Devuélveme lo
que me has quitado.
Dame
lo que una vez fue mío.
Vuelve
a mí…
En sueños seguía llamándome.
Ella fue quién dio luz a mi comprensión y me otorgó
una comprensión más allá de mi propia existencia, me hizo entrega de la excusa
que necesitaba para romper con una tradición milenaria y emerger del anonimato
en el que habían empezado a sumergirse aquellos que compartían mi sangre y mi
destino, un olvido que un día yo mismo deseé.
La humanidad hacía tiempo que dejó de importarme a
pesar de que una vez formamos parte de ellos, estaban tan ensimismado en acabar
consigo mismos que no veían lo que la vida les ofrecía. Demasiado pagados de sí
mismos, con vidas demasiado cortas e insignificantes, dejaron de ser un interés
para mí y se convirtieron en otra de tantas cosas que despreciaba sin saber en
verdad que había tras sus deseos.
Qué equivocado estaba.
Que altivo y orgulloso fui al pensar que mi sola
persona era superior a la de cualquiera de ellos, tuve que encontrarme con
ella, verla como un juego insignificante para comprender por fin que incluso la
más pequeña de las vidas puede convertirse en la más grande de las bendiciones.
En aquel entonces no era más que otro de tantos
inmortales aburridos de su propia existencia, envuelto en el tedio y demasiado
pagado de sí mismo como para reparar en consecuencias.
Para mí las mujeres no eran sino un juego, veía
caer una y otra vez a las más bellas en mis brazos, sucumbir al placer y
entregarse como si no les importase ni siquiera su propia vida. Así que
rechazarla a ella resultó casi divertido, negarme a aceptar sus favores y
cambiarlos por los de alguien más común, una inconciencia que pagué cara.
«¿No
me deseáis? ¿No os parezco hermosa?».
«El deseo y la belleza han dejado de llamar mi
atención, la inmortalidad me resulta cada vez más tediosa, prefiero la brevedad
e ingenuidad de aquellos que poseen vidas finitas, como preferiría ahora a la
más común de las hembras mortales antes que a la más hermosa de las reinas
eternas».
Si hubiese meditado mis acciones durante un solo
instante, me habría dado cuenta de mi error, habría reconocido en ella el poder
y la dignidad que estaban por encima de la mía y me habría librado de las más
amargas consecuencias.
El castigo que se me impuso fue ejemplar pues era
mi deber dar ejemplo. Para ellos supuso un juego, uno en el que yo era parte
del tablero, una de sus fichas para mover, una insignificancia ante la poderosa
magia que yo había despreciado.
—Ya que tan poco interés despiertan en ti nuestras
adorables y exóticas mujeres y encuentras dignas de tu placer a las frágiles
hembras mortales —le había dicho su soberano con ese aire arrogante que
empleaba para fustigarle—, te encomendaré una única misión.
Tragó, su voz no admitía lugar a disculpas o
excusas de ningún tipo. Quise suplicar, pero sabía que ninguna súplica sería
suficiente. No tenía miedo de su juicio pues lo sabía justo, pero demasiados
años de amistad y compañerismo le hacían saber también que no dudaría en darle
una lección.
—¿Mi señor? —preguntó, deseando con todas sus
fuerzas que su castigo no fuese demasiado severo.
—Me agradecerás que te aparte de la viborilla a la
que has ofendido con tus palabras, Aedan —le aseguró con una cómplice
sonrisita, entonces añadió ya en voz alta y para toda la corte que esperaba el
veredicto—. Vivirás durante tres lunas como un mortal. Caminarás por su mundo,
respirarás de su aire y sentirás lo que ellos sienten, padecerás en tu carne
inmortal lo que padecen esos seres menos afortunados y sufrirás el paso del
tiempo como ellos lo sufren.
››Día tras día, desde ahora hasta que se alce por
tercera vez la luna llena, dormirá tu magia, dormirá tu inmortalidad caminarás
en el mundo como aquellos a los que veneras… hasta que tus pasos te lleven a la
última de las Darach que todavía
habitan en el mundo de nuestros antepasados. Así lo proclamo y así sucederá.
Recuerdo como mi sangre se espesó por primera vez
en mis venas, como sus palabras dieron paso al sello sobre mi destino. Mi magia
se extinguió, mi inmortalidad dio paso a una frágil mortalidad y mi vida
descendió a los infiernos hasta que, tal y como estaba escrito que sucedería,
encontré a aquella que me debía estar prohibida.
La luz del sol se filtraba a través de las
persianas que mantenían la habitación en penumbra, se derramó sobre el dorado
edredón y acarició el inmóvil cuerpo femenino. Keira permanecía tumbada de
espaldas contemplando con gesto abstraído el techo. Las lágrimas que había
derramado hacía tiempo que se secaron sobre sus mejillas y dejaron un apagado
brillo de dolor en sus ojos. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba en
esa misma posición, recordando los momentos en los que él estaba su lado,
aquellos en los que sus días perdían la monotonía y se convertían en todo un
desafío, en una constante sorpresa…
Pero esos días habían quedado atrás y él ya no
estaba con ella.
El despertador conectado con la radio se encendió
en el dial que siempre tenía programado, no necesitaba mirarlo para saber que
ya era hora de que se levantase y empezase a vivir de nuevo.
Había sido advertida, su tiempo sería finito y lo
fue.
«Debes
vivir, Keira… por mí».
El nítido sonido de sus palabras y la calidez de su
voz vivían todavía en el recuerdo. Se giró de lado y enterró el rostro de nuevo
en la almohada en un intento por contener los gemidos que brotaban de su
garganta y que se hacían eco del dolor que habitaba en su corazón.
«Olvida
las lágrimas y enfrenta la luz de un nuevo día. Hay fuerza en tu interior, una
de raíces ancestrales, aférrate a ella y continúa con tu vida».
Pero, ¿cómo ser fuerte cuando todo lo que realmente
importaba se había ido con él? ¿Cómo se atrevió a obligarla a jurarle que
seguiría adelante, que viviría por él a pesar de no volver a tenerlo nunca más
a su lado?
No era tan fuerte, jamás lo sería sin él.
El locutor de la radio anunció una nueva canción en
su programa y el estribillo comenzó a sonar inundando la habitación de fuertes
notas a las que no prestaba atención, la secuencia de luces multicolor que
continuó al inicio de la alarma solo consiguió que se incorporase un momento y
dejase caer la mano con fuerza; el aparato salió volando para estrellarse con
la pared quedando al momento en completo mutismo.
Con el enredado pelo rubio cayéndole delante de los
húmedos e hinchados ojos, permaneció sentada por unos momentos contemplando el
destrozo que acababa de hacer.
—¿Qué estoy haciendo?
No podía seguir así, no podía enclaustrarse para
siempre en aquella pocilga en la que se había convertido su dormitorio en las
últimas semanas.
Deslizó la mirada por la habitación e hizo una
mueca al ver trozos de pizza a medio comer, latas de refrescos y vasos de leche
ya cuajada sobre muebles o el mismo suelo, todo ello revuelto con su propia
ropa.
No podía seguir así pero hacer a un lado las mantas
significaba dar un paso adelante y enfrentarse a su propia realidad, una
demasiado dolorosa.
Tienes que levantarte. Si no por ti, hazlo por
él, no creo que le guste verte en el estado en el que ahora te encuentras,
donde quiera que esté.
—No puedo…—se respondió en apenas un murmullo
apagado.
¿No
puedes? Di mejor que no quieres. Claro, es mucho más fácil quedarte en la cama
y dejarte morir poco a poco. Quizá incluso puedas hacerte famosa. Ya estoy
viendo la noticia que darán por televisión: Encontrada muerta en la cama de su
propio dormitorio. La autopsia indica que debía llevar muerta más de 3 años.
Nadie se explica cómo los vecinos no se dieron cuenta de ello.
—¡Oh, cállate de una maldita vez! —exclamó poniendo
punto y final a la aguijoneante parte racional de su propia conciencia. Hizo
las mantas a un lado y bajó las piernas al suelo, los dedos de sus pies apenas
tocaron la alfombra. Necesitaba espabilarse, comenzar a moverse, pero lo que en
realidad quería hacer era volver a meterse entre las sábanas y dormir de nuevo
para que el olvido acudiese a ella.
«Keira…
tienes que olvidarme».
Su voz sonaba en su cabeza y en sus recuerdos, su
tacto estaba impreso en cada zona de su piel. No podía olvidarlo, era
imposible.
—No… —susurró contestando a sus propios recuerdos—.
No puedo… no quiero…
Se llevó las manos a la cabeza con gesto frustrado
en un intento por borrar los recuerdos de aquella miserable despedida de días
atrás.
El cielo había empezado a teñirse del color del
atardecer, rosas y violetas se mezclaban con la línea del horizonte mientras la
suave brisa del mar le acariciaba la piel como si quisiera consolarla para lo
que estaba a punto de suceder.
Se habían dado cita en el mismo rincón de siempre,
el lugar en que habían reído y compartido mil y una cosas, el mismo en el que
se habían amado por primera vez. Su rostro había estado más serio que de
costumbre, pero poco podía imaginar que se debía a una pronta separación:
—No puedo demorar por más tiempo mi partida —le
había dicho. Todavía podía recordar la manera en que su pelo, siempre recogido
en una larga coleta, era mecido por la brisa del mar. Unas tupidas pestañas
protegían un par de ojos del color del whisky añejo y la barba de un par de
días había poblado sus mejillas dándole un aspecto común a pesar de su
aplastante atractivo—. Ha llegado el
momento de decir adiós.
Siempre supo que había algo extraño relacionado con
Aedan. Sus modales, la forma en que hablaba, sus primeros encontronazos, todo
ello la había hecho sospechar de su posible procedencia, pero prefirió no
preguntar por miedo a que la respuesta fuese una que no pudiese soportar.
Un hombre como él jamás se fijaría en una cosita
insignificante como ella, pero él lo había hecho, le había dicho era la más
especial de las mujeres solo para citarla en aquel momento y decirle lo que
tanto había temido; su tiempo juntos se había agotado.
—No —había susurrado casi como una súplica—.
Quédate.
En sus ojos notó por primera vez en los tres meses
que habían estado juntos el reflejo de muchas cosas, entre ellas, la pena.
—No puedo, Keira —negó con pesar. En sus ojos se
reflejaba la duda, un profundo pesar y un borde de rencor tan intenso que
chamuscaba, pero no era hacia ella, nunca hacia ella. Keira siempre había
sabido que había algo más en él de lo que Aedan le había mostrado. Quién era,
de donde venía, todo aquello había sido como un hermoso misterio en medio de su
romance—. Es hora de que me olvides, de que dejes atrás todo lo que ha
sucedido.
Había abierto sus enormes ojos sin entender, sus
rosados labios habían articulado una silenciosa negativa, las lágrimas
brillaban que brillaban ya amenazando con desbordarse.
—No —consiguió dar voz a su silencio—. No haré tal
cosa. ¡Jamás!
Una sombra de dolor cruzó por la mirada de él
cuando vio las primeras lágrimas deslizándose por sus mejillas. No quería verla
llorar, no quería verla sufrir de esa manera, no era justo. Él era el único
merecedor de castigo, no ella.
—Keira —susurró su nombre, su mano bronceada y de
dedos largos ascendió hasta acunar su mejilla—. No es mi intención causarte
dolor, nunca pretendí algo así cuando nuestros caminos se cruzaron. Mi eterna, no permitas que la oscuridad
inunde tu alma, eres demasiado valiosa aún si tú todavía no lo entiendes. Debes
continuar con tu vida, disfrutar de cada instante como sólo tú sabes hacerlo,
como me has enseñado a valorarlo. Vive, mi Darach,
hazlo por mí.
Negó con la cabeza en un gesto de impotencia.
—Aedan… —su voz fue una tierna súplica.
Aedan se obligó a apretar los dientes y no
estirarse y abrazarla. Ella era todo lo que deseaba, lo que había sido enviado a
buscar y lo cuál no podía reclamar como suyo.
Una Darach,
la última de una larga estirpe de druidas que habían sido protegidas por su
propia raza, veneradas y que se habían extinguido bajo el peso de los siglos.
¿Cómo podía haber ocurrido aquello? ¿No era
suficiente castigo despojarlo de todo y enviarlo al mundo de los humanos que
ahora debía desprenderse de aquello que había llegado a atesorar?
¿Qué regalo podía resultar la inmortalidad si debía
pasarla solo?
Dejó resbalar la mano de su mejilla, cayendo
libremente a su costado, sus ojos buscando la mirada femenina, necesitando
pedirle una última cosa.
—Necesito preservarte, necesito que tu vida
continúe —le aseguró—. Júrame que lo hará, júrame que continuarás con tu
camino, que mirarás hacia delante y buscarás el futuro.
Keira negó con la cabeza, las palabras se le habían
atascado en la garganta.
—No tienes derecho a pedirme algo así.
Pero él insistió, necesitaba su palabra, su alma
necesitaba la paz que solo su promesa podía darle, pues su corazón ya había
empezado a morir.
—Prométemelo, Keira.
Ella negó nuevamente con la cabeza, las lágrimas
desbordándose por sus mejillas.
—No puedo.
Aedan enmarcó entonces su rostro con ambas manos
acercándola a él para saborear de sus labios una última vez su calor y dulzura.
—Prométemelo, Keira —insistió pegando su frente a
la de ella—. Por favor, necesito saber que estarás bien.
Entre lágrimas, sintiéndose más sola de lo que
nunca se había sentido, asintió con la cabeza y susurró.
—Te lo prometo —susurró ella.
Él asintió. La pena se reflejaba en sus ojos cuando
besó sus labios por última vez y dio un paso atrás y luego otro, su alma
haciéndose pedazos con cada paso que retrocedía.
—No temas extender tus almas —susurró, sus palabras
acunadas por la brisa del mar llegaron hasta ella con una cadencia distinta,
misteriosa—. Sé que podrás volar muy alto.
—Aedan —suplicó extendiendo su mano hacia él—. Por
favor.
—Siempre te llevaré en mi corazón, mi Darach.
Cuando la última de las palabras abandonó sus
labios, la brisa se levantó con fuerza, alzando la arena del suelo. Tuvo que
protegerse los ojos y cuando por fin pudo volver a abrirlos, se encontró la
playa totalmente vacía.
Él se había marchado.
—No… —susurró mientras su corazón se hacía pedazos,
un nudo de angustia se instaló en su pecho impidiéndole respirar, el dolor era
tan intenso que sentía que jamás podría recuperarse.
No supo cuanto tiempo estuvo llorando en aquella
playa, ni como había vuelto a su pequeña casa. La promesa que él le había
arrancado pesaba con fuerza en su alma, tanto o más que su separación incluso
varios días después.
Deslizó los ojos hacia una de las ventanas, las
persianas estaban bajadas, pero la luz del sol insistía en colarse a través de
ellas, un tibio recordatorio que incluso en la más absoluta oscuridad podía
filtrarse la luz.
Debía seguir adelante, por él, por sí misma,
cumpliría su promesa.
Con un profundo suspiro, esquivó algunos cartones y
envases esparcidos por el suelo, se dirigió hacia la ventana y levantó la
persiana, dejando que la luz de un nuevo día inundara la habitación. Sus ojos
lloraron ante la inesperada claridad, pero acogió con alivio el ardor que le
indicaba que no había muerto por completo y que su corazón todavía podía
sentir.
Cuando por fin consiguió mirar a su alrededor sin
que le cayesen las lágrimas hizo una mueca, su habitación estaba mucho peor de
lo que había pensado, acercando la nariz a su arrugado pijama la hizo
consciente de que no era sólo la habitación; ella misma necesitaba una ducha.
—De acuerdo, Keira —musitó para sí misma—, es hora
de seguir adelante.
—Keira… lo siento, alma mía.
El Rey de los Tuatha
Dé Danann suspiró profundamente al ver al más apuesto y leal de sus
súbditos penando por una mujer y, no cualquier mujer, una humana, la última de
las Darach.
Aedan era su mano derecha, en un mundo en el que la
magia reinaba y regía el movimiento de las vidas, tener a alguien como el joven
a su lado era un lujo con el que muy pocos podían contar, él era además
especialmente afortunado al poder llamarle amigo.
Sin embargo, el joven Tuatha Dé Danann había sido también demasiado arrogante para su
propio bien. El conflicto creado con aquella pequeña y caprichosa dama de la
corte feérica a la que había rechazado hablaba por sí solo. No podía negar que
le había divertido la negativa de su amigo, siempre era interesante ver cómo le
paraban los pies a una de sus exuberantes mujeres, sin embargo, la diplomacia
no había sido uno de los fuertes del muchacho.
La inmortalidad podía resultar peligrosa en el peor
de los casos, él mejor que nadie era consciente de ello, el tedio a menudo
envolvía a los de su clase convirtiéndolos en seres arrogantes y carentes de
empatía o piedad y aquello era algo que no deseaba para el joven Aedan.
Una pequeña lección sería tan beneficiosa para el
orgullo masculino como para la irritante hembra que lo había propiciado.
Castigándole mataba dos pájaros de un tiro: se quitaba de encima los lloriqueos
de la irritante hembra y concedía a su amigo una nueva perspectiva que le haría
madurar.
Y había madurado, más allá de todo lo posible,
había madurado y encontrado aquello que jamás pensó que sería hallado.
La última de las Darach, la última de una larga estirpe y con el poder de hacer de
la inmortalidad de un Tuatha Dé Danann, algo
mucho más interesante.
En tres meses mortales, el ser inmortal había
entendido que una vida, fuese de la raza que fuese, era tan valiosa como la
propia. Que la mortalidad era algo finito y que los mortales sabían mejor que
nadie que cada pequeño momento vivido debía ser atesorado.
—Parece que tu castigo no ha hecho sino traer
consigo un pesar mucho mayor, mi señor.
Los ojos de un azul transparente del rey de los Tuatha Dé Danann se volvieron hacia la
melodiosa voz femenina que sonó a su espalda. Una pequeña y blanca mano se posó
sobre uno de sus hombros mientras la dueña de aquella entraba en su rango de
visión. De complexión delicada y pequeña, vestida con ricas telas que moldeaban
un lujurioso cuerpo, Arielle, su reina y consorte le sonrió.
—Quizás hubiese sido más provechoso dejar que
Eireleen se hubiese salido con la suya —murmuró tomando asiento al lado de su
esposo—. Aedan habría sabido arreglárselas antes o después con sus rabietas.
Tomó la mano de su esposa y se la llevó a los
labios con un obvio gesto de cariño.
—Pero eso no habría hecho nada en absoluto por él
—respondió suavemente la mano femenina—. La juventud, el orgullo y el exceso de
confianza son pasajeros, pero el tedio persiste y con él llegan las malas
decisiones. No, Aedan necesitaba ver y entender por sí mismo que la humanidad
no son seres tan inferiores, que disfrutan de la vida y la valoran incluso más
porque es mucho más corta que la nuestra.
—Sus mujeres, sin embargo, pueden ser tan ladinas e
interesadas como las nuestras —le recordó ella—, debías haber pensado en eso
antes de enviarlo directamente en el camino de esa pequeña Darach.
—Lo pensé, querida mía —aseguró con una carcajada—,
por eso lo puse directamente en el camino de esa pequeña humana con sangre
ancestral. Su alma contiene tanto poder como la vida de un inmortal, con el
beneficio y la experiencia que le da una vida humana. Era la candidata perfecta
para hacer caer a nuestro chico de su pedestal… aunque confieso que no esperaba
que Aedan terminase prendándose de esa manera de ella.
—Y ella de él, mi señor —le recordó con suavidad—. Ella
ha sabido ganarse el corazón de un inmortal y ha recompensado a tu querido
amigo con el suyo.
La reina contempló en el orbe de luz al más apuesto
y arrogante de sus súbditos, apenándole verle penar por una humana. Había
habido un tiempo en el que él sólo había tenido ojos para las damas de la
corte, los mortales nunca habían llamado su atención, más bien al contrario,
los había encontrado como seres defectuosos con vidas demasiado cortas, había
considerado incluso la falta de magia en su mundo algo inexplicable.
Arielle suspiró, sabía por lo que estaba pasando el
joven. Había habido una vez, hacía ya demasiado tiempo como para ser recordado,
en el que ella misma había sido amada por un mortal. La intensidad y la pasión
que había conocido en un breve tiempo había sido tal que se grabó para siempre
en su alma inmortal dejando una permanente cicatriz que ni siquiera ahora,
amando con todo su ser a su esposo y consorte, podía ser borrada.
El joven siempre había sido el favorito de las
mujeres, casi cada dama en la corte podría jurar haber estado en sus brazos al
menos en una ocasión, pero el arrogante muchacho decidió echar por tierra sus
posibles rechazando a la hermosa y caprichosa dama. La muchacha no había
tardado en hacer de dominio público su ofensa atrayendo la atención de su rey.
No le quedó más remedio que poner punto y final al conflicto castigando al más
querido de sus súbditos, a su amigo, casi un hermano. Aquello actuó también
como una advertencia para el resto de la corte, quién vio que su gobernante
aplicaría la ley incluso a los que más amaba.
—Keira. —Su consorte murmuró el nombre de la mortal
y sacudió la cabeza al tiempo que se levantaba y tendía la mano a su reina.
—¿Majestad? —preguntó mirándole con una delgada
ceja dorada arqueada.
Suspiró y la miró con un gesto que decía claramente
lo que opinaba en realidad.
—Empieza a cansarme de veras verlo penando por esa pequeña
Darach —fue la única respuesta que
dio antes de descender con ella los peldaños que separaban su trono, para
cruzar a través de uno de los altos arcos y trasladarlos casi al instante a la
misma sala en la que el Aedan suspiraba.
Aedan alzó la mirada en cuanto oyó pasos, su
sorpresa inicial pronto cambió a una seria máscara, dejó su postura relajada
sobre el alfeizar de la ventana a través de la cual había estado viendo el mar
y se volvió con una reverencia hacia sus monarcas.
—Majestades. —Los recibió como dictaba el
protocolo, aunque en aquellos momentos, lo único que deseaba era que lo dejasen
en paz.
—Aedan —se adelantó la reina, tendiendo ambas manos
para tomar las del muchacho—, me alegra verte en casa, sano y salvo, amigo mío.
Él se limitó a asentir secamente.
—Mi señora.
Su rey sin embargo no se anduvo con tantos rodeos y
fue directo al grano.
—¿Piensas seguir penando mucho tiempo más por esa
insulsa humana?
La pregunta fue directa, una flecha lanzada
directamente hacia su alma. Si no lo amase tanto, si no lo considerase casi un
hermano, lo odiaría por lo que había conseguido con su castigo.
Desvió la mirada hacia la ventana en la que había
estado sentado tomándose un momento para organizar sus pensamientos y
finalmente se giró de nuevo hacia él.
—¿Puedo pediros algo?
Si se sorprendió por su tono firme y frío, el rey
no dio muestras de ello. Por el contrario, adoptó esa expresión de palpable
curiosidad y le invitó a continuar con un gesto de la mano.
—Puedes.
Su petición tardó unos segundos en acudir a sus
labios, pero cuando por fin lo hizo, sus ojos reflejaron la súplica que había
en sus palabras.
—Borrad el recuerdo de estos tres meses a la Darach llamada Keira —pidió, su mirada
no se apartó ni un sólo instante de los ojos de su padre—. Ahorradle este
sufrimiento innecesario.
Frunciendo el ceño, su rey sacudió la cabeza y
suspiró profundamente antes de volverse a su consorte, quién asintió
lentamente.
—¿Por qué debería de hacer tal cosa? —le preguntó
su monarca, girándose ahora de nuevo a él.
Apretó los puños a ambos lados de las caderas y respondió
en un tono más suave y calmado de lo que realmente se sentía.
—Por que es inocente de toda esta pantomima y vos
no herís a los inocentes —declaró con toda la firmeza y seguridad de la que fue
capaz—. Ella no es más que una pequeña e insignificante humana, su vida es
corta así que dejad que la viva con la intensidad con la que disfruta de todo
lo demás, ahorradle este innecesario dolor… os lo ruego.
El monarca se frotó la mandíbula y contempló a su
fiel compañero.
—Con qué pequeña e insignificante —respondió el
hombre con gesto pensativo—. Es una Darach
y no veo que eso te haya detenido a la hora de arrebatarle lo que era solo
suyo para entregar.
Aedan se tensó, conocía muy bien a su rey y su
gusto por las mujeres, a pesar de que amaba a su reina, no tenía inconveniente
alguno en seducir a cualquier mujer que se le atravesara en el camino o llamase
su atención. Cuando se era inmortal y su existencia iba más allá del albor de
los tiempos, la monotonía era algo peligroso, y aquellos dos seres que se alzaban
ante él no eran una excepción, ambos habían tenido y tenían amantes, con todo
seguían tratándose con respeto y cariño. Con todo, la sola idea de que su
monarca estuviese remotamente interesado en Keira hacía que le hirviese la
sangre como nunca antes lo había sentido, lo cual no dejaba de resultar
curioso, dado que ellos habían compartido amantes con anterioridad.
Pero Keira no, su pequeña Darach no. Ella era demasiado pura, demasiado importante,
demasiado… suya.
—Dejadla vivir como una humana normal, prohibid que
cualquier miembro de la corte se acerque a ella —pidió, sabiendo que se
arriesgaba con sus palabras.
El rey lo miró durante unos breves instantes, pero
fue la reina quien habló.
—¿Cualquier miembro de la corte, Aedan? —repitió su
petición—. Eso debería incluirte también a ti.
Aedan volvió la mirada hacia la mujer y vio en sus
ojos la comprensión que traían consigo sus palabras.
—No deseo más que volver a verla, mi señora —aceptó
él con sentimiento, entonces se volvió hacia el rey—, pero si con esto le
ahorro dolor y sufrimiento, acataré con gusto cualquier restricción que me sea
impuesta.
El monarca sacudió la cabeza y resopló
profundamente.
—Si llego a saber que este iba a ser el resultado,
nunca habría permitido que pasases tiempo con la última de su clase, amigo mío
—aseguró extendiendo una mano para posarla sobre el hombro masculino—. Estás
enamorado de ella, Aedan, a pesar de poseer sangre ancestral, es un ser finito…
tu tiempo justo a ella sería… efímero.
—Un tiempo que atesoraría durante toda la eternidad
—aseguró con voz rota—. Preferiría estar un solo instante a su lado que toda
una eternidad sin su recuerdo.
Aedan no podía si no sentirse burlado por sus
propias palabras. Cuando había aceptado sin más aquel castigo, había estado
convencido de que podría demostrarle a su amigo y monarca lo equivocado que
estaba en su deferencia ante la raza humana. El tiempo de los mortales era
efímero comparado a los de su raza, su estancia no sería más que unos cuantos
granos de arena en el vasto reloj del universo y así se lo haría ver. Gozaría
de las comodidades de aquel primitivo siglo, se pasearía entre los humanos como
uno de ellos y volvería a casa con la cabeza en alto.
Qué pretencioso había sido y cuánto se había
equivocado en sus suposiciones, había tenido que ser una sencilla mujer mortal la
que le pegara una patada en su pomposo culo para que se diese cuenta de su
error.
Aedan había abandonado el mundo donde era un
inmortal y miembro de la corte para aparecer en el de los mortales como uno de
ellos. Sus poderes y su inmortalidad le habían sido extirpados, el dolor que
había sentido en aquel instante no se podía comparar con nada. De repente el
peso de la mortalidad y el tiempo había caído con fuerza sobre él cogiéndolo
con la guardia baja, aterrándolo durante más tiempo del que deseaba confesar.
El miedo a la muerte nunca antes había formado
parte de su existencia y durante aquellos días había sido un recordatorio
constante en cada paso que daba.
Solo, en un mundo desconocido, bajo la identidad que
le había sido facilitada por su rey, Aedan Halik se convirtió en uno de tantos
joyeros artesanos de una pequeña ciudad costera, poseedor de una tienda en una
tranquila calle cerca del centro en la que se había pasado los primeros días
maldiciendo en todas las lenguas conocidas su propia estupidez y la de su rey
para finalmente abandonar su encierro y adentrarse en la selva desconocida que
se extendía ante él.
Poco a poco empezó a familiarizarse con los
entresijos de la época, con los avances tecnológicos de los que estaban tan
absurdamente encantados, su conducta y sobre todo, con sus mujeres. Las hembras
humanas de aquel tiempo eran casi tan liberales como las mujeres Tuatha Dé Dannan, no ponían pegas en
irse a la cama con cualquiera si ello obedecía a sus planes y, al igual que las
hembras de su raza, ellas eran frívolas, egoístas y caprichosas, ocultaban sus
arrugas o su acné bajo enormes capas de maquillaje que las convertían en algún Picasso
andante. Con el paso de los siglos se había olvidado la belleza clásica de una
cara limpia y fresca, los vestidos y camisolas de los siglos medievales habían
sido substituidos por prendas que bien podían ser un substituto de aquello que
llamaban pijama; una estúpida idea humana el tener una línea de prendas para estar
en la cama.
La ciudad a la que había ido a parar estaba llena
de esas mujeres, donde quiera que mirase, alguna dama se estaría arreglando el
pelo mirando su reflejo en el escaparate, se subiría discretamente las medias o
pediría a cualquier desconocido que le diese fuego.
Quizás, por eso mismo «ella» le llamó la atención
con su pelo rubio mal trenzado, unas pequeñas gafas sobre su pecosa nariz y el
vestido estampado que se ajustaba a sus pequeños pechos cayendo holgadamente
por sus caderas.
Pero era más que eso, había algo en su manera de
caminar, de observarlo todo con detalle que le resultaba demasiado extraño en
aquel mundo de «plástico».
Un mundo en el que cualquiera estaba dispuesto a
derramar sangre por tan solo unas pocas monedas que pudiera encontrar en un
bolso o en el que una tímida muchacha de largo pelo rubio y bonitos ojos lo
confundiera con el estúpido ladrón que había intentado quitarle sus escasas
pertenencias. Tenía que añadir además, que no se había medido a la hora de
presentarle su rodilla a su orgullosa entrepierna.
Sí, Keira desde luego no había formado parte de
aquel grupo de hembras.
Sacudiendo la cabeza para hacer a un lado aquellos
pensamientos, se volvió hacia su rey y volvió a pedirle, con una rodilla en
tierra, que cumpliera su deseo.
—Os lo ruego, borrad sus recuerdos —suplicó
nuevamente—. No quiero verla sufrir por mí… no me merezco sus lágrimas, ni su
amor.
El cuenco de cereales parecía querer burlarse de
ella cuando el contenido empezó a crepitar al agregarle la leche. Removió la
mezcla con desánimo mientras echaba un vistazo a las noticias que emitía la
televisión de mesa que había comprado algunos años atrás en una tienda de
segunda mano.
El pelo mojado peinado hacia atrás dejaba ver una
cara de piel blanca apenas salpicada por algunas pecas, enormes bolsas oscuras
se extendían bajo sus ojos dejando obvia constatación de que no había
conseguido dormir o descansar demasiado.
Aún así, su aspecto era lo que menos le importaba.
Siempre se había considerado una persona corriente,
no prestaba demasiada atención a su aspecto, mientras estuviese presentable ya
era suficiente, pero todo había cambiado al conocerle a él. Era el único que
había mirado más allá de esa desastrosa envoltura, rescatando y sacando al exterior
lo que podía haber de valor en ella, realzándolo con cada sonrisa, con cada
mirada sincera.
Las lágrimas volvieron a derramarse por sus
mejillas, cayendo dentro del cuenco de cereales mientras un fuerte nudo le
cortaba la respiración en el pecho. ¿Por qué tenía que doler tanto?
—Dios, Aedan… ¿Por qué me obligaste a hacerte una
promesa que no sé si podré cumplir? —sollozó
incapaz de no derrumbarse ante el peso de los recuerdos—. Duele demasiado, Aedan,
duele… demasiado.
Y pensar que el dolor había sido parte de su primer
encuentro… pero claro, ¿cómo iba a saber ella que el hombre que sostenía su
bolso no era el mismo que se lo había robado? Sobre todo después de la manera
tan ruda con la que le había hablado. Su primer encuentro fue un completo desastre,
nada que ver con esos románticos encuentros casuales que leía en las novelas,
lo suyo había sido una colisión en toda regla acompañada de insultos y desprecio
hacia su insignificante persona, que terminó amenizado con un buen rodillazo en
las pelotas.
—¡Maldita seas, mujer! ¡¿Así agradeces que te
ayuden?!
—¡Perdón! —Se había disculpado inmediatamente al
ver que el hombre no llevaba la misma americana que el que había tirado de su
bolso—. ¡Ay, dios! ¡Cuánto lo siento! ¿Está usted bien? Deje que le ayude…
Sus miradas se habían encontrado entonces, él
estaba sudando y en sus ojos color whisky se reflejaba el dolor que le había
provocado con su movimiento de autodefensa. Ella se había mordido el labio
inferior susurrando un nuevo “lo siento” al tiempo que le dedicaba una tímida
sonrisa de simpatía.
—Um… gracias por recuperar mi bolso —murmuró con
aspecto culpable.
Aedan se había limitado a resoplar, para finalmente
aceptar las excusas de ella y acompañarla hasta un quiosco a escasos metros,
donde no dudó en comprar dos bebidas frías y entregarle una con un bonito
sonrojo cubriendo sus mejillas.
—Me temo que no venden bolsas de hielo —fue su
tímida respuesta.
Los recuerdos no hicieron sino ahondar el dolor ya
existente en su pecho, la herida sangraba con una hemorragia que no estaba
segura de que ningún médico fuera capaz de sanar. Obligándose a cortar el flujo
de las lágrimas, se mordió con fuerza el labio inferior al tiempo que se ponía
lentamente en pie y se dirigía al grifo del fregadero. Tomó un poco de agua
para refrescarse el rostro, las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas
y sabía que seguirían haciéndolo hasta que ya no le quedaran más.
Quizás, fuera mejor así.
Aedan sostuvo la mirada del rey durante lo que le
pareció una eternidad, esperando, rogando por la única respuesta que podría
satisfacerlo, la única que al menos le concedería paz a alguno de los dos.
—Conoces las leyes, sabes que ninguno de nosotros
puede interferir con la vida de los mortales. Juramos que no volveríamos a
inmiscuirnos en sus problemas o en su camino —le recordó con voz profunda,
matizando cada palabra—. El que esa mujer exista, el que sea la última en su
línea de sangre no es sino un amargo recordatorio de lo que nuestro pueblo
causó…
Se levantó lentamente, su mirada no se apartó en
ningún momento de la del monarca, pero en sus facciones se leía claramente lo
que opinaba al respecto de su proclamación.
—Un juramento que habéis roto al enviarme a mí a su
mundo y hacerme pasar como uno de ellos —le reprochó—. Y si su existencia es
culpa nuestra, ¿por qué no ponerle remedio? Mi presencia en su vida ha alterado
cualquiera que fuese su camino…
—La mortal decidió por sí misma, Aedan, no fue mi
mano la que la guió a tu cama —le recordó el rey en tono ácido—. No busques
justificar tus actos encontrando la culpa en los demás.
Apretó los dientes, entonces estalló.
—¡No estoy echándoos la culpa! Soy perfectamente
consciente de lo que he hecho, de lo que he provocado al traspasar los límites
al unirme a ella —su mirada vagó entonces hacia la reina—. Y por ello mismo no
quiero verla sufrir. No puedo regresar a ella, no puedo hacer nada por recompensar
su cariño, su ternura y su amor. No es justo que sufra por lo que yo he
provocado.
El rey bufó, al tiempo que la reina se tensaba.
—Ya es suficiente —clamó el monarca dando un paso
hacia delante—. Ninguno pensamos en que estas serían las consecuencias, si
hubieses sido un poco más inteligente y menos engreído, no estarías ahora en
este lío.
Se tensó ante el abierto insulto, aunque en su interior
sabía que estaba en lo cierto. Era su egoísmo, su hipocresía y soberbia lo que
lo había llevado a esa situación, Keira no había vacilado en hacerle ver lo
erróneo de su actitud al ignorar sus desplantes y responderle con voz suave y
llana cuando él alzaba la suya. Lo había hecho sentirse avergonzado de sí
mismo, de su educación y le había enseñado una lección de humildad.
—Yo he podido errar en mi manera de proceder
—aceptó sin más vueltas—, pero al menos sé lo que es la compasión.
—Cuida tus palabras, Aedan, estás hablando a tu rey
—lo amonestó la reina con absoluta firmeza.
Aedan inclinó la cabeza hacia la mujer en una
ligera reverencia.
—Quizás sea mi rey, majestad —respondió, su mirada
yendo de la mujer al hombre—, pero Keira me ha mostrado más lealtad y compasión
en unos pocos días que vos con vuestra infinita sabiduría.
Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y
abandonó la sala dejando a sus gobernantes a su espalda.
La Reina se volvió en su dirección, su rostro mostraba
los primeros signos de una verdadera pena, ella mejor que nadie sabía por lo
que estaba pasando
—Ella es mortal. —Las palabras de su consorte la
hicieron volverse hacia él—, una Darach.
—Así es, su majestad —asintió con delicadeza.
Resopló y la miró a los ojos.
—Mi incauto amigo se ha enamorado de ella.
La Reina sonrió.
—Y acaba de mostraros que ha aprendido una valiosa
lección al anteponer la felicidad de esa mortal a la propia.
—Es una mujer humana —insistió el hombre con un
profundo resoplido.
La reina volvió a asentir con calidez.
—Nuevamente, estáis en lo cierto, mi señor.
El rey hizo una mueca y dejó salir un profundo
resoplido.
—Arielle… este amigo nuestro va a sacarme canas
—aseguró sacudiendo la cabeza.
—¿Tal y como se las sacaste a él al poco de asumir
el trono?
La expresión en el rostro masculino la hizo
sonreír. Le dedicó una plácida reverencia y le tendió la mano dejando que la
guiase fuera de la sala.
Tal parecía que había llegado el momento de hacer
algo por el más adorado de sus súbditos.
Quizás ya era hora de hacer algo por el más adorado
de sus súbditos.
Cerró tras de sí la puerta del pequeño apartamento
pasando la llave para más seguridad, el ascensor se encontraba al fondo del
poco iluminado pasillo, ese edificio hacía tiempo que necesitaba reparaciones
pero no parecía llegarle el turno.
Dejando caer las llaves en su bolso se dirigió sin
mucho convencimiento al ascensor. Todavía recordaba la última vez que lo había
usado, recordando con una sonrisa la ocasión en la que Aedan había amenazado
con echar abajo aquella «caja» si las puertas no se abrían a su orden, el
hombre parecía tener cierta fobia a los lugares cerrados. Pero también existían
recuerdos más tiernos, como aquel en el que se habían quedado encerrados
durante casi una hora, tiempo que utilizaron para cosas más íntimas.
Las lágrimas amenazaron nuevamente con volver a sus
ojos cuando las imágenes de su tiempo juntos empezaron a desfilar por su mente,
incapaz de poder enfrentarse a ello, abandonó el ascensor y se dirigió hacia la
puerta que llevaba a las escaleras.
El ruido, la gente, la luz de un claro día lo
iluminaba todo, las tiendas seguían estando en su sitio, los bancos del parque,
el árbol al que él había fingido pedirle el número de teléfono, Keira no podía
si no maravillarse de que el mundo pareciera seguir andando mientras ella
sentía como si se hubiese detenido.
Casi tres meses de recuerdos compartidos inundaban
aquella ciudad, cada recoveco, cada tienda y escaparate, cada parque por el que
habían paseado, incluso ahora, se preguntaba si no habría sido un sueño;
alguien como él no podría haberse fijado en ella. Todavía podía recordar los
primeros días, después de su desafortunado encuentro él había parecido
encontrar algo interesante en ella, pues había hecho que coincidieran en alguna
que otra ocasión, la había frecuentado, aunque su primera impresión no hubiese
sido precisamente encantadora. Había llegado a creer incluso que él la buscaba
como parte de algún morboso juego. Su forma de tratarla, como si fuese un ser
inferior al que le hacía un enorme favor dedicándole su maravilloso tiempo, la
había hecho pensar en ello, pero entonces, su actitud empezó a cambiar. A medida que pasaban más tiempo juntos y ella le
obsequiaba con los mismo desplantes que él le regalaba, Aedan había empezado a
moderarse, a tomarla más en consideración, el «ser supremo» llegó a convertirse
en un buen amigo, una persona curiosa por aprender todo lo que pudiese de ella
y de la ciudad que los rodeaba. Una vez que dejó atrás su fachada de
invencible, empezó a enamorarse de la persona que había allí, del Aedan que
bromeaba con ella, que hablaba a un árbol para pedirle una indicación o
compartía con algo tan normal como un bonito atardecer.
Suspirando, se dirigió a la parada del tren que la
llevaría a la playa en la que descansaban sus recuerdos más hermosos.
Aedan había buscado también la playa en su mundo
más allá del tiempo, las olas lamían la arena mientras el graznido de los
pájaros que se dejaban llevar por el viento inundaba aquel solitario paraje,
sus pasos se hundían en la arena a medida que iba avanzando, permitiendo que
sus recuerdos volaran a la superficie y alimentaran la nostalgia que sentía su
alma.
—Mi pajarillo —musitó cerrando los ojos al tiempo
que alzaba el rostro hacia el cielo, dejando que la brisa salada le acariciara
el rostro—. Keira.
Había empezado a llamarla así después de ver como
revoloteaba a su alrededor con el entusiasmo de un pequeño pájaro que empezaba
a extender sus alas pero que no acababa de atreverse a emprender su primer
vuelo. Se había ido metiendo en su interior, despertando sensaciones y
sentimientos del todo desconocidos para un ser inmortal como él y había conseguido
con su fuerza de voluntad y tesón que cambiase de idea acerca de los mortales.
Era consciente de que nunca antes se había
interesado demasiado por ese pueblo. Seres mortales y finitos, prohibidos por
ley y que habían estado fuera de su rango de interés hasta que la conoció y le
demostró lo equivocado que estaba.
Sí, había conocido mujeres mortales, había jugado
en sus sueños, participó de sus fantasías, pero nunca se mezcló realmente con
ninguno de ellos hasta que conoció a Keira. Ella era capaz de amar, de
entregarse por completo en un breve espacio de tiempo, arriesgarse con la misma
intensidad con la que amaba.
Amor. ¿Podía ser cierto? ¿Podía él, un inmortal, un
Tuatha Dé Dannan, llegar a contemplar
esos sentimientos tan humanos? Su pueblo conocía el amor, como conocían el odio
y la lujuria, pero jamás había experimentado esas sensaciones al nivel de un
mortal. En esos cuerpos finitos, tales emociones eran más intensas, crudas,
como si quisieran disfrutarlo todo en el breve espacio de tiempo que era su
vida.
¿Sería posible que amase a la pequeña Darach?
Keira… su pequeña y tierna mortal. Si todos esos
intensos sentimientos de protección y deseo que pesaban en su alma eran
sinónimo de amor, entonces estaba irremediablemente enamorado de ella.
Suspiró y alzó la mirada al cielo al oír un nuevo
graznido, los pájaros de su mundo podían ser un espejo de los del humano o
puede que fuese al revés. Una renuente sonrisa le curvó los labios cuando el ave
trajo a su mente otra mucho más pequeña.
Aquella había sido la primera vez que vio lágrimas
en los ojos de la mujer y como cualquier hombre, sin importar de qué raza, se
había encontrado indefenso ante ellas.
Desde el principio de los tiempos las lágrimas de
las mujeres habían sido un arma femenina, las utilizaban para conseguir sus
propósitos, para quejarse, pero aquello no fue lo que notó en ella. Keira no
lloraba por ella, sus lágrimas eran por un desgraciado pájaro que intentaba
remontar el vuelo a pesar de tener un ala rota. Lo había encontrado a un lado
de la ensenada, posiblemente golpeado por algunas de las embarcaciones que se movían
al compás de la marea e intentaba mantenerse a flote mientras aleteaba incapaz
de alzarse mientras la gente miraba y lo señalaba desde la orilla.
Hizo una mueca al recordar lo que se había visto
obligado a hacer para alcanzar la maldita ave y sacarla del agua y depositarlo
después en los brazos de la chica, que seguía lloriqueando por el medio ahogado
bichejo.
—Por Armeguin, Keira… tan solo es un pájaro. —Se
había exasperado ante la presencia incesante de sus lágrimas.
—¡Está herido! —hipó mientras sostenía entre sus
brazos con sumo cuidado a la moribunda ave—. Míralo… está empapado, casi se
ahoga.
Sus preciosos ojos lo habían mirado implorantes,
brillantes por las lágrimas que bañaban su rostro, estaba tan nerviosa que
apenas podía hablar entre hipidos y como un principiante, se derritió ante sus
lloriqueos, sin entender por qué cedía ante ellos y deseando al mismo tiempo
aliviar su pena.
—Cesa ya con tanto lloriqueo —protestó arrancando
el ave de sus brazos, para examinarlo—, me alteras.
Ella lo había mirado entre sorprendida y aterrada,
como si se le hubiese pasado por la cabeza que quizá fuese a lanzarlo de nuevo
al lugar de dónde lo había rescatado.
—Aedan, no… es… está lastimado —suplicó tendiendo
los brazos hacia el ave.
Ni siquiera sabía si podría hacer algo por el ave,
en circunstancias normales no hubiese necesitado más que de un toque para que
el ala que parecía rota sanase y el maldito pájaro se alejara volando, pero el
rey había restringido sus poderes al castigarlo a pasar algún tiempo como
humano.
—No le hagas daño —la oyó susurrar ahora a su lado,
su pequeña mano acariciando suavemente el plumaje del pájaro.
Ni siquiera podía explicarse como había ocurrido
aquello, pero bajo el contacto de ambos, notó parte de su poder, muy débil, sí,
pero estaba ahí y se iba deslizando desde la yema de sus dedos hacia el ave
hasta que esta empezó a aletear y tuvieron que soltarla cuando soltó un potente
graznido.
La gaviota extendió sus alas y empezó a bambolearse
por el suelo durante un pequeño recorrido antes de alzar el vuelo ante la
mirada estupefacta de ellos dos y varios transeúntes.
—Vaya… —murmuró sorprendida al verla hacer un
círculo sobre sus cabezas al tiempo que lanzaba un nuevo graznido—. Quizá no
estuviese tan mal como pensábamos.
Maldijo en varios idiomas, algunos de los cuales
nunca se habían oído en la tierra al ver a la gaviota remontar el vuelo y
alejarse gritando sobre la línea de playa batiendo sus amplias alas. Bajó la
mirada a las manos, pero el poder ya se había extinguido, no podía sentir ni
una pizca en su interior. Se giró entonces hacia su compañera quién sonreía
mientras ponía una mano a modo de visera para ver el ave surcando los cielos.
Por primera vez su corazón dio un salto, como si deseara unirse al vuelo del
ave que se alejaba ya de ellos.
Todavía la miraba cuando Keira se volvió hacia él y
le dedicó una luminosa sonrisa que hizo que le diera un nuevo vuelco el
corazón. Aquella mujer lo estaba cambiando, de algún modo, ella estaba obrando
su propia magia en él.
—Gracias, Aedan —le dijo con dulzura—. No sé como
lo has hecho, pero gracias.
Él tan solo puso inclinar la cabeza a modo de
asentimiento.
—Ni siquiera sé si ha sido obra mía… o tuya.
Su mente volvió de nuevo al presente, sobre el
extenso mar de mágicos tonos azules y verdes, a la fina y dorada arena de esa
playa en la que nuevamente se encontraba.
—Keira… —murmuró para sí, lanzando aquella muda
súplica al viento.
«Keira».
Keira cogió las sandalias en una mano y bajó a la
arena de la línea de playa, aquel pequeño remanso había sido el lugar favorito
de ambos, una vía de escape en el medio de una gran urbe. Sonriendo, hundió los
pies sintiendo como se metía entre los dedos y acariciaba su piel. El mar a
pocos metros permanecía en calma, iluminado con reflejos plateados creados por
el sol sobre la lisa superficie.
Su pecho se encogió si era posible aún más, las
lágrimas resbalaban por sus suaves mejillas sin que pudiera hacer nada por
evitarlo.
«Amor
mío».
Cerró los ojos alzando el rostro hacia la brisa,
deseando sentir en ella las palabras que su mente recordaba de él.
—Te extraño, Aedan —su respuesta salió desde el corazón,
diciéndose que donde quiera que él estuviese la escucharía.
«Trata
de olvidarme, pequeña».
Ella sacudió la cabeza en respuesta a aquel mero
pensamiento.
—No puedo, no quiero. —Sentía el dolor y la pena de
él como si fuesen la suya propia. Le echaba tanto de menos—. Vuelve a mí, por
favor, esperaré lo que haga falta, pero vuelve a mí.
Muy lejos de allí, en su propia playa, Aedan cerró
sus manos en dos puños apretándolos a los costados, sus ojos fuertemente
cerrados dejaron escapar una única lágrima, como una gota de cristal que se
resbalaba por sus mejillas, la prueba fehaciente de que había un alma mortal
dentro de un cuerpo inmortal.
«Vuelve… por favor».
Su alma se quebró un poco más al oír aquella
súplica en su voz traída por el viento a través de las dimensiones. La sintió
sobre el suelo de arena, sus brazos envueltos alrededor de un cuerpo que
temblaba intentando controlar los desgarradores sollozos, las lágrimas que
caían creaban pequeñas manchas de humedad sobre la seca arena.
—Keira, no… tú eres más fuerte que esto.
Ella sacudió la cabeza, Aedan casi podía verla en
su mente.
«Sólo
soy fuerte cuando estás junto a mí. Juntos somos fuertes, invencibles».
Un suspiro llenó el aire.
—No puedo volver a ti… yo no puedo volver a tu
mundo —se encontró él diciéndole.
«Aedan,
no me importa quién seas, de dónde vengas o a dónde te dirijas, tan solo dime
que puedo quedarme a tu lado».
Él sacudió enérgicamente la cabeza, ¿cómo era
posible que doliese tanto? ¿Cómo podía sentirla tan cerca y a la vez tan lejos?
—No puede ser, pajarillo —respirando profundamente,
abrió sus dorados ojos humedecidos y miró hacia el mar—. Ojalá hubiese una
manera, pero… no es posible.
El silencio fue su única respuesta, negando
lentamente con la cabeza, habló de nuevo.
—Deja que te ayude a olvidar, deja que aparte el
dolor.
Keira sacudió con fuerza la cabeza, sus ojos se
abrieron con temor, sus palabras un grito al aire.
—¡No! No quiero olvidarte.
Ella casi podía sentir como negaba con la cabeza,
sentir su mirada presa de la suya, mirándola desde el lugar en el que
estuviese.
«Keira,
permítemelo, por ti… por mí… por ambos».
En su voz podía sentir el sufrimiento que le causaban
aquellas palabras, el privarla de lo único que siempre atesoraría sin importar
el dolor que le causara.
—Olvidarte sería como morir en vida y yo deseo
vivir —susurró alzando la mirada hacia el cielo, contemplando el azul infinito
de aquella cúpula—. ¿De qué color es tu cielo, Aedan?
Él alzó la mirada hacia la cúpula celeste sobre su
cabeza y asintió con una sonrisa.
—Azul… —asintió con suavidad.
Ella asintió y sonrió a su vez.
—El mío también —sonrió dejándose caer sobre la
arena, acomodándose sin quitar la mirada de la cúpula celeste—. Así que, no
estamos tan lejos. Nunca lo estaremos.
Aedan se dejó caer, recostándose sobre la arena, un
brazo sirviéndole de almohada mientras observaba el cielo azul que ella también
contemplaba.
—Nunca, mi amor.
Lejos de todo, en un solitario salón de mármol
blanco, la reina de los Tuatha Dé Dannan,
Arielle, miraba a su esposo y consorte con una obvia mirada en sus
transparentes ojos. Su Rey suspiró profundamente y alzó nuevamente la mirada al
cielo azul que se alzaba sobre ellos, las nubes formaban extrañas figuras de
las que creía poder extraer la sabiduría que tan bien lo caracterizaba y que en
aquella ocasión parecía eludirle.
—¿Aún tienes dudas de lo que debe ser, mi señor?
El soberano resopló y miró a su consorte de reojo.
—Las dudas nunca han sido una opción, Arielle
—aseguró el hombre contemplando la cúpula celeste—. En realidad, nunca hubo una
opción.
Negando con la cabeza, tendió su mano hacia la
mujer a su lado y caminó con ella hacia el nuevo amanecer.
—Caminad conmigo, mi reina —le dijo envolviendo su
brazo en el de ella—, y asesoradme como solo vos sabéis hacer.
La risa de la mujer quedó suspendida en el aire
mientras la pareja se alejaba.
La corte al completo se había reunido para festejar,
si bien Aedan no estaba de humor para aquellos menesteres, había sido
sutilmente obligado a hacer acto de presencia. Como siempre, la reina lucía
hermosa y suave como una nube, envuelta en sedas y satén en tonos blancos y
dorados que realzaban su belleza mientras sonreía y reía ante algún comentario
hecho por su consorte. Frunció el ceño ante tal exhibición de camaradería, pues
estaba más acostumbrado a ver a la adorable mujer bailando en los brazos de
alguno de sus hijos o pretendientes que riéndose de algún comentario, seguramente
poco acertado, hecho por el rey.
—Me pregunto que subterfugio habrán tenido que
utilizar sus majestades para hacerte estar hoy aquí, Aedan.
La delicada y melódica voz femenina a su espalda captó
su atención, no necesitaba ni darse la vuelta para saber de quién se trataba,
aunque no podía decir que estuviese contento de su presencia. En cierto modo,
aquella irritante mujer, había propiciado que conociese a la otra mitad de su
alma. Volviéndose lentamente con una amable sonrisa curvando sus labios, se
inclinó ante ella y tomó su mano llevándosela a los labios en un breve roce a
sus nudillos. Un rápido vistazo al atuendo más bien escaso de la arrogante
princesa le dejó claro cuáles eran sus intenciones, pero esta vez no sería él
quién perdiese.
—Me preguntaba si podría veros esta noche, Eireleen
—le respondió con suavidad, soltando lentamente su mano. Su mirada fija en la
de la muchacha quién sonrió ampliamente, sus ojos mostrando un superficial
brillo de satisfacción.
—Esperaba que pudieseis verme —murmuró la muchacha
con una estudiada caída de párpados, al tiempo que posaba su mano sobre su
brazo—. No puedo si no estar apenada por el cruel castigo impuesto por nuestro
soberano. ¡Si no ha sido nada más que un malentendido! De veras, me apena
infinitamente el haberos causado tanto mal, si pudiera resarciros de alguna
manera…
Aedan puso los ojos en blanco mentalmente, ¿cómo
pudieron haberle parecido atractivas alguna vez esta clase de mujeres?
—Muy al contrario, señora —respondió él con una
profunda reverencia que inspiraba respeto y agradecimiento, un acto que no era
común entre los suyos—. No puedo estaros si no agradecido por vuestra
intervención. Mi buen rey estuvo totalmente acertado en sus métodos pues gracias
a vos pude disfrutar de un periodo breve pero intenso, un tiempo que sin duda
perdurará en mi alma hasta el fin de los días. No tengo modo de pagaros el
regalo que inadvertidamente me habéis hecho.
La muchacha se quedó sin palabras, su mirada se
movía con nerviosismo a los lados, contemplando a la gente que se les había
quedado mirando, motivados por la profunda reverencia de uno de los cortesanos
más allegados al rey en medio de tantos asistentes. Cualquier pensamiento de
venganza quedó totalmente eclipsado, pues sabía que cualquier cosa que dijese
en contra de él o si tan sólo insinuara algo para degradarlo aún más por el
desplante que le había hecho, sería tomado como un insulto hacia su majestad. Conteniendo
un insulto, hizo una estudiada reverencia e inclinó la cabeza.
—Me honráis con vuestras palabras, mi señor
—aseguró con total suavidad acompañado por un bonito rubor cubriendo sus
mejillas.
Aedan sonrió interiormente al tiempo que
correspondía a su saludo y se marchaba con paso tranquilo, saludando a la gente
con la que se cruzaba con un simple movimiento de cabeza mientras se deslizaba
a través del gran salón hacia una de las puertas.
Atentos a cada movimiento del joven, los monarcas
intercambiaron una mirada y sonrieron secretamente antes de que la reina se
levantara de su asiento y con una venia se excusara de su esposo para descender
a la parte central del salón y este se abriera en un rápido sendero que la
conducía directamente hacia el fugitivo.
—Aedan.
Al oír la voz de su reina, se detuvo mascullando
una maldición interiormente. Había estado a unos pasos de poder dejar el salón
sin armar más revuelo. Volviéndose, se preparó para enfrentarse a su real
madre.
—Mi reina —la recibió con una reverencia, mientras
el resto de los asistentes miraba con curiosidad lo que estaba ocurriendo.
Recogiendo parte de la cola de su vestido en una
mano y dirigiendo breves inclinaciones de cabeza a los presentes, caminó hasta
donde él esperaba. Arielle no pudo evitar sonreír interiormente al verlo tan
desolado.
—Espero que no estuvieseis pensando en abandonarnos
tan pronto —le respondió ella en voz baja y suave, sus labios curvados en una
tierna sonrisa—. Esta fiesta es para ti, mi querido, ¿qué dirán los invitados
si se marcha el anfitrión?
Frunció el ceño. ¿A qué estaba jugando su majestad?
—Simplemente me dirigía a tomar un poco de aire, mi
reina —respondió mientras le preguntaba sus intenciones con la mirada.
Ella sonrió y le apoyó la delicada mano en el
brazo.
—Eso podrás hacerlo después —le aseguró con un
toque de su mano en el brazo de él—. Ahora, tu deber es abrir el baile…
—Mi señora… —susurró en voz baja, en su voz había
una obvia súplica.
Ella sonrió con ternura y le acarició gentilmente
la mejilla.
—Abre el baile, Aedan —le susurró girándose hacia
una de las puertas, arrastrándolo con él—, ella te espera.
La miró intrigado, su rostro era una máscara de
confusión pero el de ella solo exhibía una intensa sonrisa. Con un gesto de su
mano, el gentío se abrió poco a poco formando un largo pasillo que conducía al
arco de la puerta principal del salón donde poco a poco empezó a aparecer una
silueta femenina, sus pasos eran cortos y vacilantes. Su corazón empezó a latir
desesperado sin que tuviese una razón real para ello, su respiración se aceleró
al tiempo que la silueta iba saliendo de la penumbra para ser enmarcada por el
brillo de las lámparas que adornaban el salón.
—Vamos, ve a recibir a tu elegida —le dijo la reina,
regalándole una leve reverencia para finalmente soltar su brazo.
Bajo el enorme arco del inmenso salón de baile, Keira
miró nerviosa a su alrededor, aquella adorable mujer había llegado a ella
apenas la tarde anterior y prácticamente la había asediado a preguntas hasta
que le respondió lo que había querido oírle decir, pues en un abrir y cerrar de
ojos se había visto sumergida en un mundo de fantasía, en el que las leyendas
se habían hecho realidad y su amado Aedan era el centro de ellas.
Nerviosa se mordió el labio inferior y empezó a
caminar por el pasillo humano que se había abierto a una palabra de la reina Arielle.
Sus ojos se encontraron entonces con los de él y sonrió tímidamente, deseando
interiormente que ese reencuentro hubiese sido un poco más íntimo.
—Keira. —Su nombre abandonó sus labios, al tiempo
que bebía la visión de la hermosa muchacha engalanada en los mismos colores verde
y dorado que vestía él.
Inocente y cálida, su elegida, su Darach.
—¡Keira!
La reina no pudo evitar reír de gozo en el momento
en que vio al más querido de sus súbditos correr hacia su hermosa «Darach» y alzarla en brazos, sujetándola
por encima de él, las pequeñas manos femeninas apoyadas en sus hombros mientras
la hacía girar entre risas y lágrimas de felicidad incapaz de asimilar que ella
estuviese allí con él. Un carraspeo llamó su atención para ver a su derecha a
su satisfecho y arrogante consorte mirando a la pareja.
—Así que la última de las Darach, ¿eh? —murmuró el rey mirando a su consorte con una amplia
sonrisa, en sus ojos se palpaba el amor que sentía por ella—. Esperemos
entonces que él sea suficiente jaula para retenerla.
La mujer sonrió en respuesta y negó con la cabeza
volviendo la mirada hacia la pareja.
—Este pájaro está entrenado, no necesita de una
jaula para volver al dueño de su corazón —aseguró con satisfacción.
Aedan dejó resbalar el menudo cuerpo de la muchacha
sobre el suyo, la abrazó por temor a que su presencia fuera un sueño. Sus manos
ascendieron a su rostro, ahuecando sus mejillas como si temiese que fuera a
desvanecerse en cualquier momento.
—Pero como… —trató de preguntar, pero las palabras
estaban atascadas en su garganta.
Ella sonrió posando sus manos sobre las masculinas.
—Magia, Aedan —le susurró, su alegría reflejándose
en sus ojos—. Magia.
Negó con la cabeza, incapaz de asimilar las cosas,
pero ya no importaba, ella estaba junto a él y no permitiría que nadie la
apartase de su lado, no ahora que ella estaba a su lado.
—Mi hermosa Darach
—susurró acariciando su mejilla—. ¿Te quedarás conmigo, Keira? No estoy seguro
de cómo has llegado hasta aquí o que es lo que sabes, pero… ¿abandonarás tu
jaula, abrirás tus alas y te enfrentarás al cielo abierto por mí?
Su pequeña mano subió a su rostro, sus dedos
acariciaron su barbuda mejilla y asintió.
—Sí, Aedan —le aseguró con firmeza—. Porque cada
vez que extienda mis alas, se que el viento me llevará hasta ti.
Asintiendo, la atrajo a sus brazos y echó un rápido
vistazo a la gente que sonreía complacida a su alrededor.
—¿Qué me dices si abrimos el baile, mi amada? —le
sugirió muy cerca de sus labios.
—Para mí será un auténtico placer, mi amado —le
respondió antes de unir sus labios con los de él en un cálido beso lleno de
promesas.
El rey Tuatha Dé Dannan observó complacido como la
pareja abría el baile, al tiempo que tomaba la mano de su consorte y se la
llevaba a los labios en un beso lleno de promesas.
La decisión que ambos habían tomado había sido la
correcta, Aedan se había ganado la oportunidad de estar con la mujer que amaba
sin tener que verla morir como una simple humana.
Viéndolos ahora juntos, podía esperar tranquilo el
futuro pues la magia en el mundo de los mortales seguiría existiendo mientras
lo hiciera la última Darach.

No hay comentarios:
Publicar un comentario