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viernes, 6 de diciembre de 2019

Lo que dure el arco iris






No es muy común que saliese bajo la lluvia. En realidad, Nakira era de esas personas que prefería quedarse en casa viendo el agua caer desde detrás de una ventana, pero aquella tarde no era como todas. Acababa de llegar de hacer la compra y a través del limpia parabrisas del coche lo vio surcando el cielo en un gran arco, con los colores grabados perfectamente, uno de extremos cayendo a escasos metros de su hogar, incidiendo directamente sobre uno de los castaños cuyos frutos ya perlaban la carretera.
Era un hermoso y brillante arco iris.
No hacía ni dos días que el viento había sacudido las ramas del castaño haciendo caer los erizos verdes al suelo, otros marrones y ya maduros cubrían el tramo de vieja calzada como una alfombra de espinas. Las castañas diseminadas por el suelo, muchas de ellas pisoteadas por las ruedas de los ocasionales coches convertían la carretera en una pista de patinaje.
La atracción hacia aquel lugar fue inmediata, nunca antes había tenido oportunidad de ver un arco iris tan de cerca. Por supuesto, era consciente de que la ilusión óptica desaparecería a medida que se acercara, pero en su mente ya estaba dando vida a varias leyendas y relatos oídos de niña, ¿acaso alguien se había molestado en mirar si realmente habría un pote con monedas de oro al final del arco iris?
Algo de efectivo sería realmente fantástico, especialmente ahora que no tenía ni donde caerse muerta.
Pero siendo realistas, ¿un pote de oro a los pies de un arco iris? ¿Un enano vestido de verde con tréboles en la chaqueta? Su imaginación era fértil, pero lo máximo que esperaba encontrar en navidad, era un Santa Claus anunciando las promociones de telefonía móvil de tal o cual compañía.
Deseaba creer que todavía conservaba cierto grado de cordura como para no encontrarse duendes irlandeses en medio de la ciudad.
Las luces de colores decoraban los árboles y los cierres de las casas de los vecinos, pequeños Santa Claus trepaban por la verja o intentaban colarse a través de las ventanas. Guirnaldas y demás adornos típicos decoraban las puertas y entradas en una parodia del sobreexcitado espíritu navideño. Aquellos adornos eran más típicos de la ciudad, de los escaparates de los comercios, por lo que encontrarlos en el solitario y abandonado camino que serpenteaba a través del bosque al borde del cual apenas había un par de casas no dejaba de resultar curioso. Y ridículo.
Pero las fechas invitaban a los adornos, a los villancicos, incluso aunque escucharlos a todo volumen durante varios días seguidos hiciera que quisiera cortar la luz de toda la vecindad para dejar de oír campanas.
Sí, era navidad.
Dejando la compra en el maletero del coche siguió con la mirada el hermoso arco de colores hasta su final. Se trataba de unos pocos metros, si se daba prisa podría llegar incluso antes de que desapareciera tan rápidamente como había aparecido, matando así la curiosidad y fantasiosa idea de que pudiese encontrar algo que mereciera la pena al final de aquel enorme arco de colores.
El cielo seguía con ese color azul grisáceo que presagiaba lluvia, un tono que avisaba que cuando las compuertas de las nubes se abrieran, sería mejor estar a cubierto. Lo más sensato habría sido meterse en casa, lo más sensato habría sido llevarse un paraguas… Pero la sensatez no era algo que llevase en los genes.
Casi podía ver como los colores se iban haciendo más intensos a medida que se acercaba, el camino estaba mojado, los árboles habían rejuvenecido con la lluvia de los últimos días, en definitiva todo parecía mucho más vivo, más brillante, más verde. La suavidad y nitidez con la que el arco iris se curvaba en lo alto, casi de manera que podía palparse la estremeció. Era un hermoso espectáculo, una de esas maravillas de la naturaleza a las que nunca das demasiada importancia hasta que las ves, y aquel en particular era hermoso. Los colores se distinguían perfectamente pudiendo contar los siete del espectro que lo componían, sentía que le picaban los dedos cómo si pudiese alcanzarlo y acariciarlo al igual que una superficie sólida.
Sus botas aunque de abrigo no estaban destinadas a zonas húmedas y pronto empezó a sentir como el caminar entre las hierbas y los caídos erizos se iban mojando. Si hubiese pensado más de dos segundos en lo que hacía, se habría cambiado de calzado.
Su mirada descendió siguiendo el recorrido con ánimo de ver algo más, aunque sabía que desde tan cerca el efecto óptico se perdería; ya podría estar en medio del arco iris que ni siquiera lo sabría. Los colores deberían haberse difuminado ya, perdiendo la consistencia hasta desaparecer por completo pero para su sorpresa seguían allí, brillantes y fantasmalmente sólidos; y lo enmarcaban a él.
El sexy individuo vestido con unos pantalones blancos a juego con una larga túnica sin mangas que dejaba un bronceado pecho masculino al descubierto y unos abdominales que serían la envidia de cualquier anuncio de gimnasio, acariciaba cuidadosamente la corteza de uno de los árboles como si se tratase de una antigua reliquia. A simple vista, el hombre no debía de tener más de treinta y pocos años pero su pelo era completamente blanco, del color de la nieve cuando el sol incide sobre ella, recogido en una larga trenza que le caía por la espalda.
El desconocido se encontraba al final del arco iris y destacaba tanto como un actor sacado del entorno de una película de fantasía.


Harys la sintió incluso antes de verla. No debería estar allí, ni siquiera debería estar mirándole fijamente como sabía que lo hacía. En realidad su mirada debería haberlo atravesado, contemplando únicamente el bosque a su alrededor pero aquellos ojos eran demasiado intensos, la mirada demasiado cálida como para no sentirla sobre su propia piel. Se giró lentamente, alzó unos ojos grises y la contempló a sabiendas de que aquello iba completamente contra las reglas. Envuelta en una chaqueta rosada, leggins negros y unas botas que empezaban a humedecerse por el fondo, la hembra ante él era una perfecta muestra de humanidad. Poseía unas curvas llenas, el rostro se le había sonrojado por el frío y un brillo de curiosidad en los ojos verdes que lo contemplaban con el mismo embeleso que había visto tantas veces antes en los humanos que se cruzaban con uno de ellos.
Sonrió, no pudo evitarlo, sabía muy bien cuál era su aspecto y qué estaría viendo la humana en él. Se lamió el labio inferior viendo como ella seguía el gesto con la mirada, los pálidos labios se abrieron ligeramente dejando escapar un suave jadeo entre ellos… Sí, aquella era la reacción que siempre se esperaba de los humanos quienes se sentían absoluta e irremediablemente atraídos hacia los Faheris.
Él había viajado lo suficiente y presenció como aquellas inestables y mortales criaturas tendían a tirarse a sus pies, la seducción perdía su encanto a su lado convirtiéndose en presas que sucumbían ante la superioridad del cazador. No podía decir que detestara su raza, pero le resultaba lo suficientemente anodina e insulsa como para haber preferido quedarse en su hogar en lugar de tener que viajar al mundo de los humanos para cumplir con la expresa petición de Albys; el principesco y real grano en el culo de su regente y amigo de la infancia. Aryes, su hermosa y poderosa esposa estaba próxima a traer al mundo al heredero de su pueblo, la princesa había proclamado entonces su antojo por unos frutos que solo se encontraban en su antiguo mundo. La ahora reina de los Faheris había sido humana en su anterior vida, una humana única en su género y la única mujer que conseguía que hiciese prácticamente cualquier cosa por ella; inclusive convocar un puente de cristal multicolor para penetrar en un mundo donde la magia había sido olvidada y su pueblo convertido en cuentos y leyendas populares.
Lo que su reina había olvidado mencionar era la manera en que se recolectaban aquellos frutos. El destino había sido claro, el lugar perfectamente señalado, pero la manera de obtenerlos no tanto, después de todo, ¿qué sabía un guerrero y amante de las mujeres de cosechas y recolectas? En su caso, nada en absoluto.
La recorrió con la mirada, ella permanecía quieta a escasos pasos de él, su mirada había abandonado su rostro y parecía estar contemplando ahora sus ropas. Un cambio curioso sin duda.
—¿Debo suponer que te gusta lo que ves?



Nakira dio un respingo al escuchar la potente y profunda voz masculina que la sacudió rompiendo su momentánea ensoñación, sus ojos ascendieron rápidamente al rostro masculino encontrándose con unos vibrantes ojos gris oscuro, del color del cielo tormentoso.
Él le sonrió entonces, una simple mueca limpia y absolutamente sensual.
—Tranquila, no voy a hacerte daño alguno, más bien al contrario —continuó el desconocido caminando ahora hacia ella, sus botas pisando los erizos abiertos mientras la larga trenza se balanceaba a su espalda—. Pediría tu ayuda, si me lo permites.
Parpadeó un par de veces y abrió la boca, debiendo tragar antes de intentar hablar.
—¿Mi ayuda?
Él sonrió abiertamente, su sonrisa era pura sensualidad, al igual que sus andares.
—El fruto que está a tu alrededor, a tus pies —continuó acercándose lo suficiente para quedar a algo menos de un brazo de distancia—, el que se ha desprendido del árbol, lo necesito.
Ella parpadeó un par de veces de manera seguida aclarándose la mente. Su mirada bajó al suelo y todo lo que vio fueron castañas pisoteadas por las ruedas de algún coche y erizos abiertos y otros todavía verdes y cerrados.
—¿Las castañas? —murmuró alzando de nuevo su mirada.
Él paladeó la palabra.
—¿Castañas?
Harys la contempló durante un breve instante, recorriendo cada plano de su rostro, delineando con los ojos las arqueadas cejas negras, la altivez de su barbilla, la curva de su nariz y los hermosos ojos enmarcados por tupidas pestañas que contenían el color del bosque.
—Sí, ese es el nombre que ella dio —respondió y siguió con su mirada la de la mujer. Ella estaba contemplando el suelo con sorpresa—. Es un extraño nombre para un fruto, pero me temo que más extraño es aún el modo de recolectarlas.
La vio inclinarse hacia delante, apartando uno de los erizos con el pie haciendo que el fruto que todavía conservaba se esparciera por el suelo, los largos dedos femeninos acariciaron la piel marrón antes de cerrarse sobre ella e incorporarse. Para su sorpresa, ella estiró la mano hacia él, tendiéndole su premio.
—No tiene ciencia ninguna, solo tienes que pisar el erizo con un pie y abrirlo con el otro dejando las castañas al descubierto para poder cogerlas sin pincharte —respondió dejando caer los frutos sobre su mano abierta—. Joder… estoy peor de lo que pensaba, estoy hablando con una maldita alucinación…
Examinando el fruto en sus manos bajó nuevamente la mirada al suelo a un erizo que todavía estaba lleno y finalmente se giró hacia ella.
—Hazlo —le pidió señalando el erizo.
Ella arqueó una de sus oscuras cejas negras, sus labios se estiraron lentamente en una incrédula sonrisa.
—¿Perdón?
Le señaló nuevamente el erizo.
—Ábrelo y recoge el fruto.
La chica lo miró durante un instante y finalmente se echó a reír.
—Esto no puede estar pasando —murmuró para sí antes de avanzar hacia el erizo que le estaba indicando y en un par de movimientos abrirlo, dejando que las castañas se desprendieran de su cálida cama blanca—. No puedo creer que un tío como tú me esté pidiendo que recoja castañas… El golpe que me he dado ha tenido que ser brutal, no hay otra explicación.
Acortando la distancia entre ellos, le quitó el fruto de las manos, lo examinó y finalmente lo introdujo en una pequeña bolsa blanca que sacó del bolsillo.
—No deja de resultar interesante la manera en que respondéis todos los humanos ante algo que no podéis explicar —comentó dándole la espalda mientras recorría el suelo con la mirada hasta localizar un nuevo erizo—, aunque considerarme el producto de un golpe no es algo que me haga especial ilusión.
Ella abrió la boca para responder a eso, entonces la cerró, sacudió la cabeza y dio media vuelta.
—Me voy, con suerte despertaré en el asiento de mi coche, empotrada contra el muro de la entrada —murmuró para sí.
Apenas había dado un par de pasos cuando se encontró apretándose la mano con la nariz después de haberse dado un buen porrazo.
—Mierda, mierda, mierda… ¡joder!
La colorida respuesta de la mujer sorprendió a Harys, pero no fue nada en comparación a verla levantar la pierna para pegarle una patada a la barrera de espectros de colores que había levantado cuando ella decidió poner fin a su encuentro de forma tan abrupta. El grito femenino hizo eco en el solitario bosque y él no pudo hacer más que encogerse al verla saltar a la pata coja soltando una amplia gama de exabruptos de los que el más curtido de los guerreros estaría orgulloso.
—¡La madre que te…! —mascullaba dejando los saltitos para empezar a cojear—. Habíamos quedado en que tú eras un jodido producto de mi imaginación, posiblemente salido de un traumatismo, ¿de dónde demonios ha salido eso?
Arqueó una delgada ceja blanquecina y fijó su mirada tormentosa sobre ella.
—Temo que el golpe contra la barrera de luz te ha afectado la memoria, pequeña humana —aseguró—, yo no he llegado a ningún acuerdo contigo.
Nakira bufó, le dolían los dedos del pie igual que si hubiese golpeado un muro, pero allí frente a ella, a simple vista, no había nada.
—¿Y qué esperas que crea? ¿Qué eres... —alzó la mano y la abanicó arriba y abajo varias veces mientras lo miraba como si estuviese buscando una palabra para definirlo—, alguna clase de bicho raro, con un cuerpo endiabladamente sexy que no tiene otra cosa mejor que hacer que venir al bosque, en plena tarde lluviosa a recoger castañas?
Introduciendo los últimos frutos en la pequeña bolsa, la cerró y se la ató al cinturón para luego volver la mirada sobre ella.
—¿Bicho raro? —se ofendió—. Soy un Faheri, más conocido para los tuyos bajo el nombre de Fae, Tuatha Dé Danann… elige nombre —respondió con un ligero encogimiento de hombros—, y mi presencia aquí no es de tu incumbencia.
Ella se llevó las manos a las caderas.
—Por si se te ha olvidado, has hecho que recoja castañas para ti —respondió ella con un bufido.
Él sonrió para sí, de alguna manera aquella pequeña humana le recordaba a su reina, el desafío en sus ojos color musgo lo había visto antes en las peleas entre los monarcas.
—No son para mí —fue todo lo que dijo al respecto—. Pero tienes razón, has accedido a mi petición, así que te daré algo a cambio.
Ella frunció el ceño al verlo acercarse, instintivamente empezó a retroceder solo para verse nuevamente detenida por la fluctuante barrera que la había detenido la primera vez. Al tocarla, el brillo que emitía hacía que la imagen del otro lado se viese como a través de un húmedo cristal.
Siguiendo cada uno de sus movimientos, Harys se inclinó sobre ella atrapándola contra la pared de luz, hacía tiempo que había perdido el interés por las hembras humanas, con todo, esta poseía un aroma embriagador, suave y salvaje al mismo tiempo, a tierra mojada y bosque.
—¿Hay algún nombre por el que respondas?
La mujer se apretó incluso más contra la pared, como si quisiera mimetizarse con ella.
—Nakira —murmuró en respuesta, su mirada recelosa.
Nakira, un nombre extraño para una humana y con todo se veía correcto sobre ella.
—Nakira —lo repitió, saboreándolo—. ¿Qué es lo que deseas, Nakira?
Lamiéndose los labios, la chica se enderezó todavía atrapada, el cuerpo masculino demasiado cerca, su aroma demasiado embriagador y las locuras que salían de los labios del hombre, demasiado peligrosas.
—¿Qué te esfumes?
Aquella respuesta le sorprendió, pero no tanto como la intensidad que vio en los ojos femeninos, estaba diciendo la verdad, todo lo que deseaba de él era alejarse. Se echó a reír, no pudo evitarlo, aquella humana era bastante singular.
—Te diré lo que te daré a cambio de tu ayuda, pequeña Nakira —le susurró muy cerca del oído—. Te haré delirar de placer… lo que dure el arco iris.
Ella jadeó en respuesta, su mirada encontrándose firmemente con la de él en una lucha de voluntades.
—Pues menos mal que su duración es más bien corta.
Se echó a reír nuevamente.
—Nunca desafíes a un Faheri, pequeña —le respondió resbalando los dedos por su mejilla, probado su textura—. No podrás ganar.
—¿Te apuestas algo?
Nakira se mordió la lengua, ¿qué locura acababa de apoderarse de ella? Y más importante todavía, ¿por qué diablos no había salido corriendo? Ese hombre no podía estar bien de sus cabales, lo que él estaba diciendo… no, no podía ser real… nadie con su aspecto podía ser real.
—Déjame ir —exigió posando las manos sobre su sólido pecho desnudo.
Él respondió apretándose contra ella, pegando su cuerpo a lo largo del suyo, atrapándola con su envergadura al tiempo que bajaba la boca sobre la de ella y susurraba su respuesta.
—Después —le acarició los labios con su aliento—. Cuando esté a punto de desvanecerse el puente de luz. Si para entonces todavía lo deseas.
Nakira no pudo responder, las palabras se le ahogaron en la garganta cuando la boca masculina descendió sobre la suya instándola a la rendición.
Ella sabía a miel y naturaleza, su boca era una fuente de la que dudaba se cansara de beber, el cuerpo femenino se amoldaba perfectamente a su cuerpo, blandura contra dureza, femineidad contra dura masculinidad y un hambre como nada que hubiese conocido antes naciendo en lo más profundo de su ser.
—¿Quién eres? —se encontró preguntándole. Él la acariciaba tan íntimamente que no había espacio en el que pudiera esconderse.
Ella se estremeció bajo su asalto, giró el rostro huyendo de aquellos labios solamente para encontrarse deseando más de ellos.
—¿Necesitas que te refresque la memoria? —le dijo con un suspiro.
Él le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
—Un nombre no es suficiente para describirte.
Ella se estremeció al oír el sonido de la cremallera de su chaqueta, sintiendo a continuación el aire frío sobre la piel que dejaba expuesta la camiseta.
—Debes parar —insistió empujándole, intentando alejarle, pero cada vez era más difícil.
Un lento movimiento de la cabeza, sus manos amoldándose a sus pechos por encima de la camiseta.
—No hasta que me digas quién eres.
Ella se estremeció, ¿qué respuesta deseaba oír él? Le había dicho su nombre, ¿qué más podía querer?
—Te lo he dicho, me llamo Nakira.
Le mordisqueó el cuello.
—He oído tu nombre, pequeña, pero no es eso lo que deseo saber.
Ella logró apartarse ligeramente, sus ojos buscando los suyos.
—¿Entonces qué es?
Él la examinó cuidadosamente.
—¿A quién perteneces?
Ella sacudió la cabeza ante la extraña pregunta.
—¿Pertenecer?
Él asintió.
—¿Quién te posee?
Nakira frunció el ceño.
—No soy un objeto como para que alguien tenga que poseerme —declaró con un resoplido—. Y si lo que preguntas es si tengo pareja, pues no.
Aquello pareció satisfacer al sensual desconocido quien la atrajo de nuevo a sus brazos y bajó la boca sobre la suya, hundiendo su lengua, instándola a salir a jugar y enfrentarse con él.
—Cuando nos veamos de nuevo, Nakira, no volverás a dudar en tu respuesta —le susurró entonces al oído—, porque me pertenecerás a mí.
Acariciando sus labios una vez más se dispuso a demostrarle la realidad tras sus palabras y que la efímera duración del arco iris podía convertirse en toda una eternidad en los brazos de alguien como él.
Las manos masculinas sobre su piel eran tan reales como podían serlo, la presión del cuerpo masculino contra el suyo, el suave y agradable aroma a especias de su piel un potente afrodisíaco, Nakira no podía pensar y tampoco estaba segura de querer hacerlo, todo aquello no era más que una locura, lo sabía, pero no tenía fuerzas suficientes para negarse a la tibieza y la pasión que ardía profundamente en su interior pidiendo a gritos ser alimentada, ser saciada.
Sus propias manos vagaron sobre la piel masculina, sus dedos dibujaron los abdominales hasta la cintura del pantalón, una sola mirada hacia abajo le dejó claro que no era la única que se estaba excitando, ni mucho menos.
—Eres una hembra extraña —lo oyó susurrar en su oído—, ¿por qué lo ocultas?
¿Ocultar? ¿Ocultar el qué? ¿Y por qué demonios tenía que hablar precisamente ahora? Las manos masculinas le peinaron el pelo, apartándoselo de la cara, el pulgar le acarició el labio inferior mientras sus ojos se comían los suyos.
—Está todo aquí dentro —continuó acariciando ahora la depresión entre sus pechos. Era extraño el no sentir ya frío, por no hablar del hecho de que la estaba sobando _y ella se estaba dejando_ en medio del bosque, cualquiera que apareciese por el camino los vería—. Eres pasión en estado puro y nunca la has dejado salir, ¿por qué?
Sacudió la cabeza, ¿qué importaba eso ahora? ¿No podía por una vez un tío pensar con lo que tenía entre las piernas?
—¿Vas a hablar mucho rato más?
En vez de sentirse ofendido como ella esperaba, se echó a reír.
—Solo hasta que me contestes, pequeña.
Ella alzó su mirada y contempló el atractivo rostro masculino dándose cuenta por primera vez de algo bastante importante.
—Diablos, aquí estoy, liándome con un completo desconocido que muy bien ha podido escaparse de un psiquiátrico y ni siquiera sé su nombre —farfulló echando la cabeza atrás y suspirando—. De acuerdo, me equivoqué, sí se puede caer más bajo.
Una suave risa le acarició el oído un instante antes de oírle decir.
—Harys —su aliento le calentó la piel, provocándole un estremecimiento—, y no te preocupes por caer, pequeña Nakira, yo estaré justo debajo para recogerte y darte placer.
Sus ojos se encontraron durante un instante antes de que ambas bocas se unieran una vez más en un hambriento beso que borró todo pensamiento racional de la mente femenina, todo lo que podía hacer era sentir.
Harys sintió la instantánea rendición, el cuerpo femenino se relajó entre sus brazos, el aliento que huía de su boca pasó a ser parejo al suyo, en los ojos verdes solo había pasión, una pasión que él se encargó de alimentar con la suya propia utilizándola en su provecho para enmascarar su decisión. No sabía que tenía aquella pequeña humana, no sabía por qué había deseado obsequiarle con una retribución, pero la necesidad de hacerla suya había llegado al ver aquellos hermosos ojos verdes.
Convocando el poder que corría como sangre en sus venas, llamó al puente de la luz y permitió que los arrancase a ambos de aquel mundo y los devolviese al suyo, al frondoso jardín que se extendía más allá de las puertas de su habitación en el palacio donde podría dar rienda suelta a sus deseos.
Sonriendo rompió el beso el tiempo suficiente para deslizar las manos sobre el cuerpo femenino despojándola de cada pedazo de ropa hasta dejarla completamente desnuda y expuesta a su mirada, la sorpresa de sus acciones fue superada por el cambio de escenario.
—¿Qué…?
No era momento de palabras, su hambre se había desatado por completo, lo único que deseaba era poseerla, marcarla como suya para que nadie más pudiera acceder a ella, deseaba reclamarla como solo alguien de su raza podía hacerlo.
La ropa voló también de su cuerpo en el instante en que ambos tocaron el suelo, una mullida alfombra de hierba verde los recibió, las manos de Harys no dejaban de acariciarla buscando conocer cada uno de los recovecos del voluptuoso cuerpo, su boca sembró besos por el largo cuello bajando hasta detenerse sobre los pechos tomando posesión de los endurecidos pezones al tiempo que unos curiosos dedos encontraban el húmedo tesoro escondido entre sus piernas. La sentía retorcerse bajo él, su carne cediendo ante la intrusión de sus dedos en el apretado canal. Los gemidos femeninos empezaron a perlar el aire con una cadencia única, toda ella era fuego y pasión, un instrumento bien afinado que respondía a las manos expertas del músico.
—Eso es, pequeñita, ven a mí, entrégate, ríndete a mí y te llevaré a dónde ninguna humana ha llegado antes —le susurró con erótica cadencia—, haré que alcances el cielo y quieras renegar de la tierra.
Aquellas palabras obraban como un afrodisíaco en el cuerpo sobreexcitado de Nakira, él la estaba volviendo loca de pasión, había desatado una marea que la arrastraba cada vez más y que amenazaba con barrer con todo a su paso.
—Harys —pronunció su nombre, su cuerpo se arqueaba preso del febril calor del momento.
—Entrégate, Nakira, rompe esas cadenas y ven a mi encuentro —le susurró al oído.
Retirando lentamente los dedos ahora humedecidos por su femenina humedad se abrió paso entre sus muslos, su pene respondía con ferocidad a la pasión arrolladora de aquella mujer, la necesidad de sumergirse en su tibia carne amenazaba con sobrepasarlo todo, la deseaba con una intensidad que nada tenía que ver con lo que había vivido y sí demasiado con aquello que había estado intentando evitar a toda costa. Aferrándola por las caderas, la atrajo hacia sí, instándola a rodearle con sus largas y firmes piernas, su sexo rosado y goteante preparado para recibirle.
Habit hela tir ersa tarse Nakira —musitó en voz suave, con una cadencia casi musical mientras se conducía lentamente en su interior.
—Oh dios —aquello fue lo único que fue capaz de articular ella durante toda la asombrosa experiencia.
Su amante de ensueño era un verdadero mago o fae cuando se trataba del sexo, su cuerpo reaccionó a sus demandas y respondió a aquello que se le exigía. Ella perdió la cuenta de las veces que se corrió en los brazos de aquel hombre, pero cada vez que su cuerpo encontraba el alivio su alma era abrigada por los mismos pasionales cuidados que encontraba en sus brazos.
El cielo pasó pronto del azul a un tono más oscuro cuando el sol, o lo que debía ser el sol empezó a ponerse, en algún momento de las últimas horas habían dejado la verde cama para trasladarse a una de sábanas blancas y plumas dónde habían seguido retozando hasta que el cansancio fue demasiado para ignorarlo.
Saciada y arropada en la cómoda cama, lo vio cernirse una vez más sobre ella, su pelo blanco ahora suelto caía a ambos lados de su rostro como una cascada de nieve.
—¿Quién eres? —le susurró al oído, su voz llegaba lejana a través de los latidos de su propio corazón.
Ella se lamió los labios.
—Nakira.
Él bajó la boca sobre la suya en un tierno y suave beso.
—¿Quién te posee?
Ella gimió bajo su boca, enlazando su lengua con la de él durante un breve instante antes de que se alejara rompiendo el beso para preguntar de nuevo.
—¿A quién perteneces?
Ella alzó los ojos verdes y se lamió los labios, sus manos acariciando el sedoso pelo blanco.
—Me parece que ahora mismo a ti —respondió dejando vagar su mirada por él—, y no me molesta tanto como debería.
Él se echó a reír y le acarició la mejilla.
—Dame tiempo, pequeña y conseguiré que no te moleste en absoluto.
Ella suspiró, no podía dejar de mirarle. Tenía infinidad de preguntas que hacerle, necesitaba respuestas para todo lo que había ocurrido pero no sabía por dónde comenzar.
—Quizá ayudara el que empezases a dar explicaciones —aseguró incorporándose en la cama hasta quedar sentada. Se aferró a la suave cobertura para cubrirse y lo miró—. Porque voy a necesitar una cuantas para comprender todo esto.
Él le acarició la nariz con el dedo y mantuvo aquella enigmática sonrisa.
—Mi príncipe va a llevarse una gran sorpresa —aseguró al tiempo que la atraía hacia él, sentándola en su regazo—, pero será ella la que se ría hasta el fin de los tiempos.
Nakira alzó la mirada hacia él, sus dedos acariciándole el rostro.
—¿Ella?
Él echó un vistazo más allá de la habitación.
—Aryes —le brindó un nombre—. La esposa de mi señor.
Se inclinó hacia ella y le acarició el rostro con ternura.
—Se le da muy bien dar malas noticias —hizo una mueca ante el recuerdo.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué malas noticias?
Suspiró.
—Ella me dijo una vez que mi resolución duraría lo que el arco iris —aseguró con un profundo suspiro—. Odio tener que darle la razón.
Su amante humana lo miró con esa expresión de sospecha que empezaba a reconocer.
—¿Y acertó?
Él la tendió una vez más sobre la cama.
—Sí, Nakira —se tumbó sobre ella—. Ya sabes que el tiempo de los arco iris en la tierra es efímero. No podría haber esperado más a reclamar aquello que ya considero mío.
Bajó sobre su boca y se la saqueó con un húmedo beso.
—¿A quién perteneces, Nakira? —le preguntó entonces.
La mirada verde se clavó en la suya y no hubo vacilación en su respuesta.
—A ti, Harys, a ti.
Él asintió y volvió a besarla. Sí, le pertenecía y lo haría eternamente, en esta vida y en todas las siguientes pues ella era el arco iris que iluminaría su sendero en cualquier mundo en el que se encontraran.




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