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sábado, 14 de diciembre de 2019

El tesoro más preciado




        
La paz que tanto había ansiado llegó precipitadamente a su fin, la noticia llegó a como un murmullo, las exaltadas y excitadas voces femeninas inundaban las salas principales del harem llegando en retazos al frondoso jardín, no necesitaba mirar sus manos para sentirlas temblar, aquel hombre provocaba en ella un miedo como ningún otro, el temor a perder aquello a lo que todavía se aferraba, el hálito de rebeldía que mantenía su corazón en libertad aunque su cuerpo y alma yacieran encerrados desde hacía ya tres meses entre aquellas altas paredes. Su desdicha había sido vaticinada, ¿pero se la creyó? No. Qué mujer del siglo veintiuno iba a creer en supercherías tales como la nota de una galletita de la fortuna.
‹‹Emprenderás el viaje de tu vida y encontrarás tu única prisión››.
Oh, sí, el viaje había llegado en el momento perfecto, una forma tan buena como cualquier otra para huir y ocultarse a lamerse las heridas. No más miradas de compasión, no más “te lo dije”, nadie que la señalara como la mujer “incompleta”.
Una solitaria lágrima descendió por su mejilla al recordar las crueles palabras de su ex marido, el mismo hombre que la había lanzado a la calle con lo puesto a pesar de que había sido él quien había cometido infidelidad. Lo había visto con sus propios ojos, en la cama de matrimonio en la que había dormido durante los últimos tres años, el mismo tiempo que había permitido que un hombre manejara su vida… No volvería a permitirlo, jamás.
Pero decirlo ahora parecía ser mucho más sencillo que hacerlo.
Su inesperado viaje la había llevado a las ciudades y desiertos arábigos, un lugar tan hermoso como peligroso, lleno de encanto, magia y una prohibida sensualidad, pero también de bandidos, escoria dispuesta a comerciar con las vidas humanas y venderlas al mejor postor. Su suerte había estado echada desde el mismo momento que fue secuestrada de uno de los bazares, un balazo en el hombro fue suficiente para disuadirla después de su segundo intento de escapar, mirando hacia atrás era un milagro que hubiese podido escapar.
Durante varios días todo lo que había visto había sido polvo y arena, el calor y la sed le habían cuarteado los labios, quemando y despellejando su piel clara, sumiéndola en ocasiones en una fiebre tan alta que todo en lo que podía pensar era en morir para huir de aquel infierno.
Ni siquiera recordaba cómo había entrado, o quien la había llevado a aquel lugar, al principio creyó estar teniendo alucinaciones, reviviendo uno de los cuentos de las Mil y Una Noches, pero a medida que el tiempo pasaba y su salud se iba recobrando, entendió que había salido de un infierno para ir a caer en otro mucho peor.
Un ligero estremecimiento ascendió por su espalda ante la perspectiva de volver a encontrarse en su presencia, de mirar nuevamente aquellos ojos verdes que la recorrían como si fuese una propiedad, escuchando la ronca y sensual voz que había hecho que sus reservas se esfumasen encadenándola con un poder mucho mayor que el de cualquier atadura, el de su voluntad.
Los gritos y las risas resonaron una vez más en el jardín, las mujeres que habitaban aquella jaula dorada esperaban ilusionadas su llegada, se pasaban los días mimándose, cuidando su piel, el cabello, adornándose con sus mejores prendas y joyas para llamar la atención de un hombre que no había hecho más que dedicarles cálidas sonrisas en las contadas ocasiones en las que recordaba hubiese visitado el harem.
Todas esperaban ansiosas sus escasas visitas deseando ser la afortunada en ser llamada a su cama… todas excepto ella.
Sacudiendo la cabeza permitió que su larga y ahora cuidada melena castaña oscura se derramase por sus hombros desnudos, seguía sintiéndose prácticamente desnuda con aquellas breves ropas, pero el revelarse solo había traído consigo animosidad y dardos envenenados de las miradas de la mayoría de las mujeres del harem.
Ellas no entendían que deseara rechazar las atenciones del Sheik, no les cabía en la cabeza que la sola idea de compartir su cama la hiciera derramar lágrimas amargas, que no deseara engalanarse para verle llegando incluso a revolcarse en el barro solo para irritarlo.
No lo entendían porque nunca habían vivido como una occidental, ellas no comprendían la clase de libertad que deseaba por encima de todas las cosas.
—Zakiyaa.
Una suave y dulce voz femenina pronunció el nombre que le había sido dado nada más traspasar las puertas del harem, una identidad que esperaban aceptase como la única ley.
—Es Aliena.
La mujer suspiró con pesar, aquella parecía ser la respuesta a todas las cosas que ella decía.
—El Sheik ha llegado —continuó como si no la hubiese escuchado caminando hacia ella—, ¿no vas a ir a recibirle?
Aliena se volvió con fiereza hacia la mujer, la única que había sido amable con ella. Zulena, hermana de aquel pedazo orangután con sobredosis de testosterona.
—Que lo reciban sus soldados, al menos encontrará sus armas enfundadas.
—Deberían destinarte una semana a las cocinas, quizás de ese modo encontrarías más atractiva la vida en el harem —la voz más ajada de otra mujer atrajo su atención. Aquella era una de las hembras que no entendían su animosidad hacia el hombre.
—Incluso el más sucio de los establos me parecería un lugar mucho mejor —farfulló en respuesta, su mirada siguiendo a la mujer que no dudó en darle la espalda y abandonar el jardín para salir al encuentro del príncipe.
—Kalhid ha estado fuera todas estas noches intentando llegar a un acuerdo con los demás sultanes —continuó la dulce Zulena—, no deseará encontrarse con tus uñas y dientes, pequeña, si no con tu dulzura.
Aliena se volvió hacia la joven árabe como si de repente hubiese perdido la cabeza o le hubiesen crecido cuernos.
—Lo que se encontrará será mis uñas en sus testículos como vuelva a acercarse a mí —respondió entrecerrando los ojos—, y tendrá suerte si todavía los tienen en su lugar cuando las retire.
El jadeo colectivo a sus espaldas le dijo que algunas de las mujeres habían salido al jardín y habían escuchado su respuesta. Suspirando, se levantó y las dejó internándose en la espesura que la conduciría a un alto muro de piedra a través del cual podía ver el desierto.
—¡Está loca! Su alteza debería enviarla a las cocinas, solo Alá sabe lo que esa hechicera podrá hacer.
—Está perturbando la paz del harem.
—Es solo una extranjera y ni siquiera es hermosa.
‹‹No eres más que una mujer incompleta, no hay ningún atractivo en ti, ni siquiera eres buena en la cama››.
Aliena reprimió las lágrimas cuando las crueles palabras que había pronunciado su ex marido penetraron de nuevo en su mente, todavía podía recordar la satisfecha sonrisa en la cara de su amante mientras se lo decía, su risa mientras la echaba del hogar. Ella jamás había tenido nada, ni siquiera el amor de su marido.
—Debería sentirse honrada de que el Sheik haya accedido a visitarnos después del incidente que organizó ella la última vez —oyó una nueva voz femenina—, son tan pocas las veces que entra al harem y muchas menos aún las que favorece a alguna de nosotras.
—El príncipe no había vuelto a entrar al harem desde la muerte de tu hermanita, Zulema —comentó otra—, e incluso entonces solo entraba para verla a ella.
Aliena sabía por Zulema que el hombre no solía visitar el harem, la mujer se lo había confesado en secreto cuando el Sheik solicitó su presencia en sus habitaciones, para ella había sido algo esperanzador, pues él no solía pasar el tiempo con las mujeres del harem.
—Solo quiero mi libertad, solo deseo volver a casa —susurró aferrándose con los dedos a las celosías del enrejado que hacía la función de muro—. Solo deseo alejarme de él.
Alejarse del único hombre que le había mostrado algo más que duras palabras y desprecio, aquel que sin embargo la mantenía prisionera en aquellas cuatro paredes y exigía su entrega y rendición completa.
—Jamás —murmuró nuevamente, sus nudillos volviéndose blancos bajo la presión—. No volveré a caer en su trampa, no otra vez.
Su primer encuentro había sido cualquier cosa excepto aburrido, no por nada había intentado matarle. Ni siquiera lo había pensado, su desesperación había sido tal que en lo único que podía pensar era en escapar y lo habría hecho si los soldados del Sheik no la hubiesen reducido y golpeado hasta casi matarla si él no lo hubiese evitado.
La rabia que había visto en los ojos verdes del hombre no estaba dirigida a ella, si no a los hombres que se habían atrevido a levantar la mano contra ella, no, para ella él había tenido risas, un burlón sentido del humor y una voluntad de hierro capaz de doblegarla hasta introducirla en su cama.
Aquel había sido su primer error, uno que no estaba dispuesta a volver a cometer, jamás volvería a ser utilizada por un hombre, jamás.
—Mi díscola esclava huye de mi… otra vez.
La inesperada voz masculina a su espalda la hizo girar con brusquedad, su mirada se amplió al verle en toda su altura y corpulencia vestido tan solo con una floja camisa de color negro a través de la cual se veían la bronceada piel color canela, pantalones en el mismo color con un fajín color rojo rodeando su cintura y suaves botas de cuero cubriendo sus pies. Gotas de agua brillaban en su leonado pelo negro, mientras que una sombra de barba cubría sus mejillas.
—Sal de ahí, Zakiyaa, no es momento para juegos.
Ella se apretó contra el muro, la piedra clavándose en su espalda mientras sus ojos mostraban un abierto desafío. Khalid no sabía que lo sorprendía más, si el fuego de rebeldía en sus ojos o el temblor de aquel adorable y lujurioso cuerpo del que no había podido olvidarse, su sabor lo llevaba grabado en la boca al igual que la textura de su piel y la generosidad de su entrega, pero habían sido sus lágrimas y los gritos de sus pesadillas los que habían aumentado su resolución de hacerla completamente suya.
Zakiyaa había sufrido en su vida anterior, y a juzgar por las palabras que le había escuchado en sueños, esa herida había sido hecha por algún hombre lo suficientemente estúpido como para no saber valorar el magnífico tesoro que tenía ante sí.
—No has venido a recibirme, mi pequeña kadí.
Aliena parecía querer mimetizarse con la pared.
—No tenía una hoja afilada a mano o lo habría hecho.
—Empieza a preocuparme esa vena sanguinaria tuya, Zakiyaa.
—Es Aliena, solo responderé por mi nombre.
Khalid esbozó una lenta sonrisa.
—Zakiyaa es ahora tu nombre y yo soy tu amo.
El ligero temblor de su cuerpo se hizo más intenso, toda ella vibraba en belleza y furia, una hermosa visión, una valiente mujer.
—¡No eres mi amo! ¡Yo no soy tu maldita propiedad! ¡Esto es secuestro! ¡Soy una ciudadana americana y tengo mis derechos! ¡La embajada de mi país removerá cielo y tierra hasta dar conmigo!
No, no lo haría, pero ella no tenía por qué saberlo. En realidad nadie había dado parte de su desaparición hasta que él mismo había reportado con las autoridades que la mujer estaba viva y bien y que permanecería como invitada en su hogar. Nadie había reclamado a esa hermosa y herida mujer, y si de él dependía, nadie más la reclamaría ni la heriría.
—Te gusta ponerme las cosas difíciles —aseguró ignorando su estallido femenino—. Pero sabes que en realidad a la única que estás poniendo en dificultades es a ti misma, Zakiyaa.
Sin darle tiempo a huir se acercó a ella manteniéndola prisionera contra la pared con su propio cuerpo, respirando su único aroma mezclado con los perfumes y aceites que las mujeres del harem preparaban.
—Ya estás perfumada, tu aroma es embriagador, Zakiyaa —le aseguró hundiendo la nariz en su cuello, sintiéndola estremecer—. ¿Temor, mi pequeña concubina? Creía haberlo borrado en el lecho, pero obviamente he sido descuidado.
—Por favor —la oyó susurrar, su cuerpo tembloroso contra el suyo.
Khalid se echó atrás para poder mirarle el rostro, las lágrimas picaban ya en sus ojos, amenazando con desbordarse por sus mejillas.
—No deseo ver tus lágrimas, Zakiyaa —le susurró deslizando el pulgar para atrapar la solitaria gota que ya resbalaba por el rostro femenino—, demasiadas se han derramado ya de tus ojos, pequeña, solo deseo ver en ti felicidad.
Ella se lamió los labios, su mirada buscando la masculina.
—Entonces déjame ir —susurró, sus ojos ahora mostraban la misma súplica existente en sus palabras. Sus pequeñas manos se aferraron a su camisa—. Por favor, deja que me vaya, yo no pertenezco a este lugar, lo sabes.
Khalid no estaba dispuesto a dejarla marchar, ni ahora, ni nunca.
—Cena conmigo, pequeña Zakiyaa —le pidió tomando sus manos y llevándoselas a los labios—, comparte mi mesa una noche más, mi cama… y me lo pensaré.
Ella retiró las manos de las suyas de golpe, el dolor y la humillación tiñendo de nuevo sus ojos como también un tenue brillo de rebeldía.
—Eres un canalla —respondió alejándose de él—, un ser despreciable, jamás iré voluntariamente a tu cama, jamás me someteré a ti, ¿me oyes? ¡Jamás!
Sin decir una palabra más, se deslizó a través del jardín desapareciendo en la espesura, huyendo una vez más de él… y de su destino.
—Tendré tu voluntad, Zakiyaa —murmuró para sí—, pero no a la fuerza. Incluso el más bello y salvaje de los sementales puede ser domado por una tierna mano, pequeña cadí y yo te domaré a ti.
Aliena pasó el resto del día en continuo estado de nerviosismo, el príncipe se había encargado de recordarle que no aceptaba una negativa por respuesta al enviarle como obsequio una rosa del desierto, un extraño y hermoso fenómeno formada por distintas capas de yeso, agua y arena cristalizada que recordaba a una flor. Un recordatorio de que incluso en los lugares más inhóspitos podía encontrarse algo hermoso.
La idea de enviárselo de regreso pasó inmediatamente por su mente, solo para dar paso a una mucho mejor, lanzárselo ella misma a la cabeza. Estaba muy equivocado si pensaba que podría conquistarla y hacerla claudicar, el único regalo que aceptaría de él sería su libertad.
La noche llegó demasiado rápido para su gusto, pronto llegó el escolta que la llevaría a las habitaciones del príncipe y una nueva batalla daría comienzo. Aliena eligió cuidadosamente su vestimenta para tal encuentro cubriéndose de pies a cabeza con metros y metros de seda negra que si bien insinuaban más que cubrían, casaba perfectamente con su actual humor.
Velas aromáticas y otros ornamentos luminosos la recibieron en las habitaciones principescas, una de las estancias más grandes de la enorme construcción que poseía también un pequeño jardín, un capricho según le había dicho la amable Zulema.
—Ah, ya estás aquí —la recibió saliendo del jardín con un cáliz en las manos. He allí un hombre que disfrutaba del buen vino, sin tener en cuenta sus tradiciones. Su mirada verde la recorrió por entero y una sonrisa irónica cruzó su rostro—. Sin duda el negro te sienta espléndidamente, mi querida.
—Hacía juego con mi humor —le respondió ella y desenvolviendo la tela en sus manos, dejó a la vista la rosa del desierto un instante antes de que esta saliese dispara por el aire como un proyectil directo a la cabeza del Sheik.
Afortunadamente Khalid poseía unos rápidos reflejos y esquivó la piedra, la cual traspasó el umbral hacia el jardín y a juzgar por el sonido, se rompió en pedazos.
—De acuerdo, no volveré a enviarte un obsequio que sirva como arma arrojadiza —respondió de buen humor, su mirada recorriendo la figura envuelta en seda—. Puedes quitarte el velo, Zakiyaa.
—Preferiría ahorcarte con él —musitó ella retirándose el velo que le cubría la cabeza y el rostro, dejándolo alrededor de su garganta como si se tratara de una bufanda.
El hombre sonrió, su pequeña kadí estaba realmente encendida aquella noche. Vestido de pies a cabeza de blanco, Khalid era el contrapunto perfecto de su negro atuendo resaltando la oscuridad de su pelo así como su bronceada piel, sus pies calzados por unas cómodas babuchas no hacían ruido sobre el alfombrado suelo.
—He notado que te gusta el jardín, ¿desearías explorar el de estas habitaciones?
Ella deslizó la mirada sobre el frondoso vergel que se vislumbraba al otro lado de la arcada, entonces se volvió hacia él.
—Deseo que me liberes —respondió con suave contundencia—. Si no vas a hacerlo de tu yugo, al menos libérame de tu presencia.
Suspirando, Khalid negó con la cabeza, aquella mujer podía llegar a ser casi tan exasperante y terca como el nuevo semental que le habían regalado en el mismo momento que aquella hermosa beldad entró en el harem.
La primera vez que la había visto había estado aporreando la pared del jardín, sus modales no tenían nada que ver con el sumiso y cálido comportamiento de las mujeres de su tierra y ello había llamado su atención. Ella había sido el motivo principal por el que había vuelto a entrar en el harem, un lugar del que había renegado después de la muerte de la menor de sus tres hermanas. Zulema había entendido su dolor y a menudo dejaba el harem para encontrarse con él y jugar una partida de ajedrez, su hermana mayor siempre había como una madre para él, lo cual tenía sentido ya que él no había conocido a la suya y su padre había caído en una escaramuza contra unos contrabandistas varios años atrás. Él se había convertido en el nuevo Sheik, un puesto que con gusto habría cedido si no fuese el único barón vivo en la familia.
Zakiyaa representaba todo lo que deseaba en una mujer, la fuerza de carácter, la valentía de expresar sus deseos y no someterse al yugo de ningún hombre, ser su compañera, su igual, la afilada lengua de la muchacha y sus continuos desafíos habían despertado su interés y estaba dispuesto a todo por tenerla, incluyendo el devolverle su libertad.
Su primer encuentro había sido tormentoso, satisfactorio para ambos, pero ahora se daba cuenta, también había sido apresurado, a esta noble mujer solo podía conquistarla con ternura, con suavidad y amor, aquello que le había sido negado en su anterior vida.
—No puedo dejarte en libertad, Zakiyaa —respondió caminando hacia ella, su mirada fija en la femenina—, no deseo hacerlo, eres la joya más valiosa de mi harem, mi tesoro más preciado.
Ella se puso rígida, su cuerpo estremeciéndose ante su proximidad pero no claudicó ni dio un paso atrás, alzando su firme barbilla lo enfrentó como una tigresa.
—Nunca seré una pertenencia para ti —aseguró con voz firme—, ni para ningún hombre, nunca volveré a doblegar mi voluntad ante nadie… si deseas conservarme, muy pronto te encontrarás con un cadáver en las manos.
Aquello molestó a Khalid, por encima de todas las cosas él amaba la vida.
—No digas eso ni en broma, Zakiyaa —respondió con gesto adusto acortando la distancia entre ambos.
Ella rechinó los dientes.
—Aliena —siseó—, mi nombre es Aliena… ¡Me has oído! ¡A—li—e—na! ¡Deja de llamarme por ese estúpido nombre árabe! ¡Soy americana!
Khalid no solo no respondió a su estallido, si no que se dio el lujo de caminar a su alrededor, cogiendo un extremo de la tela que le había cubierto el pelo y el rostro tiró de ella para dejarla con tan solo el breve chalequito que a duras penas contenía los pechos y el pantaloncito de gasa que cubría sus piernas, dejando a la vista unas brillantes braguitas negras que destacaban bajo la tela. Su pelo castaño oscuro caía suelto por sus hombros y espalda.
—Ven conmigo al jardín —le dijo él pasando a su lado sin tocarla siquiera. Khalid no se molestó en ver si lo seguía, se limitó a traspasar el umbral y penetrar en la tupida espesura.
Respirando profundamente, Aliena echó un vistazo hacia las puertas por las que había entrado jugando con la idea de marcharse y dejarlo plantado, pero entonces sabía que el hacerlo solo le daría más problemas y aquello era lo último que necesitaba en aquellos momentos.
—Maldito principito pomposo —masculló antes de dirigirse a zancadas hacia el jardín.
Khalid la vio entrar intempestivamente en sus dominios, oculto en uno de los muchos pasadizos naturales la contempló a placer, sonriendo ante el gesto adusto presente en su rostro y como sus ojos se deslizaban poco a poco sobre las plantas y flores hasta relajarse por completo.
—Disfrutas de la vida en la naturaleza, pero has considerado si quiera por un momento seccionar la tuya —la voz masculina penetró a través de cálida noche.
—Preferiría con mucho acabar antes con la tuya —masculló volviéndose alrededor, tratando de ver dónde estaba él.
Khalid se rio.
—Guarda las garras, mi pequeña tigresa —le dijo con tono divertido—, no son necesarias entre nosotros.
Aliena deslizó la mirada por el follaje tratando de adivinar de dónde procedía la voz.
—No hay ningún nosotros.
Un suave susurro en su oído la hizo sobresaltarse al escuchar.
—Tan pronto has olvidado el tiempo pasado en mi cama.
Ella se volvió como un rayo pero él ya no estaba allí.
—Es algo que hago todo lo posible por olvidar.
Otra suave risa.
—Mentirosa —oyó su voz procedente del otro lado del jardín—. Lo has disfrutado tanto como yo, Zakiyaa.
—Vuelve a llamarme así y juro por dios que te tragarás los dientes —siseó más para sí misma que para él—. ¿Es necesario que juguemos al escondite? Esta mañana hablaste de una cena.
Khalid la sorprendió rodeándole la cintura desde atrás, atrayéndola contra su fuerte pecho al tiempo que vertía su aliento en el oído femenino.
—Tú eres el plato principal, mi pequeña kadí —le susurró besándole el pabellón de la oreja—, el postre y todo lo que necesito para saciarme, de ti podría alimentarme toda la vida y nunca morir de hambre ni de sed.
Ella se quedó rígida en sus brazos recordándole que debía actuar con cuidado, ganársela con ternura, sin imposiciones.
—Permíteme demostrártelo, kadí, déjame curar las heridas en tu alma, entregarte una clase distinta de libertad —le susurró con suavidad.
Ella cerró los ojos con fuerza luchando con las sensaciones que la recorrían, su aroma, su cercanía traía recuerdos de otro momento, uno por el que no deseaba volver a pasar.
—No.
— Zakiyaa…
—No.
—Permíteme que te haga el amor —insistió haciendo oídos sordos a su negativa—, seré suave, te amaré lentamente, a ti, solo a ti.
Ella se estremeció, Khalid notó como templaba entre sus brazos.
—Pequeña…
Ahogados sollozos llegaron a sus oídos rompiéndole el corazón, no iba a forzarla a aceptar algo para lo que todavía no estaba preparada, pero no se rendiría, nunca se rendiría.
—De acuerdo, Zakiyaa —respondió con un nuevo suspiro dejándola ir—, vuelve a tus solitarios aposentos, duerme en tu solitaria cama y compadécete de ti misma todo el tiempo que así lo desees, pero debes saber, kadí, que eso no cambiará nada.
Ella se volvió lentamente hacia él, las lágrimas bañaban su rostro tal y cómo había supuesto.
—Khalid…
El oír su nombre en boca de ella era un regalo inesperado, pero no le hizo cambiar de idea, por el contrario le dio la espalda y se internó en el jardín.
—No robaré aquello que no estás dispuesta a dar libremente —respondió sin más—, no mendigo por unas migajas. Puedes retirarte de nuevo al harem.
Aliena dio media vuelta dispuesta a aprovechar aquel inesperado regalo pero al llegar al umbral de la puerta vaciló, su mirada volvió atrás pero no había rastro del príncipe.
—No lo hagas —murmuró para sí misma—, te ha dado la excusa perfecta, no regreses.
Sacudiendo la cabeza, suspiró y regresó con paso lento hasta el inicio del jardín.
—Khalid, te lo ruego —se encontró susurrando—, déjame ir, libérame.
—Vete al harem, Zakiyaa.
Su voz llegó apagada desde algún lugar en el fondo del jardín, dándole una nueva oportunidad de huir, de replegarse para poder luchar un día más, pero no lo hizo.
—Me dijiste que si compartía tu cama una vez más me dejarías ir —murmuró recuperando las palabras que él había dicho horas antes, internándose entre la espesura del jardín.
—Dije que me lo pensaría —su voz sonó ahora más cerca, la luz de la luna iluminaba una pequeña fuente al lado de la cual se había sentado—, pero ambos sabemos que no podré mantener mi palabra por qué no podré dejarte ir.
Ella se lamió los labios y se acercó a la fuente.
—Tienes que hacerlo.
—No, Aliena —negó utilizando su verdadero nombre por primera vez—, que Alá me condene pero no voy a hacerlo por qué dejarte ir sería dejar ir parte de mi alma.
El hombre se levantó entonces y se acercó a ella, Aliena deseaba retroceder, alejarse de su contacto pero permaneció inmóvil.
—Lucha incansablemente, pequeña kadí, ódiame con todas tus fuerzas si eso hace que puedas amarme con igual intensidad por qué haré hasta lo imposible por tenerte, Aliena y solo cuando me pertenezcas por entero, podré concederte la libertad.
Aliena lo contempló durante unos interminables segundos, sus ojos nunca abandonaron los suyos y finalmente respondió.
—¿Me tomarías en contra de mi voluntad?
Khalid negó con la cabeza.
—Jamás.
Ella buscó la verdad en sus ojos.
—Nunca te perteneceré.
Él le sonrió con esa masculina confianza suya.
—Lo harás.
Aliena sacudió la cabeza con un profundo suspiro.
—Lucharé contra ti.
Khalid sonrió una vez más mientras le cogía la barbilla con los dedos.
—Lo sé —aceptó con total confianza—. Serás mía, Aliena, no por imposición, no por mandato, serás mía porque así lo desearás.
Ella negó con la cabeza.
—La confianza ha sido la caída de muchos hombres.
—O el más preciado de sus tesoros —le aseguró acercando el rostro femenino al suyo a escasos centímetros de sus labios—. Y tú, mi adorada kadí, eres el mío.
La batalla no sería fácil de ganar, pero Khalid estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviese en su mano para que ella le perteneciera por voluntad propia y tal como le había prometido, alcanzase la libertad.





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