No es
muy común que saliese bajo la lluvia. En realidad, Nakira era de esas personas
que prefería quedarse en casa viendo el agua caer desde detrás de una ventana,
pero aquella tarde no era como todas. Acababa de llegar de hacer la compra y a
través del limpia parabrisas del coche lo vio surcando el cielo en un gran
arco, con los colores grabados perfectamente, uno de extremos cayendo a escasos
metros de su hogar, incidiendo directamente sobre uno de los castaños cuyos
frutos ya perlaban la carretera.
Era
un hermoso y brillante arco iris.
No
hacía ni dos días que el viento había sacudido las ramas del castaño haciendo
caer los erizos verdes al suelo, otros marrones y ya maduros cubrían el tramo
de vieja calzada como una alfombra de espinas. Las castañas diseminadas por el
suelo, muchas de ellas pisoteadas por las ruedas de los ocasionales coches
convertían la carretera en una pista de patinaje.
La
atracción hacia aquel lugar fue inmediata, nunca antes había tenido oportunidad
de ver un arco iris tan de cerca. Por supuesto, era consciente de que la
ilusión óptica desaparecería a medida que se acercara, pero en su mente ya
estaba dando vida a varias leyendas y relatos oídos de niña, ¿acaso alguien se
había molestado en mirar si realmente habría un pote con monedas de oro al
final del arco iris?
Algo
de efectivo sería realmente fantástico, especialmente ahora que no tenía ni
donde caerse muerta.
Pero
siendo realistas, ¿un pote de oro a los pies de un arco iris? ¿Un enano vestido
de verde con tréboles en la chaqueta? Su imaginación era fértil, pero lo máximo
que esperaba encontrar en navidad, era un Santa Claus anunciando las
promociones de telefonía móvil de tal o cual compañía.
Deseaba
creer que todavía conservaba cierto grado de cordura como para no encontrarse duendes
irlandeses en medio de la ciudad.
Las
luces de colores decoraban los árboles y los cierres de las casas de los
vecinos, pequeños Santa Claus trepaban por la verja o intentaban colarse a
través de las ventanas. Guirnaldas y demás adornos típicos decoraban las
puertas y entradas en una parodia del sobreexcitado espíritu navideño. Aquellos
adornos eran más típicos de la ciudad, de los escaparates de los comercios, por
lo que encontrarlos en el solitario y abandonado camino que serpenteaba a
través del bosque al borde del cual apenas había un par de casas no dejaba de
resultar curioso. Y ridículo.
Pero
las fechas invitaban a los adornos, a los villancicos, incluso aunque
escucharlos a todo volumen durante varios días seguidos hiciera que quisiera
cortar la luz de toda la vecindad para dejar de oír campanas.
Sí,
era navidad.
Dejando
la compra en el maletero del coche siguió con la mirada el hermoso arco de
colores hasta su final. Se trataba de unos pocos metros, si se daba prisa
podría llegar incluso antes de que desapareciera tan rápidamente como había
aparecido, matando así la curiosidad y fantasiosa idea de que pudiese encontrar
algo que mereciera la pena al final de aquel enorme arco de colores.
El
cielo seguía con ese color azul grisáceo que presagiaba lluvia, un tono que
avisaba que cuando las compuertas de las nubes se abrieran, sería mejor estar a
cubierto. Lo más sensato habría sido meterse en casa, lo más sensato habría sido
llevarse un paraguas… Pero la sensatez no era algo que llevase en los genes.
Casi
podía ver como los colores se iban haciendo más intensos a medida que se
acercaba, el camino estaba mojado, los árboles habían rejuvenecido con la
lluvia de los últimos días, en definitiva todo parecía mucho más vivo, más
brillante, más verde. La suavidad y nitidez con la que el arco iris se curvaba
en lo alto, casi de manera que podía palparse la estremeció. Era un hermoso
espectáculo, una de esas maravillas de la naturaleza a las que nunca das
demasiada importancia hasta que las ves, y aquel en particular era hermoso. Los
colores se distinguían perfectamente pudiendo contar los siete del espectro que
lo componían, sentía que le picaban los dedos cómo si pudiese alcanzarlo y
acariciarlo al igual que una superficie sólida.
Sus
botas aunque de abrigo no estaban destinadas a zonas húmedas y pronto empezó a
sentir como el caminar entre las hierbas y los caídos erizos se iban mojando.
Si hubiese pensado más de dos segundos en lo que hacía, se habría cambiado de
calzado.
Su
mirada descendió siguiendo el recorrido con ánimo de ver algo más, aunque sabía
que desde tan cerca el efecto óptico se perdería; ya podría estar en medio del
arco iris que ni siquiera lo sabría. Los colores deberían haberse difuminado
ya, perdiendo la consistencia hasta desaparecer por completo pero para su
sorpresa seguían allí, brillantes y fantasmalmente sólidos; y lo enmarcaban a
él.
El
sexy individuo vestido con unos pantalones blancos a juego con una larga túnica
sin mangas que dejaba un bronceado pecho masculino al descubierto y unos
abdominales que serían la envidia de cualquier anuncio de gimnasio, acariciaba
cuidadosamente la corteza de uno de los árboles como si se tratase de una
antigua reliquia. A simple vista, el hombre no debía de tener más de treinta y
pocos años pero su pelo era completamente blanco, del color de la nieve cuando
el sol incide sobre ella, recogido en una larga trenza que le caía por la
espalda.
El
desconocido se encontraba al final del arco iris y destacaba tanto como un actor
sacado del entorno de una película de fantasía.
Harys
la sintió incluso antes de verla. No debería estar allí, ni siquiera debería
estar mirándole fijamente como sabía que lo hacía. En realidad su mirada
debería haberlo atravesado, contemplando únicamente el bosque a su alrededor
pero aquellos ojos eran demasiado intensos, la mirada demasiado cálida como para
no sentirla sobre su propia piel. Se giró lentamente, alzó unos ojos grises y
la contempló a sabiendas de que aquello iba completamente contra las reglas. Envuelta
en una chaqueta rosada, leggins
negros y unas botas que empezaban a humedecerse por el fondo, la hembra ante él
era una perfecta muestra de humanidad. Poseía unas curvas llenas, el rostro se
le había sonrojado por el frío y un brillo de curiosidad en los ojos verdes que
lo contemplaban con el mismo embeleso que había visto tantas veces antes en los
humanos que se cruzaban con uno de ellos.
Sonrió,
no pudo evitarlo, sabía muy bien cuál era su aspecto y qué estaría viendo la
humana en él. Se lamió el labio inferior viendo como ella seguía el gesto con
la mirada, los pálidos labios se abrieron ligeramente dejando escapar un suave
jadeo entre ellos… Sí, aquella era la reacción que siempre se esperaba de los
humanos quienes se sentían absoluta e irremediablemente atraídos hacia los Faheris.
Él
había viajado lo suficiente y presenció como aquellas inestables y mortales
criaturas tendían a tirarse a sus pies, la seducción perdía su encanto a su
lado convirtiéndose en presas que sucumbían ante la superioridad del cazador.
No podía decir que detestara su raza, pero le resultaba lo suficientemente
anodina e insulsa como para haber preferido quedarse en su hogar en lugar de
tener que viajar al mundo de los humanos para cumplir con la expresa petición
de Albys; el principesco y real grano en el culo de su regente y amigo de la
infancia. Aryes, su hermosa y poderosa esposa estaba próxima a traer al mundo
al heredero de su pueblo, la princesa había proclamado entonces su antojo por
unos frutos que solo se encontraban en su antiguo mundo. La ahora reina de los Faheris había sido humana en su anterior
vida, una humana única en su género y la única mujer que conseguía que hiciese
prácticamente cualquier cosa por ella; inclusive convocar un puente de cristal
multicolor para penetrar en un mundo donde la magia había sido olvidada y su
pueblo convertido en cuentos y leyendas populares.
Lo
que su reina había olvidado mencionar era la manera en que se recolectaban
aquellos frutos. El destino había sido claro, el lugar perfectamente señalado,
pero la manera de obtenerlos no tanto, después de todo, ¿qué sabía un guerrero
y amante de las mujeres de cosechas y recolectas? En su caso, nada en absoluto.
La
recorrió con la mirada, ella permanecía quieta a escasos pasos de él, su mirada
había abandonado su rostro y parecía estar contemplando ahora sus ropas. Un
cambio curioso sin duda.
—¿Debo
suponer que te gusta lo que ves?
Nakira
dio un respingo al escuchar la potente y profunda voz masculina que la sacudió
rompiendo su momentánea ensoñación, sus ojos ascendieron rápidamente al rostro
masculino encontrándose con unos vibrantes ojos gris oscuro, del color del
cielo tormentoso.
Él
le sonrió entonces, una simple mueca limpia y absolutamente sensual.
—Tranquila,
no voy a hacerte daño alguno, más bien al contrario —continuó el desconocido
caminando ahora hacia ella, sus botas pisando los erizos abiertos mientras la
larga trenza se balanceaba a su espalda—. Pediría tu ayuda, si me lo permites.
Parpadeó
un par de veces y abrió la boca, debiendo tragar antes de intentar hablar.
—¿Mi
ayuda?
Él
sonrió abiertamente, su sonrisa era pura sensualidad, al igual que sus andares.
—El
fruto que está a tu alrededor, a tus pies —continuó acercándose lo suficiente
para quedar a algo menos de un brazo de distancia—, el que se ha desprendido
del árbol, lo necesito.
Ella
parpadeó un par de veces de manera seguida aclarándose la mente. Su mirada bajó
al suelo y todo lo que vio fueron castañas pisoteadas por las ruedas de algún
coche y erizos abiertos y otros todavía verdes y cerrados.
—¿Las
castañas? —murmuró alzando de nuevo su mirada.
Él
paladeó la palabra.
—¿Castañas?
Harys
la contempló durante un breve instante, recorriendo cada plano de su rostro,
delineando con los ojos las arqueadas cejas negras, la altivez de su barbilla,
la curva de su nariz y los hermosos ojos enmarcados por tupidas pestañas que
contenían el color del bosque.
—Sí,
ese es el nombre que ella dio —respondió y siguió con su mirada la de la mujer.
Ella estaba contemplando el suelo con sorpresa—. Es un extraño nombre para un
fruto, pero me temo que más extraño es aún el modo de recolectarlas.
La
vio inclinarse hacia delante, apartando uno de los erizos con el pie haciendo
que el fruto que todavía conservaba se esparciera por el suelo, los largos
dedos femeninos acariciaron la piel marrón antes de cerrarse sobre ella e
incorporarse. Para su sorpresa, ella estiró la mano hacia él, tendiéndole su
premio.
—No
tiene ciencia ninguna, solo tienes que pisar el erizo con un pie y abrirlo con
el otro dejando las castañas al descubierto para poder cogerlas sin pincharte —respondió
dejando caer los frutos sobre su mano abierta—. Joder… estoy peor de lo que
pensaba, estoy hablando con una maldita alucinación…
Examinando
el fruto en sus manos bajó nuevamente la mirada al suelo a un erizo que todavía
estaba lleno y finalmente se giró hacia ella.
—Hazlo
—le pidió señalando el erizo.
Ella
arqueó una de sus oscuras cejas negras, sus labios se estiraron lentamente en
una incrédula sonrisa.
—¿Perdón?
Le
señaló nuevamente el erizo.
—Ábrelo
y recoge el fruto.
La
chica lo miró durante un instante y finalmente se echó a reír.
—Esto
no puede estar pasando —murmuró para sí antes de avanzar hacia el erizo que le
estaba indicando y en un par de movimientos abrirlo, dejando que las castañas
se desprendieran de su cálida cama blanca—. No puedo creer que un tío como tú
me esté pidiendo que recoja castañas… El golpe que me he dado ha tenido que ser
brutal, no hay otra explicación.
Acortando
la distancia entre ellos, le quitó el fruto de las manos, lo examinó y
finalmente lo introdujo en una pequeña bolsa blanca que sacó del bolsillo.
—No
deja de resultar interesante la manera en que respondéis todos los humanos ante
algo que no podéis explicar —comentó dándole la espalda mientras recorría el
suelo con la mirada hasta localizar un nuevo erizo—, aunque considerarme el
producto de un golpe no es algo que me haga especial ilusión.
Ella
abrió la boca para responder a eso, entonces la cerró, sacudió la cabeza y dio
media vuelta.
—Me
voy, con suerte despertaré en el asiento de mi coche, empotrada contra el muro
de la entrada —murmuró para sí.
Apenas
había dado un par de pasos cuando se encontró apretándose la mano con la nariz
después de haberse dado un buen porrazo.
—Mierda,
mierda, mierda… ¡joder!
La
colorida respuesta de la mujer sorprendió a Harys, pero no fue nada en
comparación a verla levantar la pierna para pegarle una patada a la barrera de
espectros de colores que había levantado cuando ella decidió poner fin a su
encuentro de forma tan abrupta. El grito femenino hizo eco en el solitario
bosque y él no pudo hacer más que encogerse al verla saltar a la pata coja
soltando una amplia gama de exabruptos de los que el más curtido de los
guerreros estaría orgulloso.
—¡La
madre que te…! —mascullaba dejando los saltitos para empezar a cojear—.
Habíamos quedado en que tú eras un jodido producto de mi imaginación,
posiblemente salido de un traumatismo, ¿de dónde demonios ha salido eso?
Arqueó
una delgada ceja blanquecina y fijó su mirada tormentosa sobre ella.
—Temo
que el golpe contra la barrera de luz te ha afectado la memoria, pequeña humana
—aseguró—, yo no he llegado a ningún acuerdo contigo.
Nakira
bufó, le dolían los dedos del pie igual que si hubiese golpeado un muro, pero
allí frente a ella, a simple vista, no había nada.
—¿Y
qué esperas que crea? ¿Qué eres... —alzó la mano y la abanicó arriba y abajo
varias veces mientras lo miraba como si estuviese buscando una palabra para
definirlo—, alguna clase de bicho raro, con un cuerpo endiabladamente sexy que
no tiene otra cosa mejor que hacer que venir al bosque, en plena tarde lluviosa
a recoger castañas?
Introduciendo
los últimos frutos en la pequeña bolsa, la cerró y se la ató al cinturón para
luego volver la mirada sobre ella.
—¿Bicho
raro? —se ofendió—. Soy un Faheri,
más conocido para los tuyos bajo el nombre de Fae, Tuatha Dé Danann… elige nombre —respondió con un ligero
encogimiento de hombros—, y mi presencia aquí no es de tu incumbencia.
Ella
se llevó las manos a las caderas.
—Por
si se te ha olvidado, has hecho que recoja castañas para ti —respondió ella con
un bufido.
Él
sonrió para sí, de alguna manera aquella pequeña humana le recordaba a su
reina, el desafío en sus ojos color musgo lo había visto antes en las peleas
entre los monarcas.
—No
son para mí —fue todo lo que dijo al respecto—. Pero tienes razón, has accedido
a mi petición, así que te daré algo a cambio.
Ella
frunció el ceño al verlo acercarse, instintivamente empezó a retroceder solo
para verse nuevamente detenida por la fluctuante barrera que la había detenido
la primera vez. Al tocarla, el brillo que emitía hacía que la imagen del otro
lado se viese como a través de un húmedo cristal.
Siguiendo
cada uno de sus movimientos, Harys se inclinó sobre ella atrapándola contra la
pared de luz, hacía tiempo que había perdido el interés por las hembras
humanas, con todo, esta poseía un aroma embriagador, suave y salvaje al mismo
tiempo, a tierra mojada y bosque.
—¿Hay
algún nombre por el que respondas?
La
mujer se apretó incluso más contra la pared, como si quisiera mimetizarse con
ella.
—Nakira
—murmuró en respuesta, su mirada recelosa.
Nakira,
un nombre extraño para una humana y con todo se veía correcto sobre ella.
—Nakira
—lo repitió, saboreándolo—. ¿Qué es lo que deseas, Nakira?
Lamiéndose
los labios, la chica se enderezó todavía atrapada, el cuerpo masculino
demasiado cerca, su aroma demasiado embriagador y las locuras que salían de los
labios del hombre, demasiado peligrosas.
—¿Qué
te esfumes?
Aquella
respuesta le sorprendió, pero no tanto como la intensidad que vio en los ojos
femeninos, estaba diciendo la verdad, todo lo que deseaba de él era alejarse.
Se echó a reír, no pudo evitarlo, aquella humana era bastante singular.
—Te
diré lo que te daré a cambio de tu ayuda, pequeña Nakira —le susurró muy cerca
del oído—. Te haré delirar de placer… lo que dure el arco iris.
Ella
jadeó en respuesta, su mirada encontrándose firmemente con la de él en una
lucha de voluntades.
—Pues
menos mal que su duración es más bien corta.
Se
echó a reír nuevamente.
—Nunca
desafíes a un Faheri, pequeña —le
respondió resbalando los dedos por su mejilla, probado su textura—. No podrás
ganar.
—¿Te
apuestas algo?
Nakira
se mordió la lengua, ¿qué locura acababa de apoderarse de ella? Y más
importante todavía, ¿por qué diablos no había salido corriendo? Ese hombre no
podía estar bien de sus cabales, lo que él estaba diciendo… no, no podía ser
real… nadie con su aspecto podía ser real.
—Déjame
ir —exigió posando las manos sobre su sólido pecho desnudo.
Él
respondió apretándose contra ella, pegando su cuerpo a lo largo del suyo,
atrapándola con su envergadura al tiempo que bajaba la boca sobre la de ella y
susurraba su respuesta.
—Después
—le acarició los labios con su aliento—. Cuando esté a punto de desvanecerse el
puente de luz. Si para entonces todavía lo deseas.
Nakira
no pudo responder, las palabras se le ahogaron en la garganta cuando la boca
masculina descendió sobre la suya instándola a la rendición.
Ella
sabía a miel y naturaleza, su boca era una fuente de la que dudaba se cansara
de beber, el cuerpo femenino se amoldaba perfectamente a su cuerpo, blandura
contra dureza, femineidad contra dura masculinidad y un hambre como nada que
hubiese conocido antes naciendo en lo más profundo de su ser.
—¿Quién
eres? —se encontró preguntándole. Él la acariciaba tan íntimamente que no había
espacio en el que pudiera esconderse.
Ella
se estremeció bajo su asalto, giró el rostro huyendo de aquellos labios solamente
para encontrarse deseando más de ellos.
—¿Necesitas
que te refresque la memoria? —le dijo con un suspiro.
Él
le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
—Un
nombre no es suficiente para describirte.
Ella
se estremeció al oír el sonido de la cremallera de su chaqueta, sintiendo a
continuación el aire frío sobre la piel que dejaba expuesta la camiseta.
—Debes
parar —insistió empujándole, intentando alejarle, pero cada vez era más
difícil.
Un
lento movimiento de la cabeza, sus manos amoldándose a sus pechos por encima de
la camiseta.
—No
hasta que me digas quién eres.
Ella
se estremeció, ¿qué respuesta deseaba oír él? Le había dicho su nombre, ¿qué
más podía querer?
—Te
lo he dicho, me llamo Nakira.
Le
mordisqueó el cuello.
—He
oído tu nombre, pequeña, pero no es eso lo que deseo saber.
Ella
logró apartarse ligeramente, sus ojos buscando los suyos.
—¿Entonces
qué es?
Él
la examinó cuidadosamente.
—¿A
quién perteneces?
Ella
sacudió la cabeza ante la extraña pregunta.
—¿Pertenecer?
Él
asintió.
—¿Quién
te posee?
Nakira
frunció el ceño.
—No
soy un objeto como para que alguien tenga que poseerme —declaró con un
resoplido—. Y si lo que preguntas es si tengo pareja, pues no.
Aquello
pareció satisfacer al sensual desconocido quien la atrajo de nuevo a sus brazos
y bajó la boca sobre la suya, hundiendo su lengua, instándola a salir a jugar y
enfrentarse con él.
—Cuando
nos veamos de nuevo, Nakira, no volverás a dudar en tu respuesta —le susurró
entonces al oído—, porque me pertenecerás a mí.
Acariciando
sus labios una vez más se dispuso a demostrarle la realidad tras sus palabras y
que la efímera duración del arco iris podía convertirse en toda una eternidad
en los brazos de alguien como él.
Las
manos masculinas sobre su piel eran tan reales como podían serlo, la presión
del cuerpo masculino contra el suyo, el suave y agradable aroma a especias de
su piel un potente afrodisíaco, Nakira no podía pensar y tampoco estaba segura
de querer hacerlo, todo aquello no era más que una locura, lo sabía, pero no
tenía fuerzas suficientes para negarse a la tibieza y la pasión que ardía
profundamente en su interior pidiendo a gritos ser alimentada, ser saciada.
Sus
propias manos vagaron sobre la piel masculina, sus dedos dibujaron los
abdominales hasta la cintura del pantalón, una sola mirada hacia abajo le dejó
claro que no era la única que se estaba excitando, ni mucho menos.
—Eres
una hembra extraña —lo oyó susurrar en su oído—, ¿por qué lo ocultas?
¿Ocultar?
¿Ocultar el qué? ¿Y por qué demonios tenía que hablar precisamente ahora? Las
manos masculinas le peinaron el pelo, apartándoselo de la cara, el pulgar le
acarició el labio inferior mientras sus ojos se comían los suyos.
—Está
todo aquí dentro —continuó acariciando ahora la depresión entre sus pechos. Era
extraño el no sentir ya frío, por no hablar del hecho de que la estaba sobando
_y ella se estaba dejando_ en medio del bosque, cualquiera que apareciese por
el camino los vería—. Eres pasión en estado puro y nunca la has dejado salir,
¿por qué?
Sacudió
la cabeza, ¿qué importaba eso ahora? ¿No podía por una vez un tío pensar con lo
que tenía entre las piernas?
—¿Vas
a hablar mucho rato más?
En
vez de sentirse ofendido como ella esperaba, se echó a reír.
—Solo
hasta que me contestes, pequeña.
Ella
alzó su mirada y contempló el atractivo rostro masculino dándose cuenta por
primera vez de algo bastante importante.
—Diablos,
aquí estoy, liándome con un completo desconocido que muy bien ha podido
escaparse de un psiquiátrico y ni siquiera sé su nombre —farfulló echando la
cabeza atrás y suspirando—. De acuerdo, me equivoqué, sí se puede caer más
bajo.
Una
suave risa le acarició el oído un instante antes de oírle decir.
—Harys
—su aliento le calentó la piel, provocándole un estremecimiento—, y no te
preocupes por caer, pequeña Nakira, yo estaré justo debajo para recogerte y
darte placer.
Sus
ojos se encontraron durante un instante antes de que ambas bocas se unieran una
vez más en un hambriento beso que borró todo pensamiento racional de la mente
femenina, todo lo que podía hacer era sentir.
Harys
sintió la instantánea rendición, el cuerpo femenino se relajó entre sus brazos,
el aliento que huía de su boca pasó a ser parejo al suyo, en los ojos verdes
solo había pasión, una pasión que él se encargó de alimentar con la suya propia
utilizándola en su provecho para enmascarar su decisión. No sabía que tenía
aquella pequeña humana, no sabía por qué había deseado obsequiarle con una
retribución, pero la necesidad de hacerla suya había llegado al ver aquellos
hermosos ojos verdes.
Convocando
el poder que corría como sangre en sus venas, llamó al puente de la luz y
permitió que los arrancase a ambos de aquel mundo y los devolviese al suyo, al
frondoso jardín que se extendía más allá de las puertas de su habitación en el
palacio donde podría dar rienda suelta a sus deseos.
Sonriendo
rompió el beso el tiempo suficiente para deslizar las manos sobre el cuerpo
femenino despojándola de cada pedazo de ropa hasta dejarla completamente
desnuda y expuesta a su mirada, la sorpresa de sus acciones fue superada por el
cambio de escenario.
—¿Qué…?
No
era momento de palabras, su hambre se había desatado por completo, lo único que
deseaba era poseerla, marcarla como suya para que nadie más pudiera acceder a
ella, deseaba reclamarla como solo alguien de su raza podía hacerlo.
La
ropa voló también de su cuerpo en el instante en que ambos tocaron el suelo,
una mullida alfombra de hierba verde los recibió, las manos de Harys no dejaban
de acariciarla buscando conocer cada uno de los recovecos del voluptuoso cuerpo,
su boca sembró besos por el largo cuello bajando hasta detenerse sobre los
pechos tomando posesión de los endurecidos pezones al tiempo que unos curiosos
dedos encontraban el húmedo tesoro escondido entre sus piernas. La sentía
retorcerse bajo él, su carne cediendo ante la intrusión de sus dedos en el
apretado canal. Los gemidos femeninos empezaron a perlar el aire con una
cadencia única, toda ella era fuego y pasión, un instrumento bien afinado que
respondía a las manos expertas del músico.
—Eso
es, pequeñita, ven a mí, entrégate, ríndete a mí y te llevaré a dónde ninguna
humana ha llegado antes —le susurró con erótica cadencia—, haré que alcances el
cielo y quieras renegar de la tierra.
Aquellas
palabras obraban como un afrodisíaco en el cuerpo sobreexcitado de Nakira, él
la estaba volviendo loca de pasión, había desatado una marea que la arrastraba
cada vez más y que amenazaba con barrer con todo a su paso.
—Harys
—pronunció su nombre, su cuerpo se arqueaba preso del febril calor del momento.
—Entrégate,
Nakira, rompe esas cadenas y ven a mi encuentro —le susurró al oído.
Retirando
lentamente los dedos ahora humedecidos por su femenina humedad se abrió paso
entre sus muslos, su pene respondía con ferocidad a la pasión arrolladora de
aquella mujer, la necesidad de sumergirse en su tibia carne amenazaba con
sobrepasarlo todo, la deseaba con una intensidad que nada tenía que ver con lo
que había vivido y sí demasiado con aquello que había estado intentando evitar
a toda costa. Aferrándola por las caderas, la atrajo hacia sí, instándola a
rodearle con sus largas y firmes piernas, su sexo rosado y goteante preparado
para recibirle.
—Habit hela tir ersa tarse Nakira —musitó
en voz suave, con una cadencia casi musical mientras se conducía lentamente en
su interior.
—Oh
dios —aquello fue lo único que fue capaz de articular ella durante toda la
asombrosa experiencia.
Su
amante de ensueño era un verdadero mago o fae
cuando se trataba del sexo, su cuerpo reaccionó a sus demandas y respondió a
aquello que se le exigía. Ella perdió la cuenta de las veces que se corrió en
los brazos de aquel hombre, pero cada vez que su cuerpo encontraba el alivio su
alma era abrigada por los mismos pasionales cuidados que encontraba en sus
brazos.
El
cielo pasó pronto del azul a un tono más oscuro cuando el sol, o lo que debía
ser el sol empezó a ponerse, en algún momento de las últimas horas habían
dejado la verde cama para trasladarse a una de sábanas blancas y plumas dónde
habían seguido retozando hasta que el cansancio fue demasiado para ignorarlo.
Saciada
y arropada en la cómoda cama, lo vio cernirse una vez más sobre ella, su pelo
blanco ahora suelto caía a ambos lados de su rostro como una cascada de nieve.
—¿Quién
eres? —le susurró al oído, su voz llegaba lejana a través de los latidos de su
propio corazón.
Ella
se lamió los labios.
—Nakira.
Él
bajó la boca sobre la suya en un tierno y suave beso.
—¿Quién
te posee?
Ella
gimió bajo su boca, enlazando su lengua con la de él durante un breve instante
antes de que se alejara rompiendo el beso para preguntar de nuevo.
—¿A
quién perteneces?
Ella
alzó los ojos verdes y se lamió los labios, sus manos acariciando el sedoso
pelo blanco.
—Me
parece que ahora mismo a ti —respondió dejando vagar su mirada por él—, y no me
molesta tanto como debería.
Él
se echó a reír y le acarició la mejilla.
—Dame
tiempo, pequeña y conseguiré que no te moleste en absoluto.
Ella
suspiró, no podía dejar de mirarle. Tenía infinidad de preguntas que hacerle,
necesitaba respuestas para todo lo que había ocurrido pero no sabía por dónde
comenzar.
—Quizá
ayudara el que empezases a dar explicaciones —aseguró incorporándose en la cama
hasta quedar sentada. Se aferró a la suave cobertura para cubrirse y lo miró—.
Porque voy a necesitar una cuantas para comprender todo esto.
Él
le acarició la nariz con el dedo y mantuvo aquella enigmática sonrisa.
—Mi
príncipe va a llevarse una gran sorpresa —aseguró al tiempo que la atraía hacia
él, sentándola en su regazo—, pero será ella
la que se ría hasta el fin de los tiempos.
Nakira
alzó la mirada hacia él, sus dedos acariciándole el rostro.
—¿Ella?
Él
echó un vistazo más allá de la habitación.
—Aryes
—le brindó un nombre—. La esposa de mi señor.
Se
inclinó hacia ella y le acarició el rostro con ternura.
—Se
le da muy bien dar malas noticias —hizo una mueca ante el recuerdo.
Ella
frunció el ceño.
—¿Qué
malas noticias?
Suspiró.
—Ella
me dijo una vez que mi resolución duraría lo que el arco iris —aseguró con un
profundo suspiro—. Odio tener que darle la razón.
Su
amante humana lo miró con esa expresión de sospecha que empezaba a reconocer.
—¿Y
acertó?
Él
la tendió una vez más sobre la cama.
—Sí,
Nakira —se tumbó sobre ella—. Ya sabes que el tiempo de los arco iris en la
tierra es efímero. No podría haber esperado más a reclamar aquello que ya
considero mío.
Bajó
sobre su boca y se la saqueó con un húmedo beso.
—¿A
quién perteneces, Nakira? —le preguntó entonces.
La
mirada verde se clavó en la suya y no hubo vacilación en su respuesta.
—A
ti, Harys, a ti.
Él
asintió y volvió a besarla. Sí, le pertenecía y lo haría eternamente, en esta
vida y en todas las siguientes pues ella era el arco iris que iluminaría su
sendero en cualquier mundo en el que se encontraran.

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