamente, se lamió lentamente los labios y
respondió.
—Siempre estoy dispuesto a entregarme a una buena causa
—aseguró tomando nuevamente su boca en el mismo momento en que oyeron el timbre
del ascensor y las puertas se abrieron—. Y qué diablos, este es tan buen lugar
como cualquier otro para empezar a ser un buen vecino.
Clarise jadeó cuando Gabryel la empujó al interior del ascensor
y pulso el botón de su apartamento mientras se quitaba la chaqueta y la lanzaba
a una esquina del mismo. El espejo les devolvía su reflejo mientras la tenue
luz del techo los iluminaba cuando las puertas se cerraron dejándolos solos en
el reducido cubículo. Su chaqueta siguió el mismo camino que la de él mientras
la empujaba de nuevo contra la pared del ascensor y se besaban con ardor. Las
manos fuertes y masculinas moldearon sus pechos por encima de la blusa, los
pulgares hicieron contacto con sus pezones ya duros, atormentándolos con
caricias interminables. Clarise perdió sus manos sobre la camisa blanca
masculina, uno por uno los botones fueron cediendo, sus uñas arañaron
suavemente la piel mientras resbalaba la tela de sus hombros dejando a la vista
la bronceada y suave piel masculina. Sus hombros eran anchos, duros, su pecho
marcado por trabajados pectorales y abdominales, el hombre era magnífico y no
tenía un solo gramo de grasa en cuerpo.
—Para el maldito ascensor —gruñó él en su boca.
Ella parpadeó cuando sus labios se separaron, su mirada
vidriada y teñida de deseo.
—¿Qué?
Gabryel se lamió los labios y miró el número de los pisos que
iba pasando, pronto estarían en el suyo.
—Al demonio —masculló apretando sus senos antes de enganchar
los dedos en la abertura de la blusa y tirar con fuerza, haciendo que los
botones volasen en todas direcciones. Resbaló la prenda por los hombros
femeninos hasta quitársela por completo, su mirada comiéndose cada centímetro
de su piel sólo para atraerla hacia él y deslizando las manos sobre la tela que
cubría sus caderas, la alzó, apretándola una vez más contra la pared del
ascensor mientras se introducía en el hueco de sus piernas.
Clarise hundió las manos en su pelo, sosteniéndose anclada en
sus brazos, sin dejar de besarle, disfrutando del ardor y el calor del momento.
Los dedos masculinos acariciaron el borde de la piel que dejaban al aire las
medias hasta el muslo. Sus brazos la sostenían anclada a su cintura, en una
posición delatora. El espejo devolvía cada uno de sus movimientos haciéndolos
propios, una pareja gemela dando rienda a la pasión.
Las puertas del ascensor se abrieron entonces, permitiendo a
cualquiera que pasara por el corredor ver a la pareja en una escena de erotismo
y pasión. Por fortuna no había nadie que pudiera atestiguar tal arrebato
pasional, aunque de haberlo habido era poco probable que alguno de los dos se
percatara de cualquier cosa que pase en aquellos momentos.
Las puertas volvieron a cerrarse después de un momento,
dejándolos encerrados una vez más.
Gabryel enterró el rostro en la uve de sus pechos, aspirando
profundamente su aroma, lamiéndola como si fuese un helado, su lengua atrapó
uno de los endurecidos pezones por encima del encaje del sujetador,
succionándolo en el interior de su boca, mojando la tela mientras se daba un
festín con su pecho. Los suaves jadeos no hacían sino aumentar su excitación,
su sexo rozándose a través del pantalón contra la piel ahora desnuda del
vientre femenino. Sólo podía imaginarse cuando mejor sería la experiencia si no
hubiese ningún pedazo de ropa interponiéndose entre ellos.
Apretándola contra la pared, con sus muslos rodeándole la
cintura se permitió deslizar las manos hacia arriba, resbalando por el interior
de la falda hasta acomodarla sobre sus caderas. La suave piel de su trasero se
encontró con sus dedos, una suave exploración que lo hizo gemir al notar las
prietas nalgas contra sus palmas, sólo el cordón del tanga en la parte superior
evidenciaba que llevaba ropa interior.
Su boca abandonó un pezón para tomar rápidamente cuenta del
otro, prodigándole la misma atención. Sus dedos amasaron las prietas carnes,
hundiéndose lo suficiente entre ellas para notar la empapada tela que cubría el
hinchado sexo femenino. Los cálidos jugos resbalaban por los muslos, una clara
evidencia de que el paseo hasta su casa la había excitado tanto como a él.
—Estás caliente —ronroneó entre lametones—, mojada, muy
mojada.
Clarise apretó ciñó los muslos a la cadera masculina en
respuesta, sus dedos rastrillaban el pelo negro de su pareja mientras su cuerpo
se encendía más y más bajo las atenciones masculinas.
—Gabryel —gimió su nombre, frotándose contra su erección,
consiguiendo un bajo y placentero siseo de su parte—. Esto… esto es una locura.
Él sonrió y deslizó el dedo corazón a lo largo de la suave y
depilada entrepierna, acariciando la tela que ocultaba el centro de su calor.
Su recompensa llegó de la mano de un ahogado gemido y el repentino
estremecimiento femenino.
—Eres muy sensitiva —murmuró él buscando ahora su mirada,
deseando ver su rostro ruborizado, sus ojos brillantes de placer—, muy
receptiva, pura pasión embotellada, ¿por qué te resistes al deseo, Clarise?
Estás hecha para él.
Ella sacudió la cabeza, sus caricias la estaban volviendo
loca, su mano se había desplazado hasta cubrirla casi por completo desde atrás,
uno de sus dedos la acariciaba de atrás hacia delante friccionando la tela con
su sobre excitado sexo y no podía hacer nada excepto permitírselo y gemir en
respuesta.
—Su sexo está empapado, llorando de necesidad —continuó
susurrándole eróticamente al oído—, tus jugos empapan mis dedos, cariño.
Clarise se inclinó hacia delante, rodeándole el cuello con
los brazos, ocultando su cara en su hombro mientras la intensidad y el placer
iban en aumento.
—Shhh —le susurró apretándola contra él—, no hay de qué
avergonzarse, nena, así es como te deseo, como te quiero, húmeda y necesitada,
excitada sin punto de retorno…
Las uñas se le clavaron en la espalda haciéndolo dar un
respingo, excitándolo si cabía todavía más.
—Así que mi pequeño bollito, tiene uñas —ronroneó al tiempo
que sumergía el dedo por debajo de la tela, acariciando la húmeda y caliente
carne—. Señor, esto sí que es bueno.
Clarise gimió ante la inesperada invasión, su dedo la
penetraba lentamente, con movimientos uniformes, su respiración se hizo
demasiado pesada, la necesidad de aire la llevo a incorporarse en la medida de
lo posible, pegándose de nuevo a la pared mientras se sostenía sobre sus
hombros. Sus caderas empezaron a seguir la cadencia de la suave penetración,
animándolo a ir más lejos, a penetrarla más profundamente.
—Oh, señor —gimió aferrándose con desesperación a sus
hombros, sus rodillas haciendo presión para poder seguirle el ritmo—, Gabryel…
Gabryel se permitió el lujo de contemplarla mientras montaba
su dedo, complacido por el rubor de la pasión que veía en sus mejillas, y el
fuego encendido en sus ojos.
—Eso es, tesoro, así, móntalo —la animó cambiando su peso
durante un instante para poder sostenerla—, sólo sigue moviéndote.
Clarise sacudió la cabeza, sus labios húmedos e hinchados por
sus besos se entreabrían dejando escapar pequeños jadeos, todo su cuerpo estaba
en llamas, sus pezones encerrados en el confinamiento del sujetador estaban
sensibles, demasiado sensibles, pero no era suficiente, deseaba más, lo quería
todo, si ésta iba a ser su única oportunidad, lo quería todo.
—Gabryel… te... te necesito… —gimió inclinándose hacia
delante, su boca buscando la de él en un húmedo beso—, por favor, te quiero
dentro… lo… lo quiero.
Ante su tímida petición, él frotó su dura y palpitante
erección contra su estómago sin dejar en ningún momento de atormentar su sexo.
—¿Qué es lo que deseas, croissant? —le susurró—. ¿Quieres que
te folle? ¿Quieres que te llene por completo?
Ella se mordió el labio inferior. ¡Sí! ¡Señor, sí! Lo
deseaba, quería sentirse repleta por él, lo necesitaba. Si la dejaba ahora,
dios, si la dejaba así como estaba no respondía de sí misma.
—Sí —murmuró mordiéndose el labio inferior—, por favor,
hazlo… tómame.
Clarise gimió cuando él retiró el dedo, la sensación de
insatisfacción y abandono estaba punto de traer lágrimas a sus ojos.
—Desabróchame el pantalón —su voz sonó ronca en su oído—, y
coge un preservativo del bolsillo trasero.
Ella se lamió los labios, sus ojos se encontraron una vez
más.
—Hazlo, croissant y te daré el mejor orgasmo de tu vida.
Aquella debía ser la situación más extraña en la que Clarise
había estado jamás, medio desnuda, en un ascensor, jodidamente caliente y a
punto de ser follada. Y no podía encontrar un maldito motivo por el que aquello
no la excitara sobre manera.
Siguiendo las instrucciones de Gabryel, extrajo del bolsillo
trasero de su pantalón un pequeño cuadradito de papel y descendió entre sus
cuerpos para desabrocharle el pantalón y dejar libre la dura y palpitante
erección que salto a su mano tan pronto se vio libre. Su sexo era suave,
caliente y se sentía duro en la palma de su mano, de la cabeza de su erección
salía ya una perla de líquido pre seminal.
—Nena, si realmente quieres que te monte, tendrás que dejar
de acariciarme así —aseguró entre bajos gruñidos—. Clarise, cielo, colócame el
preservativo, necesito follarte.
Lamiéndose una vez más el labio inferior, se tomó un momento
antes de romper el envoltorio y enfundarlo con la protección.
—Buena chica —gimió, sus caricias lo habían puesto al borde,
necesitaba tenerla tanto como ella lo deseaba, o quizás más—. Sujétate ahora,
nena, va a ser una cabalgata como ninguna otra.
Sin darle tiempo a pensar, la empujó contra la pared,
sujetándola así para poder conducirse a su entrada y penetrarla profundamente
con una única embestida que lo dejó alojado profundamente en su interior. Sus
paredes vaginales lo apretaban formando una empuñadura perfecta, toda ella se
tensaba a su alrededor, relajándose de nuevo, gozando de su tamaño, dejando
escapar suaves jadeos entrecortados mientras clavaba una vez más las uñas en
sus hombros.
Señor, ella iba a dejarlo marcado pensó con irónica diversión
un instante antes de retirarse sólo para volver a embestirla, impulsando sus
caderas hacia delante y hacia atrás, follándola con ardor. Sus gemidos hacían
eco en el pequeño habitáculo, el espejo a su lado le devolvía su imagen
follándola, una erótica escena que lo calentó incluso más impulsándolo a penetrarla
con más ímpetu. El sonido de la húmeda carne chocando entre sí cubrió el lugar
de la banda sonora, excitándolos a ambos.
Clarise no podía respirar, todo su cuerpo estaba
sobrecargado, el arrollador placer del momento la apabullaba y al mismo tiempo
la instaba a ir más allá, a pedir más, a dar más hasta el punto de encontrarse
rogando que la follara más fuerte, más rápido.
—Gabryel… oh, dios, Gabryel… —gemía su nombre una y otra
vez—, sí… más… así… oh, señor… sí.
El hombre no dudó en darle lo que pedía y que él también
deseaba, hasta que el orgasmo empezó a construirse en su interior, cada vez más
alto.
—Eres endiabladamente buena… joder… —gimió impulsándose ahora
con fuertes estocadas hasta que por fin la sintió apretarse a su alrededor, sus
paredes internas aferrándolo mientras emergía un grito de liberación de su
garganta permitiéndole unirse a ella en su propia liberación algunas
penetraciones después.
Jadeante y agotada, dejó caer las piernas, terminando apoyada
a duras penas contra la pared, la camisa de Gabryel colgaba de uno de sus
brazos a medio sacar, su falda se arremolinaba alrededor de sus caderas, el
reflejo que le proporcionaba el espejo del ascensor la dejó asombrada y
avergonzada.
—Oh, señor —gimió al percatarse de lo que acababa de hacer—.
En el ascensor…
Gabryel se encargó de su preservativo antes de volver a
enfundarse en sus pantalones y mirarla a través del espejo.
—Y él sólo el principio, croissant —le aseguró con un guiño
al tiempo que recogía su chaqueta y la de ella del suelo mientras Clarise se
bajaba la falda—. Creo que este es mi piso.
Antes de que tuviese tiempo a preguntar o tomar alguna
decisión, Gabryel apretó el botón de apertura de puertas del ascensor y la
cogió de la mano, tirando de ella hacia el final del corredor, deteniéndose
brevemente en una papelera para depositar el preservativo.
—Gabryel, mi blusa —clamó ella, girándose para señalar la
prenda que volvía a desaparecer una vez volvieron a cerrarse las puertas.
El hombre le echó un rápido vistazo y sonriendo de forma sexy
respondió.
—No la necesitarás —le aseguró y tiró de ella para darle un
breve beso antes de detenerse en una de las dos últimas puertas de la
izquierda. Tras introducir la llave, abrió la puerta y penetró de espaldas en
la oscuridad, arrastrando a Clarise lentamente tras él—. Bienvenida a mi
humilde morada, croissant.
Ella se lamió los labios, respiró profundamente y se dejó
arrastrar.
—No sé por qué me parece estar entrando en la boca del lobo.
Él se rió y cerró la puerta tras de sí, dejando que se escuchara
únicamente una sonriente respuesta.
—No te preocupes, nena, la única intención de este lobo, es
lamerte por entero.
Ninguna de las fantasías de Clarise podía haberse asemejado
siquiera a la realidad, ésta superaba con creces todas y cada una de las
sensaciones y perfección del momento. Cuando se encontró por enésima vez con Gabryel
en el metro, cuando sus miradas se cruzaron una vez más, poco podía pensar en
un desenlace como éste, uno que estaba amenazando con romper cada una de sus
autoimpuestas reglas.
Ese hombre era capaz de hipnotizarla con sus palabras,
conseguir que hiciese las cosas más impensables como estar con él en el salón
de su casa, vestida con ropa interior y una copa de vino en las manos.
—Cuando dijiste lo de invitarme a una copa de vino, no pensé
que lo decías en serio —murmuró acercando el cristal a los labios, apenas una
caricia al dulce sabor.
Gabryel, vestido únicamente con los pantalones vaqueros,
descalzo, sin camisa, con el pelo negro revuelto por sus manos, balanceaba el vino
en su copa, mirándola por debajo de unas espesas pestañas al otro lado del
salón. Cómodamente apoyado contra el mueble en el que descansaba el equipo de
música que había cobrado vida poco después de entrar ellos, la examinaba a la
tenue luz de las dos lámparas de pie que había estratégicamente colocadas en
ambas esquinas de la habitación.
—No sería un buen anfitrión si no te ofreciera algo de beber,
croissant —aseguró levantando su copa hacia ella en un mudo brindis.
Ella ladeó ligeramente el rostro, sus ojos azules encontraron
tímidamente los de él. Ni siquiera el pasional interludio en el ascensor podía
evitar ese toque de timidez innata en Clarise.
—No dejas de llamarme así, ¿por qué?
Él esbozó una sensual sonrisa y dejó la copa a un lado.
—La primera vez que te vi, estabas mordisqueando un croissant
—respondió caminando hacia ella—. Recuerdo como tu boca acariciaba la suave
carne, casi lamiéndola —murmuró acariciándole el labio inferior con la yema de
los dedos—, tu lengua lamiendo la cobertura de chocolate de los dedos,
suavemente, con una carencia sumamente erótica. Para ti no era solamente un
trozo de bollería más, era un placer, un pecado que no dudabas en degustar…
Gabryel se inclinó sobre su cuello, mordiéndola suavemente
sólo para lamerla después arrancando un suave gemido en el cuerpo femenino. La
copa tembló en la mano de Clarise y el líquido salpicó el suelo.
—Me pareció endiabladamente erótico —aseguró lamiendo su
camino hacia la oreja, seduciéndola con su lengua, sin dejar que ninguna otra
parte del cuerpo la rozara—. He fantaseado con esos labios carnosos sobre mí,
con esos dedos acariciándome de la misma forma en que acariciabas la carne del
croissant, tu lengua lamiéndome, esos hermosos dientes mordisqueándome… He
fantaseado con tu boca haciéndole todas esas cosas a mi polla, Clarise.
Sus palabras la mareaban, la dejaban maleable y dispuesta, su
boca la atormentaba con placer, haciendo que se le acelerara la respiración y
su corazón bombeara más rápidamente. Su piel se volvía receptiva ante la más
sensible de las caricias, los duros pezones seguían empujando contra la tela,
demandando nuevamente atención, su sexo volvía a estar hambriento de atención,
los jugos resbalaban más allá de la tela mojándole los muslos, el olor
almizclado del sexo sobre sus cuerpos la excitaba incluso más. Estaba
nuevamente excitada, deseándole.
Las imágenes se habían ido formando en su mente al tiempo que
las relataba. Podía verse ante él, arrodillada en el suelo, desnuda, con las
manos acariciándole las nalgas, retirando el calzoncillo para descubrir su dura
y palpitante erección. Su sexo expuesto, abierto y goteante, pulsaría deseando
ser llenado por aquella dura verga, sus senos acabarían frotándose contra sus
piernas mientras se amamantaba de él. Se le hacía la boca agua con sólo
imaginárselo, ella, la más tímida de las mujeres deseaba follarle con la boca,
chuparlo y lamerlo hasta que todo lo que pudiese hacer fuera suplicarle que
terminara y sólo entonces lo tomaría más profundamente, todo lo que pudiera
conduciéndole al orgasmo y tragándose su semilla.
Clarise se obligó a dar un paso atrás, el vino de su copa
volvió a verterse en el suelo, sus ojos esquivaron rápidamente la inquisitiva
mirada oscura de Gabryel, los nervios regresaron y la incomodidad y desventaja
de encontrarse en ropa interior cobraron vida nuevamente trayendo a la tímida
mujer que se sonrojaba cada vez que él la miraba.
—Eres como un libro abierto, pequeña —aseguró él
recorriéndola con la mirada, sus ojos volaron entonces a la copa de vino de la
cual se habían derramado nuevamente
algunas gotas. Sonriendo acortó los escasos pasos que los separaban, tomó la
copa y se volvió dejándola sobre el mueble más cercano—. Un libro erótico y
sensual en cuyas páginas se encuentra la verdadera Clarise, ¿no es así?
Ella se lamió los labios, sus manos se cruzaron delante de su
vientre, incómoda, sin saber muy bien qué hacer con ellas.
—Deseo ver de nuevo a esa mujer —murmuró volviéndose de nuevo
hacia ella—, quiero ver a la mujer que me clavó las uñas en el ascensor, la que
me apretó entre sus muslos y deseo su boca sobre mi polla. La quiero
lamiéndome, chupándome, la quiero follándome duro y rápido, Clarise… y la
quiero ahora.
Gabryel la vio tragar, vio como sus ojos azules se oscurecían
con cada una de sus palabras, como bajaba la mirada a la cremallera abierta de
su pantalón y se lamía los labios y tuvo que luchar con la maldita urgencia de
tumbarla en el suelo allí mismo y conducirse profundamente en ella, poseerla
una vez más hasta que fuesen un único cuerpo y seguir incluso después de ello.
Estaba enloquecido, febril, la deseaba con desesperación,
imágenes de ella en todas las posiciones imaginables, de él tomándola una y
otra vez, saciándose en ella para volver a empezar de nuevo. Estaba embrujado,
esa mujer lo tenía embrujado.
—Desnúdate —ordenó mientras se llevaba las manos al pantalón
y lo deslizaba por sus caderas y piernas hasta quitárselo por completo. El
eslip blanco de licra se amoldaba a sus curvas conteniendo su erección a duras
penas—. Ahora.
Clarise se lamió los labios involuntariamente, sus ojos
azules habían seguido cada uno de sus movimientos hasta terminar sobre la
abultada erección que asomaba más allá del elástico de los calzoncillos. Se
estremeció, todo su cuerpo reaccionó instintivamente, el cosquilleo volvió a su
piel, sus muslos se cerraron involuntariamente ante el ramalazo de placer que
penetró en su sexo. Su lengua abandonó la húmeda cavidad de su boca para
mojarse el labio inferior, la lujuria crecía lentamente aumentando con el
combustible que le proporcionaba el magnífico ejemplar masculino que tenía ante
sí, pero era incapaz de moverse, incapaz de hacer algo más que mirarle
embobada.
—Desnuda, Clarise —repitió Gabryel, su voz firme, profunda y
endiabladamente sexy. Una suave caricia que descendió por la espalda femenina
como una oleada de corriente.
Sus ojos se encontraron entonces, él le sostuvo la mirada,
permitiéndole retirarla si así lo deseaba, pero desafiándola a pesar de todo.
—Quítatelo para mí, croissant —murmuró nuevamente, apenas una
suave caricia—. Y ven aquí.
Un profundo suspiro atravesó los labios femeninos un segundo
antes de que las temblorosas manos de Clarise alcanzaran el broche trasero del
sujetador. Los tirantes se deslizaron por sus brazos, las copas liberaron sus
pechos mientras el pequeño trozo de lencería caía al suelo.
La mirada de Gabryel sobre ella era como un afrodisíaco,
aumentaba su apetito y el ver su complacencia le daba la seguridad que
necesitaba para continuar.
Enganchó los dedos en la cinturilla del tanga y empezó a
tirar de él pasando por sus caderas, deslizándolo a lo largo de sus piernas
para finalmente sacárselo y dejarlo caer a un lado.
Él se lamió los labios, parecía querer decir alguna cosa pero
no podía encontrar las palabras.
—Soy un maldito bastardo afortunado —murmuró por fin
recorriéndola lentamente con la mirada—. Eres un regalo para la vista.
Clarise sonrió tímidamente, pero caminó hacia él deteniéndose
únicamente a un par de centímetros de distancia.
—Tú tampoco —murmuró ella esbozando una suave sonrisa—, estás
nada mal.
Gabryel se echó a reír y se inclinó hacia delante con
intención de besarla, pero ella no le dejó.
—Ah-ah —se negó ella diciéndole que no con un dedo, entonces,
lamiéndose los labios, se dejó caer suavemente en el suelo a sus pies, sus
manos ascendieron por las fuertes piernas masculinas acariciando sus nalgas,
sólo para enganchar el elástico de sus calzoncillos y bajarlos descubriendo su
trasero. Lamiéndose los labios, alzó la mirada para encontrarse con la
expectante del hombre. Aquello le dio ánimo para continuar, su lengua acarició
la dura erección sobre la tela y finalmente, sus dientes se engancharon en
ésta, tirando de ella hacia abajo, dejando libre la polla con la que pensaba
darse un banquete.
Gabryel contuvo el aliento cuando la lengua femenina
serpenteó sobre la punta de su erección, lamiendo la gota de líquido pre
seminal que la coronaba. Su caricia fue suave, pero suficiente para hacerlo
apretar los dientes y los puños que descansaban a ambos lados de su cadera.
Aquella lengua rosada lo recorría desde la punta a la raíz provocándole
deliciosos estremecimientos, la visión de ese pelo negro balanceándose al
compás de sus movimientos era muy erótico y las ganas de tomarlo entre sus
manos y hundir las manos en él se hacía cada vez más apremiante.
Su boca era pura dicha, una abrasadora delicia que lo
envolvía y succionaba haciéndolo temblar. Entonces, esos carnosos labios se
separaron y ella lo succionó, despacio al principio, como tanteando su tamaño,
probando su sabor, buscando la mejor manera de tomarlo en su boca.
—Joder —jadeó lanzando la cabeza hacia atrás, sus caderas
abalanzándose hacia delante sin previo aviso—. Sí, así… dios… pequeña… sí…
Una pequeña succión, una pasada de su lengua envolviendo la
punta de su verga, un pequeño pellizco de sus dientes… Gabryel se obligó a
separar más las piernas para mantenerse en pie, esa mujer sería capaz de
ponerlo de rodillas con su bendita boca.
Los gemidos de placer por parte de ella se alzaban por encima
de la suave melodía de la música, una sinfonía mucho más agradable y erótica
para sus oídos, una que muy pronto se vio coreada con sus propios ruñidos.
Sus dedos se le clavaban en las nalgas cada vez que se
acercaba para succionarlo, sentía los testículos tan pesados que iba a explorar
en cualquier momento. El sudor había cubierto su piel con una fina película,
dejándola brillante y resbaladiza, su hinchado sexo no aguantaría más aquel
asalto, iba a correrse, aquella magnífica hembra iba a proporcionarle la
corrida de su vida.
—Muy bien… así… eso es… —la animaba, sin saber realmente si
se lo decía a ella o a sí mismo—, sólo un poco más… sí… señor, esto sí es
bueno…
No supo en qué momento sus manos vagaron al cabello femenino
y se enredaron en él acompañando los movimientos de su cabeza, pero cuando ella
lo succionó incluso más profundamente, aquella fue su ancla. Sus caderas
empezaron a moverse por propia voluntad, penetrando su boca como deseaba
penetrar su sexo, suavemente, con cuidado, pero tan profundo como ella le
permitía llegar. La tensión en su cuerpo amenazaba con romperlo si no se dejaba
ir, necesitaba la liberación tanto como respirar y cuando ya no pudo aguantar
más, ella lo apretó en su boca, lanzándolo directamente al orgasmo.
Clarise tragó toda su corrida, lamiéndolo a través del
orgasmo hasta que los espasmos cedieron y el miembro se escurrió de entre sus
húmedos labios. Sus ojos azules se alzaron de nuevo hacia él, en ellos brillaba
una traviesa sonrisa.
—Creo que ya empiezo a saborear el deseo.
Gabryel se echó a reír, la tomó por los brazos y la alzó,
acercándola a él para besarla, probándose a sí mismo en la boca femenina.
—Oh, no has hecho más que empezar, croissant, no has hecho
más que empezar.
Un mes después…
Clarise subió los últimos escalones a la carrera, a su
espalda quedó un “lo siento” cuando chocó con alguien en su precipitación por
coger el metro de las nueve y diecisiete. Había esperado salir antes del
trabajo, pasarse por la tienda de la esquina y comprar un par de croissants, pero
su nuevo jefe había tenido otros planes para ella.
Esquivando a una pareja y a un pequeño perro que saltó
ladrando a sus pies, corrió por el andén entrando en el vagón de metro apenas
unos segundos antes de que éste se cerrara.
Suspirando, alzó la mirada, el vagón como siempre estaba a
rebosar pero entre todas aquellas personas se encontró con su mirada y sonrió.
Él estaba allí, como cada noche, en el vagón del tren de la
línea número 4 de Nueva York, tan guapo y seductor como lo vio un par de horas
antes en su oficina. Gabriel era el presidente de la compañía para la que ella
trabajaba y ahora también su amante.

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