La
paz que tanto había ansiado llegó precipitadamente a su fin, la noticia llegó a
como un murmullo, las exaltadas y excitadas voces femeninas inundaban las salas
principales del harem llegando en
retazos al frondoso jardín, no necesitaba mirar sus manos para sentirlas
temblar, aquel hombre provocaba en ella un miedo como ningún otro, el temor a
perder aquello a lo que todavía se aferraba, el hálito de rebeldía que mantenía
su corazón en libertad aunque su cuerpo y alma yacieran encerrados desde hacía
ya tres meses entre aquellas altas paredes. Su desdicha había sido vaticinada,
¿pero se la creyó? No. Qué mujer del siglo veintiuno iba a creer en
supercherías tales como la nota de una galletita de la fortuna.
‹‹Emprenderás el viaje de tu
vida y encontrarás tu única prisión››.
Oh,
sí, el viaje había llegado en el momento perfecto, una forma tan buena como
cualquier otra para huir y ocultarse a lamerse las heridas. No más miradas de
compasión, no más “te lo dije”, nadie que la señalara como la mujer
“incompleta”.
Una
solitaria lágrima descendió por su mejilla al recordar las crueles palabras de
su ex marido, el mismo hombre que la había lanzado a la calle con lo puesto a
pesar de que había sido él quien había cometido infidelidad. Lo había visto con
sus propios ojos, en la cama de matrimonio en la que había dormido durante los
últimos tres años, el mismo tiempo que había permitido que un hombre manejara
su vida… No volvería a permitirlo, jamás.
Pero
decirlo ahora parecía ser mucho más sencillo que hacerlo.
Su
inesperado viaje la había llevado a las ciudades y desiertos arábigos, un lugar
tan hermoso como peligroso, lleno de encanto, magia y una prohibida
sensualidad, pero también de bandidos, escoria dispuesta a comerciar con las
vidas humanas y venderlas al mejor postor. Su suerte había estado echada desde
el mismo momento que fue secuestrada de uno de los bazares, un balazo en el
hombro fue suficiente para disuadirla después de su segundo intento de escapar,
mirando hacia atrás era un milagro que hubiese podido escapar.
Durante
varios días todo lo que había visto había sido polvo y arena, el calor y la sed
le habían cuarteado los labios, quemando y despellejando su piel clara,
sumiéndola en ocasiones en una fiebre tan alta que todo en lo que podía pensar
era en morir para huir de aquel infierno.
Ni
siquiera recordaba cómo había entrado, o quien la había llevado a aquel lugar,
al principio creyó estar teniendo alucinaciones, reviviendo uno de los cuentos
de las Mil y Una Noches, pero a medida que el tiempo pasaba y su salud se iba
recobrando, entendió que había salido de un infierno para ir a caer en otro
mucho peor.
Un
ligero estremecimiento ascendió por su espalda ante la perspectiva de volver a
encontrarse en su presencia, de mirar nuevamente aquellos ojos verdes que la
recorrían como si fuese una propiedad, escuchando la ronca y sensual voz que
había hecho que sus reservas se esfumasen encadenándola con un poder mucho
mayor que el de cualquier atadura, el de su voluntad.
Los
gritos y las risas resonaron una vez más en el jardín, las mujeres que
habitaban aquella jaula dorada esperaban ilusionadas su llegada, se pasaban los
días mimándose, cuidando su piel, el cabello, adornándose con sus mejores
prendas y joyas para llamar la atención de un hombre que no había hecho más que
dedicarles cálidas sonrisas en las contadas ocasiones en las que recordaba
hubiese visitado el harem.
Todas
esperaban ansiosas sus escasas visitas deseando ser la afortunada en ser
llamada a su cama… todas excepto ella.
Sacudiendo
la cabeza permitió que su larga y ahora cuidada melena castaña oscura se
derramase por sus hombros desnudos, seguía sintiéndose prácticamente desnuda
con aquellas breves ropas, pero el revelarse solo había traído consigo
animosidad y dardos envenenados de las miradas de la mayoría de las mujeres del
harem.
Ellas
no entendían que deseara rechazar las atenciones del Sheik, no les cabía en la
cabeza que la sola idea de compartir su cama la hiciera derramar lágrimas
amargas, que no deseara engalanarse para verle llegando incluso a revolcarse en
el barro solo para irritarlo.
No
lo entendían porque nunca habían vivido como una occidental, ellas no
comprendían la clase de libertad que deseaba por encima de todas las cosas.
—Zakiyaa.
Una
suave y dulce voz femenina pronunció el nombre que le había sido dado nada más
traspasar las puertas del harem, una
identidad que esperaban aceptase como la única ley.
—Es
Aliena.
La
mujer suspiró con pesar, aquella parecía ser la respuesta a todas las cosas que
ella decía.
—El
Sheik ha llegado —continuó como si no la hubiese escuchado caminando hacia ella—,
¿no vas a ir a recibirle?
Aliena
se volvió con fiereza hacia la mujer, la única que había sido amable con ella.
Zulena, hermana de aquel pedazo orangután con sobredosis de testosterona.
—Que
lo reciban sus soldados, al menos encontrará sus armas enfundadas.
—Deberían
destinarte una semana a las cocinas, quizás de ese modo encontrarías más
atractiva la vida en el harem —la voz
más ajada de otra mujer atrajo su atención. Aquella era una de las hembras que
no entendían su animosidad hacia el hombre.
—Incluso
el más sucio de los establos me parecería un lugar mucho mejor —farfulló en
respuesta, su mirada siguiendo a la mujer que no dudó en darle la espalda y
abandonar el jardín para salir al encuentro del príncipe.
—Kalhid
ha estado fuera todas estas noches intentando llegar a un acuerdo con los demás
sultanes —continuó la dulce Zulena—, no deseará encontrarse con tus uñas y
dientes, pequeña, si no con tu dulzura.
Aliena
se volvió hacia la joven árabe como si de repente hubiese perdido la cabeza o
le hubiesen crecido cuernos.
—Lo
que se encontrará será mis uñas en sus testículos como vuelva a acercarse a mí —respondió
entrecerrando los ojos—, y tendrá suerte si todavía los tienen en su lugar
cuando las retire.
El
jadeo colectivo a sus espaldas le dijo que algunas de las mujeres habían salido
al jardín y habían escuchado su respuesta. Suspirando, se levantó y las dejó
internándose en la espesura que la conduciría a un alto muro de piedra a través
del cual podía ver el desierto.
—¡Está
loca! Su alteza debería enviarla a las cocinas, solo Alá sabe lo que esa
hechicera podrá hacer.
—Está
perturbando la paz del harem.
—Es
solo una extranjera y ni siquiera es hermosa.
‹‹No eres más que una mujer
incompleta, no hay ningún atractivo en ti, ni siquiera eres buena en la cama››.
Aliena
reprimió las lágrimas cuando las crueles palabras que había pronunciado su ex
marido penetraron de nuevo en su mente, todavía podía recordar la satisfecha
sonrisa en la cara de su amante mientras se lo decía, su risa mientras la
echaba del hogar. Ella jamás había tenido nada, ni siquiera el amor de su
marido.
—Debería
sentirse honrada de que el Sheik haya accedido a visitarnos después del
incidente que organizó ella la última vez —oyó una nueva voz femenina—, son tan
pocas las veces que entra al harem y
muchas menos aún las que favorece a alguna de nosotras.
—El
príncipe no había vuelto a entrar al harem
desde la muerte de tu hermanita, Zulema —comentó otra—, e incluso entonces solo
entraba para verla a ella.
Aliena
sabía por Zulema que el hombre no solía visitar el harem, la mujer se lo había confesado en secreto cuando el Sheik
solicitó su presencia en sus habitaciones, para ella había sido algo
esperanzador, pues él no solía pasar el tiempo con las mujeres del harem.
—Solo
quiero mi libertad, solo deseo volver a casa —susurró aferrándose con los dedos
a las celosías del enrejado que hacía la función de muro—. Solo deseo alejarme
de él.
Alejarse
del único hombre que le había mostrado algo más que duras palabras y desprecio,
aquel que sin embargo la mantenía prisionera en aquellas cuatro paredes y
exigía su entrega y rendición completa.
—Jamás
—murmuró nuevamente, sus nudillos volviéndose blancos bajo la presión—. No
volveré a caer en su trampa, no otra vez.
Su
primer encuentro había sido cualquier cosa excepto aburrido, no por nada había
intentado matarle. Ni siquiera lo había pensado, su desesperación había sido
tal que en lo único que podía pensar era en escapar y lo habría hecho si los
soldados del Sheik no la hubiesen reducido y golpeado hasta casi matarla si él
no lo hubiese evitado.
La
rabia que había visto en los ojos verdes del hombre no estaba dirigida a ella,
si no a los hombres que se habían atrevido a levantar la mano contra ella, no,
para ella él había tenido risas, un burlón sentido del humor y una voluntad de
hierro capaz de doblegarla hasta introducirla en su cama.
Aquel
había sido su primer error, uno que no estaba dispuesta a volver a cometer,
jamás volvería a ser utilizada por un hombre, jamás.
—Mi
díscola esclava huye de mi… otra vez.
La
inesperada voz masculina a su espalda la hizo girar con brusquedad, su mirada
se amplió al verle en toda su altura y corpulencia vestido tan solo con una
floja camisa de color negro a través de la cual se veían la bronceada piel
color canela, pantalones en el mismo color con un fajín color rojo rodeando su
cintura y suaves botas de cuero cubriendo sus pies. Gotas de agua brillaban en
su leonado pelo negro, mientras que una sombra de barba cubría sus mejillas.
—Sal
de ahí, Zakiyaa, no es momento para juegos.
Ella
se apretó contra el muro, la piedra clavándose en su espalda mientras sus ojos
mostraban un abierto desafío. Khalid no sabía que lo sorprendía más, si el
fuego de rebeldía en sus ojos o el temblor de aquel adorable y lujurioso cuerpo
del que no había podido olvidarse, su sabor lo llevaba grabado en la boca al
igual que la textura de su piel y la generosidad de su entrega, pero habían
sido sus lágrimas y los gritos de sus pesadillas los que habían aumentado su
resolución de hacerla completamente suya.
Zakiyaa
había sufrido en su vida anterior, y a juzgar por las palabras que le había
escuchado en sueños, esa herida había sido hecha por algún hombre lo
suficientemente estúpido como para no saber valorar el magnífico tesoro que
tenía ante sí.
—No
has venido a recibirme, mi pequeña kadí.
Aliena
parecía querer mimetizarse con la pared.
—No
tenía una hoja afilada a mano o lo habría hecho.
—Empieza
a preocuparme esa vena sanguinaria tuya, Zakiyaa.
—Es
Aliena, solo responderé por mi nombre.
Khalid
esbozó una lenta sonrisa.
—Zakiyaa
es ahora tu nombre y yo soy tu amo.
El
ligero temblor de su cuerpo se hizo más intenso, toda ella vibraba en belleza y
furia, una hermosa visión, una valiente mujer.
—¡No
eres mi amo! ¡Yo no soy tu maldita propiedad! ¡Esto es secuestro! ¡Soy una
ciudadana americana y tengo mis derechos! ¡La embajada de mi país removerá
cielo y tierra hasta dar conmigo!
No,
no lo haría, pero ella no tenía por qué saberlo. En realidad nadie había dado
parte de su desaparición hasta que él mismo había reportado con las autoridades
que la mujer estaba viva y bien y que permanecería como invitada en su hogar.
Nadie había reclamado a esa hermosa y herida mujer, y si de él dependía, nadie
más la reclamaría ni la heriría.
—Te
gusta ponerme las cosas difíciles —aseguró ignorando su estallido femenino—.
Pero sabes que en realidad a la única que estás poniendo en dificultades es a
ti misma, Zakiyaa.
Sin
darle tiempo a huir se acercó a ella manteniéndola prisionera contra la pared
con su propio cuerpo, respirando su único aroma mezclado con los perfumes y
aceites que las mujeres del harem
preparaban.
—Ya
estás perfumada, tu aroma es embriagador, Zakiyaa —le aseguró hundiendo la
nariz en su cuello, sintiéndola estremecer—. ¿Temor, mi pequeña concubina?
Creía haberlo borrado en el lecho, pero obviamente he sido descuidado.
—Por
favor —la oyó susurrar, su cuerpo tembloroso contra el suyo.
Khalid
se echó atrás para poder mirarle el rostro, las lágrimas picaban ya en sus
ojos, amenazando con desbordarse por sus mejillas.
—No
deseo ver tus lágrimas, Zakiyaa —le susurró deslizando el pulgar para atrapar
la solitaria gota que ya resbalaba por el rostro femenino—, demasiadas se han
derramado ya de tus ojos, pequeña, solo deseo ver en ti felicidad.
Ella
se lamió los labios, su mirada buscando la masculina.
—Entonces
déjame ir —susurró, sus ojos ahora mostraban la misma súplica existente en sus
palabras. Sus pequeñas manos se aferraron a su camisa—. Por favor, deja que me
vaya, yo no pertenezco a este lugar, lo sabes.
Khalid
no estaba dispuesto a dejarla marchar, ni ahora, ni nunca.
—Cena
conmigo, pequeña Zakiyaa —le pidió tomando sus manos y llevándoselas a los
labios—, comparte mi mesa una noche más, mi cama… y me lo pensaré.
Ella
retiró las manos de las suyas de golpe, el dolor y la humillación tiñendo de
nuevo sus ojos como también un tenue brillo de rebeldía.
—Eres
un canalla —respondió alejándose de él—, un ser despreciable, jamás iré
voluntariamente a tu cama, jamás me someteré a ti, ¿me oyes? ¡Jamás!
Sin
decir una palabra más, se deslizó a través del jardín desapareciendo en la
espesura, huyendo una vez más de él… y de su destino.
—Tendré
tu voluntad, Zakiyaa —murmuró para sí—, pero no a la fuerza. Incluso el más
bello y salvaje de los sementales puede ser domado por una tierna mano, pequeña
cadí y yo te domaré a ti.
Aliena
pasó el resto del día en continuo estado de nerviosismo, el príncipe se había
encargado de recordarle que no aceptaba una negativa por respuesta al enviarle
como obsequio una rosa del desierto, un extraño y hermoso fenómeno formada por
distintas capas de yeso, agua y arena cristalizada que recordaba a una flor. Un
recordatorio de que incluso en los lugares más inhóspitos podía encontrarse
algo hermoso.
La
idea de enviárselo de regreso pasó inmediatamente por su mente, solo para dar
paso a una mucho mejor, lanzárselo ella misma a la cabeza. Estaba muy
equivocado si pensaba que podría conquistarla y hacerla claudicar, el único
regalo que aceptaría de él sería su libertad.
La
noche llegó demasiado rápido para su gusto, pronto llegó el escolta que la
llevaría a las habitaciones del príncipe y una nueva batalla daría comienzo.
Aliena eligió cuidadosamente su vestimenta para tal encuentro cubriéndose de
pies a cabeza con metros y metros de seda negra que si bien insinuaban más que
cubrían, casaba perfectamente con su actual humor.
Velas
aromáticas y otros ornamentos luminosos la recibieron en las habitaciones
principescas, una de las estancias más grandes de la enorme construcción que
poseía también un pequeño jardín, un capricho según le había dicho la amable
Zulema.
—Ah,
ya estás aquí —la recibió saliendo del jardín con un cáliz en las manos. He
allí un hombre que disfrutaba del buen vino, sin tener en cuenta sus
tradiciones. Su mirada verde la recorrió por entero y una sonrisa irónica cruzó
su rostro—. Sin duda el negro te sienta espléndidamente, mi querida.
—Hacía
juego con mi humor —le respondió ella y desenvolviendo la tela en sus manos,
dejó a la vista la rosa del desierto un instante antes de que esta saliese
dispara por el aire como un proyectil directo a la cabeza del Sheik.
Afortunadamente
Khalid poseía unos rápidos reflejos y esquivó la piedra, la cual traspasó el
umbral hacia el jardín y a juzgar por el sonido, se rompió en pedazos.
—De
acuerdo, no volveré a enviarte un obsequio que sirva como arma arrojadiza
—respondió de buen humor, su mirada recorriendo la figura envuelta en seda—.
Puedes quitarte el velo, Zakiyaa.
—Preferiría
ahorcarte con él —musitó ella retirándose el velo que le cubría la cabeza y el
rostro, dejándolo alrededor de su garganta como si se tratara de una bufanda.
El
hombre sonrió, su pequeña kadí estaba
realmente encendida aquella noche. Vestido de pies a cabeza de blanco, Khalid
era el contrapunto perfecto de su negro atuendo resaltando la oscuridad de su
pelo así como su bronceada piel, sus pies calzados por unas cómodas babuchas no
hacían ruido sobre el alfombrado suelo.
—He
notado que te gusta el jardín, ¿desearías explorar el de estas habitaciones?
Ella
deslizó la mirada sobre el frondoso vergel que se vislumbraba al otro lado de
la arcada, entonces se volvió hacia él.
—Deseo
que me liberes —respondió con suave contundencia—. Si no vas a hacerlo de tu
yugo, al menos libérame de tu presencia.
Suspirando,
Khalid negó con la cabeza, aquella mujer podía llegar a ser casi tan
exasperante y terca como el nuevo semental que le habían regalado en el mismo
momento que aquella hermosa beldad entró en el harem.
La
primera vez que la había visto había estado aporreando la pared del jardín, sus
modales no tenían nada que ver con el sumiso y cálido comportamiento de las
mujeres de su tierra y ello había llamado su atención. Ella había sido el
motivo principal por el que había vuelto a entrar en el harem, un lugar del que había renegado después de la muerte de la
menor de sus tres hermanas. Zulema había entendido su dolor y a menudo dejaba
el harem para encontrarse con él y
jugar una partida de ajedrez, su hermana mayor siempre había como una madre
para él, lo cual tenía sentido ya que él no había conocido a la suya y su padre
había caído en una escaramuza contra unos contrabandistas varios años atrás. Él
se había convertido en el nuevo Sheik, un puesto que con gusto habría cedido si
no fuese el único barón vivo en la familia.
Zakiyaa
representaba todo lo que deseaba en una mujer, la fuerza de carácter, la
valentía de expresar sus deseos y no someterse al yugo de ningún hombre, ser su
compañera, su igual, la afilada lengua de la muchacha y sus continuos desafíos
habían despertado su interés y estaba dispuesto a todo por tenerla, incluyendo
el devolverle su libertad.
Su
primer encuentro había sido tormentoso, satisfactorio para ambos, pero ahora se
daba cuenta, también había sido apresurado, a esta noble mujer solo podía
conquistarla con ternura, con suavidad y amor, aquello que le había sido negado
en su anterior vida.
—No
puedo dejarte en libertad, Zakiyaa —respondió caminando hacia ella, su mirada
fija en la femenina—, no deseo hacerlo, eres la joya más valiosa de mi harem, mi tesoro más preciado.
Ella
se puso rígida, su cuerpo estremeciéndose ante su proximidad pero no claudicó
ni dio un paso atrás, alzando su firme barbilla lo enfrentó como una tigresa.
—Nunca
seré una pertenencia para ti —aseguró con voz firme—, ni para ningún hombre,
nunca volveré a doblegar mi voluntad ante nadie… si deseas conservarme, muy
pronto te encontrarás con un cadáver en las manos.
Aquello
molestó a Khalid, por encima de todas las cosas él amaba la vida.
—No
digas eso ni en broma, Zakiyaa —respondió con gesto adusto acortando la
distancia entre ambos.
Ella
rechinó los dientes.
—Aliena
—siseó—, mi nombre es Aliena… ¡Me has oído! ¡A—li—e—na! ¡Deja de llamarme por
ese estúpido nombre árabe! ¡Soy americana!
Khalid
no solo no respondió a su estallido, si no que se dio el lujo de caminar a su
alrededor, cogiendo un extremo de la tela que le había cubierto el pelo y el rostro
tiró de ella para dejarla con tan solo el breve chalequito que a duras penas
contenía los pechos y el pantaloncito de gasa que cubría sus piernas, dejando a
la vista unas brillantes braguitas negras que destacaban bajo la tela. Su pelo
castaño oscuro caía suelto por sus hombros y espalda.
—Ven
conmigo al jardín —le dijo él pasando a su lado sin tocarla siquiera. Khalid no
se molestó en ver si lo seguía, se limitó a traspasar el umbral y penetrar en
la tupida espesura.
Respirando
profundamente, Aliena echó un vistazo hacia las puertas por las que había
entrado jugando con la idea de marcharse y dejarlo plantado, pero entonces
sabía que el hacerlo solo le daría más problemas y aquello era lo último que
necesitaba en aquellos momentos.
—Maldito
principito pomposo —masculló antes de dirigirse a zancadas hacia el jardín.
Khalid
la vio entrar intempestivamente en sus dominios, oculto en uno de los muchos
pasadizos naturales la contempló a placer, sonriendo ante el gesto adusto
presente en su rostro y como sus ojos se deslizaban poco a poco sobre las
plantas y flores hasta relajarse por completo.
—Disfrutas
de la vida en la naturaleza, pero has considerado si quiera por un momento
seccionar la tuya —la voz masculina penetró a través de cálida noche.
—Preferiría
con mucho acabar antes con la tuya —masculló volviéndose alrededor, tratando de
ver dónde estaba él.
Khalid
se rio.
—Guarda
las garras, mi pequeña tigresa —le dijo con tono divertido—, no son necesarias
entre nosotros.
Aliena
deslizó la mirada por el follaje tratando de adivinar de dónde procedía la voz.
—No
hay ningún nosotros.
Un
suave susurro en su oído la hizo sobresaltarse al escuchar.
—Tan
pronto has olvidado el tiempo pasado en mi cama.
Ella
se volvió como un rayo pero él ya no estaba allí.
—Es
algo que hago todo lo posible por olvidar.
Otra
suave risa.
—Mentirosa
—oyó su voz procedente del otro lado del jardín—. Lo has disfrutado tanto como
yo, Zakiyaa.
—Vuelve
a llamarme así y juro por dios que te tragarás los dientes —siseó más para sí
misma que para él—. ¿Es necesario que juguemos al escondite? Esta mañana
hablaste de una cena.
Khalid
la sorprendió rodeándole la cintura desde atrás, atrayéndola contra su fuerte
pecho al tiempo que vertía su aliento en el oído femenino.
—Tú
eres el plato principal, mi pequeña kadí
—le susurró besándole el pabellón de la oreja—, el postre y todo lo que
necesito para saciarme, de ti podría alimentarme toda la vida y nunca morir de
hambre ni de sed.
Ella
se quedó rígida en sus brazos recordándole que debía actuar con cuidado,
ganársela con ternura, sin imposiciones.
—Permíteme
demostrártelo, kadí, déjame curar las heridas en tu alma, entregarte una clase
distinta de libertad —le susurró con suavidad.
Ella
cerró los ojos con fuerza luchando con las sensaciones que la recorrían, su
aroma, su cercanía traía recuerdos de otro momento, uno por el que no deseaba
volver a pasar.
—No.
—
Zakiyaa…
—No.
—Permíteme
que te haga el amor —insistió haciendo oídos sordos a su negativa—, seré suave,
te amaré lentamente, a ti, solo a ti.
Ella
se estremeció, Khalid notó como templaba entre sus brazos.
—Pequeña…
Ahogados
sollozos llegaron a sus oídos rompiéndole el corazón, no iba a forzarla a
aceptar algo para lo que todavía no estaba preparada, pero no se rendiría,
nunca se rendiría.
—De
acuerdo, Zakiyaa —respondió con un nuevo suspiro dejándola ir—, vuelve a tus
solitarios aposentos, duerme en tu solitaria cama y compadécete de ti misma
todo el tiempo que así lo desees, pero debes saber, kadí, que eso no cambiará nada.
Ella
se volvió lentamente hacia él, las lágrimas bañaban su rostro tal y cómo había
supuesto.
—Khalid…
El
oír su nombre en boca de ella era un regalo inesperado, pero no le hizo cambiar
de idea, por el contrario le dio la espalda y se internó en el jardín.
—No
robaré aquello que no estás dispuesta a dar libremente —respondió sin más—, no
mendigo por unas migajas. Puedes retirarte de nuevo al harem.
Aliena
dio media vuelta dispuesta a aprovechar aquel inesperado regalo pero al llegar
al umbral de la puerta vaciló, su mirada volvió atrás pero no había rastro del
príncipe.
—No
lo hagas —murmuró para sí misma—, te ha dado la excusa perfecta, no regreses.
Sacudiendo
la cabeza, suspiró y regresó con paso lento hasta el inicio del jardín.
—Khalid,
te lo ruego —se encontró susurrando—, déjame ir, libérame.
—Vete
al harem, Zakiyaa.
Su
voz llegó apagada desde algún lugar en el fondo del jardín, dándole una nueva
oportunidad de huir, de replegarse para poder luchar un día más, pero no lo
hizo.
—Me
dijiste que si compartía tu cama una vez más me dejarías ir —murmuró
recuperando las palabras que él había dicho horas antes, internándose entre la
espesura del jardín.
—Dije
que me lo pensaría —su voz sonó ahora más cerca, la luz de la luna iluminaba
una pequeña fuente al lado de la cual se había sentado—, pero ambos sabemos que
no podré mantener mi palabra por qué no podré dejarte ir.
Ella
se lamió los labios y se acercó a la fuente.
—Tienes
que hacerlo.
—No,
Aliena —negó utilizando su verdadero nombre por primera vez—, que Alá me
condene pero no voy a hacerlo por qué dejarte ir sería dejar ir parte de mi
alma.
El
hombre se levantó entonces y se acercó a ella, Aliena deseaba retroceder,
alejarse de su contacto pero permaneció inmóvil.
—Lucha
incansablemente, pequeña kadí, ódiame
con todas tus fuerzas si eso hace que puedas amarme con igual intensidad por
qué haré hasta lo imposible por tenerte, Aliena y solo cuando me pertenezcas
por entero, podré concederte la libertad.
Aliena
lo contempló durante unos interminables segundos, sus ojos nunca abandonaron
los suyos y finalmente respondió.
—¿Me
tomarías en contra de mi voluntad?
Khalid
negó con la cabeza.
—Jamás.
Ella
buscó la verdad en sus ojos.
—Nunca
te perteneceré.
Él
le sonrió con esa masculina confianza suya.
—Lo
harás.
Aliena
sacudió la cabeza con un profundo suspiro.
—Lucharé
contra ti.
Khalid
sonrió una vez más mientras le cogía la barbilla con los dedos.
—Lo
sé —aceptó con total confianza—. Serás mía, Aliena, no por imposición, no por
mandato, serás mía porque así lo desearás.
Ella
negó con la cabeza.
—La
confianza ha sido la caída de muchos hombres.
—O
el más preciado de sus tesoros —le aseguró acercando el rostro femenino al suyo
a escasos centímetros de sus labios—. Y tú, mi adorada kadí, eres el mío.
La
batalla no sería fácil de ganar, pero Khalid estaba dispuesto a hacer todo lo
que estuviese en su mano para que ella le perteneciera por voluntad propia y
tal como le había prometido, alcanzase la libertad.

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